Revelación divina
Mis amados hijos e hijas, también Mi palabra de revelación de hoy debe ayudarlos a profundizar en Mis leyes; porque saben que deseo que Mis hijos humanos no se limiten a creer —con demasiada frecuencia ciegamente y sin reflexionar—, sino que utilicen su razón de la manera debida, pues cumple mejor su tarea como «mano derecha del corazón». Por tanto, el corazón, que aquí representa el amor, debe tener la última palabra; y su razón debe ayudar al corazón a adquirir conocimientos, y no al revés.
En esto desempeña un papel central el libre albedrío, que he legado como regalo a todas Mis criaturas: a los ángeles de los cielos y a los seres humanos de la Tierra. La manera en que lo empleen y para qué lo utilicen decide su bienestar o su sufrimiento, no solo en la vida terrenal, sino también en la del más allá.
Desarrollemos juntos el hilo conductor que los ayudará paso a paso a reconocer las relaciones entre las cosas, siempre que estén dispuestos a ello porque reconocen el gran beneficio que Mis explicaciones tienen para su vida. Una u otra cosa se repetirá, pero aun así es importante y valiosa, porque cada vez se ilumina un aspecto diferente.
Cuando se hayan reconocido como seres inmortales que —por las razones que sean— se han encarnado en un cuerpo humano para aprender algo en su «escuela terrenal», también serán conscientes de que su verdadero hogar está en un lugar completamente distinto. Todos se encuentran en camino hacia esa meta, que alcanzarán tarde o temprano. Y aquí ya entra en juego el libre albedrío.
Quien desea ir «de aquí para allá» debe cambiar algo. Quien no cambia nada permanece donde está. ¡Una verdad sencilla! Pero no será su cuerpo humano el que regrese a su verdadera patria celestial, sino el ser espiritual que hay dentro de ustedes. Su envoltura material solo sirve para permitir que su alma aprenda y madure durante el tiempo de su vida terrenal. Cuando el alma vuelve a abandonar la materia, la envoltura ha cumplido su propósito.
La ley de la atracción regula adónde irá el alma; les he hablado de ello en muchas revelaciones. Finalmente buscará los ámbitos que correspondan a su estado, el cual, a su vez, fue acuñado por su ser humano y a través de él. Y esa acuñación, esa vibración, ese potencial energético pequeño o grande del alma es consecuencia de lo que la persona hizo o dejó de hacer anteriormente mediante el uso de su libre albedrío, medido según el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Me repito: ¡esta también es una verdad sencilla y fácil de comprender!
Pero el cambio positivo del ser humano no sucede por sí solo, de manera automática, aunque Yo lo apoye en gran medida. Tampoco se alcanza mediante medidas exteriores, la observancia de prohibiciones, la pertenencia a una comunidad religiosa ni la práctica de ejercicios religiosos. Se inicia exclusivamente mediante un mayor flujo de Mi energía de amor. Y este, a su vez, es consecuencia del esfuerzo por vivir conforme al mandamiento de Mi amor.
Llevé esta enseñanza a los seres humanos como Jesús de Nazaret. Su esencia es: ama, ¡y nada más!
Todo en Mi Creación es evolución; todo se construye sobre lo anterior. La evolución, cuando sigue Mi voluntad, Mi amor —como sucede en los ámbitos celestiales—, avanza sin desviarse, paso a paso. Así se garantiza que todo esté contenido en todo. Los minerales, las plantas y los animales no tienen voluntad propia y, por ello, no pueden contravenir Mi voluntad. En el ser humano la situación es distinta.
El libre albedrío del ser humano favorece o frena el desarrollo de su alma. Por eso la evolución anímica muchas veces no avanza sin dificultades hacia el punto que fortalece suficientemente al alma para que, después de la llamada muerte, pueda continuar su camino en el más allá y en la luz sin grandes obstáculos. En esos casos, como Mi voluntad hará regresar a todos Mis hijos, Mi misericordia ofrece a cada alma la posibilidad de aprender, en otra encarnación —o también en varias—, lo que se propuso pero no logró en una vida o en la última.
