«Mi tiempo está en Tus manos, ahora puedo estar tranquilo, tranquilo en Ti. Tú das amparo, Tú puedes cambiarlo todo.
Dame un corazón firme, afírmalo en Ti».
Estamos invitados a un culto evangélico con motivo de la visita de la congregación hermana de Tanzania. La pareja de pastores tanzanos oficia la celebración. El coro infantil canta canciones africanas dedicadas a Jesús, y sus voces agudas conmueven el corazón de los oyentes. Finalmente, el pastor bendice a la delegación alemana que viajará a África la semana siguiente.
También veo la bendición que tiene lugar en el más allá. Aparecen espíritus celestiales y ponen las manos sobre los seis viajeros. Rayos de luz inundan sus almas. ¡Es tan hermoso contemplarlo! Se envían ángeles para preparar los caminos de la delegación alemana. Con el corazón lleno de amor, esta brindará a los hermanos tanzanos toda la ayuda posible.
En esta maravillosa celebración se me muestra finalmente que hay muchas pequeñas islas de amor como esta, formadas por comunidades espirituales y confesionales, distribuidas por toda la Tierra.
Visité a un conocido para someterme a una regresión a la existencia prenatal, pero solo vi imágenes inconexas y antiguos fragmentos de pensamientos. Sin embargo, hacia el final del tratamiento tuve una experiencia intensa: me vi como embrión en el vientre materno. Cuando finalmente llegó el momento de nacer, me resistí. En el mundo espiritual se libraba una lucha por mi alma. En el último instante tuve que salir por el canal de parto, y pude hacerlo; de lo contrario habría muerto asfixiado. En total, el parto duró tres días y fue muy difícil para mi joven madre. Debido a las condiciones sociales que imperaban entonces en el Bosque Bávaro, para un hijo nacido fuera del matrimonio, fruto de una relación con un hombre casado, la única posibilidad era un parto secreto en casa.
Pero, visto desde el más allá, mi llegada a este oscuro mundo terrenal se presentaba de una manera muy distinta: en la habitación, inundada de luz radiante, había ángeles presentes; Jesús estaba en medio de ellos y bendecía lo que ocurría. Después vi cómo, años más tarde, mi alma fue encadenada a los deseos terrenales para que, mediante la lucha en ellos y a partir de ellos, cobrara fuerza y pudiera, llegado el momento, recibir y llevar la vida divina.
El trauma de aquel parto sin aliento todavía me persigue de vez en cuando; a veces hace que mi respiración autónoma se interrumpa. Por esa razón vivo el acto de respirar de manera muy consciente. Seguir la respiración y sentir así intensamente la vitalidad brinda una paz profunda y alegría al corazón. En el mundo celestial, toda vida respira luz, y el amor lleva esa luz a cada fibra del alma y revela la conciencia divina.
(Nota sobre la terapia de reencarnación:
Ahora soy consciente de que las regresiones hipnóticas no están exentas de peligro. Como durante ellas queda anulado el mecanismo natural de autoprotección del alma, espíritus malignos pueden apoderarse de la persona que se encuentra en trance. Por eso se desaconseja firmemente este tratamiento.)
Estoy sentado en una banca de un centro comercial, observando el ajetreo. En ocasiones se me concede contemplar la vida interior de una persona para crecer en el amor. Mi mirada se detiene en una mujer de mediana edad y constitución delicada. De inmediato el Padre abre su alma: un pajarito herido, con las alas rotas, que lleva dentro de sí un sufrimiento indecible; y, sin embargo, ha resistido las tormentas del mundo. A pesar del dolor de su alma, ha conservado un corazón amoroso y por ello no ha perdido su dignidad. Lágrimas de compasión corren por mis mejillas. ¿Qué le ha hecho el mundo a esta mujer? «¡Oh Padre, por favor, pon pronto fin a esta tragedia!»
En el espíritu abrazo a este ser digno de amor y ya no lo suelto. El amor de Jesús me penetra y me llena con una oración de una intensidad que nunca había conocido. Mi agradecimiento no tiene fin cuando me entero de que algún día podré abrazar a esta hermana en el cielo.
Una amiga celebra su cumpleaños en la terraza de una cervecería. Estoy sentado frente a una joven también invitada, agradable y sumamente alegre. Su pequeño cuerpo sostiene una cabeza grande y deformada; los ojos sobresalen bajo párpados demasiado grandes y cada mano tiene apenas algunos dedos atrofiados. Ella es lo que comúnmente llamamos feo y repulsivo. Como la contemplo con el corazón, su alma se me revela. Casi me olvido de respirar ante tanta belleza. Las lágrimas llenan mis ojos. Trato de ocultarlas y concentro la mirada en mi plato. Entonces Jesús me muestra su profundo amor por ella, y veo cómo un día él mismo la conducirá al hogar espiritual.
