Vida cristiana cotidiana – dones de la fe

Samuel Surazal Un choque a máxima velocidad contra un muro de luz y amor

Título original
Christlicher Alltag - Glaubensgeschenke
Sobre esta edición
Autor / Fuente
Samuel Surazal

«A la humildad se le revela

el poder del amor en los pequeños acontecimientos de la vida cotidiana».

En la ciudad, junto a una calle muy transitada. Cuando el semáforo peatonal cambia a verde, la multitud se lanza a cruzar. Sin embargo, en medio del intenso tráfico de la hora pico se ha formado un embotellamiento que bloquea el paso peatonal. La gente se abre camino por delante y por detrás de los vehículos, pero un hombre en silla de ruedas no puede pasar. Entonces, un conductor retrocede para dejarle espacio. Justo en ese momento, detrás del automóvil, un padre con un cochecito de bebé intenta abrirse paso y apenas logra esquivarlo para que no lo atropelle. Algunos transeúntes se detienen e insultan furiosamente al conductor, diciéndole que es un idiota. Una mujer de aspecto sumamente agradable no se une a los insultos.

Mientras la multitud se apresura a seguir cruzando la calle, la mujer les explica con una voz amable y agradable a algunos de los transeúntes alterados que el conductor solo había querido retroceder para dejar pasar al hombre en silla de ruedas. Lo hace con tanto amor y completamente libre de agresividad y condena, que las personas se tranquilizan de inmediato y es evidente que en ese mismo instante dejan atrás su enojo. Los rasgos tensos de sus rostros se suavizan y en ellos empieza a percibirse una leve sonrisa. Lleno de alegría, doy gracias a Dios por esta lección de amor al prójimo.


En el supermercado, las filas se extienden desde las cajas por lo menos diez metros hacia el fondo, entre los estantes, y apenas avanzan. Algunas de las personas que esperan están nerviosas e impacientes.

En mi interior, una voz dice: «Esperar también puede ser hermoso. Disfruta este instante y observa lo que sucede».

Con plena confianza suelto todo lo que me rodea, y me invaden una alegría y un amor tan grandes que me cuesta contener las ganas de abrazar uno tras otro a quienes están a mi alrededor, o mejor aún, a todos a la vez. Mi mirada recorre el lugar… La situación ha cambiado. Todo está más tranquilo, los empujones han cesado, ya no se percibe impaciencia y los rostros estresados parecen relajados.

¿Cambia el entorno mediante la entrega al amor? ¿O se trata de la misma situación, contemplada con un corazón tocado por Dios? ¿Se comporta ahora la gente de otra manera porque el Padre celestial derrama su bendición? Sea como sea, los pequeños milagros de la vida cotidiana han pasado a formar parte de mi vida, y cada vez es una alegría participar en el servicio de amor de Dios al ser humano.


En un autobús urbano repleto reinaba una atmósfera extraordinariamente apacible. A pesar de la falta de espacio, los pasajeros eran amables y considerados; no se oía una sola palabra hostil y todos se mostraban llenos de paciencia con el prójimo. Aquello me sorprendió y convertí mi asombro en una pregunta que deposité en mi corazón.

«Una persona que cree de verdad puede transformar la atmósfera de un lugar, y como resultado muchas almas se vuelven apacibles y amorosas», oí. Entonces traté de descubrir quién era aquella persona creyente. Como no pude identificarla, surgió en mí la idea de que tal vez fuera yo mismo; pero me avergoncé de pensarlo, pues de ningún modo me consideraba digno de ser llamado un verdadero creyente en medio de mi condición pecadora.

Oí: «Solo al reconocer humildemente la propia condición pecadora se abre la puerta en el corazón del alma, desde donde puede revelarse la vida espiritual».


En una aldea pobre de África vi a un padre que rodeaba amorosamente con el brazo a su hijo. El profundo afecto que se tenían se reflejaba en sus ojos radiantes. Ante aquella escena que, en realidad, no tenía nada de extraordinario, me llené de tal bienaventuranza que mi alma de pronto se encendió en llamas. Lleno de alegría, pensé que en realidad solo hace falta amor para ser feliz, y cuán hermoso es el lugar donde habita el amor, sin importar cuáles sean las circunstancias exteriores.