¡Cualquier otra cosa sería incompatible con Mi amor!
El hilo conductor que seguimos nos lleva mentalmente a la siguiente consideración: un cambio presupone que el ser humano aspire a él voluntariamente, porque Yo ciertamente doy impulsos, transmito conocimiento, los confronto también por medio del destino con las consecuencias de una conducta equivocada anterior, los instruyo y animo, pero jamás actúo contra su voluntad. Por tanto, se requiere una decisión de ustedes, que solo puede tomarse con un corazón honrado cuando antes haya crecido en la persona el reconocimiento de que pensó y actuó equivocadamente en este o aquel punto.
Ustedes llaman autoconocimiento a este proceso y tienen para él una frase conocida: el autoconocimiento es el primer paso para mejorar. Utilizan de vez en cuando esta expresión, casi siempre sin reconocer la profunda verdad que contiene. Sin autoconocimiento no tienen posibilidad de aspirar a un cambio real y duradero, porque Mi ley no se basa en prohibiciones, sino en mandamientos. Y observar los mandamientos es cuestión de una decisión libre, que produce sus mejores frutos cuando se funda en el amor hacia Mí.
Reconocerse a uno mismo no siempre es sencillo. A menudo lo dificulta el miedo a lo que se descubrirá si uno cuestiona su propia conducta. O existe una falta fundamental de disposición basada en la apatía, el desinterés y muchas otras cosas. Pero incluso donde existe disposición al autoconocimiento aparece con frecuencia la pregunta: «¿Qué debo cambiar? ¿De verdad tengo tantos errores o estoy cargado con tantos defectos?».
No se trata, Mis hijos e hijas, de que se vean a sí mismos bajo una «mala luz». Al contrario: ¡son criaturas del cielo que llevan dentro una fuerza para una transformación espiritual y una revitalización interior que ustedes mismos todavía no conocen! Partiendo de esto y confiando en Mi amor, examinen también los aspectos de su ser humano que todavía o una y otra vez les dificultan llevar a la práctica lo que ya se propusieron muchas veces. Porque ahí están los puntos débiles que permiten a las fuerzas negativas perjudicarlos, retenerlos y volverlos apáticos y poco decididos.
Quienes tengan el valor pueden probar un método: preguntarse lo siguiente: «¿En qué punto actuaría contra mí, quizá incluso me atacaría, si yo fuera un tentador que pretendiera atarme a una conducta anterior, seducirme o perjudicarme?». Las respuestas honradas a estas preguntas u otras semejantes los ayudarán a conocer más acerca de ustedes mismos. Encontrarán muchos ejemplos de situaciones en las que en realidad querían reaccionar de otra manera, pero en esos momentos tomó el mando una antigua forma de actuar, practicada muchas veces, sobre la que tienen poca o ninguna influencia.
Quien no desee proceder de forma tan drástica, pero quiera saber más acerca de sí mismo, debería examinar al menos lo que el día le muestra en muchas ocasiones pequeñas y grandes, sin pasar por alto sus emociones, pensamientos y los actos que quizá les sigan.
Quien reflexiona poco o nada sobre sí mismo es como una fortaleza sitiada por un enemigo que conoce todos los escondrijos y se alegra de que ninguno esté protegido ni cerrado, porque al dueño de la casa no le interesa protegerse o no cree que exista un «asedio»…
Muchos de ustedes desean cambiar y ya han comenzado a hacerlo. Vienen a Mí en su interior, me presentan su petición de que los ayude y entonces experimentan cómo Mi fuerza los transforma. Esto es lo que llamo «trabajo interior», pues sí requiere el esfuerzo propio, aunque Yo contribuya con la parte mucho mayor para que tenga un buen resultado. Por tanto, en el hilo conductor que seguimos en nuestra reflexión, el trabajo interior es el paso siguiente después de haber dado los pasos del autoconocimiento —y, si es necesario, también del arrepentimiento— y de la decisión.
