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Todo está sujeto a la ley de Mi amor infinito

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Alles unterliegt dem Gesetz Meiner unendlichen Liebe

Fecha original: 16 de agosto de 2012

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Mis amados hijos e hijas, con esta revelación profundizaré en un aspecto fundamental de un tema acerca del cual ya les he hablado muchas veces, pero que aún contiene infinitos puntos de vista. En su camino de regreso a Mí, la fuente eterna de su vida, irán abriendo poco a poco dentro de ustedes estos aspectos en una medida mucho mayor de lo que ahora puedo transmitirles, y volverán a hacerlos completamente suyos.

Hablo de Mi amor, con el que —como ya les he dicho muchas veces— nada puede compararse, porque existe eternamente, es desinteresado e incondicional en una medida que ustedes no pueden comprender, y en él se funda Mi omnipotencia.

He dotado a toda criatura de Mi amor. En Mis hijos humanos todavía permanece en gran medida sin ser reconocido ni desarrollado. Pero está presente en cada uno.

Nada ni nadie puede afectar ni limitar la singularidad de Mi amor, lo que significa al mismo tiempo que no existe nada más sublime, magnífico, grande ni fuerte. Mi amor es invencible, y en ello se funda Mi palabra de que no permitiré que se pierda nada de lo que Me pertenece. ¡Y todo Me pertenece! Por tanto, volveré a conducirlo todo a la unidad para que reine eternamente una armonía indestructible en todo y con todo.

El amor es la fuerza de los cielos; por tanto, saldrá vencedor de la lucha que las tinieblas libran contra la luz. Quiero explicarles por qué esto es así, y deseo que Mis hijos no acojan esta enseñanza solamente con los oídos, sino que la dejen caer profundamente en su corazón para que actúe desde allí y determine su conducta futura.

Todos conocen la parábola del «hijo perdido», quien en esta imagen representa a todos Mis hijos que abandonaron la casa del Padre y que, después de experimentar el mundo lejano y reconocer sus actos, regresaron al hogar. Todos Mis hijos humanos y todas las almas de los ámbitos que, desde su perspectiva, pertenecen al más allá se encuentran en la misma situación que el hijo perdido. El gran arco se extiende desde la salida del hogar hasta el regreso. Entre estos dos polos hay periodos de distinta duración, que en el peor de los casos pueden abarcar eones y, en el mejor, solo algunas décadas o siglos según su cómputo del tiempo.

Imaginen que en una fría y nebulosa mañana de noviembre abandonan su hogar y salen a enfrentar el día sin saber exactamente qué los espera. Después de muchas horas regresan al atardecer o durante la noche, quizá cansados o agotados, pero con la certeza de que las penurias del día han terminado. Han vuelto a casa. Muchas cosas sucedieron durante las horas que pasaron fuera: buenas y menos buenas. Los instantes se encadenaron hasta formar minutos, y estos, a su vez, horas, hasta que finalmente una variada gama de acontecimientos complejos constituye el resultado de su excursión del día.

No sucede de otra manera con un ser espiritual que —por las razones más diversas— abandonó o abandona los cielos puros. Primero experimenta los ámbitos situados fuera del cielo, que todavía transmiten una impresión de libertad y armonía celestiales; después, las esferas más densas hasta llegar a los planos astrales; y finalmente entra en la materia y encarna como alma en un cuerpo humano. De ese modo el ser espiritual se encuentra en el dominio de las tinieblas, pues la materia se formó, como consecuencia de la caída de los ángeles, en el punto más profundo de la caída.

Durante todos los «tramos de su viaje» nunca abandoné a Mi hijo, pues estoy dentro de él —dentro de cada uno— como la vida que lo sostiene, aunque el velo del olvido haya cubierto el pasado y Mi hijo ya no Me perciba dentro de sí. ¡Pero Yo estoy y permanezco presente! ¿Por qué? Porque estoy eternamente en todo cuanto existe —pues todo procede de Mí— y porque así tengo la posibilidad de influir directa o indirectamente en Mi hijo, respetando su libre albedrío.


El velo del olvido, que por lo demás no es tan impenetrable como generalmente suponen, hace posible que Mi hijo tenga quizá un presentimiento acerca de su verdadero hogar y de Mí como fuente de su vida; sin embargo, por regla general predomina una ignorancia que las fuerzas de las tinieblas utilizan para sus fines. Desde pequeños, Mis hijos humanos son alimentados con toda clase de ideas religiosas e ideologías que determinan posteriormente sus pensamientos, palabras y actos. Aunque algunas de sus religiones afirmen que Yo soy un Dios de amor, al mismo tiempo se Me presenta como alguien que castiga, o Mi enseñanza se proclama de una manera tan tergiversada que el aspecto del amor infinito —más fuerte que todo lo demás— queda relegado a un segundo plano o deja de comprenderse.

