«Cuando el Esposo está presente, la esposa no necesita pasar hambre».
El resultado del ayuno depende del objetivo que se persiga con él. Si solo se pretende reducir el peso, eliminar residuos y limpiar el cuerpo, eso será precisamente lo que se experimente; no habrá una penetración consciente en ámbitos inexplorados del alma. En ese caso, el ayuno sirve únicamente a un fin físico, aunque siempre con buenos efectos sobre el cuerpo y el alma.
Si una persona se encuentra en el sendero espiritual y tiene dificultades para superar sus deseos y pasiones, puede utilizar el ayuno como apoyo para llevar a cabo determinados propósitos y cumplir ciertas exigencias. En este caso, la purificación del cuerpo y la pérdida de peso que se producen al abstenerse de comer solo desempeñan un papel secundario.
Durante el ayuno no solo se liberan y queman los residuos y las sustancias tóxicas de las células del cuerpo; también se libera el veneno depositado en el alma -es decir, patrones de conducta y condicionamientos grabados de muy diversa índole que impiden avanzar a quien se esfuerza espiritualmente-, y ese veneno exige ser procesado. De este modo, el periodo de ayuno se convierte en un proceso que desafía al ser humano por completo. Ahora penetra en las capas más profundas de su deseo dirigido hacia el exterior. Entra en el espacio donde se le revela su atadura a las cosas pasajeras del mundo. Aquí quedan despiadadamente expuestas las energías egoístas que braman sin cesar en el alma, porque se les ha quitado el manto de la satisfacción terrenal.
Por eso, al principio esta toma de conciencia resulta muy desagradable y humillante: la persona pierde su equilibrio. Pero precisamente esta humillación le abre a quien se esfuerza espiritualmente ámbitos del alma que hasta entonces permanecían ocultos. El ayuno confiado, de la mano del Padre, abre la puerta a espacios de conocimiento muy alejados del aparente conocimiento de sí mismo que ofrece el mundo.
La Biblia cifra en 40 días la duración óptima del ayuno. Todo cristiano que realmente quiera despertar debería vivir al menos una vez un ayuno prolongado, siempre que su estado y su constitución se lo permitan.
Durante un ayuno prolongado en retiro se revela el gusto por el consumo mundano. Uno ve su inclinación a comer y beber en exceso y desenfrenadamente. Toma conciencia de su dependencia de toda clase de entretenimiento y pasatiempos ofrecidos por los medios. Echa de menos la televisión, el teléfono celular y la computadora, donde y de donde recibe constantemente información nueva que le permite adoptar una posición y, con ello, una opinión, para generar una vitalidad aparente mediante las más diversas identificaciones y formas de ver las cosas. Y por encima de todo ello reina la adicción —nacida del anhelo— a que se reconozcan las actividades profesionales y privadas, que confieren la ilusión de ser importante.
Para el mundo sin Dios, la motivación egocéntrica y el reconocimiento son necesidades existenciales. Pero como, por regla general, se basan en actividades y confirmaciones externas sin sostén espiritual, uno nunca puede encontrar el sentido y la finalidad de su existencia. En la búsqueda constante de éxitos terrenales y experiencias materiales gratificantes, uno vive de espaldas a la verdadera tarea de su existencia: encontrarse a sí mismo en Dios.
El ayuno ofrece la posibilidad de penetrar en ámbitos ocultos de la conciencia. Cuando uno se abstiene durante un periodo prolongado de las omnipresentes posibilidades de satisfacción, llega a un estado en el que el alma queda desnuda, sin sostén alguno en su afán terrenal y pasajero. Si uno permanece firme en este desierto y no huye de sí mismo, a continuación se revela el apoyo de un fundamento hasta entonces desconocido: lejos de todo el ajetreo mundano se abre una vitalidad que existe independientemente de los acontecimientos externos. Aquí el ser humano se encuentra a sí mismo en su identidad espiritual; aquí el Padre celestial concede una satisfacción duradera al anhelo de su hijo; aquí el hijo de Dios encuentra su valor en el amor de Jesucristo.
Al atravesar este proceso corren muchas lágrimas; a menudo he llorado ante Dios en mi miseria. Pero siempre percibí su alegría por la confesión sincera y honesta de mis falsedades, y ese afecto me dio en todo momento consuelo y confianza.
En el sendero espiritual no siempre es posible poner en práctica de inmediato, o siquiera poner en práctica, ciertas exigencias, por lo cual la voluntad se debilita mucho durante algún tiempo. Después de las resistencias iniciales, el ayuno devuelve el alma al equilibrio. En el desierto del ayuno es purificada y puede salir fortalecida de la abstinencia que se ha impuesto. Así, el ayuno es siempre un nuevo comienzo.