Todo cambio significa iniciar algo nuevo y, al mismo tiempo, tener que abandonar algo antiguo. Poco se ha reflexionado sobre lo que esta sencilla verdad implica en la práctica, pero ustedes mismos saben lo cierta que es. Su expresión «Lávame la piel, pero no me mojes» expresa el deseo imposible de que ambas cosas sean posibles a la vez…
Desde la perspectiva humana es comprensible que uno quiera aferrarse a lo que ha llegado a apreciar. Pero muchas veces es precisamente eso apreciado lo que le causa dificultades y, por tanto, no es tan querido como la denominación pretende hacer creer. A lo largo de los años de vida y de encarnaciones pasadas, más de una cosa se ha convertido en hábito, en «reflejo condicionado». Eso hace que sean como son. Mucho de ello es bueno, correcto e importante y facilita su vida cotidiana, pues no tienen que reflexionar y decidir cada vez cómo reaccionar o qué hacer. Después de practicarse durante mucho tiempo y con bastante frecuencia, finalmente pasa, a través del subconsciente, a su alma y se convierte en parte de ella. Fortalece su alma si se trata de algo bueno, edificante y amoroso, o la carga si no corresponde al mandamiento del amor.
De este modo, también se ha convertido en parte de su ser mucho de lo que en algún momento resulta «necesitado de cambio»: ya sea porque mediante un examen honrado han desarrollado ese deseo en su interior, o porque la ley de la siembra y la cosecha ha ayudado un poco y los ha colocado en una situación en la que «deben» cambiar algo porque perciben que ya no pueden seguir así.
Cualquiera que haya sido el impulso, Mi amor por ti desempeñó un papel decisivo e hizo que algo se pusiera en movimiento. Porque Mi empeño es ayudarte, hacer que tu camino por la Tierra sea más fácil que en el pasado y liberar a tu alma de aquello que la carga a ella y, con ello, a ti como ser humano. Deseo y hago todo lo posible para que tu alma pueda volver a respirar y tu mirada se dirija hacia adelante con mucha más alegría y confianza; ¡para que vuelvas a ser un hijo de la libertad!
Saben cuán importante es venir a Mí, hablar conmigo, abrirme su corazón y pedirme apoyo cuando algo deba cambiar en su vida y su conducta. Es importante para ustedes porque con ello expresan que desean confiarse voluntariamente a la fuerza de Mi amor.
Pero ¿han reflexionado alguna vez sobre por qué tantas oraciones no son escuchadas? ¿O por qué no lo son de inmediato o de acuerdo con lo que ustedes imaginan? ¿Se debe a Mí, que los anhelo y deseo volver a estrecharlos en Mis brazos lo antes posible? ¿Se debe a que ayudo arbitrariamente aquí y no allá? ¿A que distribuyo Mi amor de manera desigual o quizá ni siquiera escucho las súplicas de Mis hijos? ¿O a que ignoro a Mis hijos cuando vienen a Mí? ¿O a que soy un Dios sordo y mudo, lejano en algún cielo y sin contacto directo con Mis criaturas?
En verdad, Mis hijos e hijas, ¡vivo en cada uno de ustedes! Soy la presencia en todo porque soy la vida en todo, en el mundo espiritual y en el material. Cuando cierras los ojos y entras en tu interior, ¡en ese mismo instante estás conmigo! Entonces, ¿cómo podría no escuchar lo que me dices? Sé aún más: también sé lo que no me dices, pues te conozco por completo, hasta el último rincón de tu ser. Esto significa que sé lo que deseas cambiar, pero también sé lo que —pese a tu deseo de cambio— todavía quieres conservar, lo que aún no estás dispuesto a soltar.
Que una oración no sea atendida puede tener muchas razones: puede haber causas kármicas; o el cielo quizá deba antes «poner algunas cosas en marcha y colocar correctamente los cambios de vía»; o puede no ser el momento adecuado; o lo pedido puede parecer deseable desde la perspectiva humana, pero ser perjudicial para tu alma desde la espiritual.
