Revelación divina
Que un grupo sea grande o pequeño, Mis amados hermanos y hermanas, no es decisivo para que Mi espíritu sople allí. Siempre estoy en medio de quienes abren su corazón a Mí, el amor, y Me piden que permanezca con ellos.
Así pues, también ahora estoy en medio de ustedes y elevo Mi palabra para anunciarles desde Mi verdad y sabiduría. Antes los conduciré a una breve reflexión, y les pido que Me sigan con sus sentimientos más profundos. Dejen que surja en su interior esta imagen:
Recibo cada nuevo día como un regalo.
Estoy lleno de alegría y gratitud, porque en mi interior estoy muy cerca de mi Dios.
Agradezco todo lo que encuentro en mi camino.
Agradezco a cada persona que encuentro en mi camino.
Y puesto que todo viene de la mano de mi Padre, todo es bueno.
Me siento amparado en esta luz, en este amor, en esta fuerza, y sé:
No importa cómo se vean a veces las cosas en el exterior, todo es, no obstante, bueno.
Me alegro por todo lo que el día me trae,
incluso por aquello que en este momento quizá no parezca tan agradable.
Pero viene del amor de mi Padre, y es bueno.
Me agrado a mí mismo tal como soy, con todos los errores y debilidades que t o d a v í a tengo.
Agradezco lo que aún me queda por aprender,
y sé que también en ello estoy amparado en el amor de mi Padre.
Todo es bueno, porque soy amado, y yo amo.
Mis amados, quiero profundizar un poco en lo que acabo de mostrarles mediante sentimientos e imágenes. Permanezcan en este silencio interior y reciban con el corazón abierto aquello que quiero depositar en él.
Sé que —como seres humanos— no siempre les resulta fácil agradecer de todo corazón todo aquello que se les presenta en el transcurso de un día, incluso en el transcurso de una vida. ¿O acaso ya pueden decir realmente desde lo más profundo del corazón: «Señor, todo, verdaderamente todo, es bueno»? Entonces nosotros —Yo y tú— ya estamos cerca. Pero a veces aún resulta difícil aceptar de inmediato las situaciones y a las personas tal como son y decir al mismo tiempo: «Gracias, Padre, es bueno». Quiero contemplar este aspecto más profundamente con ustedes.
En Mis últimas revelaciones hablé de la vibración de su alma, del fondo de su alma, de la ley de la atracción y de su medio anímico-espiritual. Retomo ahora ese tema.
Cada criatura creada a partir de Mi amor es absolutamente individual, y ninguna es igual a otra. Así sucede también en los ámbitos fuera de los cielos y en la materia. Los seres puramente espirituales se diferencian por su mentalidad, sus capacidades y aquello que crean con su libre voluntad; no se diferencian por su amor a Mí y a sus hermanos y hermanas.
También las personas se diferencian, pero aquí no son solo las cualidades positivas las que caracterizan al ser humano, sino que existe una «mezcla de rasgos de carácter», y esta mezcla se compone de elementos muy diversos. Por una parte, influye en gran medida lo que traen a esta encarnación en forma de fortalezas y debilidades procedentes de sus encarnaciones anteriores. Por tanto, al nacer no llegan «completamente nuevos» a esta vida —¿dónde quedaría de otro modo Mi justicia ante los destinos humanos tan distintos desde el nacimiento?—, sino que ya poseen un carácter marcado que, naturalmente, no se percibe con facilidad durante sus primeros años de infancia. Pero sus rasgos esenciales ya están en ustedes porque los traen consigo.
A esta mezcla se añade la parte que aporta su educación, las influencias de su entorno, sus intereses, sus inclinaciones, los vínculos que establecen a lo largo de la vida, pero también la libertad que conquistan mediante su trabajo y, luego, Mi fuerza en ustedes. Todo esto en conjunto y muchas otras cosas más constituyen la naturaleza única e inconfundible de cada persona.
Esta imagen de la persona cambia naturalmente de manera continua, pues viven en el tiempo y el espacio y están sujetos a las influencias de su pasado; y mediante sus decisiones y sus actos en el presente determinan su futuro. Ninguna alma fuera de los ámbitos puramente celestiales es tan perfecta como lo fue en su patria y volverá a serlo. Todas las almas y todas las personas llevan cargas en mayor o menor medida. Estas cargas marcan la irradiación de su alma. Cuanto mayor es el amor que practican, más cargas transforman en luz con Mi ayuda, y más claro, blanco y puro se vuelve el vestido de su alma. Y soy Yo quien impulsa una y otra vez este proceso y los ayuda, en una medida que ustedes no imaginan, a reconocer y a poner en práctica lo reconocido, porque Yo Soy su hermano divino y amigo, Jesucristo.