Precisamente en la lucha contra el impulso sexual, el ayuno es un arma poderosa. Durante este tiempo de abstinencia, el alma ávida de placeres se retira del cuerpo, con lo que los deseos sensuales pierden influencia. A veces esto se siente un poco extraño, porque la atadura al cuerpo se afloja. La respiración se vuelve menos profunda y la absorción de oxígeno disminuye temporalmente. En ocasiones se producen dolores de cabeza y dificultades de concentración. Las molestias corporales preexistentes pueden empeorar al principio.
Si uno acepta los distintos estados, de ellos surge una gran bendición. Ya en las primeras semanas disminuye la necesidad de satisfacción corporal. La continuación del ayuno desde la 3.ª hasta la 6.ª semana brinda perspectivas completamente nuevas de las realidades espirituales. Un sentimiento de libertad, ligereza y humildad llena el alma. En él puede abandonarse por completo en Dios, y el amor del Padre hace florecer de nuevo el corazón.
Experiencias de ayuno
Desde hace días lucho contra los impulsos y placeres inferiores que se ponen sin cesar ante mis ojos. Veo mi insaciabilidad por la buena comida y las delicias, veo la dependencia de los medios masivos, veo los deseos sexuales indomables, veo el afán de reconocimiento por parte del mundo, veo la comodidad y la pereza, la obstinación en tener la razón, la arrogancia y la presunción. Y veo cómo estas adherencias entre el alma y la materia impiden la liberación cuando uno cede ante ellas una y otra vez.
La inquietud interior, la hipersensibilidad y la agresividad se alternan con la resignación y la necesidad de someterse a las debilidades del alma. Con mayor frecuencia serían necesarios el retiro y el silencio, pero esta vez ayuno en medio de mi rutina laboral. Intento orar repetidamente, pero no logro concentrarme. Aun así, sé que Jesús está presente y me acompaña, aunque no perciba su presencia.
Cuando el alma cae en el sendero de las privaciones, el Padre la ayuda a levantarse con estas palabras: «Ven, Mi hijo, vuelve a levantarte y sigue adelante. ¡Mira hacia delante y no hacia atrás! Quien mira atrás vuelve a tropezar de inmediato con los obstáculos que tiene por delante. Presta siempre atención al camino y mantén en todo momento tu meta ante los ojos».
Le pedí insistentemente a Dios una oportunidad de retirarme a la soledad para poder desprenderme aún más de las ataduras terrenales mediante la oración y el ayuno. Ahora se ha presentado una oportunidad: la casa de una conocida, en un pueblo de montaña muy por encima del lago de Garda, resulta perfecta para ello. Durante los meses de verano hay allí mucha actividad, pero ahora, en noviembre, solo están presentes los habitantes del lugar. Desde la terraza de la azotea, la vista abarca grandes extensiones del lago, que visto desde arriba reposa tranquilo y sereno en el valle. Permaneceré sentado allí durante mucho tiempo; el alma se aquietará y se volverá clara.
Los hermanos espirituales me comunicaron que estarían allí para acompañar y apoyar el proceso. También estarían presentes poderes oscuros. Me acosarán con su energía destructiva e intentarán sumirme en el miedo y la duda. Ya conozco esto y estoy preparado. En el nombre de Jesús les ordeno retirarse; esto ya ha sucedido en el pasado, por lo que conozco la relación entre las fuerzas que se enfrentan.
Un retiro de este tipo siempre es el trampolín hacia una nueva etapa de la vida. El contenido espiritual que se ha abierto durante el aislamiento y la abstinencia debe integrarse después en la vida cotidiana mediante obras de amor; así se convierte en propiedad del alma. Esto es el alfa y la omega del avance por el sendero espiritual. Aquí se demuestran la seriedad y la fidelidad. Y aquí se dan los pasos grandes y firmes hacia el corazón del Padre.
Ayuno en la soledad de las montañas suizas. Cuesta dejar ir. Separarme de la familia exige un gran esfuerzo. El silencio repentino y la abstinencia de las comodidades y placeres del mundo inquietan al alma. Pero por eso estoy aquí: para morir aún más al mundo y acercarme a Dios, a fin de poder ser un instrumento útil de su amor.