Participé con nuestra hija menor en una carrera de 10 km. Era su primera carrera larga. Luchó por mantenerse y terminarla a pesar de estar resfriada. No quería decepcionar a su papá, ni tampoco a sí misma. Después de cruzar la meta tomados de la mano, nos dimos un abrazo muy estrecho, y la felicidad compartida después del esfuerzo anterior es inolvidable.

Ya he corrido varios maratones, pero haber corrido junto a mi hija significa para mí más que muchas llegadas anteriores a la meta. ¡Qué alegría, qué bendición que se me conceda ser padre o madre, dar amor y comprensión a los hijos y compartir experiencias con ellos!

Gracias al amor que sentimos por nuestras hijas, contemplo profundamente el corazón de Dios. Si un ser humano puede albergar en sí un afecto tan grande por sus hijos, perdonarles todo y permanecer a su lado en cualquier circunstancia, ¡cuánto más afecto nos tendrá nuestro Padre celestial en su amor perfecto, entregándose a nosotros en todas las situaciones de nuestra vida, si dirigimos la mirada hacia él y nos abrimos a él!


Pasamos nuestras vacaciones junto al Atlántico. En el complejo vacacional, algunos huéspedes reservan desde muy temprano las sillas reclinables con sus objetos de playa, aunque no llegan hasta avanzada la mañana. Muchos bañistas vuelven a irse porque no encuentran un lugar libre. Una familia no llega a sus sillas reservadas hasta cerca del mediodía. Observo: es un matrimonio alemán con dos hijas adultas, vulgares y arrogantes en sus comentarios, que profieren a voz en cuello mientras fuman sin parar. Parece no importarles haber bloqueado las sillas durante toda la mañana. Pienso en llamarles la atención, pero seguramente no lo haría de una manera amable.

En silencio me vuelvo hacia Jesús. Él toca mi corazón y me invade un profundo afecto por esa familia. Hasta sus rostros, no precisamente hermosos, adquieren rasgos agradables. En el espíritu los veo como hijos de Dios; él toca sus almas con ternura, como lo hace una madre con sus amados hijos.

Así se manifiesta el amor al prójimo. Este es el camino que podemos recorrer: hacernos a un lado, abrir el corazón y dejar que el amor divino actúe en él y desde él. Esto puede ocurrir mediante dones espirituales expresados en la palabra, mediante la oración silenciosa o a través de ayuda material de toda clase. Cuando uno deja de estorbarse a sí mismo, se convierte en la puerta por la que nuestro Padre celestial puede entrar en la Tierra. Con esta forma de vivir se puede difundir mucha bendición.


En una tienda de alimentos, una mujer mayor no pudo pagar toda su compra y devolvió con tristeza algunos productos. Le puse suavemente la mano sobre el hombro y le ofrecí cubrir la cantidad que le faltaba. Me miró sin poder creerlo, y también la cajera me dirigió una mirada interrogante. Después de que pagué, la mujer me dio su bendición y me deseó salud para toda la vida. Al salir de la tienda tenía lágrimas de felicidad en los ojos por haber podido darle una alegría a alguien.

Jesús dijo: «Lo que le hiciste a esta mujer, Me lo hiciste a Mí». Mientras regresaba a casa reflexioné sobre sus palabras y tuve que contener todavía más lágrimas de alegría.

Dar es una bendición cuando uno actúa unido a Jesús, pues entonces Dios se entrega por medio de uno y el amor al prójimo se convierte así en un acto santificado. Pero hay que aprender a no esperar nada cuando se da. Si alguna vez no recibimos agradecimiento o se aprovechan de nuestra disposición a ayudar, no debemos apartarnos del amor. Esto solo se consigue cuando se coloca el bien del prójimo en el centro de los propios actos. Hay que atreverse a dar este paso si se quiere caminar de verdad por el sendero espiritual y emprender la aventura de la filiación divina.


Una compañera de trabajo estaba atravesando un divorcio y no podía pagar el alquiler. Le presté la mitad de mi sueldo mensual para que pudiera salir adelante. Cuando nuestros caminos se separaron, no le fue posible devolverme el dinero. Le di mi dirección y le dije que lo pagara cuando mejorara su situación económica. Nunca volvió a comunicarse conmigo. Años después me la encontré en un restaurante. De inmediato percibí el peso de su mala conciencia. La abracé con cariño y me alegré sinceramente de aquel encuentro, sobre todo porque había logrado rehacer su vida. No mencioné el dinero; fue y sigue siendo una alegría para mí haber servido al amor.

