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Si no se hacen como los niños…

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Wenn ihr nicht werdet wie die Kinder ...

Fecha original: 10 de octubre de 2015

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Mis amados hijos e hijas, viven en una época en la que resulta cada vez más importante establecer una conexión íntima Conmigo, con su Padre celestial. Si han dado los primeros pasos, o quizá algunos más, en esa dirección, tomen conciencia de que es necesario convertir nuestra conexión en una relación de amor. Esta necesidad existe desde siempre, pero las confusiones que comienzan en su época les indican con mayor insistencia que no solo deben tomar Mi mano y no soltarla, sino dejarse guiar por Mí sin preocupaciones, fortalecidos en el corazón y en el alma.

Siempre lo he expresado mediante imágenes para facilitarles una comprensión profunda. Pero ya sea que diga que Yo, tu Señor, soy tu Pastor y que nada te falta Conmigo; que te pida recibirme como Piloto a bordo de la nave de tu vida; o que les diga: procuren entrar a tiempo en el arca, siempre se trata de crear en ustedes las condiciones para que pueda guiarlos de manera cada vez más directa, dirigiéndose a Mí de la forma apropiada —si es posible, mediante la entrega— y realizando un esfuerzo sincero.

Ciertamente existe una guía fundamental e ininterrumpida; pero que esta pueda realizarse por medio de Mí o de sus ángeles guardianes y ayudantes espirituales que actúan por encargo Mío, o que la ley de causa y efecto siga determinando su destino en mayor o menor medida, depende de cada persona, debido al libre albedrío y, por tanto, a sus decisiones. Por aquello que se está gestando en su mundo y por Mis palabras serias, que proclamo en todo el mundo y no solo aquí, puede deducirse fácilmente que los «tiempos de leche y miel» a los que muchos se han acostumbrado se acercan a su final provisional. Y, sin embargo, no basta con acordarse de Mí únicamente por preocupación ante el futuro.

No llevo cuentas, les dije no hace mucho. Pero hoy también digo a quienes todavía no pueden comprenderme en Mi claridad y sabiduría: tampoco soy un vendedor con quien se pueda negociar según el lema: «Si me das o me prometes esto o aquello, entonces podría considerar hacer algo por ti».

¿Qué clase de justicia sería aquella que no hubiera creado leyes de amor aplicables a todos por igual, sino que hiciera depender su afecto o disposición a ayudar de si alguien cree poder negociar y de lo bien que lo haga? Soy incorruptible porque amo todo y soy justo.

El camino hacia Mi corazón, semejante a una vía de luz, puede ser recorrido por todos. Y la puerta de ese camino, ante la cual tarde o temprano se encontrarán cada alma y cada persona, se abre para todo aquel que desea acercarse a Mí y seguirme. Ninguna otra cosa —para permanecer en esta imagen— puede abrir la puerta: ni una súplica que nazca únicamente del temor a posibles castigos infernales; ni negociaciones; ni ruegos o imploraciones sin la intención de una conversión interior; ni estudios; ni donaciones; ni la pertenencia exterior a una iglesia; ni indulgencias; ni la práctica de ritos y formalidades; ni una posición, por elevada que sea, dentro de una comunidad religiosa; ni muchas cosas más.

¡Porque Yo soy la justicia!

Sin embargo, un corazón humilde que anhela amar posee la llave. También puede abrir la puerta tras la cual comienza el camino de la libertad un grito de ayuda procedente de un corazón atormentado que reconoce sus insuficiencias y sus límites, o una petición de asistencia y comprensión porque la persona ya no sabe cómo seguir y ahora se atreve a dar un paso hacia Mí. Sin duda, con ello no terminan de inmediato toda aflicción y todo sufrimiento, pero se ha comenzado. Entonces cesa el extravío anterior; la persona deja de ser juguete de las fuerzas invisibles que la dominaron en el pasado.