No conozco el motivo ni la causa del destino de esta mujer, pero veo que después de su muerte le espera una gran dicha. Ella no lo sabe, pero su corazón sí y ya vive en esa alegre expectativa que toca el alma.
Lleno de amor y gratitud, permanezco sentado en silencio entre la multitud ruidosa. La profundidad es mi ser; el espíritu, mi vida. Mi vida Te pertenece, oh Padre. Solo a Ti.
En una tienda observé a una madre con su pequeña hija. Al mirar a los ojos de la niña, comprendí que cumpliría una misión especial en el nuevo tiempo. Pedí la bendición de Dios para ambas. Entonces acudió una multitud de ángeles con el encargo de proteger especialmente a esa familia y acompañarla en el camino que aún tenía por recorrer. Eran los hermanos de la madre y de la niña que no habían entrado en la carne. Para poder estar con sus hermanas y permanecer a su lado, la oración les abrió el portal a la Tierra. Habían esperado ese momento y se pusieron manos a la obra llenos de entusiasmo.
El Padre mueve a un hijo de los hombres a orar para que se abra una puerta por la que fluya su bendición. Solo de él procede el milagro de la redención, pero en su amor paternal y divino atribuye su obrar a sus hijos.
Nuestra hija toca una pieza conmovedora en el piano. Detrás de ella se encuentra un ángel que se deleita con su interpretación. Es un alma hermana. El amor que emana de este visitante llena toda la casa. Mi alma arde en llamas; casi me disuelvo en ese amparo de luz.
En el hogar espiritual, la luz y el amor serán el oxígeno que respiremos. ¡Cuánto anhelo el día del regreso a casa!
Acostado sobre el colchón, sigo agradecido mi respiración. Me invade una extraña sensación de ligereza. Junto al corazón de Jesús abandono el cuerpo y, como espíritu, floto libremente en el espacio. De pronto, en mi esfera del más allá, estoy sentado frente a un piano, aunque nunca he tocado ese instrumento. Las manos y los dedos se deslizan sobre las teclas y revelan una melodía magnífica que me penetra por completo; sí, yo soy la música, soy los sonidos mismos y prácticamente me desvanezco en ese éxtasis.
Cuando vuelvo a encontrarme en el cuerpo, siento que sus mejillas están mojadas. El cuerpo también llora las lágrimas del alma cuando esta se encuentra fuera de él.
Subí a la Colina Olímpica de Múnich y abracé un árbol hermoso y digno.
Él dijo: «Así como yo fui plantado y crecí en esta colina, levantada con los escombros de la guerra, y ahora permanezco aquí con mi fuerza y dignidad, así también tú crecerás y cobrarás fuerza a partir de los escombros de tu guerra interior, y finalmente te alzarás con fuerza divina y grandeza de alma».
Bauticé al árbol con el nombre de Samuel. Se alegró mucho por ello.
Carrera invernal
Las carreras largas de este año me han puesto en una condición excelente. No siento ningún esfuerzo al correr: todo está bien, estoy sano. Echo a correr con pasos ligeros y disfruto de la fuerza y ligereza del cuerpo. El crujido uniforme de la nieve me lleva a un ligero estado de meditación mientras gruesos copos danzan a mi alrededor. Poco a poco me fundo con la alfombra blanca; casi parece que flotara. Me invaden una profunda gratitud y satisfacción. Vaciado de la locura del mundo, me encuentro cobijado en el corazón del Padre.
El alma palpita atravesada por la luz y toda separación se disuelve: cada ser humano se revela como hermano o hermana en el sentido divino. Ahora miro hacia el futuro, ¡muy lejos! Veo cómo será algún día; no, cómo es en realidad: la humanidad es, propiamente, un solo ser humano. Y este tiene conciencia de sí como unidad de todos los seres humanos. Por toda la eternidad penetrará cada vez más profundamente en la esencia de Dios y se unirá con él en un amor sin límites. Sí, eso somos nosotros, los que desde hace milenios nos hacemos la guerra y nos asesinamos unos a otros: ¡un ser humano de luz y amor!
¿Dónde estoy? El cuerpo corre allá afuera. Me deslizo suavemente de nuevo en él y vuelvo a conectarme con los sentidos. El devenir desplaza al ser; el tiempo vuelve a tomar el cetro.