Al intelecto le gusta condenar semejante proceder y llamarlo estupidez por no haber exigido lo que a uno le corresponde. Desde una perspectiva mundana, ese punto de vista es legítimo. Desde la perspectiva divina, la situación se ve de otra manera. Los actos desinteresados, que se elevan por encima del privilegio terrenal y del beneficio material propio, manifiestan las fuerzas de bendición de Dios y producen liberación por doquier.

Sin embargo, las buenas obras no deben tener como motivo conseguir para uno mismo la gracia de Dios. Que el único motivo sea el amor incondicional al Padre; el hijo de Dios solo se deleita en la belleza del amor. Ningún dinero del mundo, ninguna riqueza material ni satisfacción de los sentidos terrenales puede dar la bienaventuranza que reposa en la vida de Dios. Ninguna palabra puede describir lo que el Padre les da a los hijos que lo aman más que el resplandor pasajero de este mundo.


Hoy trabajé en la cocina del restaurante de un amigo y gané 120 DM. De regreso a casa, una anciana me pregunta si quizá tengo un marco que pueda darle, pues debido al alto costo del alquiler no puede comprarse nada para comer. El corazón casi se me rompe de compasión; le doy 100 DM y me quedo con 20. Apenas puede creerlo y exclama emocionada: «¡Todavía existen personas así!», y me abraza con cariño. Yo me alegro tanto como ella, o quizá aún más, y doy gracias de corazón por este encuentro providencial.

Solo cuando el intelecto mundano queda fuera, el corazón puede practicar el verdadero amor al prójimo. Por supuesto, uno no debe regalar todo su dinero, pero recibirá la guía necesaria para dar en la medida justa, aunque al pensamiento racional marcado por lo terrenal no le agrade reconocerlo. Y más vale dar un poco de más varias veces que dar demasiado poco una sola vez.

Los actos de amor al prójimo solo pueden desplegar su efecto divino si no se los coloca bajo los reflectores, a menos que Dios así lo desee. Los ejemplos dados aquí deben servir de testimonio de que el Padre llena a su hijo con su espíritu y hace morada en él cuando este no sirve al beneficio material propio, sino al amor. Aquí se cumple de manera verdadera y viva la Palabra de Dios. Él es el amor y la vida. Sin él, nada; con él, todo. Mi vida le pertenece a Jesucristo. En él soy indeciblemente feliz.


Dones de la fe

«Cuando uno se siente desconcertado o asombrado por las cosas que suceden en el camino hacia Dios,

es porque todavía no está lo bastante firme en la fe».

Festival Tollwood de Múnich

Cuando entramos al recinto del festival, oímos llegar desde la carpa de conciertos las antiguas canciones de Supertramp, y le digo a mi acompañante: «Esto despierta recuerdos de los años 70». En mi interior pienso lo hermoso que sería estar ahora en ese concierto… pero, por desgracia, todas las entradas están vendidas. En mi corazón miro a Dios con amor y con esa mirada que pide y pregunta, como un niño pequeño que suplica con los ojos a sus padres que le compren un juguete expuesto en una vitrina, y le pregunto si no habrá alguna posibilidad de asistir al concierto.

Caminamos tranquilamente entre las carpas y los puestos, y vemos a una amiga en la terraza de la cervecería. Cuando la saludamos, nos enteramos de que es su cumpleaños y la felicitamos con mucho cariño. Ella pregunta: «¿Quieren que les regalemos dos entradas para Supertramp? Tenemos entradas, pero preferimos quedarnos aquí y celebrar al aire libre».

La miro sin poder creerlo y luego respondo lentamente: «Eh… ¿¿síí??!», mientras ya nos ponen las entradas en la mano y nos desean que disfrutemos de un hermoso concierto. Por supuesto, entramos de inmediato a la carpa, y Jesús habla por medio de Roger Hodgson: «Give a little bit of your love to me…».

Así es como el Padre llena de dicha de muchas maneras y cumple incluso deseos terrenales, siempre que su realización no perjudique a sus hijos y que estos reconozcan en los regalos su afecto y su amor.