Hay muchas explicaciones que, aun si el ser humano las recibiera de Mí, no lo ayudarían, porque rara vez es capaz de inclinar humildemente la cabeza y aceptar Mi voluntad con gratitud, quizá incluso con alegría, ni siquiera cuando añade con demasiada frecuencia y sin reflexionar «Hágase Tu voluntad» al final de una oración.
En tales situaciones, la persona acude muchas veces a otras fuentes porque le prometen que, aplicando ciertas técnicas, conseguirá cumplir sus deseos. Quizá suceda aquí o allá —aunque infringiendo las leyes divinas—, pero ¿qué espera a la persona que prefiere las fuerzas de los ámbitos astrales antes que la acción de Mi amor y sabiduría…?
Cuando la petición consiste en recibir ayuda para un cambio anímico —por ejemplo, transformar un rasgo negativo del carácter en uno positivo o sustituir una cualidad hasta ahora agobiante por otra benéfica—, se aplican criterios diferentes: tales peticiones, lo digo con una sonrisa, son atendidas por el cielo lo antes posible; se «procesan con prioridad». ¿Cómo podría ser de otro modo, si el desarrollo del alma es lo primordialmente importante para Mis hijos humanos? Y según avance el alma, también cambiarán las circunstancias exteriores.
Hemos llegado al siguiente punto de nuestro hilo conductor. Una decisión a favor de algo siempre significa también una decisión contra algo: a favor de ceder, contra la obstinación; a favor de la fidelidad, contra la infidelidad; a favor de la moderación, contra la gula; a favor de perdonar, contra el rencor; a favor de la disciplina, contra el desorden; a favor de la responsabilidad, contra la ligereza; a favor de la honradez, contra la mentira; a favor de aceptar, contra el rechazo; a favor de soltar, contra el aferramiento, y así sucesivamente.
Te doy una imagen al respecto:
Me has pedido algo; estoy a unos metros delante de ti y sostengo en Mis manos lo que pediste. Te lo lanzo como si fuera una pelota. Si eres capaz de atraparlo, será tuyo y tendrás aquello que tu corazón anhelaba. Pero solo lo conseguirás si tus manos están vacías, es decir, si antes soltaste lo contrario de lo que ahora recibes de Mí como regalo. Porque solo puedo llenar tus manos cuando están vacías.
Por tanto, deben estar dispuestos y esforzarse por abandonar aquello que quizá los acompaña desde hace mucho y que los hace actuar una y otra vez de tal manera que se vuelve necesario un cambio. En este punto se requieren su honradez, su atención y su firme propósito. Si solo o principalmente desean recibir algo nuevo y no comienzan, con Mi ayuda, a «cortar viejas ataduras», tarde o temprano comprobarán que todavía no ha sucedido nada o ha sucedido muy poco.
Si esto ocurre, la razón es evidente: aunque no siempre sean conscientes de ello, por los motivos más diversos no desean soltar. Su libre albedrío quiere conservar la inclinación anterior o la vieja forma de conducta, aunque sea solo en algunos aspectos. Entonces Mi ayuda no puede actuar en la medida deseada. Si en tal situación me preguntaran por qué no se atendió su petición, Mi respuesta sería: «No pude transformar esto en ti, o solo pude hacerlo parcialmente; es decir, Mi energía de amor no pudo actuar plenamente en ti porque tu libre albedrío no lo permitió».
Ya he hablado repetidas veces de la entrega, la forma suprema del amor a Dios. No es fácil llevarla a cabo ni consiste en un acto único. Pero la disposición a ella crecerá cada vez más en ustedes cuando experimenten cómo Mi amor los guía con seguridad creciente a través de su vida, siempre que —fundamentalmente— estén dispuestos a dar ese paso. Con cada sí que me dan y, con ello, dan a la ley del amor, se acercan a la meta de vivir conmigo más íntimamente que hasta ahora.
