Revelación divina
Mis amados hijos e hijas, no es en vano que vuelva una y otra vez sobre la enorme importancia de que se conozcan Mis leyes, sobre las que está construida la Creación y que son válidas por toda la eternidad. Y no solo eso: también deben vivirse, en la medida en que sea posible mediante un esfuerzo honrado, porque solo el conocimiento vivido beneficia al cuerpo y al alma.
Sin conocerlas, el ser humano es como un caminante que recorre sin brújula ni mapa un terreno desconocido y peligroso. Como Jesús de Nazaret llevé a la humanidad la esencia de las leyes de Mi Creación mediante el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Esta palabra Mía contiene todo lo que necesita el ser humano para llegar al reconocimiento y encontrar el camino de regreso a casa, a fin de volver finalmente a estar unido conmigo, con todos y con todo.
Sin embargo —«¡ah, ahí está la dificultad!», dirán muchos—, esto presupone que no se quede únicamente en conocimiento, sino que los acompañe en su vida cotidiana; al aplicar este mandamiento se amplía su horizonte espiritual y se vuelven cada vez más reconocibles las relaciones entre todo lo que vive y actúa constantemente unas cosas sobre otras. Así, el gran «misterio» de la Creación se revela paso a paso a quien toma en serio Mi enseñanza del amor.
A Mis apóstoles y a quienes estaban cerca de Mí y me acompañaron durante los tres años de Mi actividad docente pude transmitirles conocimientos más profundos. Pero la mayoría de Mis oyentes carecía de la base necesaria; habrían oído con los oídos, pero no comprendido con el corazón. Así, mucho quedó confiado a su fe en Mí y en Mis palabras, a su anhelo y a su amor; y, sin embargo, como eran de corazón honrado, esto los condujo por el camino hacia la casa del Padre.
A pesar de ello, se habrían podido deducir suficientes conocimientos y conclusiones de lo que contenía Mi enseñanza si una influencia intensa de las fuerzas contrarias no lo hubiera impedido. Menciono como ejemplo únicamente la ley de causa y efecto, que todavía se encuentra en sus Escrituras —aunque se interprete falsa e ilógicamente solo para el futuro— y de la cual se desprende claramente que el ser humano cosechará lo que siembre. Siembra tanto lo bueno como lo menos bueno en el campo de sus vidas, lo cual le permite aprender y a su alma madurar hasta alcanzar el grado de desarrollo necesario para continuar en los ámbitos sutiles del más allá su camino hacia la luz.
También Mis enseñanzas acerca de que el alma continúa viviendo después de la muerte corporal y regresa a una nueva vida fueron modificadas de tal modo que en la mayoría predomina una gran inseguridad y, además, en muchos existen miedos enormes cuando llega el tiempo de despedirse de esta Tierra.
Estos y muchos otros son los frutos de presentar e interpretar falsamente Mi enseñanza, con lo cual, al mismo tiempo, la verdad fue desplazada al fondo o a la clandestinidad. Solo muy pocos conocen todavía los principios que actúan en Mi Creación y se fundan en Mi amor. Aún menos saben acerca de las amplias consecuencias de no observarlos, tanto en el mundo entero como en su ámbito personal.
Es cierto que el ser humano experimenta con frecuencia sufrimiento, desgracia y necesidades de las clases más diversas, pero en su conciencia todavía no desarrollada no pocas veces los atribuye a un Dios injusto e iracundo que castiga así los pecados del individuo o de la humanidad. O, a falta de explicación, se refugia en el azar. Sin embargo, solo se trata de una secuencia coherente dentro de Mi ley, puesta en marcha por el propio ser humano y que Mi amor puede anular en cualquier momento cuando se produce un cambio de rumbo en el pensar y actuar.