Vacaciones junto al mar
Sentado en la playa, el mar acaricia juguetonamente mis pies, como un animal grande y fiel. Hablo con él y le demuestro mi afecto y mi respeto. Entonces se abre para revelar el origen y el hogar de toda vida:
En esta visión grandiosa contemplo la verdad del ser humano, oculta en el cuerpo y varada en las orillas de lo perecedero hasta que el tiempo se quiebra: ¡océano de cristal, mar de dolores y sufrimientos, cuyo grito penetra en la eternidad! ¡Aquí se estremeció lo más íntimo de Dios! Y sucedió lo que nunca antes había ocurrido y nunca volverá a ocurrir por toda la eternidad: ¡el riesgo de la muerte eterna, el sacrificio de esta creación, la encarnación de Dios como ser humano, la crucifixión y la resurrección del amor!
Al volver en mí, siento la suave caricia de las olas; el mar toca con ternura mi alma y me muestra su vínculo conmigo. Él sabe.
Una vez más, cuando sentí un profundo amor por Dios, vi cómo ese amor se propagaba como una ola por el universo, hasta una distancia infinita y sin fin. Entonces pregunté: «¿Cómo es posible que un pequeño ser humano genere semejante ola de amor, capaz de llenar el espacio infinito?»
Oí: «Cada ser humano lleva la infinitud en el corazón, y todo pensamiento que ama desinteresadamente hace estremecer el universo y lo llena de luz y amor. Así, mediante su amor a Dios, cada ser humano se convierte en corredentor de toda la materia caída y de todas las almas perdidas. Este amor es la única llave de la redención y la liberación. Es la llave del cielo».
Noche de Viernes Santo
Paso esta noche solo, velando en una banca del parque. Con mis pensamientos enteramente puestos en Jesús, deseo solidarizarme con él desde mi debilidad humana. Consciente de que los acontecimientos de aquella noche y la crucifixión posterior transformaron el mundo, me siento atraído hacia él con todo mi corazón. De pronto veo que Jesús, en plena lucha con Satanás, percibe mi presencia. Y veo que, en medio de sus luchas, pensó en el destino de cada ser humano. En esos pensamientos encontró finalmente la fuerza que lo llevó a decir: «¡Padre Mío, que no se haga Mi voluntad, sino la Tuya!»
Ahora he sido transportado como persona espiritual al huerto de Getsemaní. La luna brilla con fuerza y reina un silencio absoluto. Jesús lleva una vestidura blanca. Está sentado en el suelo, con sus grandes ojos combatientes llenos de amor. El Padre se ha retirado. El hombre Jesús, abandonado por Dios en esta hora, lucha por cumplir su destino sin el poder divino que le pertenece; solo puede valerse de las fuerzas de su alma. Me permite mirar en su interior y veo su lucha sin palabras ante los acontecimientos que se aproximan. En silencio me acerco a él; como un hermano, se deja abrazar, y nuestros corazones se unen profundamente. Así permanecemos hasta que el cuerpo me llama de vuelta.
Permanezco mucho tiempo más sentado en la banca, tratando de comprender lo que acabo de vivir. Reconocer de este modo a Jesucristo ha destruido mi manera anterior de pensar. El intelecto se ha rendido humildemente al amor, que durante este encuentro se apoderó por completo de mí. Mi bienaventuranza no tiene límites. ¡Mi corazón Te pertenece, oh Padre, para siempre Te pertenece!
En la iglesia
Desde la última fila observo cómo la gente recita sus oraciones de manera automática y sigue la ceremonia que se desarrolla en torno al altar. De improviso veo a Jesús. Está sentado en una de las bancas laterales, vestido con un sayal áspero de color café. Nadie le presta atención, nadie tiene un interés sincero y verdadero en él; ninguno de los llamados creyentes desea realmente estar a su lado.
«Así sucede con las personas: no ven a Jesús, no ven al hermano pobre que está a su lado. Van a la iglesia por interés propio y por costumbre, y duermen el sueño de los justos», dice una voz en mi interior.
En otra ocasión miro en las almas de dos personas sentadas cerca una de la otra en la iglesia. Una de ellas cree ciegamente en la institución eclesiástica; las palabras del pastor se desvanecen en la niebla de su fe muerta. Bajo el dictado del pensamiento material ha perdido toda profundidad espiritual. Su fe consiste en pensar que asistir a la iglesia ha de servir para algo, y en hacerlo porque los demás también lo hacen. Piensa en el almuerzo y en los resultados del fútbol. En medio de su sueño, Dios está infinitamente lejos de él y, por tanto, es inalcanzable.
El otro lleva dentro de sí la verdadera Iglesia y viene aquí para llevar amor a la comunidad. Está completamente presente y su corazón se encuentra lleno de la presencia de Dios. Cada palabra del pastor penetra profundamente en su corazón y alimenta el fuego de su amor al Padre, pues «para el puro, todo es puro». Veo cómo ora en silencio por sus semejantes y cómo, en respuesta a esa intercesión, el interior de la iglesia queda inundado de una luz radiante.
