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Saludo de Navidad

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Weihnachtsgruss

Fecha original: 20 de diciembre de 2020

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Hermanos y hermanas Míos, lo que procede del amor conoce el amor, pues forma parte de él. Todo ha surgido de esta santa corriente de vida, y por tanto también cada uno de ustedes, con lo cual me refiero al ser espiritual que habita en su interior.

Por consiguiente, no hay duda acerca de la relación que existe entre la criatura y su Creador. Ambos están unidos eternamente por un vínculo que brinda a la criatura una seguridad y un amparo tan naturales que ni siquiera hace falta reflexionar sobre cómo y por qué es así. Al mismo tiempo, cada criatura vive en una libertad que escapa a la comprensión humana y que constituye el fundamento de una vida en armonía, alegría, fuerza creadora y profundo afecto hacia todos los demás, quienes son amados del mismo modo y viven en la corriente de luz y amor que nunca se agota.

Ese, amados Míos, es su hogar, el cielo, como llaman ustedes a ese «lugar» que se asemeja más bien a un estado.

Además, el vínculo de amor entre ustedes y Yo está marcado por una confianza primordial que no fue necesario adquirir, sino que está establecida de manera inquebrantable para todos los tiempos por el hecho de que Yo —la fuente— los he creado a ustedes, que son hijos de esa fuente. Donde prevalece la confianza resulta difícil, si no imposible, sembrar desconfianza o suscitar dudas.

Sobre una base de confianza que, en el caso ideal, sea tan fuerte como la confianza primordial que continúa presente en su alma —aunque se encuentre parcialmente sepultada—, puede recorrerse de la mejor manera el camino que transitan como seres humanos para regresar al hogar. Sin esta confianza, a menudo son como una hoja llevada por el viento; y el viento, reavivado una y otra vez por fuerzas contrarias, puede impulsarlos unas veces en una dirección y otras veces en otra. Pero eso no es lo que desea su alma, que anhela encontrar ya durante la vida su propósito y su meta, también y precisamente cuando los tiempos en el exterior se vuelven cada vez más inquietos.

El «gran olvido» se produjo cuando el alma entró en su cuerpo humano, y por buenas razones que ya les he explicado en repetidas ocasiones. Este olvido también afectó el recuerdo de la confianza original, un aspecto tan importante para su seguridad interior. El niño que crece debe adquirir muchas cosas por su propio esfuerzo; y, del mismo modo, el alma que madura debe aprender nuevamente a confiar en la guía divina que recibe por medio de Mí, su hermano Jesucristo.

Este no es un proceso fácil, también porque las fuerzas negativas intentan incesantemente perturbar o impedir este desarrollo. El bando contrario sabe que la confianza es el principio y el fin, y que sin ella difícilmente puede lograrse un avance en gran medida continuo en su camino hacia Mí. Por eso intentará una y otra vez volverlos inseguros y hacerlos dudar. Se apoyará en cada experiencia «mala» que hayan vivido y que, por falta de conocimiento y de cercanía conmigo, ustedes perciban como injusta o carente de amor de Mi parte. O hará que disminuyan su fe en Mí y su confianza en Mi ayuda.

Desde que existe la memoria humana, uno de Mis empeños más nobles ha sido despertar nuevamente en ustedes esta confianza en Mi guía. Porque es infinitamente importante que no se encuentren sobre un terreno inestable, sino firmemente anclados en Mí. Un suelo bajo sus pies en el que no tienen un apoyo firme no les brinda seguridad ni protección.

Ahora bien, la confianza no puede adquirirse sin más en la próxima oportunidad o a la vuelta de la esquina. Esto también lo sabe quien quiere impedir que se aventuren conmigo más que hasta ahora. Se aprovecha de su poca fe y su impaciencia, y a menudo también de su falta de disposición y de conocimiento, para hacerles creer una y otra vez que no tiene sentido confiarse a Mi guía. Y muchos de ustedes caen en estas ideas solo porque han tenido pocas experiencias conmigo y evitan el pequeño esfuerzo de venir a Mí en su interior y hablar conmigo acerca de sus preocupaciones pequeñas y grandes; y no solo hablar de ellas, sino también depositarlas en Mí y dejarlas conmigo.