Muchos de Mis hijos no tienen ninguna idea, o tienen una idea equivocada, de lo que significa vivir Conmigo, caminar Conmigo durante el día y anunciar Mi amor. Confunden la seriedad del propósito con la severidad y la estrechez; el humor con la superficialidad; y la ligereza con la irresponsabilidad. Prefieren la obediencia a la letra antes que la libertad interior ejercida con responsabilidad propia; siguen la tradición en vez de examinar su importancia y corrección; consideran que la alegría no agrada a Dios y prefieren conservar la pesadez del corazón que se les inculcó; todavía no se reconocen como hijos e hijas radiantes de Mi amor, sino que se ven como pecadores pobres y sin fuerzas; aún desconocen la fuerza redentora y liberadora de Mi amor en su interior y, por eso, muchas veces permanecen pasivos durante toda la vida, esperando Mi gracia, que solo aguarda poder actuar mediante su sí activo dirigido a Mí.

¿Cómo creen, Mis hijos e hijas, que era la relación entre Yo y quienes estuvieron a Mi alrededor durante los tres años de Mi actividad como Maestro? ¿Creen que habría podido conmover y entusiasmar a ellos y a cientos y miles de seguidores si los hubiera declarado «pobres pecadores»? ¿Si les hubiera hecho ver que eran incapaces de cambiar algo? ¿Si los hubiera exhortado a estudiar «las Escrituras» intensamente y con regularidad? Y, de ser así, ¿cuáles? En aquel tiempo, y tampoco durante las décadas siguientes, ni siquiera existía una Biblia como la conocen hoy. Por lo demás, tampoco existía la gran mayoría de aquello que hoy se considera muchas veces «necesario para la salvación»; necesario en el sentido de que la persona solo puede alcanzar el Reino de los Cielos bajo condiciones muy determinadas inventadas por autoridades eclesiásticas.

Entonces, ¿qué hice? ¿Qué les enseñé?

Les hablé de su patria celestial, de su verdadero origen y de su meta. Les mostré el camino por el que volverían a ella. Coloqué el amor en el centro y, mediante innumerables parábolas, les expliqué cómo podían llevarlo a la práctica en su vida. Les transmití la alegría y la libertad que experimentarían —ya durante su vida— si, como el hijo perdido, emprendían el regreso. Les hablé del amor infinito de un Padre que perdona eternamente, del anhelo con que el Padre los espera y del anhelo que, aunque todavía oculto, descansa en ellos. Los animé y los fortalecí.

Reímos juntos cuando era necesario, y también lloramos juntos. Pero nuestra convivencia siempre estuvo marcada por el conocimiento de que una fuerza divina nos guía y protege, y nos llena de fortaleza y entusiasmo. Ciertamente hizo falta tiempo para que esa semilla —esa manera de pensar que era nueva para ellos— pudiera madurar en su interior. Pero luego fueron alcanzados por la fuerza del Espíritu, por el amor. Ya no había lugar para sentimientos de inferioridad, desconsuelo, falta de ánimo para comenzar ni nada semejante. Reconocerse como hijo de Dios, como criatura del amor, nunca pudo —ni puede— producir apatía, desesperanza o falta de impulso.

Muy pocos han reflexionado sobre las palabras que pronuncié como Jesús: que deben hacerse como los niños. Las repito aquí: procuren transformar su ánimo para que se asemeje al de un niño, porque así existirán buenas condiciones para alcanzar el Reino de Dios. Entre ellas se encuentran, ante todo, la pureza de un niño, su confianza, su manera de vivir en el aquí y ahora y su fe en el bien. Con el paso de los años, las circunstancias de su vida hicieron que se perdiera una gran parte de las cualidades originales de la infancia. Ustedes lo permitieron y, no pocas veces, también participaron en la formación de una visión del mundo que ahora pesa sobre ustedes y que muchas veces los vuelve temerosos, negativos, poco esperanzados y centrados en sí mismos. ¿Dónde quedaron la despreocupación, la alegría del juego y la confianza absoluta? ¿Qué hizo desaparecer la sensación de seguridad que experimentaron en los brazos de su padre o de su madre?

