Revelación divina
¡Mis hijos e hijas! Desde hace dos mil años la humanidad sabe que Yo Soy el amor: ¡eterno, desinteresado e incondicional! La antigua y falsa imagen de Dios, que Me presentaba únicamente como el Creador todopoderoso y el Dios a quien se debía honrar y temer, fue corregida de manera fundamental por Mí en Jesucristo. Y, sin embargo, la consecuencia que se desprende de ello, la experiencia vivida de Mi amor, solo ha llegado verdaderamente a muy pocos corazones. Esto se debe a que las fuerzas de las tinieblas han logrado que todo quede en un conocimiento impreciso de Mi amor infinito y a que una vida en este amor y con él —en Mí y Conmigo— ha sido declarada poco comprensible o imposible de comprender. En muchas revelaciones les he explicado por qué sucede esto, qué ocurrió y sigue ocurriendo desde lo invisible y cómo se manifiesta en lo visible. Por eso, hoy no será este el tema.
La representación equivocada de Mi ser, de Mi atributo esencial, ha llevado a la humanidad —y aquí de manera muy especial a la cristiandad— a conformarse con que las manifestaciones externas y superficiales, las tradiciones, los adornos y las bellas palabras le recuerden a Mí. Su celebración de la Navidad ofrece una ocasión muy particular para recordarme. Las palabras de revelación que les he dado durante muchas décadas, al igual que las palabras serias de muchos de sus hermanos y hermanas que señalan el verdadero significado de su celebración y pretenden invitarlos a reflexionar y detenerse, solo en muy pocos casos han llegado a los corazones e iniciado un cambio en el pensamiento y la conducta.
Por eso hoy quiero darles un mensaje navideño diferente. Aunque está destinado a todos, debe caer —y caerá, si Me toman en serio— en terreno fértil sobre todo entre quienes se esfuerzan por acercarse a Mí mediante su vida cotidiana y su seguimiento. Hablaré de Mi relación con ustedes y de la relación de ustedes Conmigo.*)
La relación con Mis hijos —sin importar si en este momento viven como seres humanos en la materia, como almas en los ámbitos de materia sutil o como seres puramente espirituales en los Cielos—, la relación con todas Mis criaturas, ¡es amor! ¿Han pensado alguna vez en lo que se desprende de ello? Reflexionemos juntos sobre lo que dice al respecto la lógica del corazón.
Cuando aman a alguien, que su amor sea correspondido constituye sin duda su mayor deseo. Incluso cuando su amor es desinteresado e incondicional, la alegría que regalan con sus acciones se intensifica cuando contemplan unos ojos agradecidos y felices. Su amor queda, por así decirlo, coronado por el hecho de que algo positivo regresa a ustedes. Si, además, gracias a su desinterés comprueban que no solo mejoraron las circunstancias externas, sino que también se produjo una transformación interior, esto puede y debe llenarlos de una «humilde satisfacción».
¡El amor ha producido amor! Este es un principio fundamental de Mi Creación. Así se transforma lo negativo en positivo, así nace nueva vida de las cenizas, así se sanan las heridas y así se restablece finalmente la perfección.
¿No se desprende de ello que no solo es Mi deseo que Mis hijos vuelvan a convertirse en amor, sino que esto es, por decirlo así, una necesidad conforme a Mis leyes? ¿Y que también la relación de Mis hijos Conmigo debe estar edificada sobre el amor, si en verdad quieren regresar a Mí? ¿Ya lo está? ¿Han considerado que nuestra verdadera convivencia, una convivencia que los llena y los hace felices, no puede consistir únicamente en que Me alaben, se acerquen a Mí con reverencia y se inclinen ante Mí en sus oraciones y cantos? Y, sobre todo, no puede consistir en que Me teman como a un Dios severo.
Durante siglos, debido a la falta de conocimiento y a una enseñanza falsa, la relación de Mis hijos Conmigo estuvo marcada por la idea de que debían glorificar y alabar a su Dios y Creador para mostrarle así su estima. En el exterior Me construyeron templos magníficos con el fin de dejar constancia de la importancia de Mi grandeza. Pero descuidaron el embellecimiento de su propio templo interior o ni siquiera lo consideraron; y cuando lo hicieron, fue con demasiada frecuencia con un propósito y unos medios equivocados.
No necesito homenajes ni descripciones de Mi gloria y grandeza. ¡Conozco Mi grandeza, Mi poder y Mi infinitud! ¡Yo Soy! Necesito su amor y una conducta que nazca de él. Esa es la forma más hermosa y eficaz de adoración.
