Revelación divina
Entre ustedes está su Salvador, Cristo, el amor procedente del Padre. En verdad les digo: Me alegro por cada uno de ustedes. Voy de uno a otro y pongo Mi mano bendecidora sobre cada cabeza; y ustedes, Mis hermanos y hermanas, hijos de Dios, descansan junto a Mi corazón.
Abro Mis manos, y todo lo que han traído hasta aquí en forma de preocupaciones, penas, necesidades, temores y dudas, deposítenlo todo en Mis manos. Depositen en ellas también aquello que los agobia en forma de enfermedades.
Irradio Mi amor, Mi fuerza y Mi poder hacia todo ello y lo transformo, porque Yo Soy el Consolador de eternidad en eternidad, Yo Soy su verdadero Médico y Sanador. Aquello que Me dan y que dejan también Conmigo habrá de experimentar la transformación.
Denme también todas las preocupaciones que tienen por sus hermanos y hermanas; dénmelas, y la llama redentora de Mi amor infinito las inflamará y transformará.
Quiero animarlos también a entablar el diálogo Conmigo, el espíritu que habita en su alma; pues, fuera de Mí, no hay nada ni nadie a su lado que pueda darles lo que Yo, su Salvador en Dios, el Padre, puedo darles.
Así santifico esta hora y los animo: Oren, oh, oren; pues si supieran de la fuerza que desencadena una oración procedente del corazón, orarían sin cesar a Mí, su Salvador y Dios.
Intercambien sus experiencias acerca de los pasos en el camino que los acerca a Mí, y en verdad les digo: cuando hayan llegado a la meta, los espera la gloria de su patria celestial, de la cual, como seres humanos, no pueden formarse una idea.
Así bendigo una vez más la hora que tienen ante ustedes. Estoy con ustedes, Yo Soy quien escucha, Yo Soy su hermano, Cristo. Amén.
Revelación divina
Mis amados hijos e hijas, su reunión está bendecida por Mí. Irradian una luz resplandeciente en medio de la oscuridad, y con ustedes lo hacen innumerables grupos más que se reúnen de manera semejante y actúan asimismo como faros en este tiempo oscuro.
No pueden valorar lo suficiente la fuerza de sus oraciones ni los efectos que producen. Para que esto les resulte más comprensible, quiero explicarles qué sucede con sus oraciones y, más allá de ellas, con las posibilidades que yacen en su interior.
Ustedes son ángeles de los cielos, revestidos temporalmente de cuerpos humanos; siguen llevando en su interior su capacidad divina de crear. Están precisamente comenzando a descubrir esta capacidad en ustedes.
Quiero ayudarlos a emprender el trabajo desde un corazón alegre y a ser en el futuro mucho más creativos de lo que han sido hasta ahora. Orar correctamente es un acto creador; y por «orar correctamente» no entiendo palabras bien formuladas, sino un corazón que se ha abierto por amor a su prójimo, a la Madre Tierra, a todas las criaturas y a Mí, y que quiere aportar su parte para que haya más luz en esta Tierra.
Cuando recorrí esta Tierra hace 2.000 años e instruí a Mis discípulos, les di también la oración de la unidad que ustedes llaman el «Padre nuestro». Esta no ha perdido nada de su validez ni de su actualidad, pero fue adaptada a la conciencia de las personas de aquel tiempo.
Puesto que todo es evolución, también la conciencia humana está sujeta a un desarrollo ascendente constante. Por eso hoy puedo conducirlos hacia verdades y sabidurías más profundas de lo que podía hacerlo entonces. Para las personas de Mi tiempo era importante reconocer que existía un poder superior al que podían dirigirse con confianza infantil y al que podían llamar Padre. Les di una nueva imagen de Dios. Corregí la antigua imagen del Dios castigador y la ley de ojo por ojo y diente por diente. Traje a las personas la ley del amor.