Jesús aparece ahora con una vestidura blanca y, acompañado por ángeles, bendice a los presentes. El que intercede percibe que algo sagrado está ocurriendo. En su corazón dice: «Amado Padre, Te pido, por Tu amor, que no se pierda ninguna de las almas que se encuentran aquí; que todas sean salvadas y encuentren el camino hacia Ti».
Entonces el interior de la iglesia arde en una luz aún más brillante; toda la iglesia está hecha de luz y amor, y su resplandor se extiende hasta muy adentro de la infinitud. El creyente siente que el Padre ha escuchado su petición, y su alegría es indescriptible.
Y veo que una de estas personas representa al mundo ciegamente material, mientras que la otra representa al amor que se entrega a todo. Además se me muestra que la iglesia simboliza la Tierra. A mayor profundidad se vuelve visible que la iglesia representa toda la creación material. Y aún más profundamente se revela como símbolo de la creación espiritual, con el amor como oración de redención y de vida eterna.
Profundamente conmovido, doy gracias a Dios por esta visión. Mi alma permanece en llamas durante mucho tiempo, hasta el punto de que apenas sé qué hacer conmigo mismo.
Durante una meditación del corazón con mis hijas, somos llevados a la sala del trono de Dios. Jesús está sentado en el trono; lleva una vestidura de blanco radiante y, en esta manifestación real, una corona sobre la cabeza. A izquierda y derecha, numerosos ángeles forman dos filas junto a las paredes laterales y contemplan con reverencia a su Señor y Dios; también hay muchos otros espíritus presentes. Corremos directamente hacia Jesús y las niñas se sientan en su regazo, como hacen siempre que nos encontramos con él.
Él dice: «Miren, estos son los hijos de la Tierra; eligieron el camino de la carne y por ello tienen que superar una dura lucha en el mundo. Antes eran como ustedes, llenos de reverencia ante la santidad y omnipotencia de Dios. En la oscuridad del mundo pudieron reconocer a Dios Padre y Me aman como los hijos aman a su padre; el amor que han reconocido en Mí vence la reverencia y abre la puerta de Mi corazón. No miran Mi gloria, sino únicamente Mi corazón abierto.
Todo espíritu debe recorrer este camino si quiere acercarse a Mí como ellos. Y ellos son también Mi alegría y Mi bienaventuranza inconmensurables. Aunque todavía lleven el polvo de la Tierra en los pies, Mi amor lavará sus almas hasta dejarlas blancas como la nieve bajo la luz del sol, y su alegría no tendrá fin».
Jesús acaricia con ternura a sus hijas y a las mías; ellas se acurrucan contra su pecho y beben de su amor. Finalmente se pone de pie y me mira. Me acepta por completo en mi miseria y condición pecadora. Se me concede abrazarlo y me hundo en el amparo de esta unión. Los espíritus nos observan muy conmovidos, pero también sorprendidos de que nos acerquemos a Dios sin reverencia.
Finalmente llega el momento de abandonar el salón real. Cuando volvemos a encontrarnos en nuestro hogar material, seguimos llenos de luz por nuestra visita a Jesús. No fue un viaje de la fantasía, sino una experiencia verdadera en el mundo espiritual.
Viaje por Marruecos
Hemos entrado al Sáhara montados en camellos. Cuando el campamento queda en silencio, oigo el llamado de subir a una duna alta. Es medianoche y la luna llena baña el mar de arena con una luz pálida. En el campamento del desierto duerme mi familia, a la que tanto amo y por la que doy gracias a Dios con todo mi corazón. El viento acaricia suavemente mi piel y mi alma. Llena de amor a Dios, mi alma comienza a cantar. Antes vociferaba cuando estaba borracho, y eso no era poco frecuente. Ahora estoy «embriagado de amor a Dios» y le canto a ese amor.
De pronto aparecen unos espíritus y me observan con curiosidad. Como evidentemente son musulmanes fallecidos, les digo que Mahoma fue sin duda un profeta por medio del cual Dios habló. Pero añado que Jesucristo no fue un profeta, pues en él Dios estuvo y sigue estando plenamente presente. Jesucristo es Dios en persona y, por tanto, está incomparablemente por encima de Mahoma. Al menos me entienden en cuanto al lenguaje, pues, como ocurre con el ser humano, también en el más allá la palabra pierde su envoltura y solo permanece visible el sentido interior, el alma; ellos continúan observándome.
