Mi anhelo (de muerte)
fue a veces abrumador,
para poder estar por fin
con mi amado Jesús.
Ahora veo
que a menudo era huida de la vida,
y no entrega
a la vida divina.
Ahora muero cada día
en la negación de mi amor propio
y así puedo estar con Él.
Jamás encontraré palabras
para esta gracia divina
y dulzura de la muerte
en Sus brazos.
* * *