«El alma es el instrumento del espíritu,
en el que este toca su canto divino».
En otro tiempo fui un niño perdido, un clamor muerto que pedía apoyo y vida. Pero la muerte no da apoyo, y mis clamores se hundieron en los deseos insaciables de este mundo. Ahora, sin embargo, del clamor ha nacido un canto: el canto de mi corazón, que por los siglos de los siglos canta el amor de Dios.
Y la muerte se apartó de mí, redimida en este canto que el mundo no puede cantar; en ese único canto que reúne todos los cantos perdidos y los une en sí mismo. Y a la luz del amor de Dios veo que, en lo más profundo de mi clamor, este canto de amor siempre estuvo presente, pues de él obtiene el clamor su vida y su energía. Todo clamor es, en el fondo, un eco herido y distorsionado de la melodía divina.
Música infernal y música celestial
Durante la existencia humana terrenal se necesitan constantemente melodías y timbres nuevos para saciar el anhelo del alma de ser conmovida y colmada emocionalmente. El repertorio musical es muy amplio y existen los más diversos estilos. En la actualidad, las inspiraciones provienen en su mayoría de los mundos espirituales inferiores, de acuerdo con la condición general de alejamiento de Dios.
Pero no solo los ritmos y sonidos agresivos y sin alma dan testimonio de la actividad demoníaca; también en las letras, escritas a menudo por músicos trastornados o poseídos a causa del consumo de drogas, seres procedentes de las regiones infernales hacen oír su voz con estrépito.
Sin embargo, también hubo y sigue habiendo una y otra vez composiciones maravillosas inspiradas por las esferas celestiales. Estas hacen vibrar armoniosamente el corazón y el alma de quienes las escuchan, y los abren a los dones espirituales procedentes de la luz.
No obstante, con instrumentos y voces terrenales no es posible abrir los sonidos de tal modo que la perfección divina pueda hablar por medio de ellos. El alma anclada en el mundo material no puede experimentar la creación celestial como la vive el espíritu libre. Más bien, solo escuchamos la superficie de la música, así como en la envoltura de la palabra únicamente se revela el sentido material.
Solo durante el despertar espiritual o en un arrobamiento se experimenta el contenido divino y espiritual de la música. En las esferas luminosas no hay distancia respecto de los sonidos más maravillosos y puros, que interactúan con el alma de una manera tan perfecta que resulta inimaginable. En cierto modo, uno está sincronizado en el corazón con la vitalidad divina y creadora. Y esto ocurre desde dentro hacia fuera, no de fuera hacia dentro, como en la imaginación material.
En el cielo, un canto puede brindar alegría y bienaventuranza por toda la eternidad, pues su profundidad inagotable está manifiesta ante sus habitantes. Sí, un solo sonido de Dios desplegado alimentaría y sostendría toda la creación en el tiempo y la eternidad. Y así es en realidad. Porque el sonido es la Palabra que estaba en el principio, que estaba junto a Dios y en Dios, y que es Dios mismo.
El alma es el instrumento del espíritu en el que este interpreta su canto divino. Las cuerdas del alma son sus cualidades, las cuales, tocadas con humildad y entrega, producen cantos y composiciones en perfecta armonía. Así, en el fondo, todo ser humano es en su vida espiritual despierta un instrumento perfectamente afinado en manos de Dios.
El periodo actual de la creación representa la corona de todas las creaciones anteriores. Su sinfonía narra la entrega más libre y la capacidad ilimitada de amar de los hijos de Dios. Acompañado por la comunión de todos los instrumentos de la vida, el coro celestial canta el amor, la bondad y la misericordia de nuestro Padre en Jesucristo. Su sangre penetra este canto compartido y lleva el canto hasta su corazón, donde nace una nueva bienaventuranza también para nuestro Padre celestial, quien es Padre de sus hijos y seguirá siéndolo ahora y para siempre.
En el corazón del amor todo se convierte en música —
En el corazón, la música se convierte en amor
Al escuchar música hermosa, mi alma es arrebatada desde la superficie de los sonidos hacia la verdad de las voces y los timbres de los instrumentos, y en ocasiones es transportada al cielo. Allí experimento lo que la música significa en realidad:
El Padre celestial está ante sus hijos. Con sus ojos radiantes de color azul, benévolos y amorosos, encuentra la mirada de cada uno de ellos. Su corazón está abierto; su amor nos toca con ternura en lo más íntimo. Cada una y cada uno es aceptado por completo y queda colmado de su presencia de un modo inefable.
Un ángel llameante comienza a cantar con humildad el amor de Dios. Su canto respira adoración consumada. Entonces nos unimos nosotros, el coro de quienes fueron encontrados de nuevo y regresaron al hogar. En la consonancia del amor, nuestras voces suenan como una sola voz que une todos los corazones entre sí y con el corazón de Jesús. Cada fibra de nuestro ser está ahora penetrada de amor y vida. Estamos envueltos en llamas que se convierten en una sola llama, un solo amor, una sola comprensión.
El canto y los sonidos se vuelven cada vez más intensos y llevan el amor hacia la infinitud. Sí, es realmente así: este canto penetra toda la existencia. Y, al mismo tiempo, la humildad de los sonidos lleva el amor de regreso al corazón de Dios.
Aquí ocurre lo que jamás vio el ojo de ningún ser humano, lo que jamás oyó su oído y lo que su boca jamás ha sido capaz de expresar.
¡Qué importa ya el mundo! ¡Es un sueño, una sombra pasajera! ¡Quiero quedarme y no habitar por más tiempo este cuerpo! Y, sin embargo, algo me impulsa a regresar para servir a Dios con cada fibra de mi ser, con cada segundo de mi vida. En su gracia se me concede visitar este lugar de vez en cuando y permanecer allí mientras mi envoltura carnal derrama torrentes de lágrimas; pero el espíritu de estas lágrimas purifica el alma y arrastra toda la oscuridad que le pertenece hacia el amor misericordioso de Jesucristo, que todo lo transforma.
Veo el fin de los tiempos
El último átomo de materia ha sido espiritualizado. La infinitud está colmada de espíritus sin número. De las profundidades del universo emerge un sonido. Se eleva por sí mismo y se convierte en canto. Es el canto de la consumación, pues todo está consumado: el círculo de la creación se ha cerrado. Todo lo perdido ha sido encontrado de nuevo; todo ha hecho realidad su destino divino.
El canto se vuelve cada vez más intenso; el coro de la bienaventuranza ha comenzado. Toda vida se une a este canto, cantando la gloria de Dios, cantando el amor manso y misericordioso del Padre. Los espíritus están envueltos en llamas; es imposible describir con cuánta verdad, con cuánta plenitud perfecta cantan… Ahora todos se convierten en una llama de amor que arde en honor de Jesucristo.
Aquí se cumple la Palabra que estaba en el principio junto a Dios y que era Dios mismo. ¡Oh, humanidad! ¡Qué meta! ¡Qué bienaventuranza! La Palabra que dio inicio al tiempo encuentra su consumación en el corazón de Dios. Algo completamente nuevo comienza… pero solo se me concede vislumbrar,
lo que es indecible
indecible
indecible.