Así, Mis hijos e hijas ignorantes están expuestos a múltiples peligros que desconocen. Esto es deliberado por el bando contrario. Este sabe muy bien que uno queda a merced de un adversario al que no conoce o que juzga equivocadamente. De este modo, muchas personas se asemejan a caminantes que avanzan, avanzan y avanzan, recorriendo tramos entre la niebla y el pantano, sin siquiera saber que su caminata podría tener una meta. Pero quienes vagan sin rumbo son y siguen siendo una presa fácil para aquellos que, a su manera, sí «ven», pues miran dentro de las almas de personas que ni siquiera sospechan que están siendo observadas.

¿Quiénes son aquellos de quienes hablo cuando empleo expresiones como «tinieblas», «oscuridad» o «adversarios»? En primer lugar son Mis hijos, a quienes amo tanto como a quienes Me permanecieron fieles. Y son también sus hermanos y hermanas, a quienes ustedes también aman en lo profundo de su corazón, aunque aún no sean conscientes de ello. En lo profundo de su ser no pueden hacer otra cosa que amarlos, pues la profundidad de su ser es amor, ¡amor procedente de Mi amor!

Pero son asimismo aquellos que siguen librando su lucha contra todo cuanto es luz o aspira a la luz. Luchan porque también necesitan energía para vivir. No reciben energía divina para sus actos; por eso obtienen su energía allí donde se la dan: de personas a quienes seducen para que piensen y actúen en oposición al amor. Han edificado un reino poderoso, estructurado jerárquicamente, al que sirven innumerables demonios y vasallos. Además, les sirve una cantidad incalculable de almas a las que, a su vez, hicieron dependientes y que muchas veces ni siquiera son conscientes de su dependencia; más aún, ni siquiera saben bajo qué influencia se encuentran.

Si preguntan dónde se supone que están esos reinos oscuros de los que nunca han oído hablar, posiblemente se asustarán ante la respuesta: están en todas partes, también inmediatamente alrededor de ustedes. Como los sentidos del ser humano están limitados, este solo ve lo que le muestran sus ojos: su mirada recae únicamente en lo material. Lo inmaterial y lo sutil permanecen ocultos a sus ojos. Por eso no ve lo que sucede a su alrededor. No ve a los seres luminosos que lo guían y quieren moverlo a pensar y actuar correctamente; ni ve a aquellos que solo están al acecho para descubrir en él un punto débil anímico y energético y poder reaccionar en consecuencia.

Todo en la creación se basa en el principio de atracción o repulsión. Ninguna energía negativa ajena puede actuar sobre una persona si dentro de ella —en su alma— no existe algo semejante o igual. La sombra no puede penetrar en la luz, pero la luz sí puede iluminar la sombra. Los intentos de fortalecer las sombras que todavía existen dentro de ustedes para debilitarlos energéticamente se realizan sin cesar. Libérense de la idea de que las fuerzas oscuras hacen una pausa o les conceden horas o días de «descanso». Siempre están presentes. Hasta qué punto pueden influir en ustedes depende de ustedes mismos.

Piensen en la imagen de una fogata romántica alrededor de la cual se han reunido con amigos en un ambiente agradable. Su fuego ilumina solamente un pequeño círculo alrededor del grupo, un círculo que pueden abarcar con la mirada y que evitan tanto los animales salvajes como las personas que no les desean el bien. Pero apenas unos metros más allá, la luz pierde intensidad y comienza una oscuridad cada vez más densa. Se sienten seguros porque están en la luz. Pero ¿qué sucede cuando el fuego se consume y finalmente se apaga?

Todos irradian a su alrededor una luz espiritual de mayor o menor intensidad. Esta los alimenta, ilumina su alma y su ánimo y resplandece cada vez más cuanto más seriamente se esfuerzan por vivir el amor. Pero esto no significa que las tinieblas duerman. A través de sus errores y debilidades —sean conscientes de ellos o no— estas acceden inadvertidamente a ustedes. Para ello se sirven de artificios complejos que ni con toda su imaginación pueden concebir. Se sirven, ante todo, de sus deseos, ideas y hábitos contrarios a la ley del amor; acarician su ego, refuerzan su aversión hacia el prójimo, sus agresiones, su voluntad propia, sus sentimientos de venganza y muchísimo más. Y, si no prestan atención, se encuentran en medio de este «juego»; son, por así decirlo, los protagonistas y también se asemejan a marionetas manejadas por hilos invisibles. Y no lo perciben, al menos por ahora.

