«Solo al despertar reconoces
que estabas dormido».
Cuando la persona dormida despierta, todavía se encuentra bajo el hechizo de su inconsciencia; la rueda de la sujeción sigue girando durante algún tiempo. Se produce una lucha entre la vigilia y el sueño, entre el día y la noche, entre la vida y la muerte. Despertar se convierte en un desafío existencial.
Pero al final el ser humano saldrá de su jaula de muerte abierta, pues ya no puede seguir recorriendo el camino de las heridas de ayer. El sol espiritual se eleva, comienza un día eterno y se inicia una nueva era en la que la humanidad se reconoce y experimenta dentro de su verdadera realidad e identidad. Al entregarse al amor divino se convierte en hijo de Dios consciente de sí.
Esto lo experimento en la luz del sol naciente. Dentro de ella escribo las palabras del día que despiertan, sabiendo que despertar significa morir. Quien despierta muere para el sueño. Sin la muerte de la noche no existe el nacimiento del día.
La semilla de invierno se siembra en otoño y después pasa el invierno en la tierra fría, para que en primavera comience a germinar bajo los rayos cálidos del sol y finalmente surja como una planta que enriquece el mundo. Así ocurre también con las palabras que Jesucristo depositó hace 2000 años en el alma de la Tierra. Ahora el frío invierno ha terminado; el sol espiritual despierta la vida de Dios que estaba encerrada y que anuncia el amor, la verdad y el regreso de Jesucristo.
Así como, al continuar el proceso, toda la vida de la naturaleza terrenal despierta bajo los rayos cálidos y luminosos del sol natural y por todas partes se ve un florecimiento variado, también el sol espiritual brinda una diversidad colorida y placentera de crecimiento espiritual.
Al igual que las flores alegran a quien las contempla con el esplendor de sus colores y formas, los más diversos pensamientos de amor de Dios brotan en el jardín del alma. Así como la naturaleza ofrece frutos sabrosos, el árbol de la vida ofrece frutos espirituales que, al servir de alimento, sacian el anhelo del corazón por la vitalidad divina.
Pero también existen malas hierbas que, enamoradas de sí mismas y sin consideración alguna, cubren todo lo verdadero y lo bueno con falsedad y maldad. Y están los frutos de plantas venenosas, nacidas de las semillas de Satanás, que llevan dentro la muerte.
Bajo los rayos de la luz del amor, el despertar de la primavera espiritual seguirá avanzando rápidamente, como nos lo muestran cada año sus correspondencias materiales. Además, ahora y muy pronto aparecerán frutos espirituales nunca antes vistos, que ayudarán a quienes tienen hambre y sed de alimento celestial a alcanzar conocimientos jamás imaginados.
Pero solo quien abra los ojos verá y disfrutará esos frutos. Quien mantenga los ojos cerrados morirá de hambre o consumirá alimento venenoso y no vivirá el día de la redención.
¿Cómo se despierta? Primero hay que reconocer que uno duerme. Con este conocimiento se pide al Padre celestial que lo despierte del sueño de la muerte, confiando en que puede suceder. Después hay que dirigir constantemente la mirada hacia el amor de Dios y llevar el corazón a la oración. No se debe desfallecer, pues despertar es un proceso y no hay que avergonzarse si uno recae a menudo en la antigua vida onírica. Ante aquello que no puede soltar, ante lo que parece un obstáculo casi insuperable, debe suplicar con insistencia y perseverancia la ayuda del Padre para quedar libre. Así se puede morir bien para despertar.
Pero esto no es posible sin el amor íntimo del corazón a Jesucristo. Y, si resulta difícil, hay que pedirlo una y otra vez. El Padre cumple todo deseo sincero de amor, aunque a veces haga esperar un poco a su hijo para poner a prueba su fidelidad y seriedad.
Entonces se produce el despertar definitivo: cuando se le concede al hijo mirar profundamente en el amor de Dios, cuando experimenta la paciencia infinita del Padre, cuando siente cuánto desea también él la redención y liberación de su hijo, deja de ser un soñador espiritualmente ciego y se transforma en un ser humano divino que ve.
La suciedad del alma
Cuando se contemplan los vidrios de las ventanas de noche, no se puede reconocer si están sucios ni cuánto lo están. Tampoco con una luz tenue se distingue mucha suciedad en ellos. Pero cuando amanece y el sol brilla a través de los vidrios, la mugre se ve con toda claridad. Cada mancha y cada mota de polvo se hacen visibles; no es una visión agradable.