Cuando entran en su interior y vienen a Mí, se conectan en ese mismo instante con la fuente de toda vida. En sentido figurado, me han hecho su compañero; entonces nos hemos convertido en un equipo. Has invitado «a subir a tu barca» a alguien más fuerte que todo cuanto existe en el universo visible e invisible. Ten esto presente, amigo Mío, amiga Mía, no solo una o dos veces. Haz que se convierta en parte de tu corazón y de tus pensamientos cada vez que venga a tu mente: ¡el amor que quiere ayudarte, despejando de muchos obstáculos los caminos que tienes por delante, y que en todo caso te facilita afrontar y superar las tareas pendientes, estará y caminará entonces a tu lado! ¿Existe un mensaje de Navidad más alegre y que produzca mayor felicidad que la certeza de Mi apoyo incondicional?

En cuanto te abras a ello aún más que hasta ahora, podrá comenzar la aventura. ¿Sabes cuáles serán las consecuencias? Que tendrás cada vez más experiencias conmigo; que vendrás a Mí con mayor frecuencia; que nuestra convivencia te resultará cada vez más familiar. ¿Y cuál será la consecuencia? Tu confianza crecerá y, cuando te encuentres ante un nuevo problema o una nueva decisión difícil, podrás recordar cómo fue la última vez o cómo te ha ido conmigo en general.

La confianza, y no es la primera vez que lo digo, nace de la suma de las experiencias vividas conmigo. Así recuperas algo infinitamente valioso que no se puede comprar en ninguna parte: la confianza primordial. Al mismo tiempo, colocas con ello una piedra fundamental importante, e incluso decisiva, para el resto de tu vida, porque el sistema inmunitario de tu alma se fortalece con cada ejercicio pequeño y grande, con cada crisis que superamos juntos. Entonces comprendes que las crisis constituyen siempre tareas de aprendizaje necesarias, cuyo propósito es permitirte volver a ser un hijo radiante de Dios. Si afrontas de este modo las dificultades que te presenta la vida —es decir, si no intentas resolverlas según tu voluntad propia y empleando tus ideas y tus fuerzas, sino que me haces partícipe—, vivirás cosas que te parecerán un milagro.

Ponme a prueba. Quedan excluidos los efectos secundarios que conocen de su medicina terrenal. En cambio, están garantizados el alivio, una mirada despejada hacia adelante, un valor creciente y una claridad que se establece cada vez más. Al crecer el valor, el miedo se va disolviendo al mismo tiempo y poco a poco. Porque ambos son incompatibles; uno no puede estar presente donde se encuentra el otro.

¿No es esta una meta hacia la cual vale la pena dirigirse? ¿No es también el deseo de tu ser humano —y de todos modos es el deseo de tu alma— que te desprendas de todo cuanto se ha acumulado como carga, también en tus sentimientos y pensamientos, a lo largo de tu vida? Este trabajo no puede realizarse a solas, pero conmigo a tu lado puede llevarse a cabo con absoluta seguridad.*)

El amor mismo, amados Míos, no puede ser vencido. Por eso se intenta dañar a quienes se esfuerzan por vivir el amor. Pero si ellos piden ayuda a la fuerza del amor que habita en su interior cuando se ven acosados, también el tentador tendrá que reconocer que no puede vencer. Y así, algún día él también reconocerá su injusticia y su incapacidad, finalmente inclinará la cabeza y doblará las rodillas para entrar después nuevamente en la casa del Padre. Entonces se habrá cerrado el gran arco, de incontables eones de duración, que comenzó con la caída y termina con el regreso de todos al hogar.