Penetro más profundamente en el corazón y soy transportado al huerto de Getsemaní, iluminado por la luna llena. Jesús está sentado allí con una vestidura blanca. El Padre se ha retirado y Jesús es ahora enteramente el Hijo del Hombre. Hay muchos espíritus presentes; sí, el cielo se ha abierto sobre Getsemaní, pero a nadie se le permite intervenir para ayudar en lo que está por suceder. Abrazo a Jesús larga y profundamente, y bebo de su amor. Así permanecemos hasta que vuelvo a encontrarme en la duna. El silencio me envuelve y una paz indecible me llena. Todo es amor, todo es Dios. Liberado de los poderes terrenales, ya solo le pertenezco a él. De nuevo soy transportado al mundo espiritual:
Hace 2000 años, Jesucristo abrió el camino directo al Reino de los Cielos, y quienes lo siguen llegan al lugar donde él se encuentra. Pero en el acceso y sobre ese camino surgieron obstáculos que deben eliminarse. Con ese propósito, espíritus especialmente preparados para ello se revistieron de un cuerpo terrenal. Son los pioneros del amor divino, cuya misión es volver transitables los «caminos de acceso» espirituales al sendero abierto por Jesús, así como el sendero mismo. Trabajan arduamente para exponer con fidelidad al amor y a la verdad la enseñanza cristiana, que se encuentra cubierta de maleza espiritual y sepultada bajo rocas de fe delirante. Este servicio apostólico incluye también rectificar la identidad de Jesucristo como el único Dios verdadero, para todos los pueblos de esta Tierra.
Cuando emerjo de estas revelaciones, el cielo se ha cubierto de nubes, la luna ha desaparecido y el viento arroja con fuerza arena contra mi torso desnudo, de modo que siento como si me clavaran mil agujas. Cierro los ojos y le pregunto a Jesús si debo quedarme. Entonces abre ante mí el futuro, y me veo hablando primero ante unas pocas personas y luego ante muchas. «¿Qué se supone que debo comunicarles? ¡Eso no es lo mío!», digo. Pero Jesús me asegura que en cada situación recibiré el valor para hablar y las palabras adecuadas. Y eso no es todo. En reuniones cristianas les comunica por medio de mí a enfermos y personas con discapacidad que él los sana si creen en el poder redentor de su amor. Entonces un hombre en silla de ruedas y otras personas presentes que padecen distintas dolencias físicas recobran la salud.
Luego les digo a los oyentes: «Las verdaderas enfermedades son de naturaleza del alma y mucho más difíciles de sanar que las corporales. Porque se puede recaer fácilmente en limitaciones como la soberbia, la lujuria, la envidia, la avaricia o la codicia si uno vuelve a abrirse a ellas. Solo quien esté dispuesto a despedirse de su conducta pecaminosa debe pedir que Jesús lo sane ahora». Entonces algunas personas quedan libres de sus pecados y reconocen el amor de Dios.
De vuelta en el cuerpo, me coloco de espaldas al viento. Mi vida le pertenece a Jesucristo; sí, en realidad la vida de cada ser humano se encuentra cobijada en la perfección de Dios, pero uno niega ese amparo. En lo profundo de mi alma veo la disposición a dejar el cuerpo en cualquier momento. ¡Sí, estoy preparado! La palabra casualidad se hunde en la nada. Siento cómo la muerte me abandona para siempre y la inmortalidad me penetra. No como una creencia teórica, sino como certeza viva. ¡Qué liberación! ¡Ver la propia inmortalidad, tener la conciencia infalible de la vida eterna, es gracia y regalo del Padre para los hijos que lo aman por encima de todo!
Ya son las 3:00 de la madrugada. Pronuncio una oración de intercesión por familiares y conocidos, y luego regreso al campamento para dormir un poco más, pues no queremos perdernos el amanecer.
Familia
Nuestro matrimonio fue instituido por Dios y ha recibido abundantes bendiciones. Nuestras almas han madurado en numerosas luchas; nuestras disposiciones individuales se complementan cada vez más como dos partes de un todo y hacen posible una relación armoniosa y feliz. La disposición religiosa de mi esposa es silenciosa; para ella la fe es algo íntimo de lo que no le gusta hablar. En lo profundo de su corazón lleva el misterio del amor nupcial a Dios.
El atributo característico de su espíritu es la justicia. La misión de su vida consiste en penetrar, a pesar de su marcado sentido de la justicia, hasta el fundamento de amor de su corazón y entregar su comprensión mundana del derecho al amor misericordioso de nuestro Padre celestial. Por la gracia de Jesús se me concedió ver una vez su estado prenatal: era un espíritu lleno de sabiduría y justicia resuelta, que ejecutaba las instrucciones divinas, pero estaba sujeto a la voluntad de Dios y, por ello, no actuaba desde un amor autónomo e independiente. Después contemplé la conciencia que la lucha en el mundo había transformado en ella y vi una figura etérea que irradiaba una luz delicada. Su actitud espiritual era de entrega pura y humilde. Nunca antes había visto semejante gracia; cada fibra de su ser estaba dirigida hacia Dios, mientras el amor de él penetraba su belleza luminosa y llenaba su corazón de una alegría indecible y de paz celestial.