Su disposición a examinarse es uno de esos pasos. Puede compararse con limpiar el cauce de un arroyo en el que la acumulación de ramas, hojas, lodo y basura ha represado el agua. Cuanto más a fondo realicen la limpieza con Mi ayuda, más agua podrá volver a fluir y más clara volverá a ser.
Todavía subestiman la fuerza de Mi acción en toda persona que, además de sus peticiones y oraciones, está dispuesta a comenzar a «trabajar» conmigo. Esto se debe, entre otras cosas, a que se desconoce ampliamente que Mi energía de amor está realmente en el ser humano; que Mi Espíritu es la vida en él y que solo hace falta el deseo sincero de dejarse guiar por este amor. Ya los primeros indicios de tal deseo, un llamado procedente de un corazón inquieto, preocupado, desesperado o anhelante de amor ponen muchas cosas en movimiento, muchas más de las que sospechan o piensan.
A menudo dicen, cuando o porque un trabajo de cambio les parece demasiado difícil: «No puedo hacerlo». Tomada literalmente, esa afirmación es correcta, sobre todo cuando se trata de problemas aparentemente insuperables; y no me refiero con ello a las costumbres «inofensivas» que han adquirido como seres humanos. Pero los obstáculos que las tinieblas han levantado muchas veces en ustedes durante un período prolongado realmente no pueden ser eliminados por el ser humano solo, pues con frecuencia se han grabado literalmente en su alma y también en las células de su cuerpo. Entonces les dificultan o imposibilitan oponerse a ellos de manera permanente con su propia voluntad.
Pero recuerden: ¡Mi energía adicional —presente en ustedes desde el Gólgota como chispa o luz de Cristo y perceptible muchas veces por personas clarividentes— puede superar incluso los bloqueos más fuertes! ¡Solo Yo puedo quebrantar el poder de estas influencias negativas, de esta manipulación de su alma y de su ser, y guiarlos por el camino del amor, que luego se expresa en su vida cotidiana, en su pensar y actuar!
La puerta para aprovechar esta posibilidad está abierta. Esto significa que en todo momento pueden servirse de la energía de amor que habita en ustedes. Eso, Mis amados, ¡no es cuestión de poder! ¿Sería entonces erróneo convertir el «no puedo» en un «no quiero»? Porque nadie puede impedirles darme su sí para que esté a su lado en su trabajo de transformación…
Lo que puede dificultar un poco a algunos aceptar y acoger Mis palabras con el corazón abierto es su opinión de que, aunque Mis palabras son claras y precisas, no se reconoce en ellas el amor.
Hijos Míos, a quienes pertenece todo Mi amor, les digo: perciban profundamente Mis palabras. Permitan que también se abran los ámbitos de su interior que hasta ahora no les ha gustado mucho examinar. ¡Permitan que Mis palabras caigan en su corazón! Entonces reconocerán que están sostenidas por Mi amor infinito, que soy el buen Pastor que va en busca de cada oveja, aunque se haya extraviado y enredado en un matorral de espinos. Todo lo que procede de Mi verdad y sabiduría lleva siempre dentro también el amor. Así está establecido en Mi ley.
Los exhorto, les doy ánimo, dirijo su mirada hacia adelante, los atraigo como una «gallina a sus polluelos», les aseguro Mi amor infinito, los consuelo y esclarezco mostrándoles los trasfondos; pero tampoco dejo de señalarles las ayudas y los instrumentos necesarios para llevar su conocimiento a la práctica, ni la necesidad de su propio esfuerzo —que llamo trabajo interior—, para que su conocimiento también se traduzca en actos y dé fruto en su vida y su entorno.
Con esto, Mis hijos e hijas, habríamos llegado al final del hilo conductor que tejimos para reconocer las relaciones entre las cosas y en el cual, como han podido comprobar, su libre albedrío desempeña un papel decisivo.
Amén