La oración

Samuel Surazal Un choque a máxima velocidad contra un muro de luz y amor

Título original
Das Gebet
Sobre esta edición
Autor / Fuente
Samuel Surazal

«Y cuando oren, no deben
parlotear mucho como los paganos,
pues ellos creen que serán escuchados
por pronunciar muchas palabras».

Por la particularidad de la libertad absoluta de voluntad y de fe, el planeta Tierra se diferencia de manera fundamental de otros astros. Mientras aquí no existen límites en la oposición entre el bien y el mal, el amor y el odio, la verdad y la falsedad, el pensamiento y los actos de otros pueblos cósmicos transcurren por cauces prescritos de conciencia; llevan a cabo su existencia dentro de condiciones marco y directrices más o menos establecidas por las leyes dadas por Dios. Para la mayoría, la vida espiritual es una necesidad interior, como respirar. Por eso muchos de ellos, en este momento de la evolución cósmica del alma, se encuentran más avanzados que nosotros y están en condiciones de ayudarnos.

Cuanto más amplio es el margen del libre albedrío y cuanta más independencia de la voluntad de Dios impera en un planeta o un astro, más pasivo se comporta el espíritu en el corazón del alma. Esta circunstancia implica un gran peligro de embrutecimiento y ceguera espirituales.

Como en nuestra Tierra rige el principio de la libertad incondicional de voluntad y de fe, Dios solo puede ayudar activamente a una persona cuando esta le abre la puerta del alma. Por eso la oración es una condición necesaria para recibir el alimento espiritual adecuado y hacer posible la acción de Dios. Entonces él deja de ser únicamente el Creador y Conservador de la existencia y se convierte también en un acompañante solícito y un Padre amoroso.

Esta oración exige un alto grado de humildad, dentro de la cual el hijo reconoce que necesita a su Padre celestial para pasar de la muerte a la vida.


¿Cómo se debe orar?

Existen distintas formas de oración, según la etapa de desarrollo en que se encuentre una persona. En principio, las palabras dirigidas a Dios solo alcanzan su meta cuando el corazón vibra con ellas. Las fórmulas de oración que casi siempre se recitan mecánicamente y sin comprensión en las ceremonias religiosas, a lo sumo producen un efecto de autohipnosis; ni siquiera tocan el borde de la vestidura del Padre.

Por lo general, uno solo ora con intensidad cuando se encuentra en una situación de necesidad. Casi siempre es una petición para que se alivien el sufrimiento y el dolor o para recibir ayuda en una situación sin salida. Si la necesidad abre el corazón, las palabras suplicantes alcanzan el corazón del Padre; según la intensidad de la entrega, pueden actuar fuerzas espirituales que brindan ayuda. Aunque esto no siempre se manifieste de inmediato, se ponen en marcha procesos que tarde o temprano dan testimonio de la bendición de Dios.

Una oración libre del corazón que no nace de un sufrimiento del alma o del cuerpo ya ejerce un efecto más fuerte. Puede consistir en pedir asistencia divina para un propósito sincero y verdadero, pero, sobre todo, en solicitar con honestidad guía y protección en todas las situaciones de la vida. El agradecimiento de un hijo también es una oración y llena al alma de dicha por la cercanía de Dios. La alegría del Padre es inconmensurable cuando un hijo busca la comunión de amor con él y configura su existencia junto con él.

También la oración de intercesión por el prójimo y por toda la Tierra, pronunciada con humildad de corazón, atrae fuerzas espirituales luminosas. Brinda curación y firmeza a quienes sufren y abre a las almas extraviadas un camino para salir del pecado y de la muerte; que sea en este mundo o en el más allá no representa ninguna diferencia. El origen de una oración así siempre es el amor misericordioso del Padre, que toca el corazón que le pertenece.

