«Comí miel, embriagado por el olor de mi descomposición espiritual».
Uno podría pensar que quien ha recibido una visión de la verdad de la vida procurará de inmediato seguir el camino que se le ha abierto, para hacer suya la vida divina que ha reconocido. Por desgracia, un alma que está despertando suele estar tan enredada en los deseos materiales -en realidad, enamorada de ellos- que su conciencia no puede alcanzar la liberación a pesar de su visión iluminada. En sus debilidades, el ser humano tocado por Dios sigue siendo por el momento un amante de la muerte. Esta circunstancia les ocasiona a muchos cristianos horas agobiantes y de autotortura, durante las cuales luchan por alcanzar la tierra de su vocación. A este respecto, presento aquí algunos textos escritos en momentos de abatimiento y desesperación, pero también de esperanza y confianza siempre renovadas.
No se hace la luz en mí; estoy lleno de ira y agresividad. No puedo mirar a Jesús, no quiero mirar a Jesús. Soy demasiado orgulloso y obstinado para pedir ayuda. ¡Quiero estar furioso! Me revuelco en la «libertad» de la autodestrucción.
Esta muerte conoce todas las entradas al corazón, y son tantas las muertes espirituales que uno puede morir, tantas las trampas… La serpiente, símbolo de la tentación: la veo, negra y reluciente, deslizarse silenciosamente por el alma. Es maestra de la seducción sutil, de tender trampas en silencio, y acecha en lo oculto con la paciencia del mal. Puede adoptar cualquier expresión, cualquier figura, cualquier placer de la materia, cualquier aparente beneficio. Presenta su veneno como bálsamo y su abrazo como un lugar de seguridad. Vende magistralmente la muerte como si fuera la vida; domina este arte a la perfección.
Estrechamente abrazado a ella, bailo la danza de las sombras bajo la pálida luz de mi amor petrificado, y me resisto con todas mis fuerzas a abandonar este lugar porque creo encontrar aquí apoyo y confundo el fuego de los deseos corporales con la luz de la vida.
En espíritu golpeo mi cabeza contra la pared. Una vez más he sufrido una triste derrota en la lucha contra las pasiones inferiores: esa misma batalla que ya he perdido innumerables veces. Mi cabeza estalla en mil pedazos y revela su contenido: desánimo, aversión, desesperación, ira contra Dios por haberme dejado caer tan bajo.
Mi cerebro destrozado flota a mi alrededor como pensamiento destructivo y finalmente cae al suelo hecho añicos. Pero la conciencia delirante se mantiene obstinadamente en pie, recoge los escombros y fragmentos que yacen en el suelo y vuelve a revestirse de todos los deseos pasajeros para adoptar de nuevo, lo antes posible, la figura de la muerte. Ya mañana volverá a presentarse ante mí, me atará con deleite y me arrastrará hacia las cavernas oscuras de mi egoísmo, mi obstinación y mi orgullo.
Cuando el deseo corporal me domina, ya no puedo concebir ningún pensamiento lleno de espíritu, mucho menos encontrar refugio en el mundo espiritual. Entonces casi todo me da igual y solo puedo pensar compulsivamente en imágenes gobernadas por el placer y el instinto. Pero lo que sigue ya no es tan dichoso: en la embriaguez sensual, el Espíritu de Dios se ha retirado y, con ello, el alma vuelve a participar de la muerte de la carne. Siguen horas atormentadoras de arrepentimiento y autoacusación.
Muchos cristianos que se esfuerzan con seriedad solo avanzan aquí con gran dificultad. Pero la debilidad puede propiciar el progreso, porque en ella uno encuentra el amor y la paciencia infinitos de Dios, libres de toda coacción y reproche. Él acompaña a su hijo hasta el interior de sus pasiones mortales, participa en sus luchas, lo consuela y lo levanta. Esto también le es posible porque, como el hombre Jesucristo, él mismo tuvo que vivir debilidades del alma con las que se había revestido, para utilizarlas como instrumento con el cual liberar a su Espíritu encarcelado en el corazón.
Una vez más Tu gracia me toma; en medio del pantano de mi pecaminosidad, me ofreces Tu mano. Desciendes al lodo maloliente de mi amor propio, como una madre que quiere rescatar a su hijo que se hunde. Así abres Tu corazón. Te desprecio y Te insulto, pero Tus ojos amorosos no se apartan de mí. Tu corazón permanece abierto, aunque yo le arroje desperdicios y mis pensamientos afilados e hirientes se hundan profundamente en Tus brazos y Tus pies y Te claven en la cruz, ¡Dios mío y Padre mío! Y Tú sangras por mí y, mientras lo haces, me miras con ojos de una bondad indescriptible que dicen: «Te amo, Mi hijo; Yo muero por ti, hijo Mío».
Así me sacas de mi tumba. Así me redimes de la muerte. Así despierto en Ti.
Al recorrer el sendero espiritual, las recaídas son inevitables debido a las debilidades del alma que todavía existen. Una y otra vez se cae desde regiones luminosas hasta la persistente justicia propia que emerge en el trato con los demás, junto con la condena y el castigo mental ligados a ella.
En esas situaciones, la ira y el enojo me dominan por completo; un paño negro se posa sobre el corazón y lo envuelve en la desesperanza de una fuerza de voluntad atada a la autocomplacencia y al amor propio. Cuando una persona se encuentra ahí, es deudora de los poderes oscuros. Sometida a la ley de causa y efecto, paga con la sangre del alma el precio de su servidumbre.