Nuestras almas son como los vidrios de las ventanas. En la noche de la falta de fe no vemos la suciedad de nuestra alma. Pero cuando llega la luz, todas las impurezas se hacen visibles. Esto no resulta fácil para quien despierta, pues al principio queda expuesto a toda su conducta pecaminosa. Este verdadero conocimiento de sí lo humilla y lo lleva a arrodillarse ante Dios para pedir su ayuda, a fin de que pueda producirse una purificación.
El Padre y el hijo comienzan entonces a limpiar juntos el alma. Limpian y pulen día y noche; su interior resplandece cada vez más atravesado por la luz y más hermoso, hasta que finalmente la luz del sol ilumina todos los espacios con pureza y claridad. Entonces el propio Padre hace morada en la casa de su hijo, por lo que este resplandece con brillo celestial y se convierte en un sol que ilumina y alumbra las casas del alma que lo rodean.
Amanecer
En el mundo del ofuscamiento espiritual, solo el intelecto brilla con su luz aparente en el firmamento del alma. La humanidad considera esta existencia entre sombras el único fundamento posible de la existencia. Vive creyendo que solo existe la noche (intelecto) y niega el día (Espíritu de Dios).
El símbolo del intelecto mundano es la luna fría, que con su luz prestada puede iluminar un poco la oscuridad terrenal, dentro de la cual, en el mejor de los casos, se reconocen contornos difusos.
¡¿Pero qué es la noche comparada con el día?! ¡¿Qué es la luz fría y muerta de la luna comparada con los rayos cálidos del sol que brinda vida?! El sol es símbolo del amor y la sabiduría divinos. Cuando el sol de la verdad aparezca en el horizonte, el día expulse la noche y la luna palidezca, muchos cerrarán los ojos, se darán la vuelta y seguirán durmiendo para continuar sirviendo a su muerte. Huirán a los abismos de sus delirios, donde también en el futuro podrán recrearse en sus sueños vacíos de sentido, lejos de toda verdad y vitalidad divinas. Ese es el mundo que ellos mismos crearon y que aman por encima de todo.
Cuando el ser humano ha despertado, el amanecer espiritual se convierte para él en alegría y bienaventuranza. Reconoce que el calor amoroso del sol y el calor de su corazón nacen de una misma fuente. Comprende que la luz del nuevo día eterno y la luz de su corazón son, en el fondo, una sola luz, pues el sol espiritual que se eleva para todos también se encuentra en su corazón brindándole vida.
Solo al despertar se ve cuán oscuro había sido en realidad el sueño del alma; simplemente no se había percibido. La muerte espiritual quedó oculta entre todas las distracciones y diversiones terrenales, o no fue reconocida como tal porque uno ya consideraba luz del día la actividad del intelecto alejada de Dios.
Sin duda, las experiencias temporales nos brindan satisfacción y dicha. Pero en el mundo de la apariencia y lo perecedero, también la alegría está sujeta a la polaridad y ya lleva dentro el sufrimiento de la muerte y el duelo. Todo lo que la Tierra da, vuelve a tomarlo. Ese es el precio que pagamos durante nuestra estancia en el internado terrenal. No existe un final feliz en la Tierra.
Sin embargo, existe un camino que nos conduce fuera del valle de lágrimas. En él nuestras deudas ya han sido pagadas. Su nombre es Jesucristo. Junto con él salimos del lodazal de la adicción a las satisfacciones terrenales y encontramos felicidad y alegría en el amor a la verdadera vida espiritual. Lo hermoso es que entonces también nuestras experiencias mundanas son libres, pues las vivimos de la mano de nuestro Padre celestial.
Solo ahora la vida es como siempre la deseamos: libre de miedo y preocupaciones, llena de luz y amor. Esta es la verdadera bienaventuranza; este es el final feliz bajo la luz solar del amor eterno.
La verdad es un sol. Es el centro del que brota toda vida; es fuerza creadora y fuerza de creación sin límites y, por tanto, el fundamento de toda existencia. Este sol envía sus rayos en todas las direcciones del universo y forma el puente hacia la libertad que todo ser humano puede recorrer en virtud de su amor.
Al comienzo de la vida de fe, el sol solo se ve desde lejos; pero al contemplarlo uno ya está de pie sobre uno de sus rayos: el primer paso está dado. Cuanto más se avanza, más luz hay en el corazón y con mayor claridad y apertura de corazón puede reconocerse y comprenderse la verdad. Se hace visible que este sol es el amor más puro que todo lo penetra, y que Dios, el amor y la verdad son, en el fondo, inseparablemente uno.
Cuando uno alcanza el sol, apenas comienza la verdadera vida. Lleno de alegría, el Padre toma a su hijo en brazos y lo estrecha contra su pecho. Y por toda la eternidad podrá extraer de este amor; la vida divina se abrirá ante él y penetrará cada vez más profundamente en el sol espiritual, en el sol del amor eterno.