Hoy la humanidad ha avanzado en muchos campos, por lo que Mis explicaciones reveladas han podido hacerse más amplias y mucho más detalladas que en épocas anteriores. Hace mucho comencé a hacer fluir hacia su mundo mayor conocimiento espiritual por medio de hombres y mujeres a quienes pude preparar —conforme a su libre albedrío— y que tenían su corazón conmigo; pero siempre adaptado a la comprensión de la época correspondiente y a la capacidad receptiva de las personas. Porque una cantidad mayor de verdades y sabidurías divinas que la mayoría todavía no habría podido interiorizar solo habría causado confusión.
Quien desee cambiar de manera duradera algo en su ser o en su vida dispone de dos posibilidades: lo hace por amor o ha reconocido que las reglas en las que hasta ahora creyó y según las cuales actuó en el pasado no pueden ser correctas. Emprende la búsqueda de la verdad para colocar su vida sobre un fundamento nuevo y encontrar respuestas más plausibles, creíbles y convincentes que las anteriores, que demostraron ser poco útiles y poco comprensibles.
Como deseo mover a Mis hijos a desarrollar un pensamiento propio y responsable —el único que los convierte en hijos libres de Dios—, les muestro los errores de sus doctrinas religiosas. De este modo amplío cada vez más Mis palabras de amor, consuelo y ánimo dirigidas a la humanidad con la exposición de Mis leyes.
Debido a las razones mencionadas, la ignorancia acerca de ellas es alarmantemente grande; tan grande que este desconocimiento, que casi inevitablemente trae consigo la inobservancia y el incumplimiento, ha creado una situación mundial que ya no puede controlarse con los medios hasta ahora utilizados para las «soluciones de problemas» humanas. Porque si su mundo conociera Mis leyes y las observara en gran medida, la Tierra sería un «pequeño paraíso».
Pero, en cambio, se enreda cada vez más profundamente en las causas que origina sin interrupción; y, en lugar de reconocer una conducta equivocada en los malos frutos que produjo y produce su siembra y aprender de ellos, intenta con mayor o menor habilidad eludir las consecuencias o al menos encubrirlas. No se percibe que hace mucho su mundo se parece a un barco sin timón, expuesto en un mar embravecido a tormentas cada vez más fuertes. Sus responsables no han invitado a bordo al timonel, a Mí…
Por tanto, se sentirán decepcionados si piden respuestas útiles a quienes son ignorantes y expresan su ignorancia incesantemente mediante sus actos u omisiones. Si sus dirigentes políticos, económicos y eclesiásticos conocieran la sencilla verdad de que toda acción negativa ya lleva dentro la semilla del efecto negativo, que se convierte en semilla sembrada y después en fruto que llega a cosecharse, actuarían de otra manera. Pero les falta este conocimiento, y también saber que mediante el arrepentimiento y la reparación Mi ley de amor y misericordia transforma todo lo que se dirige contra Mi ley.
¡Así resuelvo sus problemas! ¡Así los resolvería si el causante, consciente de haber actuado mal, viniera a Mí!
Su ciencia descubrió hace mucho que la energía no puede destruirse. Y de manera muy concreta ha demostrado en innumerables investigaciones, trabajos y estudios que no existe la muerte en el sentido habitual, es decir, que «algo» sobrevive al morir. Estos conocimientos y resultados solo pueden ignorarse cuando uno se aferra conscientemente a creencias antiguas y falsas o no se interesa por el tema. Y, sin embargo, ¡la verdad se abre camino!
Quienes estén dispuestos a ocuparse de estas preguntas y examinar las respuestas terminarán sin tener dudas de que con la llamada muerte no se acaba todo. Y también reconocerán que es falso que el alma «descanse en algún lugar» esperando ser juzgada por Mí algún día en un «Juicio Final».
Desde hace mucho, muchos hombres y mujeres de todos los ámbitos culturales se han propuesto liberar este tema, cargado de miedo e ignorancia, de todas las ideas falsas y muchas veces enfermizas. Su valioso trabajo no puede valorarse suficientemente, porque ha abierto los ojos a muchas personas. La bibliografía existente sobre el tema es ya inabarcable. Quien ha encontrado su convicción no necesita seguir leyendo más y más ni adentrarse cada vez más profundamente en el asunto.