«¿Esa es mi esposa? ¡Esa es mi esposa!» Apenas me atrevía a tocarla con la mirada. Pero entonces comprendí que podemos llegar a ser uno en nuestro amor compartido a Jesucristo. Y nos vi entrar como un solo ser en el corazón de nuestro Padre celestial, viviendo allí por siempre en una libertad y una bienaventuranza sin límites.
Antes de encarnarse, nuestra hija mayor me visitó y acompañó en varias ocasiones; por eso conocía su nombre y su sexo incluso antes de que naciera. Cuando abría su corazón, percibía el profundo afecto que sentía y me permitía compartir su alegre expectativa ante esa encarnación.
Nuestra hija menor también es una hija de la luz. Ambas son una bendición no solo para nosotros, sus padres, pues en el nuevo tiempo llenarán de dicha a muchas personas con su sabiduría nacida del amor. Su tarea principal se encuentra en la formación de los niños y jóvenes de la nueva Tierra. Esta es su vocación, en la cual encontrarán su realización terrenal. Hasta que finalmente entren en el corazón de su Padre celestial, del cual nacieron un día.
Durante una conversación con mi hija acerca de la muerte tengo una visión de su partida al más allá: algún día presentirá que ese día se acerca. Sufrirá un poco, pero solo brevemente, y lo soportará con humildad, como siempre lo ha hecho durante su existencia terrenal. Estará acostada en una cama de hospital y se despedirá de sus seres queridos. Poco después se dormirá tranquilamente. Despertará en el más allá completamente sana y dichosa. Yo estaré allí, esperándola… pero habrá alguien más… Es Jesús, que recibe a su hija en los brazos. Entonces llega también mi esposa. ¡Oh, qué alegría indecible!
Aquí termina la visión, pero sé que también se nos unirá nuestra otra hija. Más familiares y parientes completarán la comunidad celestial, y habrá un encuentro bienaventurado en el amor de nuestro Padre en Jesucristo.
Muchos espíritus de las esferas luminosas han adoptado ahora una forma terrenal. Como mi familia, la mayoría no guarda ningún recuerdo de su existencia prenatal. Pero tarde o temprano despertarán; su origen los tocará vagamente desde el inconsciente y, a algunos, se les revelará de forma parcial o incluso completa.
Descendieron desde las regiones celestiales más magníficas para servir a la humanidad en este tiempo de transformación. Aquí en la Tierra experimentan la diferencia inconmensurable entre dos formas de existencia: antes eran una parte de la voluntad ligada a Dios y actuaban con bienaventuranza en una perfección prescrita; ahora son seres humanos autónomos, cuya voluntad es fundamentalmente independiente de Dios. Y por ello son imperfectos, pues están ciegos ante la vida de Dios oculta en el corazón del alma, hasta que despierten.
Bienaventuranza
Todo en mí y todo lo que forma parte de mí es pecado. En mi humanidad terrenal no soy capaz de hacer nada bueno. Incluso la amabilidad fingida, la compasión y la disposición a ayudar van acompañadas de egoísmo, complacencia en mí mismo e interés propio. Casi no existe un mal pensamiento que yo no sea capaz de pensar. Confesarlo es la única verdad de la que puedo gloriarme.
Todo lo verdaderamente bueno y todo amor verdadero en mí y que procede de mí pertenecen a Dios, pues solo él es bueno y amoroso; fuera de él no existe nada bueno, no existe amor, no existe verdad, no existe vida.
El conocimiento vivo de que tenemos un Dios tan bueno y amoroso llena mi corazón de profunda gratitud y amor hacia él. Esto le permite penetrarme profunda y completamente con su espíritu y transformar todo mi pecado en lo que es divino en él.
Sin Dios nada, con Dios todo
Mi vida transcurre únicamente en la gracia de Dios. Todo lo que en la Tierra llamo mío le pertenece al Padre; yo solo administro sus dones. Mi esposa es un regalo de su corazón, mis hijas son hijas suyas, mi casa es su casa, mi vida espiritual es propiedad suya. Mi gratitud por esta gracia no encuentra palabras; solo puede y debe cumplirse en la fidelidad del amor.
A veces siento a Dios con cada fibra de mi ser. De él recibo el don de la vida eterna. Al saberme perteneciente a Dios experimento un indecible amparo de amor, ausencia de miedo y una confianza absoluta en Dios que penetra todas las situaciones de la vida. Una confianza tan profunda se funda en el amor sin reservas a Jesucristo.