Así pues, cada uno de ustedes —es decir, cada persona y cada alma— posee su propio color anímico, su propio estado anímico y su propia irradiación anímica. Piensen ahora en la ley de la atracción: cada uno atrae, por tanto, en distinta medida aquello que le corresponde. Yo no solo lo permito, sino que lo promuevo, porque es Mi deseo que cada uno de Mis hijos vuelva a encontrar el camino hacia Mi corazón. En este camino d e b e producirse un cambio en Mi hijo; sin este cambio no es posible avanzar.
Pero ¿cómo se dan estos impulsos para el cambio? Mediante la confrontación, en su vida cotidiana, con aquello que provoca en ustedes sentimientos, pensamientos, palabras y acciones negativos; con aquello que les causa dificultades, que suscita temores y muchas otras cosas más, de modo que —si así lo desean— puedan reconocer en ello lo que todavía existe en su interior y espera ser transformado. Aquello que han reconocido y superado y a n o atrae algo igual o semejante. Y por mucho que las fuerzas negativas bramen a su alrededor, ¡ya no encuentran ningún punto vulnerable para sus malas acciones!
Ahora comprenden por qué los destinos de Mis hijos humanos son tan diferentes: porque la condición de sus almas es diferente.
Para que lo comprendan mejor, quiero ofrecerles una imagen: imaginen un gran patio ferroviario de maniobras con innumerables cambios de vía e innumerables vagones. Cada vagón representa a una persona. Ya hablé de que nunca están solos, de que viven en campos de fuerza invisibles y de que estos campos de fuerza intentan incesantemente empujarlos en una dirección que les resulta conveniente —cuando se trata de fuerzas negativas— o llevarlos hacia la luz, que es lo que pretenden las fuerzas que sirven desinteresadamente. Así, sobre los vagones que están en las redes ferroviarias actúan constantemente fuerzas que ustedes no perciben. Estas fuerzas pueden influir en las personas que presentan en la estructura de su alma aspectos iguales o semejantes a los de las fuerzas que actúan sobre ellas. Cuando esto tiene éxito, el correspondiente «vagón humano» rueda algunos metros o algunos cientos de metros en la dirección deseada: alejándose de la luz y entrando en zonas más oscuras cuando las insinuaciones de baja vibración han prevalecido. En el peor de los casos, las fuerzas contrarias hacen descarrilar el vagón, pues esa es su intención: perturbar, destruir y extraer así sus energías de los pensamientos y actos negativos de esas personas seducidas.
En cambio, cuando las fuerzas luminosas pueden alcanzar a un hijo humano en su interior, cuando la conciencia comienza a hacerse sentir, cuando en su interior o también desde afuera pueden recibirse impulsos, resulta fácil imaginar que, en ese momento, se detiene el recorrido de un vagón hacia los ámbitos oscuros. Las fuerzas luminosas han intervenido en la medida en que la libre voluntad de la persona lo permitió. Se acciona un cambio de vía y el vagón cambia la dirección de su marcha: se aleja de la oscuridad y se dirige hacia la luz.
La propia persona decide cuánto dura su recorrido en la nueva dirección. En el momento en que vuelve a abrirse a las fuerzas contrarias en sus sentimientos y pensamientos, en sus palabras y acciones, porque todavía hay en su interior elementos contrarios en mayor o menor medida, se detiene su recorrido hacia la luz. Y según el grado en que se entregue a la oscuridad, su vagón vuelve a ser empujado hacia los ámbitos menos luminosos.
Así es, Mis amados. Tomen ahora esta imagen y aplíquenla a ustedes mismos y a su vida. ¿Reconocen que muchas veces se parecen a un vagón que puede ser empujado de un lado a otro, que, si bien alberga las mejores intenciones, tropieza una y otra vez con sus propias correspondencias, con sus errores y debilidades que no ha examinado, y que por ello, en esas situaciones, puede ser influido, perturbado, perjudicado o quizá incluso derribado? Esta es la explicación de por qué en el camino hacia Mí a veces les va mejor y a veces peor: porque entonces siguen siendo, una y otra vez, juguete de diversas fuerzas.
