Mientras el ser humano sea criatura, estará sujeto al tiempo, será perecedero y no podrá subsistir; pues todo ser humano, tal como ha sido creado según la naturaleza, no es más que un recipiente apropiado en el cual solo puede desarrollarse un verdadero ser humano mediante la constante cooperación divina.
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Cuando el recipiente exterior ha alcanzado el grado suficiente de formación —para lo cual Dios lo ha dotado más que suficientemente de todos los componentes y propiedades necesarios—, entonces Él despierta o, mejor dicho, desarrolla Su Espíritu eterno no creado en el corazón humano. Este Espíritu es, según la medida de su acción, aquello que Moisés entiende y quiere que se entienda por las dos grandes luces colocadas en el firmamento del cielo; así lo entendieron también todos los patriarcas y profetas, y nunca de otra manera.
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Esta luz eterna, no creada y plenamente viva por toda la eternidad en el firmamento celestial dentro del ser humano es entonces la verdadera rectora del verdadero día en el ser humano. Enseña al recipiente anterior a transformarse por completo en su ser divino eternamente no creado y, de ese modo, a convertir a todo el ser humano en un verdadero hijo de Dios.
Sin embargo, todo ser humano creado posee un alma viva, que también es espíritu y tiene la capacidad necesaria para reconocer lo bueno y verdadero y lo malo y falso, apropiarse de lo bueno y verdadero y expulsar de sí lo malo y falso. A pesar de ello, no es un espíritu no creado, sino creado, y como tal jamás puede alcanzar por sí mismo la condición de hijo de Dios.
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Pero cuando el alma ha aceptado lo bueno y verdadero conforme a la ley que le fue dada, con toda la humildad y modestia de su corazón y de la libre voluntad que Dios implantó en ella, entonces esa voluntad humilde, modesta y obediente se ha convertido —para expresarlo de manera enteramente palpable— en un verdadero firmamento celestial. Pues se había formado conforme a lo celestial depositado en el alma humana y, por tanto, es plenamente apta para acoger en sí lo divino puro y no creado.
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Lo divino puro, es decir, el Espíritu no creado de Dios que es colocado para siempre en ese firmamento celestial, es —según el contexto— la gran luz. El alma humana es la segunda luz, la menor. Ahora es colocada, al igual que la gran luz no creada, en el mismo firmamento celestial y la luz no creada la transforma en una luz que participa de lo no creado. Con ello no pierde nada de su naturaleza, sino que, en un sentido completamente purificado en lo espiritual, gana infinitamente mucho. Pues el alma humana por sí sola jamás podría contemplar a Dios en Su esencia espiritual purísima; y, a la inversa, el Espíritu purísimo y no creado de Dios jamás podría contemplar lo natural, porque para Él no existe una naturaleza material. Pero en la unión plena, ya mencionada, del Espíritu purísimo con el alma, esta puede ahora contemplar a Dios en Su esencia originariamente espiritual y purísima por medio del nuevo Espíritu que ha recibido, y el Espíritu puede contemplar lo natural por medio del alma.
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Esto es lo que dice Moisés: que una gran luz rija el día y la luz pequeña la noche, y que determine las señales, es decir, el fundamento de toda manifestación y de todas las cosas creadas en plena sabiduría. Que determine asimismo los tiempos, los días y los años; esto significa reconocer en todas las manifestaciones la sabiduría, el amor y la gracia divinos.
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Las estrellas que Moisés también menciona son los innumerables conocimientos útiles acerca de todas las cosas particulares. Estos conocimientos particulares proceden naturalmente del único conocimiento principal y, por tanto, están colocados en el mismo firmamento celestial que las dos luces principales.
Y miren: este es, finalmente, el cuarto día de la Creación que Moisés menciona en su Génesis. Sin embargo, como es fácil comprender, surgió de la misma tarde y mañana del ser humano, al igual que los tres días anteriores».