En esta situación se encuentra la mayoría de las personas. Nadie está exento de ataques y tentaciones, en ningún lugar ni momento. Nadie puede pensar algo sin entrar al mismo tiempo en comunicación con los campos energéticos o seres correspondientes; nadie puede actuar sin dejar una huella en lo invisible y quizá orientar el rumbo de actos posteriores. Todo está integrado incesantemente en una red energética invisible e infinitamente grande, que a su vez posee sus niveles y ramificaciones. Todo vive, todo se comunica entre sí y, conforme a la ley de la atracción, tanto en lo positivo como en lo negativo se fortalecen aquellas fuerzas a las que el ser humano, mediante su vida, da espacio y —en el caso negativo— muchas veces poder sobre sí mismo.

Esta explicación solo debe servir para abrirles los ojos acerca de la situación en la que se encuentra cada persona en cada instante de su vida. Debe agudizar su atención para que manejen responsablemente sus pensamientos, palabras y actos, y quizá observen ya «de antemano» sus sentimientos y su voluntad. En ningún caso pretende infundirles miedo; al contrario: con este conocimiento y la herramienta del trabajo interior que les he dado durante años, tienen en sus manos un instrumento que —si así lo desean— los vuelve casi invulnerables; al menos los fortalece en una medida que les facilita considerablemente tratar de manera correcta las circunstancias de su vida cotidiana.

El principio de atracción no se refiere únicamente a la posibilidad de recibir la influencia de fuerzas negativas, sino igualmente a todo lo luminoso, bueno y amoroso que quiere entrar en su vida. La advertencia acerca de las maquinaciones de las tinieblas solo tiene como finalidad convertirlos de ignorantes en conocedores. Con este conocimiento, concentren ahora con mayor intensidad su atención en el camino que conduce de regreso al corazón de su Padre. Este se caracteriza por la confianza que el hijo deposita en su Padre, la confianza en que una promesa del Padre —Mi promesa— es válida en cualquier caso y bajo toda circunstancia.


Una de Mis promesas dice: ¡te llevaré de regreso al hogar! Cuándo sucederá depende de ti, pues posees libre albedrío. Pero que te atraeré a ti y a todos los demás nuevamente al corazón de su Padre está fuera de toda duda. No pierdo lo que es Mío, pues nadie tiene la posibilidad de oponer nada comparable a la fuerza de Mi amor. Y con ello llego a una de Mis leyes, que —como todas las demás— está integrada en Mi amor: la ley de causa y efecto. Como se enseña de manera equivocada, también se comprende erróneamente, con la consecuencia de que una gran parte de Mis hijos humanos Me considera injusto o no cree en Mí.

Cuando contemplan su historia y los acontecimientos cotidianos de la sociedad, la economía, la religión y la política, comprobarán que en tan escasas ocasiones se pregunta por las verdaderas causas de un hecho que no sería incorrecto decir: nunca se investigan las causas. Detrás de ello está el principio satánico de no buscar bajo ninguna circunstancia el desencadenante ni la razón profunda —así tampoco se corre el riesgo de encontrarlos—, sino presentar apresuradamente soluciones inmaduras para hacer que el error o el daño se olviden rápidamente. Pero este procedimiento no se encuentra solamente en los grandes asuntos; también en los pequeños y personales siempre ha sido habitual cerrar los ojos ante aquello que puso en marcha un suceso. Si se hiciera con sinceridad, equivaldría a examinar el alma con la meta de llegar, mediante el conocimiento de sí mismo, a una decisión y finalmente a un cambio. Sin embargo, como esto a veces está ligado a conocimientos dolorosos y también a trabajo —es decir, abandonar con Mi ayuda una conducta antigua y aprender y practicar otra nueva—, el camino del conocimiento no se recorre con mucha frecuencia.

Esto conduce a que las causas, por no ser reconocidas, tampoco sean eliminadas, sino que con demasiada frecuencia queden cubiertas por nuevas causas. Así se añade una causa a la siguiente, mientras los efectos acechan todavía inadvertidos en el fondo. En lo exterior, esto puede parecer una solución viable; pero en lo invisible y espiritual la situación es diferente: a una mala semilla se añade otra.

Mi ley es incorruptible, lo cual no significa que sea despiadada. Pero Mi misericordia no surge de la arbitrariedad; ciertamente presupone que quien causó algo tenga comprensión y buena voluntad. Sin embargo, mientras no se produzca una conversión ni en el pensamiento ni en los actos, se acumula cada vez más en el lado negativo hasta que finalmente «la medida está llena». Entonces llega el «derramamiento», y el ser humano queda perplejo ante lo que le sucede. Si todavía cree en Mí, comienza a acusarme. No comprende por qué precisamente a él le ocurre esto. No sabe que fue Mi ley del amor la que ocasionó el derramamiento.