Y si ahora les pregunto cuál es la solución, cada uno de ustedes la conoce: no ofrecer ya ningún punto vulnerable a las fuerzas de las tinieblas, de modo que puedan y se les permita intentar atacarlos —¡pues también ellas poseen libre voluntad!—, pero que sus éxitos al seducirlos sean cada vez menores. Porque, con libre conocimiento y decisión, han venido a Mí con sus debilidades y errores y Me han pedido que los ayude a superarlos. De esta manera se priva a las fuerzas contrarias de su caldo de cultivo.
Pero su decisión presupone que conozcan también sus puntos débiles y que estén dispuestos de corazón, por amor a Mí y a su prójimo, a accionar los cambios de vía en dirección a la luz. ¿Saben qué sucede entonces?
Su vagón avanza cada vez con mayor facilidad, ¡porque soy Yo quien los impulsa! Soy Yo quien los ayuda a regresar allí adonde los atrae todo su anhelo: a la casa del Padre. Entonces los intentos de la oscuridad por influir en ustedes serán cada vez menos, y entrará en su vida aquello que tanto desean: paz, armonía, salvación, amparo, confianza y libertad. Yo represento todo esto, Mis amados hermanos y hermanas.
Los espero con los brazos abiertos e intento atraerlos cada vez más hacia Mi corazón. Si este es también su deseo, vean en todo lo que encuentran esta exhortación: Si te resulta desagradable, molesto o fastidioso, mira en tu interior, hijo Mío, para descubrir qué queda aún en ti que provoca estos sentimientos. Y cuando hayas reconocido las causas —lo cual, en la mayoría de los casos, no resulta tan difícil al observarlas con sinceridad— y vengas con ellas a Mí y las deposites ante Mí para que te ayude a superarlas, entonces, al poco tiempo, podrás decir desde lo más profundo del corazón: «Gracias, Padre; gracias, Jesucristo, porque he sido liberado de ello. Ahora s é —y no solo tengo que creer— que todo lo que se presenta en mi camino es bueno para mí».
Deseo que estas palabras penetren profundamente en ustedes. Los amo. Amén.
Revelación divina
Han cantado: «Únenos, Señor». Les digo que este es también Mi deseo y Mi voluntad. Y puesto que es Mi voluntad, volveré a unir todo lo que aún está separado. Para eso vine al mundo: para unir. Vine al mundo no solo para anunciar el amor de Dios, sino para vivir este amor como ejemplo. Alcancé muchos corazones, y una ola de entusiasmo y alegría se extendió por muchas tierras; en todas partes, los Míos siguieron Mis huellas, y Yo viví en medio de ellos y los instruí mediante Mi espíritu, que sopló y sopla en todas partes, donde y cuando Él quiere.
Esto hizo entrar en acción a las fuerzas de las tinieblas, que intentaron modificar Mi enseñanza, ridiculizarla, pisotearla y extinguirla. A veces parece, Mis hermanos y hermanas, que las fuerzas contrarias lo han logrado. Pero les digo: «Yo Soy el vencedor por toda la eternidad. Yo Soy el amor, Yo Soy y poseo la omnipotencia, y nada puede resistirse a Mi voluntad, que es exclusivamente amor».
Son innumerables quienes partieron para ayudar a que Mi enseñanza se abriera paso, y no solo ahora, en este tiempo; muchos de ustedes ya participaron hace mucho, estuvieron Conmigo y estuvieron presentes en los años siguientes, cuando Mi enseñanza del amor se difundió. Y les digo: «Han regresado».
Mírense a los ojos, Mis amados, y se reconocerán.
Juntos mostraremos a las fuerzas de las tinieblas —que, a pesar de sus actos, son y siguen siendo hijos de los cielos y hermanos y hermanas de ustedes— que Mi enseñanza del amor no consiste únicamente en palabras vacías, sino que es posible vivirla. Y mediante este ejemplo vivido surgirá una nueva vida en esta Tierra, aunque a veces sus tiempos parezcan indicar que la oscuridad está prevaleciendo.
Pero Yo les digo: «No desesperen. Sean conscientes de su herencia divina; sean conscientes de la fuerza que hay en ustedes». Vengan a Mí, únanse a Mí y permitan que Yo resucite en su interior. No pregunten cuándo sucederá todo esto. El tiempo está en Mis manos. Cumplan ustedes lo que prometieron, y así venceremos. Amén.