Una semana de vacaciones acampando en Italia. Según el pronóstico, lloverá y hará frío precisamente durante esa semana; sobre todo para los primeros días anuncian mal tiempo. Durante el viaje de ida llueve con tanta intensidad que por momentos ya no se ve nada y solo podemos avanzar lentamente. Mientras tanto converso con Jesús sobre los temas más diversos y, al pensar en el pronóstico del tiempo, adopto esa mirada infantil que brota del corazón.

Él dice: «No son las personas quienes deciden el clima, sino Yo; como en todas las cosas de la vida, también aquí Yo tengo la última palabra».

Cuando nos acercamos a nuestro destino vacacional, el cielo empieza a despejarse y, al llegar, está casi completamente libre de nubes. Pasamos una tarde maravillosa en la playa y por la noche cenamos al aire libre, frente a nuestra casa rodante. Solo cuando nos disponemos a dormir comienza a lloviznar, y luego llueve durante toda la noche. Por la mañana el sol entra por la ventana del dormitorio y nos espera un tiempo espléndido. A partir del tercer día ya no llueve ni siquiera de noche y, salvo por uno, los días siguientes están bañados de cálida luz solar bajo un cielo azul radiante.

Mediante experiencias como estas, el Padre revela que desea dar alegría en todo momento. Con amor le dice a su hijo: «Porque Me has regalado tu amor, también Mi amor te pertenece».

El último día de vacaciones limpiamos la casa rodante que alquilamos allí y después vamos a la playa para disfrutar todavía de unas horas agradables. Como nuestra vieja sombrilla ya está muy deteriorada, decidimos comprar una nueva. Quiero sacar mi billetera de la bolsa de playa… y no la encuentro. Tampoco aparece después de buscar a fondo en la casa rodante. Mientras regreso a la playa me acompaña una voz suave: «Eres clarividente; ¡deberías saber dónde está la billetera!»

Me recojo en mi interior y la encuentro en la bolsa de playa: de verdad no la había visto. «Sí, ¡ahí está!», dice mi acompañante espiritual, contento porque mi visión ha dado resultado. En la playa abro la bolsa y, agradecido, tomo la billetera.


Vacaciones en Tailandia. Mientras me baño en el mar, de la nada recibo un impulso penetrante de salir inmediatamente del agua. Pienso: «¿Qué podría pasarme? Aquí no hay corrientes y probablemente tampoco tiburones», y sigo nadando. Segundos después siento un dolor punzante en el pie. Regreso rápidamente a la playa; el pie ya está visiblemente hinchado y arde. Cuando unos lugareños me examinan, resulta que me ha picado un erizo de mar.

Por desgracia, no era la primera vez que ignoraba una advertencia espiritual y luego me sucedía algo a mí o a otra persona. En el futuro prestaré más atención.


Mi esposa y yo asistimos al Festival del Lago de Bregenz. Para esa noche se ha anunciado lluvia, pero la función al aire libre se presenta de todos modos. Le pido a Jesús que podamos disfrutar del espectáculo sin mojarnos. Cuando tomamos asiento, empieza a lloviznar y calculo que el 99 % de los aproximadamente 6000 asistentes se apresura a ponerse sus impermeables y capas de plástico; con sus capuchas puntiagudas forman un mar de enanitos que resulta divertido contemplar. Mi vecino de la derecha también se ha vestido así y me mira con curiosidad porque estoy sentado únicamente con una camiseta. Le digo amablemente que no va a llover. Me mira con lástima, pues unas nubes negras como el carbón se ciernen amenazantes sobre nuestras cabezas. Para darle fuerza a mi fe, no me pongo la chaqueta. Poco después la lluvia cesa de manera repentina y durante las dos horas siguientes no cae sobre la Tierra ni una sola gota más.

No soy precisamente el típico aficionado a la ópera y, en realidad, estoy aquí por complacer a mi esposa. Por eso, durante la función me vuelvo hacia Jesús.

Él dice: «¡Ora!» «¿Por quién debo orar?» «Por todas las personas que están en este recinto». «¡Pero son muchísimas!» «A Mis hijos les concedo un poder ilimitado en la oración».

Mi corazón es tocado y, lleno del amor de Dios, oro profundamente por todos los presentes.

Entonces Jesús dice: «Te ha sido concedida una oración redentora por toda la Tierra. Cuando llegue tu tiempo, tu oración revelará Mi misericordia y aliviará los dolores de parto de la Tierra y de muchas almas».


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