Por tanto, quien desee saber si la vida continúa puede adquirir hoy ese conocimiento. Pero debería acercarse a los resultados de la investigación con su sensibilidad interior para poder separar también aquí el trigo de la paja. Porque, una vez demostrado que la vida continúa, surge una pregunta mucho más importante: cómo continúa.
Porque se pasa por alto con demasiada rapidez que a muchos, incluso a casi todos los informes y publicaciones, les falta un elemento decisivo —el decisivo—: la pregunta por el sentido de continuar viviendo.
Después de que ustedes, Mis hijos e hijas, hayan encontrado en su búsqueda de la verdad la respuesta a la pregunta «¿Existe vida después de la muerte?», ¿no surgen «por sí solas» estas preguntas mucho más importantes y emocionantes: «¿Y ahora? ¿Cómo continúan las cosas allá? ¿Existe una meta para mí? ¿Qué puedo hacer para reconocer el sentido?»?
Si un día se descubre y demuestra que existe vida en esta o aquella estrella lejana, ¿tendrá eso importancia personal para ustedes? Probablemente no. Pero si descubren que su vida no termina con la «muerte», ¿no comienza entonces la gran aventura de seguir buscando y descubriendo? ¿De verdad pueden simplemente recostarse con este conocimiento y pensar: «Qué bueno que sigo viviendo»? ¿No es entonces cuando se vuelve realmente emocionante?
También aquí han intervenido las fuerzas de las tinieblas; y como no pudieron impedir que el hecho de la continuación de la existencia se conociera cada vez más, colocaron sobre la conciencia de muchos una especie de velo que impide sacar de este conocimiento fundamental las conclusiones correctas e importantes.
Para todos aquellos para quienes Mi palabra de revelación todavía es relativamente nueva, repito lo que ya les he dicho muchas veces:
«Todo lo que ha abandonado los cielos, sin saberlo y quizá también sin quererlo, desde el primer paso hacia afuera ya se encuentra otra vez en el camino de regreso a casa; porque el círculo grande o pequeño que recorre el alma fuera de los cielos vuelve a terminar donde comenzó: ¡en la luz!».1)
Su verdadero ser es inmortal. El tiempo de su vida terrenal sirve para reconocer, aprender y madurar, y posiblemente también para reparar o expiar una culpa anterior. Ustedes mismos acuñan siempre el grado de desarrollo de su alma, que mantiene una interacción constante con su cuerpo material. Ambos actúan sin interrupción uno sobre otro y, también sin interrupción, se forma con ello su conciencia, que en cada momento de su existencia terrenal o en el más allá presenta una condición completamente individual.
La ley de la atracción regula el orden dentro de Mi Creación. Después de salir del cuerpo terrenal, el alma vuelve a recorrer su «órbita circular», que por regla general se parece más bien a una «montaña rusa». El lugar que encuentra depende de su desarrollo, su potencial energético y su vibración. Allí encontrará su hogar provisional durante una etapa más corta o más larga.
Al saber que el alma —eres tú, hijo Mío, y no alguna estructura abstracta— se encuentra allí donde le corresponde conforme a sus inclinaciones, deseos, fortalezas y debilidades, deja de ser irrelevante el estado en que abandonó el cuerpo. ¿Estaba unida a Mí por el amor? ¿Tenía la sensación de haber aprovechado su tiempo en la Tierra? ¿Fue serio su esfuerzo por poner en práctica el amor a Dios y al prójimo? ¿Ocuparon el primer plano los intereses espirituales o los materiales durante los años de su vida terrenal? ¿La marcaron la inseguridad, la ignorancia, el miedo o una aspiración puramente mundana?
Innumerables son las variantes de los estados del alma, e innumerables también los lugares del más allá que esperan a las almas: desde los ámbitos astrales inferiores, pasando por los planos de purificación y los planetas de maduración y formación, hasta las esferas luminosas y vastas que ya permiten presentir la gloria de los cielos.