Ustedes siguen siendo y seguirán siendo Mis hijos, y esto no cambiará por toda la eternidad. Como hijos, pueden venir y vendrán en todo momento a Mis brazos, y nos sentaremos juntos en bienaventuranza. Pero, al mismo tiempo, les recuerdo también que son hijos e hijas de Mi amor.
Quizá se pregunten: «¿Dónde está la diferencia, Padre?». La diferencia está en cómo se perciben interiormente y en cómo actúan a partir de esa percepción. Todos están en camino de volver a convertirse en hijos e hijas conscientes, radiantes, poderosos y llenos de fuerza de Mi amor. Ustedes ya lo perciben; y créanme, también las personas de su entorno perciben que están ante un ser humano que lleva una luz en su interior y que vive y ama desde Mi soberanía. Estas capacidades están desarrolladas en ustedes en distinta medida, según el tiempo que lleven recorriendo el camino hacia Mí y Conmigo, y según la seriedad de su esfuerzo por vivir las leyes del amor.
Pero que vengas a Mí como hijo o ya como hijo o hija consciente no cambia nada de Mi amor por ti. No obstante, quiero animarte —si ya percibes en tu interior el anhelo de hacerlo— a levantarte, elevar la mirada y recordar que en ti yace una fuerza todavía insospechada y sin descubrir: Mi fuerza creadora. Y que eres capaz de desarrollar esta fuerza creadora en tu interior y actuar así para Mí en esta Tierra.
Puedes venir a Mí en todo momento como un niño; puedes pedirlo todo. Pero también puedes intentar superar la sensación de ser «solo» un niño y venir a Mí como hijo o hija. Entonces quizá adviertas que ya llevas en ti la fuerza que hace unas semanas o meses todavía pedías, y Me pedirás que te ayude a desarrollar esta fuerza Mía de amor en tu interior.
Uno u otro de ustedes dirá: «Padre, todavía no puedo hacerlo». Y Yo acaricio tu cabello y te digo: «Hijo Mío, te amo. No es decisivo que ya puedas hacerlo. Pregúntate si deseas aprenderlo».
Nadie puede actuar de otra manera que aquella de la que es capaz. Comprender esto es importante también con respecto a cómo piensan o hablan de su prójimo, cómo quizá lo menosprecian o incluso lo condenan. Nadie puede actuar de otra manera que aquella de la que es capaz. La única pregunta es siempre: ¿Te reconoces en tu interior como un ser espiritual? ¿Conoces la fuerza que he depositado en ti? ¿Dices: «Padre, deseo desarrollar esta fuerza y, más allá de ser Tu niño, convertirme en Tu hijo, en Tu hija»? Si vienes a Mí con este espíritu, hijo Mío, ¿qué crees que te respondo? Extiendo Mis brazos y digo: «Ven, ven a Mi corazón. Te doy toda la ayuda que necesitas para que puedas aceptar y descubrir tu herencia, lo divino en tu interior».
Si recorren este camino Conmigo, hijos e hijas Míos, entonces con sus oraciones contribuirán aún mucho más que hasta ahora a que el mundo cambie. Pues en este cambio están contenidos su fuerza de amor, su paz, su sanación y su armonía. Todo lo que han desarrollado en su interior lo irradian hacia este mundo.
Cuando piensan en alguien que no se encuentra bien, irradian hacia esa persona su sanación. Esto es una acción creadora y, créanme, en el momento en que actúan así, Yo añado Mi parte en una medida mucho mayor que cuando vienen solamente —por favor, no Me malinterpreten— como niños suplicantes que todavía no han reconocido su fuerza, su poder y su fortaleza y, por ello, tampoco pueden irradiarlos todavía.
Eleven por un instante su mirada interior hacia Mí; y, si es necesario, eleven también exteriormente la cabeza, miren hacia la luz y comprendan con cada fibra de su alma, de su corazón y de su ser humano: Aquí está la fuente de mi vida. Desde aquí recibo alimento, y desde aquí alimento con mi amor al mundo y a todos los que necesitan urgentemente el alimento del amor.
Eso son ustedes, hijos e hijas Míos, pero también Mis niños, a quienes amo infinitamente. Amén.