Es Mi amor inconmensurable el que procura que Mi hijo recapacite. Mi voluntad es poder estrechar nuevamente a Mi hijo entre Mis brazos, respetando su libre albedrío. Aquí radica el gran malentendido y aquí fracasan tantos de Mis hijos: nunca intervengo en su libre albedrío; por eso solo Me queda la posibilidad de estimular el conocimiento de sí mismos dentro de Mis hijos, para que por decisión propia orienten de nuevo el rumbo de su vida.

En este proceso Yo soy el gran sanador y ayudante. Nadie tiene que producir una transformación completamente solo, es decir, con su propia fuerza. Mi mano —hablando en sentido figurado— está y permanece extendida, y a toda persona que se encuentra en necesidad le digo: «Ven, reconoce lo que ha sucedido. Y después toma la mano que te ofrezco».

Pero no puedo ni voy a tomar por nadie la decisión de aceptar Mi ayuda, aunque la acompañe positivamente. Mi hijo debe tomarla por sí mismo, sin duda muchas veces entre lágrimas y con gran esfuerzo. De lo contrario, el libre albedrío no tendría valor.


Que el amor no sea reconocido ni aceptado como la fuerza más poderosa —y cuando alguna vez lo es, únicamente en teoría— guarda relación, entre otras cosas, no solo con que la ley de causa y efecto se enseñe de forma equivocada, sino también con que se haya ocultado la enseñanza del renacimiento corporal, de la reencarnación, y que por ello sea rechazada por la mayoría de las personas de los países cristianos, pero también por muchas otras religiones. Sin este conocimiento no pueden reconocerse las relaciones, con la consecuencia ya mencionada de la incredulidad tan extendida.

Su vida actual representa solamente un radio de la rueda de sus reencarnaciones. Es únicamente una pequeña sección del arco que describen y que, después de su salida de la casa del Padre, los conduce nuevamente hacia Mí. Quien desconoce esto considera que su vida actual es la única de la que dispone y, con ello, que ya constituye el arco completo.

Quiero darles una imagen: tomen cualquier hora de su día y córtenla de la rueda de veinticuatro horas, mientras declaran al mismo tiempo que las veintitrés horas restantes no existen. Contemplen la hora que han recortado: ¿tienen sentido los distintos acontecimientos de esa única hora, que ahora permanecen aislados, es decir, sin relación con las horas anteriores? ¿No se encadenarían una incomprensión tras otra, gestos de desconcierto, indignación, asombro y demás? ¿No hablarían de injusticia si durante esa hora tuvieran que pagar una factura por una mercancía que creen no haber recibido? ¿No exigirían desesperadamente una explicación si se encontraran en el hospital sin saber nada del accidente ocurrido antes? La serie de ejemplos podría prolongarse indefinidamente.

Despierten, Mis hijos e hijas, y reconozcan la gran relación de conjunto en la que están integrados. Reconozcan que todos Mis pensamientos y aspiraciones se dirigen a unir nuevamente Mi creación. ¡Esto también te incluye a ti, a ti y a ti! Todos y todo forman parte de este eterno, maravilloso y celestial concierto en el que cada uno tiene su lugar y cada uno es necesario, incluso aquellos que intentaron destruir la armonía.

Yo llevaré a todos de regreso al hogar. Mi deseo más íntimo es que el camino de regreso se emprenda porque el anhelo y el amor despierten y crezcan dentro de Mi hijo. Entonces será un regreso apenas enturbiado por la cosecha, a veces dolorosa, de una semilla sembrada anteriormente. Infinitas son Mis posibilidades de apoyar desde Mi amor y Mi misericordia el regreso de un hijo al hogar. Quito muchas cosas —más aún, la mayoría— de las cargas que oprimen a Mi hijo con tal de que pronuncie un «sí» surgido de lo más profundo de su interior. Ciertamente queda en manos de cada uno dosificar su entrega a Mí como considere correcto, o incluso no realizarla. Pero cuanto mayor y más íntima sea la entrega —y con ello Me refiero al esfuerzo por vivir el amor—, más corto será el camino de regreso, más eficaz será la sanación y más intensa la liberación de tantas cosas que agobian a Mi hijo.