Si quienes creían y creen en Mí querían expresar con ello que reconocen algo más grande que ellos mismos, que reconocen a un Creador, este fue sin duda un primer paso. Pero deben seguir otros, porque creer en Mí y admirar Mis obras es demasiado poco para vivir cerca de Mí y en íntima unión Conmigo. Todo cuanto he creado lleva en sí la capacidad de amar. Solo sobre esta base nace una unión que trae felicidad y plenitud. En los Cielos esto no solo es natural: no puede ser de otra manera. En las esferas exteriores a los Cielos, incluida la materia, esta capacidad debe aprenderse de nuevo.
Cuando reconozcan la verdad de Mi palabra y sientan que llevan en su interior la condición necesaria para edificar nuestra relación sobre el amor mutuo, nacerá en ustedes el deseo de volver a convertirse en amor. Esto significa expresar cada vez más ese amor mediante sus acciones en la vida. Entonces las exterioridades, los ritos y las tradiciones que todavía no quieren abandonar tan rápidamente y en los cuales hasta ahora se han sentido cómodos y seguros perderán cada vez más importancia. Porque no pueden darles lo que les proporciona una relación de amor vivida Conmigo: amparo, seguridad, tranquilidad y libertad. Cuando vayan descubriendo esto en su interior, ya no querrán cambiarlo por nada.
Este es Mi mensaje navideño para ustedes, para ti, para ti y para ti, para cada uno:
¡Vuelve a convertirte en amor! Establece nuestra relación sobre una base nueva. Permite que surja un fundamento que te proporcione una seguridad y una libertad que hasta ahora no conocías. Decide querer cambiar algo y, entonces, hazlo: Conmigo a tu lado y con Mi apoyo.
Anuncia de esta manera que Yo no Soy un Dios que valore las alabanzas, la gloria y el honor, que Mis hijos se encojan de miedo ni adopten una conducta limitada debido a la culpa que reconocen. Anuncia que, en cambio, deseo que Mis hijos se relacionen con amor Conmigo, con su prójimo y consigo mismos. Que Soy un Padre que anhela el amor de Sus hijos; un Padre que todo lo comprende y también una Madre tierna, un Ser que todo lo abarca e incluye, a quien puedes mirar a los ojos sin miedo y en quien puedes confiar ciegamente, y cuyos brazos están abiertos de par en par para recibirte.
Solo tú decides si quieres dar este paso. Tu libre albedrío es sagrado para Mí. Si deseas darlo, examínate para saber si ya puedes decir desde lo profundo de tu corazón: «Señor, enséñame a amar». Percibe el anhelo que hay en ti y concédele el espacio que desea.
Si estás dispuesto a pronunciar esta breve oración —una de las más hermosas que un hijo puede dirigir a su Padre—, sucederán milagros invisibles y visibles en tu vida. Invisibles, porque entonces Yo seré el gran orientador del rumbo que determinará el curso futuro de tu vida; y visibles, porque los efectos de los hilos movidos en lo invisible se manifestarán en tu vida. Una oración así constituye una petición que el Cielo siempre escucha y que hace que, inmediatamente después, aunque ustedes no lo perciban de inmediato, cambie la dirección de tu vida.
Con esto también queda respondida la pregunta que surge una y otra vez en muchos corazones de buena voluntad: «Dios mío, dime o muéstrame qué deseas de mí».
¿Es nuevo para ti el mandamiento de amarme a Mí, a tu hermano, a tu hermana y a ti mismo? Ciertamente no. Pero quizá sea nuevo reconocer que la buena intención por sí sola no basta para llevar este propósito a la práctica. Muchos propósitos de esta clase han fracasado y seguirán fracasando porque no se toma en cuenta algo: así como solo se puede transmitir y compartir la paz cuando se la lleva dentro, también solo se puede amar en la medida en que el amor ya se haya desarrollado en la persona. A la buena intención debe sumarse, por tanto, el esfuerzo, es decir, la acción. Solo ella inicia un ennoblecimiento gradual y duradero de la persona y del alma.
Con frecuencia se complican innecesariamente las cosas cuando tratan de comprender intelectualmente qué significa en concreto amar al prójimo. Yo les recuerdo una y otra vez que es precisamente allí donde deben comenzar: en el amor a su prójimo, lo cual presupone el amor a ustedes mismos. Él es el espejo de su vida cotidiana en el que pueden reconocerse. En la medida en que crece su amor por las personas, se acercan a Mí. Quien cree que puede amarme sin tener que dar el «rodeo» por su prójimo se encuentra en un grave error. Este error fatal —nacido de una doctrina que, si bien enarboló la bandera del amor al prójimo, con demasiada frecuencia no lo practicó— ha producido la situación ante la cual se encuentra hoy la humanidad.