Las luchas interiores y una paz profunda se alternan. Pocas veces he llorado y orado tanto. Una noche siento con tanta intensidad el amor hacia mi esposa y mis hijos que el dolor de la separación casi me quita el aliento. Este estado no quiere terminar; me encuentro ante la decisión: regresar a casa o quedarme. Pero esto es una prueba: Jesús o la familia. Aunque me sangra el corazón, decido esperar y no huir. El alma es purificada. Aumenta la atención consciente y regresa la calma. Después de las sensaciones iniciales de debilidad, pronto estoy lleno de energía y afán de actuar, y me convierto en excursionista por las montañas.
No fui yo quien pidió este tiempo de retiro en la montaña; Jesús puso este deseo en mí e hizo posible realizarlo. «¡Te amo, Jesús!». Ahora él está aquí. Me aprieto contra su pecho y deseo que el abrazo no termine. Mirarlo a los ojos me deja sin palabras y sin pensamientos. El amor de Jesús es ahora mi alimento, mi pan celestial, mi vino celestial. Sin él, nada; con él, todo. Cuando el Esposo está presente, la esposa no necesita pasar hambre. Él alimenta el alma y también el cuerpo. Me muestra que el dolor por la separación de mi familia era y es su dolor de amor en mi corazón, y cuánto anhela estar junto a sus hijos y con ellos.
Durante una caminata, de pronto soy separado de mí mismo y veo con claridad mi naturaleza humana caída: «¡Oh, Dios! ¿¡Ese soy yo!? ¡No quiero volver allí! ¡Es terrible! ¡Ya no quiero ser esta maraña frenética y caótica de pensamientos y sentimientos!»
El alma queda sobria y conmocionada; literalmente se desploma sobre sí misma, lucha por respirar y busca sostén. Entonces el Padre me recibe en sus brazos, en sus ojos, en su corazón. Me invade un sentimiento indescriptible de ser aceptado. Todo está bien. Por fin en casa. Amor, amor, amor.
El proceso de alimentación de luz
La alimentación de luz significa que uno no obtiene la energía vital mediante alimentos sólidos, sino directamente, sin la materia como sustancia portadora. Una vía para conseguirlo es el llamado proceso de alimentación de luz, que se dio a conocer en Australia a principios de los años 90. Dura tres semanas; durante la primera no se come ni se bebe, y en las dos siguientes solo se toman jugos diluidos. Suena bastante extremo, y realmente lo es.
Supuestamente, durante la primera semana, en la noche del 3.er al 4.º día, seres espirituales realizan una operación en la que introducen un goteo etérico en la médula espinal para evitar la muerte por insuficiencia renal o deshidratación. De este modo comienza el proceso de adaptación y, al terminar la primera semana, uno ya se siente alimentado.
La finalidad de la alimentación de luz no es dejar de comer, sino servir de herramienta para desprenderse de una conciencia colectiva estancada y quedar libre para nuevas experiencias espirituales. Según las instrucciones, el proceso de alimentación de luz solo debe realizarse si uno tiene estabilidad en el alma y experiencia previa con el ayuno (en el libro de Michael Werner «Vida mediante la alimentación de luz» se encuentran indicaciones precisas e información importante sobre este tema. Desaconsejo otros libros temáticos, pues en su mayoría confrontan al lector con disparates espirituales).
No quiero involucrarme con seres extraños durante este proceso, sino profundizar mi contacto con Jesucristo. Aunque no estoy seguro de si él aprueba mi propósito o solo se mantiene al margen por respeto a mi libre voluntad, llevaré a cabo mi plan con la esperanza de poder desprenderme aún más de las actitudes erróneas del alma y de las ataduras terrenales.
Primer día:
Hace 12 horas que bebí el último trago de agua. Como conozco los síntomas del ayuno, estoy preparado para trastornos físicos como dolores de cabeza, leves sensaciones de debilidad y mareo, y dificultades de concentración.
Segundo día:
Aprovecho este día para reflexionar y sintonizarme más profundamente. El alma ora. Me siento transparente y ligero. Por el ayuno sé que los antojos suelen disfrazarse de hambre. En nuestro mundo de abundancia, casi nadie conoce ya el hambre verdadera.
Tercer día:
Hoy me siento un poco más débil. Respirar me exige esfuerzo. Tengo frío, porque el organismo produce poco calor cuando no recibe alimento. Supuestamente, durante la próxima noche se realizará una operación en el alma para impedir la muerte y adaptar el cuerpo a la alimentación de luz. Me entrego con confianza en las manos de Jesús.
Cuarto día:
No percibí ninguna operación durante la noche. La sensación de debilidad aumenta; ya no puedo pensar con claridad, me siento aturdido y, al mismo tiempo, muy irritable. Esto es lo más extremo que he hecho hasta ahora. Pasar cuatro días sin comer no es un problema; no beber sí lo es. Ahora estoy luchando por completar este proceso.