Les doy otra imagen: véanse como una entre innumerables esferas magníficas que se desplazan en un océano de amor, de manera semejante a una medusa de aspecto maravilloso. Cada esfera es una criatura individual, translúcida, dotada de colores indescriptibles y de un resplandor de la eternidad. Cada esfera no solo recibe la luz de la vida y del océano, sino que esta la atraviesa y la hace resplandecer, lo cual constituye su belleza incomparable. Pero cada esfera también tiene la posibilidad de desplazarse, dentro del océano que fluye a su alrededor, hacia ámbitos que le prometen y ofrecen toda clase de cosas que corresponden a sus inclinaciones momentáneas, aunque no estén de acuerdo con la ley del amor. No siempre tienen que ser pasiones; también forman parte de ellas no querer decidirse, no querer perdonar, descuidar el orden, vivir superficialmente, buscar el propio beneficio y mucho más. La esfera quizá encuentre allí, desde su perspectiva, satisfacción o relajación pasajeras, pero ya no puede ser atravesada por la luz amorosa del océano en la misma medida que antes. Según la intensidad de su voluntad propia, su aspecto pierde el brillo, desaparece su transparencia y se desvanece su antigua magnificencia.

Todos ustedes, Mis amados, flotan en algún lugar de este océano de la creación, y cada uno ha perdido en mayor o menor medida su luminosidad original. Esto no cambia Mi amor por Mis «esferas», pero Mi ley no puede actuar plenamente por el momento en la medida en que deseo y en que también lo desea toda criatura, porque lleva dentro de sí esta perfección y su alma la recuerda.

Sin embargo, en todos los casos surge entonces una discrepancia, una diferencia energética entre el mundo creado por la propia esfera y el campo de amor que la rodea. Esto produce desarmonías y tensiones. Mi amor da entonces un impulso a Mi esfera: «Hay algo que te vuelve infeliz, enfermo, sin alegría y muchas cosas más. ¿Quieres contemplarlo?». Como el amor es la fuerza más poderosa, a la larga la esfera no tiene otra opción que contemplarse a sí misma y su vida interior. Si se adapta a las leyes del amor del océano, las tensiones e irregularidades se disuelven poco a poco, o incluso de manera completamente espontánea, según la sinceridad de su entrega y la gravedad de sus cargas. El amor ha alcanzado su victoria mediante la comprensión de quien causó la situación y la transformación apoyada por Mí. Si la esfera no presta atención a las indicaciones y continúa, quizá incluso de manera intensificada, con su conducta anterior, se producen más irregularidades y de mayor magnitud. Los efectos no se hacen esperar… Pero aun entonces, al final todo termina bien: al término del camino, el amor será en cualquier caso el vencedor y finalmente podrá volver a abrazar a su hijo. El hijo perdido ha regresado al hogar.

Cuando existe un gran amor por el Creador del océano y por Sus leyes, las tensiones, pese a ciertas manifestaciones de la voluntad propia, se mantendrán dentro de ciertos límites o se disolverán por completo. Pero es perfectamente posible que, aun existiendo todo ese amor, haya algo o incluso varias cosas que necesiten examinarse con mayor atención. El amor por Mí es una cosa; la segunda consiste en volver a poner en orden una conducta contraria a la ley para recuperar la vibración armoniosa con la armonía universal, lo cual no es tan difícil de lograr con Mi ayuda y muchas veces solo requiere un poco de valor.

Afírmelo con toda firmeza en su conciencia cuando los momentos de miedo o preocupación quieran arrebatarles la seguridad: ¡el amor es invencible! Y cuando una mirada a los acontecimientos de su tiempo los haga dudar de esta palabra, recuerden que tengo infinitas posibilidades de influir en Mis hijos. Su tiempo perecedero Me pertenece; en Mis manos están los destinos, que tan a menudo y tan rápidamente se lleva el viento. Nada que no se funde en la armonía eterna de los cielos puede perdurar. Allí donde comenzó cada acontecimiento, allí también volverá a terminar todo.

Entonces el cielo habrá llevado nuevamente a Sus hijos al hogar.

A quien, por libre decisión, se esfuerza por seguir Mi ley del amor —que, a diferencia de la ley de la voluntad propia humana, constituye una carga dulce—, por vivir Conmigo y, por tanto, descansar en Mí, le enderezo sus caminos antes torcidos. Pero tampoco perderé de vista a quien no lo desea y quizá incluso Me rechaza o combate. Tiene derecho al mismo amor. Este también lo llevará de regreso, y a más tardar entonces reconocerá que todo estuvo bien, incluso aquello que a la primera mirada ignorante parecía castigo o injusticia. Al fin y al cabo, sirvió para su regreso al hogar.

Bendigo Mi creación, bendigo a cada una de Mis criaturas. Mi bendición es la energía de Mi amor, que también es eternamente tu vida. Amén.