← Hans Dienstknecht

Sin cambio no es posible volver a entrar en los cielos

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Ohne Veränderung kein Wiedereintritt in die Himmel

Fecha original: 11 de diciembre de 2023

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Mis amados hermanos y hermanas, es apropiado que, en la festividad que ustedes celebran como Navidad en recuerdo de Mi nacimiento como ser humano, Yo Me revele desde Mi amor, que vino al mundo hace unos dos mil años como Jesús de Nazaret.

No quiero decepcionar a quienes esperaban o deseaban una palabra Mía sobre el tema de la «Navidad». Sin embargo, quizá les recuerde la Navidad y el acontecimiento relacionado con ella de una manera distinta de la que les agradaría. Porque fue un acontecimiento sin precedentes en su género, y así seguirá siendo; un acontecimiento cuya necesidad y dimensión solo muy pocos reconocieron, si es que alguno lo hizo, y que hoy conmueve los corazones menos que nunca, aunque anuncia un amor —Mi amor— tan grande que ningún ser humano ni ser espiritual podrá comprenderlo jamás por completo.

En cambio, todo el entorno exterior que hoy se vende como Navidad ha adquirido una dimensión mundana nunca antes vista. Y esto ocurre en un plano que apela exclusivamente a sus cinco sentidos y ya no alcanza su interior. Mi adversario y el de ustedes se ha encargado de ello, y le ha resultado tanto más fácil porque tampoco se detuvo ante las comunidades religiosas ni sus enseñanzas; precisamente allí comenzó sus falsificaciones, partiendo de la acertada suposición de que de ese modo podría alcanzar a muchas personas crédulas y ciertamente dispuestas.

Y como la inmensa mayoría de ustedes sencillamente cree, acepta y repite, sin reflexionar mucho, lo que allí se enseña como Mi verdad con distintas interpretaciones, la comprensión real de Mi nacimiento —y, sobre todo, de la necesidad que este representó para su supervivencia como seres espirituales— ha quedado reducida a la neblina de palabras y canciones hermosas.

Si necesitan ejemplos: «… el mundo estaba perdido, Cristo ha nacido…» o «Divino Salvador, cabeza de la cristiandad, Tú nos devuelves lo que Adán arrebató…». Y luego, esta confesión cantada con tanta rapidez: «Nacido en Belén, un niñito nos ha sido dado; yo lo he elegido y quiero pertenecerle».

No hay nada en contra de recordar, especialmente por medio de canciones durante los días y semanas anteriores a la festividad de Mi nacimiento, que entonces sucedió algo especial. Al contrario: es urgentemente necesario entrar en su interior y reflexionar con mucha mayor frecuencia. Solo así lograrán, a largo plazo, evaluar correctamente su situación personal y la de su mundo. Y, si lo desean, cambiar algo.

Porque de eso se trata, en definitiva: de un cambio en sentido positivo, paso a paso hacia una conducta que corresponda cada vez más a Mi mandamiento del amor. Si no se reconoce la necesidad de semejante cambio, que solo puede realizarse con Mi ayuda, todo esplendor no será más que oropel y todo seguirá siendo lo que es: algo artificial, humo y palabras vacías.

Alguno considerará que Mis palabras no son precisamente apropiadas para una fiesta del amor. Mis amados, por comprensible que esto resulte desde la perspectiva humana, aun así: Yo hablo desde el amor, y al amor también pertenece abrirles los ojos a los seres humanos y esclarecerlos; y, si es necesario, advertirles, porque tantas cosas son una apariencia engañosa que ha alcanzado una magnitud nunca antes vista.

Quien lea atentamente Mis revelaciones habrá reconocido de todos modos que hablo mucho más a menudo que antes de lo que se está gestando. Y lo hago sin proporcionar datos sobre el tiempo ni el lugar, porque eso solo los atemorizaría. Pero quiero recordarles una y otra vez: ya es más que hora de cambiar algo.

¿Pueden reconocer Mi amor en Mi constante esfuerzo por acercarlos más a Mi corazón?