Debido a la mayor transparencia del alma, tanto mis propios pensamientos como los pensamientos y las palabras ajenas adquieren una intensidad que penetra directamente en el corazón. El alma abre sus canales más oscuros; todo lo reprimido aflora a la superficie y se liberan los recuerdos y traumas almacenados en los abismos de la conciencia. La sed se vuelve abrumadora. Me duelen los riñones e hiperventilo. En cuatro días mi cuerpo ya ha perdido 7 kg.
Quinto día:
Con una estatura de 188 cm y un peso habitual de unos 88 kg, en realidad soy bastante fuerte y estoy bien entrenado gracias a las carreras de maratón. Pero ahora estoy tan débil que ya no puedo levantarme. Así debe sentirse una persona con discapacidad cuyo cuerpo no le obedece. No es una sensación agradable. Esta es la zona de la muerte. Ahora es importante retirarme por completo. Mi esposa y mis hijos están muy preocupados, y es comprensible. Ven mi miseria, temen lo peor y me ruegan con insistencia que ponga fin al proceso; pero sigo terco como un asno.
Sexto día:
Las voces de las personas se vuelven líquidas. Cuanto más clara es la voz, más puro y transparente es el líquido. Escucho música con voces agudas y bebo de ella. A medida que avanza el día, extrañamente me siento cada vez más fuerte. Algo es diferente… y todo lo que es diferente es bueno. Por la noche tengo un ataque de tos. Después me siento como recién nacido, quizá como un bebé cuyos canales energéticos se abren después del nacimiento. Lleno de energía, subo y bajo cuatro o cinco veces las escaleras hasta el ático. La sensación de debilidad ha desaparecido por completo.
Séptimo día:
Aunque el cuerpo está consumido y el rostro demacrado, no estoy débil ni sin fuerzas. Sin embargo, la sed es casi insoportable; tengo la boca y la garganta completamente secas. En mi cabeza hay espirales de pensamientos y comprendo la locura, porque puedo verla. Esta noche, a las 22 horas, podré beber.
Segunda y tercera semanas:
No puedo describir la experiencia de beber por primera vez. Todo mi ser estaba lleno de una palabra maravillosa: ¡GRACIAS!
Ya al comienzo de la segunda semana tengo la sensación de estar bien alimentado. Bebo jugos diluidos; durante las comidas compartidas, mis ojos comen con los demás y se alegran ante su apetito. A diferencia de algunas otras «personas que se alimentan de luz», que sienten recibir el alimento desde fuera, yo siento que soy alimentado desde mi interior. Ahora el cuerpo está mucho más cerca de mí que antes; en esta cercanía percibo su distancia indescriptible y siento que yo no soy él, sino que él es mi vehículo: una máquina construida con gran arte que hace posible la existencia terrenal del alma.
El proceso me ha humillado. Mi confianza en Dios se ha vuelto más intensa. Ahora veo que solo Dios me mantiene con vida. Él es la energía presente en el alimento material; él es el pan de la vida. Ahora tengo la certeza de que uno no necesariamente tiene que morir sin alimento material. En todo caso, es posible recibir el alimento directamente de la energía vital en la que estamos inmersos. Sin embargo, no puedo ni quiero imaginarme sin ingerir líquidos. Debo dejar esta contradicción tal como está.
Llegará un tiempo en que la humanidad podrá alimentarse de esta manera. Pero, al igual que otras técnicas que abren el alma y que transmiten espíritus demasiado entusiastas, este proceso «canalizado» -que funciona en algunas personas, pero no en la mayoría- tampoco está inspirado por Dios. Por eso desaconsejo urgentemente el proceso de alimentación de luz. He reconocido que no es voluntad de Dios dejar de consumir alimentos de forma permanente, y mucho menos someterse a este proceso.
El ayuno tiene en ocasiones su lugar en el sendero espiritual, porque purifica el cuerpo y el alma. Pero comer y beber en la medida correcta es un acto divino que corresponde a la alimentación espiritual. Además, al ingerir alimentos se libera la vida del alma ligada a la materia, pues durante el proceso digestivo se desprenden sustancias vegetales y animales sutiles que son incorporadas al alma humana. Por otra parte, la ingestión de alimentos abre la posibilidad de agradecer a Dios, tanto antes como después de comer y beber.
Cuando algún día haya escasez de alimentos y hambruna en nuestras regiones, el Padre alimentará a los suyos desde su Espíritu, aun sin este proceso.