Una oración que lleva al hijo de Dios a los brazos del Padre, por así decirlo, a la velocidad de la luz es la confianza sincera en todas las circunstancias del destino, sean dulces o amargas. En ella ve que todo lo que le sucede pasa primero por el corazón del Padre. Bajo esta luz también ve cómo debe comportarse en cada situación. Esta oración le abre la puerta a la conciencia del amparo divino. Así, la oración íntima del corazón adquiere una dimensión incomparablemente mayor, pues se vuelve verdaderamente viva. En esta familiar intimidad entre Padre e hijo nace la fe verdadera, dentro de la cual arden las últimas chispas de duda y nace la más perfecta de todas las oraciones:

El renacimiento espiritual. Aquí ya no se produce una oración aislada. Aquí el corazón del alma late al ritmo del amor de Dios; aquí el amor separado vuelve a encontrarse, lleno de la más intensa vida, y sus partes entran la una en la otra. El corazón del hijo y el corazón del Padre se convierten en un solo corazón.

Esta unión entre el alma-esposa y el Esposo divino es la oración eterna y verdadera del amor. El ser humano fue creado únicamente para esta oración.


Cuando uno percibe dentro de sí una suave atracción hacia lo divino y espiritual, pero todavía no siente amor al Padre al orar, no debe preocuparse. Como el amor divino nace del espíritu del corazón, al comienzo de la vida de fe no siempre puede captarse ni experimentarse. Aquí es necesario avanzar lentamente, un paso tras otro.

Las primeras oraciones nacidas del intelecto son, por así decirlo, ciegas y parecen carecer de fuerza. La persona no ve adónde van sus palabras ni sabe si llegan a alguna parte. Sin embargo, el Padre sí oye la oración honesta y sincera y sabe exactamente si alguien toma en serio su petición de redención y cercanía a Dios. Poco a poco añade dones de amor a las palabras del hijo y lo acerca con delicadeza a su corazón. Allí la oración recibe continuamente alimento de luz y amor; al igual que quien ora, crece desde un recién nacido necesitado de ayuda hasta convertirse en un adulto independiente y, si conserva su fidelidad, se desarrolla como se describe en el texto anterior.

Sin embargo, toda persona puede practicar siempre y en todas partes la oración del amor al prójimo. Hacer el bien a sus semejantes necesitados y sin recursos, servirlos según su leal saber y entender y perdonar al pecador son oraciones agradables a Dios. Poco a poco llenan el alma de amor divino y le abren la puerta al Reino de los Cielos.


El Padre celestial se complace mucho cuando sus hijos le confían todo, conversan con él sobre sus secretos más profundos, confiesan abiertamente sus miedos, errores y debilidades y le piden consejo y apoyo con sinceridad. Es una alegría para él mostrarles su amor y su cuidado como respuesta a sus peticiones llenas de confianza y acompañarlos en todo momento y en todas las situaciones de la vida.

La mayor alegría del Padre surge cuando, en esos encuentros, su hijo reconoce cuán amoroso es él; sí, aquí se revela que Dios no solo es manso e infinitamente paciente, sino también humilde en su amor que se entrega. Este misterio de la cámara más íntima de su corazón se reveló a todo el mundo en su arresto y crucifixión, pero ese sacrificio se interpretó muchas veces como debilidad.

Una persona que encuentra a Dios en su inconmensurable amor de Padre no siente una alegría mundana y perecedera, sino eterna y divina. Es imposible imaginar la bienaventuranza contenida en la acogida de un hijo recuperado dentro del corazón divino del Padre. Aquí el ser humano encuentra la plenitud de todo su anhelo; entra en la vida eterna, en la tierra de la paz y el amor: su hogar definitivo y verdadero.


Oración antes de comer

En la actualidad, la industria alimentaria prácticamente nos sirve veneno en el plato. Los alimentos de los supermercados contienen ingredientes dañinos para la salud y, en esa condición, son en realidad formas legalizadas de ayuda para morir. El azúcar refinada es un veneno de acción lenta y responsable de toda clase de enfermedades. En los restaurantes se utilizan casi siempre productos preparados con toda clase de sustancias químicas que, a largo plazo, destruyen el organismo. Lo mismo se aplica tanto a los alimentos contaminados con pesticidas y modificados genéticamente como a la práctica general de administrar antibióticos a los animales por medio de su alimento; aquí se interviene en el orden divino y se ponen en marcha procesos destructivos que pronto quedarán fuera de control.