El empeño de las tinieblas —las fuerzas contrarias en las que tantos no creen porque no pueden imaginar qué son— ha sido fundar un reino propio desde su expulsión de los cielos. Cuando no lo consiguieron durante un período que excede cuanto ustedes pueden imaginar, su objetivo pasó a ser destruir lo existente, lo cual habría afectado a todo lo que estaba fuera de los cielos; por tanto, también a todas las almas que, por distintas razones, ya no tenían su hogar en los cielos. Con «todas las almas» Me refiero a Mis hijos, a quienes llamé a la vida mediante Mi amor eterno.

Para impedirlo, decidí, después de la preparación correspondiente, venir Yo mismo a la Tierra a fin de dar a los seres humanos —y a las almas en el más allá— la energía necesaria para sobrevivir y regresar al hogar. Las potencias satánicas llegaron a descubrir parcialmente este propósito, lo que las condujo a la conclusión errónea de que podrían impedir la misión de Jesús, el ser humano, causándole la muerte.

Pero esto solo hizo que el derramamiento de Mi energía adicional de amor ocurriera ya con Mi «muerte» en la cruz. El intento de Mi adversario y el de ustedes había fracasado. Los cielos volvieron a estar abiertos y, desde entonces, todo aquel que como alma poseyera el anhelo necesario y también el desarrollo energético requerido podía regresar a su patria eterna.

Pero este regreso al hogar no se produjo ni se produce automáticamente por el hecho de que una persona se haya unido o se una a una comunidad religiosa y practique lo que allí se considera necesario para la salvación. Tampoco fue así entre los primeros cristianos. Simplemente se los designaba «seguidores del Nazareno»; por lo tanto, a los ojos de los judíos eran incrédulos y miembros de una secta.

Lo que sí hicieron fue cambiar gradualmente su conducta: se esforzaron y, de ese modo, aprendieron a incorporar Mi mandamiento del amor a su vida cotidiana. Mi enseñanza era y es tan sencilla que tenía validez para todos los seres humanos y todavía la tiene, pues no exige otra cosa que esto: ama, y nada más.

Hablé de un desarrollo energético necesario del alma como requisito para entrar en los cielos que anteriormente —muchas veces hacía eones— se habían abandonado.

En toda la creación rige, para la convivencia y las relaciones mutuas, el principio de que lo semejante atrae a lo semejante. De ello se desprende, a la inversa, que lo diferente se repele. Esta ley significa al mismo tiempo que no necesito imponer una prohibición para impedir una unión indeseada; el solo hecho de que lo semejante tienda hacia lo semejante garantiza que no pueda haber error alguno en la asignación o incorporación.

Quizá ahora resulte también comprensible lo que significa que solo puede volver a entrar en el cielo quien lleva el cielo consigo, quien lo lleva en su interior; es decir, quien lo ha desarrollado dentro de sí mediante una vida conforme a Mi mandamiento del amor: como ser humano en la Tierra, si el alma decide encarnar, o mediante un desarrollo posterior, un progreso espiritual en los mundos sutiles del más allá. Hasta donde esto sea posible allí.

¡Reflexionen sobre el alcance de esta afirmación!

Por lo demás, hay una razón para que unas veces se hable de «el cielo» y otras de «los cielos», en plural. «El cielo» se refiere a la totalidad de Mi creación pura, la patria eterna de ustedes. Pero esta no consta de un solo «espacio», sino de muchas «inmensidades sin fin», algo que —todavía— les resulta inimaginable. Estas, a su vez, corresponden a Mis atributos y naturalezas esenciales, que abarcan desde el orden, la voluntad, la sabiduría, la seriedad y la paciencia hasta el amor y la misericordia. También ustedes proceden de una de esas dimensiones —la que corresponde al rasgo predominante de su naturaleza—; al mismo tiempo, sin embargo, toda criatura celestial también tiene plenamente desarrollados en su interior los demás rasgos esenciales.