Aunque el Padre mantiene su mano protectora sobre sus hijos, a veces permite que experimenten el poder de la oscuridad, para que se conozcan a sí mismos y vean con claridad los mecanismos diabólicos. Así, también la imperfección del hijo queda situada dentro de la perfección. En última instancia, el fundamento divino de la vida que todo lo penetra convierte cada acto imperfecto en servidor de la luz y el amor.
Por mi percepción extrasensorial, percibo las palabras de los espíritus del mundo del más allá que nos rodea. Allí no siempre se oyen cosas agradables. Mi conducta dominada por la justicia propia en determinadas situaciones suele ser comentada con burlas y risas. Si me entrego al desánimo o a la autoacusación, los seres inferiores intensifican aún más esas emociones. Entonces solo puedo aceptar y soportar esos estados agobiantes.
El alma llora, respirar se hace difícil. En el cielo se amontonan amenazantes nubes negras de tormenta. En la tempestad de la desesperación, las olas del mar del alma azotan con furia y la conciencia se convierte en juguete de poderes demoníacos. Pero ahora experimento el poder de Dios. Jesús aparece en esta noche. Viene hacia mí sobre las olas y ordena a la tormenta callar. De inmediato reina el silencio. En él pronuncia palabras de consuelo y aliento. El alma se serena en el acto y el corazón respira luz y amor. Un sentimiento indescriptible de ser aceptado produce una liberación instantánea.
Ahora oigo cada vez con mayor frecuencia mensajes del luminoso mundo de los espíritus, recibo instrucciones para el tiempo inmediato y me entero de qué pruebas se aproximan y qué atadura del alma habrá de ser liberada. En todo ello resuenan siempre la paciencia y el cuidado. Pero también se me hace ver la urgencia del tiempo, pues el tiempo perdido es irrecuperable.
Es necesaria una entrega total a la voluntad divina; solo entonces se le quita al espíritu del mundo el derecho de reclamar un alma. Cuando Dios toca a una persona y provoca su despertar, Satanás tiene el privilegio de tentarla. Dice: «Hoy mismo te haré caer; cuando ponga mis dulces ante ti, negarás a Dios y me seguirás».
En estas pruebas puede suceder que un hijo de Dios ya despierto vuelva a perder la vida espiritual que le había sido abierta. Lo que queda es un egoísta ávido de placeres y reconocimiento, sumergido en temores, preocupaciones y autocompasión. En esas noches del alma, sus debilidades determinan su conducta y a veces le causan desesperanza y desesperación. Aquí se ponen a prueba la perseverancia y la fidelidad, y aquí se decide entre la vida y la muerte.
Así como en Jesucristo el Padre -el amor divino- se retiró en la noche anterior a la crucifixión y el Hijo del Hombre, Jesús, tuvo que luchar sin asistencia divina -solo con la fuerza del alma- para tomar la decisión de sacrificarse por amor, también toda persona que quiera entrar seriamente en la vida espiritual debe conquistar, en el jardín nocturno de su alma, la disposición a entregarse al amor divino. En esta entrega de la voluntad reside la victoria sobre los poderes oscuros: Satanás tiene que retirarse.
Y un día, cuando el alma haya sido purificada y probada en estas luchas, se le quitará el aguijón del mundo. Entonces podrá habitar eternamente en la casa de su Padre celestial.
La discrepancia entre el ser que uno cree ser y el que realmente es alcanza a toda persona que busca su verdadera identidad y procedencia. El conflicto entre la existencia terrenal y la espiritual divide su confianza en sí misma y, en ocasiones, genera confusión e inseguridad.
Una pregunta fundamental surge una y otra vez y se convierte en compañera permanente: «¿Quién soy realmente? ¿Es real mi despertar?»
También la fantasía contiene la fuerza de la realidad. Pero la fantasía es como una corriente absorbente, un torbellino de posibilidades infinitas que arrastra al alma hacia el flujo de múltiples fuerzas espirituales que no siempre juegan con las cartas sobre la mesa. Aquí existen muchas motivaciones ocultas detrás de una respiración espiritual, pero solo al reconocer su origen y su destino respira el alma en la luz. ¿Cuál oxígeno es el que da vida y cuál es venenoso y mortal? ¿Puede el alma ciega, en la prisión del cuerpo, percibir siquiera la verdad divina?
Sé que la mentira se mueve sigilosamente. Eso lo aprendió de la paciencia del amor. Así, el espíritu de la mentira utiliza y tergiversa todo lo divino para imitar la vida. De este modo ofrece los frutos de la muerte, atribuyéndoles vitalidad. Si el ser humano se atreve a probar el alimento corrupto en la selva del extravío, corre el riesgo de convertirse en guardián de la mentira. Si no se atreve, se expone a morir de hambre. Por tanto, solo le queda una opción: avanzar con la esperanza de ser redimido, con fe firme y confianza en el amor y la misericordia del Padre. Él tenderá sin duda la mano a su hijo extraviado y lo conducirá a la cámara del corazón donde se encuentra el fuego capaz de iluminar los abismos más oscuros del alma y poner al descubierto la mentira y la muerte.
Entonces quedarán frente a frente, desnudos: Satanás, el traidor de la vida, y el ser humano, traicionado por su propia falsedad. En este encuentro, el amor del Padre penetrará definitivamente la muerte, y la noche, retorciéndose y lanzando golpes a su alrededor, se rendirá ante el día. Juntos, el día y la noche resurgirán en la luz del sol espiritual, hermosos, espléndidos y radiantes, contemplándose con ojos divinos. Y un sonido resonará a través de la infinitud, proclamando el poder invencible del amor.