En el sendero cristiano se abandona cada vez con mayor frecuencia el mundo terrenal de las apariencias, pues se ha reconocido y comprendido la ilusión de la materia. Al sumergirse en el amor del Padre, el alma experimenta los más diversos estados de la realidad espiritual. A veces, sensaciones que parecen maravillosas se unen con el encuentro con Dios tan largamente anhelado:
Cuando uno se suelta por completo en la entrega al espíritu divino, vuelve a encontrarse en una intimidad absoluta. Al hacerlo, aparentemente me pierdo y me expando hacia la inmensidad del espacio. En esta expansión contemplo el núcleo de mi ser: un punto diminuto en la infinitud, que a su vez contiene infinitud en sí mismo; un instante de la eternidad que lleva dentro lo eterno.
Un impulso asciende desde lo profundo del alma. No, no es un pensamiento, sino una conciencia atemporal sostenida por la palabra eterna «Yo soy». Y aunque la respuesta está presente, surge la pregunta: ¿quién es el Creador de todo ser? ¿Quién dio a luz a la verdad y al amor?
A lo lejos veo una figura vestida de blanco. Desde hace mucho sé quién es, pues también se acerca a mí dentro de mi corazón. «¡Padre!», dice una voz en mí, «¡mi Jesús!». Y el abrazo parece no terminar. Aquí se me concede abandonar mi miserable estado; ¡por fin puedo vivir!
Solo en su corazón llega el ser humano a este lugar; solo aquí encuentra el amparo que ha anhelado durante toda la vida.
El Padre me tocó y de pronto me vi en forma espiritual. Para mi asombro, allí había un ser humano penetrado por el amor y la luz, en quien no existía nada malo ni falso. Sorprendido, pensé: «¡Oh, soy bueno! ¡Adondequiera que miro hay amor, mansedumbre y bondad! Aquí no es posible fingir ni mentir; ¡aquí solo existe lo verdadero y lo bueno!»
Permanecí allí llorando en medio de mi condición pecadora, sin poder creer que se me permitiera ser así. Y vi que, en realidad, siempre soy ese ser humano lleno de amor y luz, aunque estoy aprisionado en múltiples deseos sensuales y dependencias, así como en los pensamientos y actos relacionados con ellos. Y vi que, en lo más profundo de sí, cada ser humano es en realidad un espíritu perfecto en Dios y procedente de Dios.
Y comprendí que ese espíritu es Dios mismo en toda vida y que en el amor que actúa en él y desde él termina toda separación. Comprendí que la entrada definitiva de un ser humano en su identidad divina significa la unión del Creador y la criatura, del Padre y el hijo, del alma-esposa y Dios-Esposo. Y seguí contemplando cada vez más profundamente ese amor, quedando cada vez más arrebatado y sin palabras; ya no era y, sin embargo, era, y había llegado al lugar del que partí un día.
Alegría, alegría, alegría
Una alegría que nada puede arrebatar, suceda lo que suceda, ya sea la vida o la muerte. Y cuando muere una persona amada, los ojos lloran las lágrimas del alma. Pero esas lágrimas fluyen en la misma corriente que la bienaventuranza despertada en el corazón y están bañadas en el amparo divino. Y en la medida en que crece la alegría, crece también la entrega. ¡Qué dicha sostener la mano de Jesús, descansar sobre su pecho y ser introducido por él en sus planes para la creación!
Este nuevo nacimiento espiritual da a luz a un amor y una paz indescriptibles. Solo eso puede llamarse vida. Esta es la herencia de Dios para todo ser humano que se vuelve hacia él con humildad sin reservas.
¡Mi vida en Tu mano, oh Jesús, Tú, mi Dios! Cada vez con mayor frecuencia se me concede vivirte a Ti en mí y vivir mi ser en Ti. ¡Bienaventuranza sin fin, amor sin medida ni límite! ¡Qué regalo es esta vida de Dios!
De vez en cuando soy arrebatado de forma inesperada. En medio de grandes multitudes, casi abrumado por las distintas energías, mi alma se enciende y arde en el fuego del amor de Dios. Me invade una paz profunda; libre del tiempo y del espacio, contemplo el ajetreo. Cobijado en el corazón de Jesús, comprendo que todo el mundo no es nada, que fuera de su amor no existe nada de valor. Quiero desvanecerme en ese amor, me estrecho contra él con mucha suavidad y ternura; es infinitamente tierno. El corazón de Dios es santo, es la fuente de la pureza, la mansedumbre y la bondad. Sí, aquí está el cielo; aquí el Padre les revela a sus hijos la cámara de su corazón.
En sus brazos morí y en sus brazos desperté. En sus ojos me ahogué y en ellos él me devolvió la vida. Por mis venas corre su sangre redentora, mi corazón late al ritmo del suyo. Me veo como una chispa divina, como parte de su ser… ¡Siempre lo fui y siempre lo seré!