Solo una cantidad comparativamente pequeña de personas se alimenta de manera ecológica, y en el caso de los productos importados no siempre se sabe qué criterios de calidad se aplicaron para su certificación. Además, tampoco los alimentos orgánicos están libres de la contaminación producida por la precipitación de sustancias químicas. Por eso, la oración antes de comer se ha convertido en una necesidad. Cuando antes de la comida uno pide con confianza que el Padre bendiga los alimentos y las bebidas, así sucede. Entonces alimentarse no le hace daño a la persona, sino que la fortalece. El agradecimiento sincero del corazón después de comer profundiza la humildad del alma y le brinda una unión íntima con el Dador de todos los dones.

Esto no significa que uno pueda orar y después entregarse a la glotonería; eso sería tentar a Dios. Es necesario alimentarse de manera razonable, pues comer en exceso fortalece el vínculo del alma con el cuerpo y obstaculiza el desarrollo de esta. «¡La comida y la bebida mantienen unidos el cuerpo y el alma!», se dice con razón en el sentido de que los alimentos y las bebidas mantienen la vida del alma dentro del cuerpo; pero, por desgracia, esta sabiduría se convirtió en lema de una glotonería desenfrenada. Sería importante lograr una síntesis saludable entre alma y cuerpo, en la que el alma pueda desprenderse de este en cualquier momento y volverse libremente hacia dentro.

Cuando una persona se ha unido con el Espíritu de Dios mediante su forma correcta de vivir, todos sus actos se han convertido en oración. La presencia del Padre purifica y bendice todo lo que su hijo consume, todo lo que dice y hace y todo cuanto le sucede.


Las oraciones recitadas de memoria solo tienen valor cuando el alma vibra con ellas en el amor de un hijo. Una oración breve o un corazón sincero que lucha por encontrar palabras son mil veces más queridos por el Padre que las palabras y confesiones prefabricadas sin la fuerza de la fe.

*

Mi tiempo está en Tus manos; ahora puedo estar tranquilo, tranquilo en Ti. Tú das amparo, Tú puedes cambiarlo todo. Dame un corazón firme, afírmalo en Ti.

*

Amado Jesús, quiero encontrarte en todas las personas. En el prójimo amoroso me muestras

Tu afecto y Tu bondad; en el pecador me muestras mis errores y debilidades.

Por favor, fortaléceme en la confianza en Ti. Ayúdame a superar mis deficiencias; supéralas Tú dentro de mí y conmigo, pues sin Ti no puedo hacer nada.

Por favor, tómame de la mano y muéstrame Tu amor, para que

pueda actuar en todo momento dentro de él y a partir de él.

Para que pueda decir de todo corazón:

Hágase Tu voluntad.

*

Amado Padre, por favor, dame un corazón lleno de amor por Ti; libérame

de mi deficiencia y oscuridad terrenales. Toma mi vida en Tus manos, para que pueda encontrarte dentro de mí

y reconocerme como hijo en Ti.

*

Amado Padre, permite que camine con Tus pies,

que dé con Tus manos,

que oiga con Tus oídos, vea con Tus ojos, hable con Tu boca y ame toda vida con Tu corazón.

Solo Tú puedes dar esto, amado Padre.

*

Padre nuestro, que estás en el cielo,

santificado sea Tu nombre; venga Tu Reino; hágase Tu voluntad

así en el cielo como en la Tierra. Danos hoy nuestro pan de cada día,

y perdona nuestra culpa, como también nosotros perdonamos a quienes tienen culpa ante nosotros. No permitas que vengan sobre nosotros tentaciones (que nosotros mismos hemos provocado a causa de nuestra condición pecadora, pero a las que

no podemos resistir en nuestra debilidad),

sino líbranos del mal.

Porque Tuyo es el Reino, el poder y la gloria

por la eternidad.

Amén


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