Con este saludo de Navidad fortalezco su valor y su disposición para contemplar la Navidad también desde la perspectiva de este mensaje. El Niño en el pesebre significa mucho más y tiene mucho más que decirles de lo que contienen sus interpretaciones. Les trajo la llave para crecer nuevamente dentro de la confianza primordial que forma parte de su ser divino. Si, debido a temores difusos y a la falta de confianza, ya no pueden decidir de acuerdo con el amor, entonces han perdido una parte de su libertad. Yo les devolveré esa libertad si caminan conmigo. Para ello hace falta que confíen en Mí, en Mi poder y Mis posibilidades, y que crean en Mi promesa.

Esto se lo dice su hermano divino Jesucristo, el amor en el Padre celestial.

Amén

*) A este respecto resulta apropiado un fragmento de «¿Soy Yo a quien amas?»:

«… —Comencé—. Vi un laberinto con setos casi tan altos como una persona y me vi entre ellos, esforzándome en vano por encontrar la salida. Entonces divisé por encima del seto, a mi izquierda, la cabeza de un conocido que me gritó: “Ferdinand, me parece que la salida está aquí, a la vuelta de la esquina. Ven”. Eso no me servía de nada, pues no podía atravesar el seto. Tenía que encontrar mi propio camino. Entonces advertí a un hombre vestido de blanco que —de manera semejante al árbitro de un partido de tenis— estaba sentado en una silla alta y era el único que tenía una visión de conjunto.

“¿Quiere que lo guíe?”, preguntó. Acepté la oferta; con su guía no podía irme peor que con mi búsqueda. “Entonces vaya primero a la derecha, después siga recto, vuelva a girar dos veces a la derecha y, después de una curva cerrada, retroceda unos metros…”

“Un momento”. Me había enojado. “La salida estaba hace un instante muy cerca, justo a mi izquierda, a un metro de mí. ¿Por qué debo ir ahora a la derecha y retroceder?”

El hombre conservó una calma absoluta. “¿Quiere salir de aquí?”

“Por supuesto”.

“¿Conoce el camino más corto?”, quiso saber. Si yo lo hubiera conocido, no habría aceptado su ofrecimiento. “¿Cree que yo lo conozco?”, preguntó.

“Está bien”. Estaba dispuesto a hacer otro intento.

“Dos veces a la izquierda, después a la derecha; cuidado, no tropiece…”

De pronto oí a mi conocido. “Ferdinand, ¿dónde te has quedado? Te están haciendo dar vueltas en círculo. Puedo verte desde aquí. Yo ya casi estoy afuera. Tú también llegarás pronto; solo tienes que dar unos cuantos pasos más hacia la derecha”.

También desde el otro lado alguien me gritó algo. “Tiene que quitarse los anteojos de sol, así no puede ver nada. Después debe concentrarse en su plexo solar y murmurar continuamente: ‘salida, salida, salida’. Y luego manténgase siempre a la derecha”.

Y alguien que vagaba conmigo por el laberinto, pero que al parecer había encontrado una especie de plano, me aconsejó ir con él: “En dos minutos estaremos afuera”.

Me había quedado quieto. Entre tantos gritos y buenos consejos, ya no sabía qué debía hacer. El hombre de la silla, que desempeñaba allí una especie de función de guía, había permanecido callado todo el tiempo.

“Quiero salir de aquí”, grité.

“Entonces vaya, por favor, a la izquierda y vuelva a girar a la derecha. Ahora, en realidad, ya debería poder ver la salida”.

Yo no podía ver nada. Entonces recordé mi navaja de bolsillo y la saqué. Ahora tomaría el asunto en mis propias manos. Con gran esfuerzo hice unos pequeños agujeros en la tupida y resistente maraña del seto y finalmente intenté abrirme paso a través de ella, aunque tendría que haber reconocido que no lograría pasar. Y no pasé. A unos metros a mi derecha y a mi izquierda, otros visitantes del laberinto también trataban de buscar sus propios caminos. Estaban tan decepcionados como yo. Tampoco ellos habían imaginado así la guía.

Después de media hora, sudoroso, sucio, arañado y sangrando, me rendí. Completamente agotado, me senté en un rincón, miré hacia el hombre y dije: “Por favor”.

Entonces bajó de su silla, me tomó en brazos y me llevó en dirección a la salida».