«Todo cuanto hicieron por uno de Mis hermanos más pequeños, por Mí lo hicieron», dije en este sentido como Jesús de Nazaret. ¿No se desprende inevitablemente de ello que el camino hacia Mi corazón pasa por «el más pequeño de sus hermanos»?
No compliquen el asunto tratando de investigar qué forma de amor deben dar a su hermano o a su hermana. «¿Qué es el amor?», preguntan con frecuencia e inseguridad. El amor es un sentimiento profundo, el más profundo y hermoso que existe, y posee infinitas facetas, por ejemplo, el amor entre un hombre y una mujer, entre los padres y sus hijos, o entre amigos. Tengan cuidado de no interponerse en su propio camino al analizar el amor, de modo que, por pensar demasiado, no lleguen a poner en práctica Mi mandamiento.
Así como el amor tiene muchos aspectos, también posee muchas etapas de desarrollo, que se manifiestan de manera diferente en cada persona, según la fortaleza de su alma. Si todavía les cuesta amar porque aún hay muchas cosas en ustedes que los conmueven emocionalmente al contemplar o enfrentar la conducta de su prójimo, comiencen por aceptarlo tal como es, sin menospreciarlo ni condenarlo. El siguiente paso podría ser mostrar una comprensión mayor o menor por su situación. Al fin y al cabo, no conocen su pasado. La amabilidad, la disposición a ayudar y quizá incluso la benevolencia son otras estaciones en el camino de practicar y, con ello, aprender el amor al prójimo.
Que lo logren y en qué medida depende de muchas cosas. Lo decisivo es que tomen conciencia de que la capacidad de amar ya se encuentra en ustedes y puede desarrollarse; más aún, que algún día deberá desarrollarse de todos modos, porque es una condición indispensable para poder regresar a la unidad, independientemente de que esto resulte fácil o difícil en cada caso y del tiempo que requiera.
El deseo de aprender a amar, dirigido a Mí como petición, pone en marcha el proceso de ennoblecimiento de su ser y de iluminación de su alma. Se asemeja al comienzo de una relación maravillosa basada en una confianza que ha crecido mediante la experiencia. La relación queda apoyada sobre «dos pies», y ambos se llaman amor.
Cuando se esfuerzan por amar y el amor acaba convirtiéndose cada vez más en parte de su ser, surgen para ustedes muchas cosas positivas que generalmente no se consideran ni se reconocen de inmediato. A los ojos de Mis hijos, la aparente dificultad del trabajo, muchas veces inusual, de esforzarse por mantener una conducta sincera y amorosa ocupa a menudo un primer plano tan prominente que se pasa por alto el valioso beneficio que facilita su convivencia y los libera de muchas cosas. Quiero darles un ejemplo.
Toda persona anhela la libertad, aunque existan opiniones diferentes acerca de lo que significa la verdadera libertad. Muchas veces les he dicho que los espera la tierra de la libertad a la cual quiero conducirlos. Expresado de manera figurada, esto se refiere, ante todo, a una libertad interior. Solo puede alcanzarse por un camino, y aquí apelo nuevamente a la lógica del corazón:
No existe una libertad mayor que la que hay en Mí, porque Yo Soy lo Absoluto que reúne todo en Sí; por tanto, también la libertad. Puesto que proceden de Mí y fueron creados a Mi imagen —aunque no sean iguales a Dios, sí están dotados de muchas de Mis cualidades divinas—, ¡también llevan la libertad en ustedes! Pueden reconocer que la consideran digna de alcanzar por los múltiples intentos de vivir la libertad o aquello que se tiene por libertad. La mayoría de esos intentos están condenados al fracaso desde el principio porque parten de una suposición equivocada: se cree que la libertad puede comprarse, alcanzarse mediante un esfuerzo de la propia voluntad o la aplicación de ejercicios mentales, o que surge por sí sola al eliminar todas las ataduras.