Es completamente normal que, al llegar a la edad adulta, surja una nueva visión del mundo. Es incluso inevitable, porque se trata de acumular experiencias y aceptar y llevar a la práctica procesos de aprendizaje. Pero esto no tiene que significar necesariamente convertirse en un «hijo de este mundo» que, con cada experiencia, pierde cada vez más aquello que una vez caracterizó su infancia.

Sin embargo, como esto suele suceder —las influencias de las tinieblas son enormes—, señalé a Mis oyentes adultos que debían redescubrir en su interior las cualidades positivas de un niño. Porque no existe ninguna razón para conservar una manera equivocada de pensar y actuar practicada durante años; por el contrario, esto resulta sumamente perjudicial e incluso peligroso para su regreso. Tampoco existe poder alguno capaz de impedir de manera seria y permanente que una persona vuelva a ser como un niño, en el sentido que les he descrito.

Llamo «trabajo interior» al camino hacia esa meta, en el cual vuelven a sacar a la luz aquello que quedó sepultado durante muchos años. Este esfuerzo se asemeja a desenterrar un pozo y limpiarlo de escombros y suciedad. También se trata de volver a practicar una conducta antigua que cayó en el olvido. Pero aquello que se descubre nuevamente —con Mi ayuda— no es algo fundamentalmente nuevo; porque, en la misma medida en que abandonan una conducta anterior equivocada, una conducta amorosa que yace desde hace mucho tiempo en ustedes, aunque todavía no se ha desarrollado de nuevo por completo, asciende a la superficie de su alma y se expresa en su ser humano y por medio de él.


Si contemplan la historia de los últimos dos mil años, tendrán que reconocer que se abusó de Mi nombre y se modificó Mi enseñanza, privándola así de su corazón vivo: el esfuerzo por vivir el amor. ¿Qué ha sucedido con el concepto «cristiano»? ¿Quién es «cristiano»? ¿Quien sigue Mi enseñanza? ¿O quien pertenece a una comunidad religiosa cristiana? ¿Pueden darse ambas cosas? Sin duda, y hay muchos en quienes así sucede.

Pero una gran parte lleva esta denominación sin estar a la altura de ella en la misma medida, sin haber reflexionado jamás en que uno no se convierte en cristiano por medio de un bautismo o por ingresar en una iglesia, sino única y exclusivamente mediante una vida fundada en seguirme. Por tanto, ser cristiano solo puede significar sentir y comportarse —o al menos aspirar a ello— como lo hicieron quienes permitieron que Yo los instruyera y quienes, en los años y décadas siguientes, conocieron Mi sencilla enseñanza del amor y decidieron seguirla según sus mejores capacidades.

Su mirada estaba dirigida hacia adelante; más allá de la fe y de la esperanza, su corazón estaba lleno de conocimiento. Después de que regresé a los Cielos, muchos experimentaron directamente la guía interior por medio de Mi Espíritu. Irradiaban su transformación interior. Ante todo, los distinguía una confianza inquebrantable en que su destino, su vida presente y futura, estaba y sigue estando en las manos de su Padre celestial. Esto produjo en ellos despreocupación, una sensación de seguridad y valor; cualidades que hoy solo se encuentran en unas pocas personas. Y precisamente esto debería distinguir a un cristiano que ha aprendido que él —y Yo digo: y con él cada ser humano— descansa en las manos de Dios.

Si Mis palabras los han hecho reflexionar, entren en ustedes mismos durante un momento de silencio y pregúntense: ¿Soy ya como el Señor lo ha descrito? Y si todavía no lo soy, ¿quiero aspirar a serlo? ¿Irradio ya la alegría y la confianza que otras personas, todavía en búsqueda, esperan encontrar en un cristiano? ¿Puedo ya anunciar Su amor mediante mi vida? ¿Es esto lo que realmente quiero? ¿O considero demasiado pretencioso siquiera emprender este camino con toda la imperfección que todavía existe en mí? ¿No será esta meta demasiado elevada para mí?