Deseo dirigir su mirada hacia adelante, alentarlos e incluso entusiasmarlos para que piensen llenos de alegría en su futuro luminoso, sin descuidar, naturalmente, sus tareas en este mundo. Porque existe una razón por la que están donde están, en esta época, bajo estas circunstancias, en este país y en su entorno actual. Todo sirve para crearles un buen punto de partida, una especie de trampolín para su alma —una vez más: ¡para ustedes mismos!— sobre el cual puedan seguir construyendo allá. La llave para ello, disponible para todos, lleva el nombre que ya he utilizado con frecuencia: ama, ¡y nada más!
Así avanzan paso a paso, experimentan cada vez más la libertad espiritual, comprenden las maquinaciones de las tinieblas y aprenden a actuar creativamente. Su viaje en la montaña rusa se acerca al final; el círculo comienza a cerrarse de nuevo hasta que, finalmente, el hijo perdido y la hija perdida vuelven a estar en casa, junto a Mí.
No carece de importancia adquirir el conocimiento correspondiente, pero es mucho más importante extraer las consecuencias necesarias de los conocimientos y convicciones. Y, con respecto al tema de la «vida después de la muerte», son estas: ¿qué cambio ahora en los años terrenales que todavía tengo por delante? Después de un examen interior honrado, ¿existe realmente la necesidad de hacer algo de otra manera? ¿De abordar algo con más seriedad que hasta ahora? ¿O simplemente me recuesto tranquilo y con un poco menos de miedo?
Vine al mundo para salvar y redimir. He cumplido ambas cosas: ninguno de Mis hijos se pierde, y para todos vuelve a existir la posibilidad de regresar a los cielos. Mi enseñanza del amor, que traje como Jesús de Nazaret, les muestra cómo puede suceder; y también Mis indicaciones y explicaciones posteriores, que puedo dar en su tiempo porque la conciencia y la comprensión han cambiado con respecto a las de hace dos mil años.
El trabajo interior, el ennoblecimiento del carácter con el fortalecimiento simultáneo del alma, ocupa el centro del camino de regreso, que todos —sin excepción— deben recorrer para volver a casa. Lo decisivo, Mis amados, es su motivación. No tiene sentido elegir esta o aquella corriente religiosa por miedo a todo lo que pudiera esperarlos después de la muerte corporal, con la esperanza de encontrar en ella una garantía de una vida feliz en el más allá.
El miedo es siempre la peor motivación de todas. Deseo hijos libres, conscientes de su origen celestial y de su fortaleza interior; que conozcan el amor que llevan dentro, den espacio a ese amor en su vida y emprendan por amor a Mí, su Padre celestial, el camino de regreso a casa. El conocimiento de su vida eterna puede y debe moverlos a contemplar su vida actual más allá de los hechos puramente objetivos. Hagan una especie de inventario y tengan la certeza de que estaré a su lado, y de que los apoyaré con todo Mi amor en los puntos que reconozcan como mejorables. Porque deseo que tú, tú y tú, que cada uno de ustedes, regrese a Mí lo antes posible, porque los anhelo a ti y a ustedes.
Quien acoge Mis palabras con el corazón abierto reconocerá cuán peligrosas son las trampas que las tinieblas levantaron al tergiversar Mi verdad eterna, y cuán necesario es agudizar la conciencia para distinguir lo que procede de Mi amor y lo que no. Una conciencia pura y clara no puede producir doctrinas falsas, del mismo modo que una conciencia impura y turbia no puede anunciar doctrinas correctas.
Para todos los seres humanos vale despedirse de la corriente grande y ancha de quienes se limitan a seguir a los demás y asumir la responsabilidad propia por su vida. Sin duda, esto no es del todo fácil, al menos cuando se ha practicado durante algunas o muchas encarnaciones. Requiere un poco de valor; pero recuerden que el mayor poder de la Creación vive en ustedes y les da toda la ayuda si están dispuestos a emprender otros caminos en su pensar y actuar.