Puesto que el miedo, por ejemplo, es una gran atadura —una atadura interior—, según la opinión de quienes consideran correctas tales soluciones, también tendría que desaparecer. ¿Sucede así? De ninguna manera, porque ¡un problema interior jamás puede remediarse mediante medidas externas! ¿Dónde se debe comenzar, entonces, para alcanzar el éxito? ¡Exclusivamente en el interior! Un cambio interior, una «reprogramación», solo puede producirse de manera duradera, y no ser apenas una corrección cosmética superficial, cuando incluye sus sentimientos y pensamientos, y posteriormente su conducta.
Lo contrario de la libertad es la dependencia. La dependencia existe siempre que la fuerza interior no sea suficiente para decir no a esas influencias que, en el fondo, no se desean. La dependencia es una atadura, y esta induce una y otra vez a una conducta que no corresponde al amor, porque —pese a saber que no es lo correcto— se orienta por las circunstancias externas. Una de las dependencias más extendidas es querer agradar, «mendigar» reconocimiento y amor y, con ello, ser incapaz de decidir por cuenta propia. En la mayoría de los casos, la propia persona no lo advierte y, por eso, suele negarlo con vehemencia.
Si Yo dependiera de que Mis hijos humanos Me amaran, según el criterio humano tendría que ser desdichado. Pero Yo Soy felicidad y armonía, ¡por siempre y para siempre! Mi «secreto» consiste en que ¡Yo amo!, no en que Soy amado. Aquí se encuentra también el secreto de ustedes.
El deseo de ser amado es perfectamente comprensible; toda criatura necesita amor y lo recibe sin interrupción en forma de la corriente de Mi vida que fluye eternamente. Pero si la persona, como sucede con la mayoría, obtiene su equilibrio y satisfacción únicamente del hecho de que otros la reconozcan, respeten y aprecien, semejante conducta se parece a «bailar sobre el filo de una navaja». Su felicidad y, con ella, su libertad son frágiles. Porque si se le retira ese afecto exterior, caerá emocionalmente en un abismo, y su seguridad, su libertad y su capacidad de amar pueden resultar perjudicadas —o lo serán— si antes no buscó y encontró refugio en Mí.
Hará todo lo posible —consciente e inconscientemente— para recibir la energía de la que depende con el fin de sentirse medianamente feliz y satisfecho. De ese modo orienta su conducta según otras personas, su aprobación y su afecto, tanto si lo sabe y advierte como si no. Esta es una dependencia muy grande, que afecta en mayor o menor medida a la mayoría. Pero ¡la dependencia es lo contrario de la libertad!
Sin embargo, existe una solución para esta debilidad que desde tiempos inmemoriales se encuentra en todo el mundo: consiste en «invertir los papeles» y, en vez de obtener el equilibrio y la fortaleza —con frecuencia solo aparentes— del hecho de ser reconocido, apreciado y amado, amar uno mismo. Por tanto, la primera y mayor felicidad no consiste en recibir amor humano, sino en dar amor, lo cual siempre atrae una afluencia mayor de energía plena y sanadora. Esta conduce finalmente a una independencia interior que no puede alcanzarse de ninguna otra manera y que está profundamente arraigada como anhelo en toda alma.
Esta es, entre otras cosas, la recompensa del amor desinteresado. Entonces la persona ha comenzado a entrar Conmigo en la tierra de la libertad. ¿No es este también tu deseo?
Entre ustedes es costumbre darse regalos en Navidad, especialmente entre amigos y personas que se aman. Si deseas hacerme un regalo —el mayor y más valioso que existe—, deja que Mis palabras penetren profundamente en ti y decide, con tu libre albedrío, expresar el deseo de querer convertirte en amor. Con ello introduces en nuestra relación un elemento que lo cambiará todo.
Además de los regalos que, de todos modos, hago constantemente a todos Mis hijos en forma de la bendición de Mi amor que se derrama, atraeré muy cerca de Mí a todo aquel que acuda a Mí con semejante petición. Mi regalo «especial» consiste en que entonces te guiaré —podré guiarte, porque Me diste tu sí— con mucha mayor seguridad a través de las adversidades de tu vida. Al mismo tiempo crecerá en ti aquello que siempre has deseado: una confianza profunda, una seguridad inquebrantable, una capacidad de amar que hasta ahora no conocías y, por último, aunque no menos importante, la libertad anhelada.
Recorreremos entonces de la mano el camino que conduce a esta meta, como Padre amoroso e hijo amado. De este modo cumplirás el deseo de tu alma de convertirte en anunciador de Mi amor mediante la vida que Me has entregado.
Amén
*) Véase también la revelación del 12 de junio de 2016, «Acerca de Mi amor y del tuyo».