La clave para comprender la alteración satánica que sufrió Mi enseñanza durante los muchos siglos posteriores a Mi vida terrenal está aquí: las fuerzas contrarias han conseguido, por un lado, que los seres humanos apenas crean o no crean en la existencia del mal ni en su influencia y amenaza constantes e inmediatas, o que muchas veces ni siquiera sepan de ellas; y, por otro lado, han logrado transformar gradualmente Mi sencilla enseñanza, de modo que esta transformación no fuera percibida.

Mediante Mi encarnación impedí que el mundo se perdiera, como ustedes cantan. Con ello aseguré la continuidad de Mi creación y preservé la vida eterna de todas Mis criaturas. Fue un acto único de una magnitud inconcebiblemente inmensa, que comenzó en Belén y concluyó en el Gólgota.

Si Yo, su Dios, su Padre, su Creador, su fuente primordial eterna e infinita, no hubiera dado este paso por amor a todo lo que he creado, ustedes ahora no existirían… No cabe esperar que algún ser humano llegue a comprender jamás lo que sucedió entonces. Pero sí puede reconocerse al menos que aquello que hoy se celebra con motivo de Mi nacimiento no hace justicia, ni remotamente, a lo que ocurrió en el ámbito espiritual.

En este contexto, ustedes también utilizan con frecuencia el término «redención». Con él se quiere decir que Yo los redimí de los vínculos que, como consecuencia de la caída, impedían volver a entrar en los cielos. Pueden reducirlo a esta sencilla expresión: Yo volví a abrir el cielo —y ahora viene lo decisivo, que para muchos no es tan fácil de aceptar—, pero deben crear previamente en su propio interior las condiciones para poder entrar nuevamente en él.

La pertenencia a una comunidad religiosa no forma parte de esas condiciones, como tampoco la fe en Mí. Esta puede ser necesaria para poder dar los pasos mucho más importantes hacia el amor. Pero el amor es lo decisivo, pues quien ama —a Mí, a su prójimo y a sí mismo— también cree. La fe, en cambio, no garantiza que el amor se viva como Yo se lo enseñé, ni siquiera que se aspire a ello.

El conocimiento tampoco los acerca a Mi corazón. Asimismo, no pueden estudiarme para llegar a conocerme mejor. El conocimiento, en la medida en que sea necesario, se les revela mediante el amor vivido. Solo entonces llegan a conocerme, poco a poco y exactamente en la medida que corresponde al desarrollo de su alma como resultado de sus esfuerzos.

Finalmente —y este es Mi deseo—, según la sinceridad de tu esfuerzo y la pureza de tu amor, comienzo a manifestarme en tu interior mediante impulsos cada vez más fuertes. Así nace entre nosotros una confianza íntima que te hace sentir cada vez más seguro. Caminas firmemente tomado de Mi mano. Entonces, en sentido figurado, la Navidad ocurre dentro de ti: Yo nazco de nuevo en ti porque tú Me experimentas conscientemente.

Mi mandamiento dice: ¡ama! No dice: no hagas nada malo. Pero, a lo largo de los muchos siglos, se infiltró una forma de pensar y actuar que diluyó Mi mandamiento. Muchas veces ya están satisfechos con pasar el día y la vida siendo más o menos «buenos», es decir, sin grandes errores ni faltas. Les han negado la necesidad de examinarse: ¡quédate como eres! ¡No eres tan malo!

Mis amados hermanos y hermanas, al adversario le importaba y le sigue importando mantenerlos en el nivel de desarrollo en el que se encuentran; transmitirles conocimiento, pero impedir al mismo tiempo que cambien para mejorar.

Sin embargo, los cambios son necesarios porque nadie puede entrar en el cielo si no lleva el cielo dentro de sí. Este es, no obstante, el deseo secreto de toda alma: volver a encontrar su verdadera patria. Y precisamente este deseo es el que las tinieblas sabotean, no diciendo que Yo no existo —eso sería demasiado sencillo y primitivo—, sino empedrando el camino hacia Mi corazón con exterioridades, mandatos, prohibiciones y ritos que Yo nunca enseñé ni consideré importantes. Muchas cosas relacionadas con la Navidad son prueba de ello.

También de esta manera, a menudo con mayor eficacia que mediante una confrontación directa, se puede impedir que los Míos desarrollen su alma.