Existe un criterio que pueden aplicarse para descubrir su propia realidad: «Por sus frutos los reconocerán…». Alégrense si sus frutos ya se manifiestan en que se han vuelto más amorosos, pacientes, sinceros, comprensivos, abiertos, menos insistentes y muchas cosas más. Alégrense si ya pueden mirar y avanzar hacia el futuro prácticamente sin miedo. Alégrense si no tienen que bajar la mirada cuando encuentran calumnias y violencia. Alégrense si ya pueden servir de ejemplo a otros manteniéndose serenos y confiados pase lo que pase, con el conocimiento de que Dios no comete errores.

Si todavía no han llegado del todo hasta allí, pero sienten que este también podría ser su camino, tomen una decisión y vengan a Mí con su corazón, sin importar lo que haya en él. Yo soy el amor en el Padre que todo lo comprende y todo lo perdona. No existe nadie a quien rechace; nadie a quien no conceda toda Mi misericordia; así como tampoco existe nadie a quien no tome en Mis brazos y reciba bajo Mi protección.

Decide.


Si ya has aprendido en gran medida a mirar a tu prójimo sin condenarlo, puede ayudarte contemplar sus palabras y actos, o su silencio y sus omisiones, desde la perspectiva de estas palabras: «Por sus frutos los reconocerán…». Esto no tiene nada que ver con desacreditar al prójimo ni con encasillarlo de una u otra manera, siempre que tu forma de observar esté libre de juicios de valor. De lo contrario, corres el peligro de ser arrastrado hacia el torbellino negativo de aquello que intentas comprender. Con ello te perjudicarías a ti mismo.

Pero la solución tampoco puede consistir en ignorar los problemas crecientes apartando la mirada y esperar que así desaparezcan del mundo. En este contexto, les recuerdo Mi palabra revelada «El amor a los enemigos mal comprendido».*) Si procuras aprender a escuchar y mirar desde esta perspectiva, reconocerás aquello que está perdiendo el rumbo en su mundo o que ya lo ha perdido.

Como ejercicio sencillo, parte del hecho de que toda Mi Creación está edificada sobre el orden. Cuando el orden se pone en duda; cuando se intenta presentarlo como innecesario o anticuado; cuando se lo invalida de manera más o menos oculta, sin anunciarlo abiertamente; o cuando se cree que mediante la agitación y el caos se responde al espíritu de la época, puedes reconocer que no son fuerzas divinas las que impulsan todo ello… Y cuando, en una sociedad que se llama cristiana, valores como la honradez, la bondad, la igualdad, la justicia, el desinterés, el respeto por el medioambiente —sin hablar siquiera del amor— y muchos más han dejado de ser prioritarios, ¿qué tan real es entonces ese cristianismo que Yo enseñé y viví como ejemplo, aunque no le diera ese nombre?**)

Pero recuerda también lo que dije acerca del Pastor, el Piloto y el arca. Caer en actividades exteriores es un camino tan equivocado como dar cabida a las preocupaciones por el futuro. En todas las épocas —y esto sigue siendo válido hoy— solo ha existido un camino para quienes viven su cristianismo, creen en Mis palabras y quieren confiarse a Mí: tomar Mi mano, no volver a soltarla y caminar Conmigo por el camino de la luz, llenos de confianza y con el conocimiento inquebrantable de que su Padre celestial los ama.

Sean bendecidos con Mi amor, sean fortalecidos por la fuerza que dejo fluir hacia ustedes y sepan: Yo los espero. Amén

*) 29 de marzo de 2015.

**) En tiempos de Jesús todavía no existían los cristianos. A Sus seguidores se los denominaba «la secta del Nazareno».