Hoy utilizan muchas veces el término «conciencia» sin que la mayoría sepa realmente lo que encierra. En otro tiempo, antes de que abandonaran los cielos por las razones más diversas, su conciencia era radiante y cristalina. No existía limitación alguna; su amor, su visión amplia, su sabiduría, su conducta fraterna, su voluntad y acción asentadas en Mi voluntad, su fortaleza espiritual, sencillamente todo lo que constituía su ser celestial, era perfecto. Era una forma de existencia imposible de describir con palabras humanas; y en lo más profundo de su interior todavía son ese ser, envuelto en las capas de su alma y su cuerpo material.
Al abandonar las esferas divinas no solo se colocaron envolturas anímicas alrededor de su cuerpo espiritual; también cambió su conciencia, que se restringió cada vez más cuanto más se alejaron de la fuente de toda vida. La conciencia humana no representa más que un débil reflejo de la original. Al igual que el alma, es formada por el propio ser humano. Mientras la muerte borra todo lo material, incluido el cerebro y el subconsciente, el alma lleva consigo al más allá la conciencia que le pertenece y la trae a la nueva vida cuando vuelve a encarnarse.
Esta es una de las razones de la individualidad humana, determinada exteriormente por sus padres, pero marcada interiormente de modo decisivo por el alma y la conciencia. Por eso, en el transcurso del desarrollo corporal, para todo aquel que haya aprendido a observar con atención se vuelve cada vez más evidente «de qué espíritu es hijo» realmente el ser humano. Porque el interior se expresa cada vez más en el exterior.
Su conciencia les indica qué comen y beben, cómo se visten, qué actividades corporales prefieren, cómo aman y si aman, qué preferencias y aversiones tienen, qué piensan, qué creen, qué rechazan o consideran correcto; determina toda su conducta, que incluye, además de su pensamiento, los actos resultantes. No existe nada que puedan hacer con convicción contra su conciencia.
Solo tienen una; si desean pensar y actuar de otra manera, su conciencia debe cambiar antes, mediante una decisión voluntaria de ustedes: sobre la base del amor hacia Mí o del conocimiento que surge en la búsqueda de la verdad, como expliqué antes.
El mismo principio vale para todos los seres humanos y, por tanto, también para tu prójimo. Y así como tú no deseas que intervengan en tu libertad ni te exijan una conducta distinta de la que actualmente manifiestas, tampoco tú —ni nadie— tienes derecho a menospreciar o incluso condenar a tu prójimo porque vive lo que su conciencia le indica como correcto, digno de vivirse y adecuado para él.
Volveré sobre este tema en Mis próximas revelaciones porque es de importancia decisiva para una convivencia basada en la tolerancia mutua. Porque de esta ley se desprenden aspectos fundamentales con respecto a su conducta y al cambio voluntario al que aspiran en ella; para quien lo prefiera más concreto: en su carácter.
La conciencia de quien conoce Mis leyes, las reconoce y se esfuerza por vivir conforme a ellas cambia. Él mismo lo advertirá en sí porque crecerá su confianza en Mí y en Mi guía, disminuirán sus inseguridades y dudas, se calmará su inquietud y Mi paz entrará cada vez más en su interior. También su entorno advertirá que comenzó a «misionar» de la única manera correcta: poniendo en práctica Mi mandamiento del amor y mediante la irradiación positiva que esto produce sobre sus semejantes.
Entonces también habrá aceptado para sí el aspecto de Mi ley del que hablé al principio con respecto a sus dirigentes políticos, económicos y religiosos: «… que toda acción negativa ya lleva dentro la semilla del efecto negativo, que se convierte en semilla sembrada y después en fruto que llega a cosecharse». También sabe, porque ha vivido sus experiencias conmigo, que toda acción positiva lleva igualmente dentro su núcleo, que finalmente produce buenos frutos.
Esta es la mejor preparación que pueden hacer para su «mudanza», que tendrá lugar tarde o temprano. Los ayudo en ella, porque los amo infinitamente.
Amén
1) Revelación «Cada uno de sus pasos sirve para alcanzar la perfección», del 14 de diciembre de 2017.