Mi palabra de revelación debe ayudarte a reconocer dónde te encuentras. No para hacerte sentir pequeño —Yo te amo siempre tal como eres—, sino para que tomes conciencia de lo que aún debe desarrollarse en el camino hacia Mí. Porque limitarte a no hacer el mal todavía no significa cumplir Mi mandamiento. Cumplirlo es algo activo.

A Mis ojos eres un hijo radiante de los cielos que en este momento lucha en la Tierra con toda clase de debilidades, temores y preocupaciones. Estás aquí para aprender algo; entre otras cosas, para no solo compartir Conmigo tus debilidades, temores y preocupaciones, sino transformarlos y disolverlos poco a poco con Mi ayuda fraterna.

Eso es trabajo, eso es movimiento, eso es cambio. En cualquier caso, es algo distinto del estancamiento y de la sensación de no poder hacer nada diferente de lo que hacías en el pasado. Es lo contrario de decir: dejemos todo como está…

Para este proceso no solo hace falta un sí claro; también se requiere un poco de paciencia y, sobre todo, fuerza. Se necesita una energía de la que los seres humanos ya no disponían en medida suficiente porque, desde su perspectiva, las fuerzas satánicas habían hecho un «buen trabajo». Por eso vine Yo y traje la energía adicional necesaria. Con la Navidad, en Belén, comenzó este proceso; con la Pascua, en el Gólgota, concluyó, cuando con Mi «muerte» Mi chispa de Cristo descendió como energía adicional a cada corazón.

Desde entonces, esta fuerza espera que el ser humano se sirva de ella.

Cuando lo hace, su conciencia se amplía poco a poco, lo que significa que comienza a comprender cada vez más. Ya no busca necesariamente las respuestas a sus preguntas entre quienes Me han «estudiado», sino que las encuentra «por sí solas»; con frecuencia surgen de su interior. No obstante, a veces esto exige valentía y también responsabilidad personal, porque aparecen respuestas que invalidan opiniones anteriores, pero que son completamente lógicas; lógicas no solo para el entendimiento, sino igualmente para el corazón.

Quien conoce, por ejemplo, el principio de que lo semejante atrae a lo semejante puede reconocer muchas cosas si no deja de razonar demasiado pronto por temor a que las respuestas que se presentan alteren o destruyan su visión del mundo anterior.

El principio mencionado se basa en Mi justicia e impide, por una parte, que te alcance algo que en realidad estaba destinado a tu prójimo y, por otra, garantiza que no deje de alcanzarte nada de lo que está destinado para ti. Entre otras cosas, también responde las preguntas relacionadas con la vida después de la llamada muerte. Y si llevan su razonamiento hasta el final, de ello surgen a su vez conocimientos completamente nuevos que también tocan el tema de la «reencarnación: sí o no», que una y otra vez provoca debates controvertidos entre ustedes.

Traten de seguir Mi razonamiento de manera consecuente:

Todo es energía, aunque en formas distintas, y la energía no puede destruirse, sino únicamente transformarse. Su cuerpo también es energía. Por una parte, se compone de materia —que tampoco es otra cosa que energía— y, por otra, alberga al alma invisible para los ojos, que mientras el ser humano vive permanece unida a él mediante el cordón de plata. El estado energético o vibración del alma corresponde a la conducta de la persona durante su vida. Cuando muere el cuerpo humano, el alma pasa al ámbito correspondiente a su desarrollo y a su irradiación, de los cuales la persona fallecida es la única responsable. Pueden ser ámbitos que van desde «lo más bajo» hasta «lo más alto». Allí se encuentra entre seres semejantes. Y allí permanece por el momento. ¿Durante cuánto tiempo?

Este hecho, es decir, la vida que entonces llevará entre sus semejantes, no será de gran ayuda para su desarrollo posterior en los ámbitos astrales inferiores, sino más bien un lugar donde saldar lo pendiente. En los ámbitos superiores es diferente. Allí, debido a que su conciencia ya está más desarrollada, está más abierta a recibir instrucción. Reconoce su estado, ve el trayecto que aún tiene por delante y, en principio, puede optar por desarrollarse entre sus semejantes con el apoyo de sus maestros espirituales o —si existen el deseo y las condiciones necesarias— por una nueva encarnación.