Allá afuera, invisible para quienes me rodean, hay un ser humano en llamas. Mi apariencia exterior prácticamente se desvanece en la irradiación del amor divino. Permanezco aquí, como espíritu, junto a mi Padre, en una bienaventuranza indecible.
Ahora puedo extraer sin fin de mi espíritu. Torrentes de luz se derraman en el alma. Se me concede penetrar cada vez más profundamente en la vida del amor divino; Dios se apodera de mí cada vez con mayor frecuencia. En el amor a él he entrado en mi identidad atemporal. Aquí bebo de la fuente del amor; aquí el Padre abre para su hijo, nacido interiormente en él, la cámara del tesoro de su corazón; aquí lo introduce en los misterios de su creación material y espiritual.
¡Si las personas supieran quién es Dios en realidad y cómo es!
La fuente del amor es la vitalidad del corazón divino. Del pecho de Dios fluye una riqueza inagotable; de ella beben los espíritus angélicos la bienaventuranza eterna. Quisiera comunicar este estado, pero no es posible.
Me encuentro en una conciencia inexpresable; ya no soy y, sin embargo, soy. Mi alma no sabe qué hacer con tanta alegría y gratitud; me derrito en el fuego del amor a Dios y apenas logro mantenerme entero.
«¡Tu estado apenas corresponde al grado inicial de la bienaventuranza del cielo!», oigo en mi interior.
Mi respiración es paz. Mi corazón es amor. Cada instante brinda plenitud y una alegría sin límites. Los colores penetran en mí y viven en mí. Cada piedra, cada planta, cada animal, cada ser humano irradia amor y toca mi corazón directamente. No puedo describir la luz del día: está viva. ¡Qué armonía maravillosa hay en esta profundidad de la existencia! Así existo ahora. No hace falta nada más cuando el alma florece en la vida de Dios. Ninguna satisfacción terrenal puede brindar semejante plenitud. Solo en la libertad del amor divino encuentra el ser humano su bienaventuranza eterna.
¿Qué necesidad me queda? Un único deseo asciende en el alma: desposarme para siempre y por toda la eternidad con este amor. Ser completamente uno con esta única y verdaderísima vitalidad para siempre.
Yo soy. Todo es como es. Existencia: caigo en la verdad de esta palabra y vivo en ella. Ser, infinitamente sencillo y sencillamente infinito: por sí mismo, en sí mismo y desde sí mismo. ¿Cómo podría darse testimonio de esta experiencia? Aquí termina toda forma de expresión mundana; todo intento de descripción se pierde en las profundidades de la existencia verdadera. Y, sin embargo, el alma desea comunicarse…
…esta vida contiene, no, es una seguridad llena de la más intensa vida, una vitalidad absolutamente segura. Vida que eternamente se da a luz a sí misma como amor. Amor que una y otra vez se entrega renovado a toda vida. Amor que penetra con ternura el alma. Amor sin pasado y sin futuro. Amor infinitamente poderoso, infinitamente vulnerable, infinitamente puro. Amor intocable y, sin embargo, capaz de tocarlo todo: el corazón de Dios. Aquí comienzo hace eones y aquí comienzo en el presente. Aquí comienzo y termino al mismo tiempo. Sin cesar. Nacimiento infinito, palpitante de una vitalidad indestructible. Aquí no soy el ser humano que nació en la Tierra; aquí soy el espíritu que soy desde el principio.
Así habla el Amor en mí:
«Yo soy la vida en todo. Soy lo más íntimo y el fundamento de cada ser humano, soy su esencia. Lo penetro todo y lo abarco todo; por eso soy también lo más exterior y, en ello, soy también la muerte y, de nuevo, la vida.
Yo soy el ser en el devenir. Soy la permanencia inmutable en medio de lo que perece. Nada puede tocarme y, sin embargo, Yo lo toco todo.
Yo soy el principio de amor de la creación que todo lo transforma; soy su espacio infinito, su fuerza y su energía. Yo dirijo las trayectorias de todos los mundos materiales y espirituales. Soy también la plenitud del aparente vacío entre los mundos.
Yo soy la infinitud y la eternidad mismas. Donde termino, comienzo, y donde comienzo, termino. No tengo nombre y soy el Nombre de todos los nombres, escrito en el fondo de tu corazón. Yo soy Amor. Yo soy amor sin límites. Yo soy el Amor mismo. Yo soy el Amor de Dios. Yo soy Dios.
Solo puedo amar; en Mí todo se convierte en amor. A quien se entrega a Mí, Yo lo transformo en Mí mismo y lo hago libre. Sin condiciones».