Que esto sea posible depende de muchos factores; entre ellos, de que encuentre en la Tierra a la pareja de padres necesaria y las circunstancias que le permitan desplegar y hacer crecer las cualidades que ya ha adquirido. Por regla general, se considera una encarnación cuando la perspectiva de desarrollarse con mayor rapidez en la materia que en los ámbitos espirituales resulta posible y conveniente.

Toda alma, esté encarnada actualmente o no, se encuentra por principio en el camino de regreso al hogar, lo sepa o no. Esto puede significar que, en el más allá, ese camino sea percibido como muy largo y poco variado, porque allí no existe el concepto del tiempo y las almas están «entre ellas». Su maduración depende en gran medida de que un alma reconozca su meta y de cuán grande sea su deseo de poder volver a ocupar cuanto antes su lugar en el cielo. Recibe todo el apoyo que necesita de sus hermanos espirituales, quienes han sido puestos a su lado como guías y ayudantes.

No existe obligación alguna de reencarnar. Pero las razones determinantes para una vida terrenal pueden ser muy diversas: en las regiones inferiores suelen ser de naturaleza más primitiva y egoísta, mientras que en los ámbitos claros y luminosos se trata de aprender en la Tierra con mayor rapidez de lo que es posible en el más allá y, en determinadas circunstancias, también de ayudar a otros.

Y, naturalmente, toda encarnación, aunque exista la intención de aprender y crecer, conlleva el riesgo de «salir peor de lo que se esperaba». Pero también ofrece la oportunidad de dar un paso grande y rápido hacia adelante. Las fuerzas negativas, que conocen sus puntos débiles y hacen todo lo posible por perturbarlos una y otra vez e incluso quizá hacerlos caer, se encargan de que esto no resulte fácil.

Existen tantas variantes y razones diferentes para una encarnación que es imposible mencionarlas todas. Lo importante es esto: la posibilidad existe. Que se aproveche y de qué manera depende de muchos factores; entre ellos, de que la Tierra —sobre todo en el futuro— pueda ofrecer a las almas que desean encarnar la posibilidad de pasar unas décadas en la materia conforme a sus propósitos.


Todo en Mi creación es evolución. Todo está constantemente en movimiento. Todo se expande. Todo cambia. Tú tampoco estás excluido de ello.

Si reconoces la verdad en Mis palabras y estás dispuesto a querer cambiar, entonces dame tu sí (1); no solo una vez, sino una y otra vez. Porque siempre volverán a presentarse situaciones en las que se te exigirá algo y en las que necesitarás Mi ayuda. Sabes que Estoy más cerca de ti que tus brazos y tus piernas. ¡Yo habito en ti!

Y cuando vuelvas a cantar «Nacido en Belén, un niñito nos ha sido dado; yo lo he elegido y quiero pertenecerle», estas ya no serán solo palabras hermosas, sino que el texto expresará tu confesión sincera de querer recorrer Conmigo el camino hacia tu verdadera patria, tu patria eterna.

Amén

(1) Mi pequeño sí

En Ti, Señor, espero con paciencia,
pues Te debo el corazón y las manos,
y aún más: todo cuanto soy.
En las ruidosas horas del día
o de noche, cuando el sueño me encuentra,
hacia Ti elevo mi pensamiento.
En el amor quiero apoyarme en Ti,
con humildad confiar en Tu palabra,
que tan maravillosamente me ha guiado.
En completo silencio, que Tu obrar
renueve mi interior para Ti,
como corresponde a los hijos de Dios.
Así, mi camino está en Tus manos.
Y si algún día termina en la luz,
habrás sido únicamente Tú
quien condujo con cuidado mis pasos.
Yo, tan amorosamente colmado de dones,
solo aporté mi pequeño sí.

Del poemario «Confía en el suave sonido de tu corazón» (Hans Dienstknecht)