Revelación divina
Mis amados hijos e hijas, la época en la que viven es especial en muchos sentidos. Sin embargo, se caracteriza principalmente porque el enfrentamiento entre la luz y las tinieblas avanza hacia un punto culminante provisional; más aún, se «precipita» literalmente hacia él. Esto resulta evidente para quienes han desarrollado o conservado una manera de sentir y pensar que ya no los ata a sus miedos e ideas, ni a sus deseos y aspiraciones.
Quien todavía no percibe en su interior esta libertad interna sucumbe en muchos casos a la tentación de percibir —por lo general de manera limitada— lo que ve y escucha, pero no es capaz o se niega inconscientemente a extraer de ello las conclusiones evidentes.
Todavía no posee, o posiblemente ya no posee, la importante capacidad de reconocer, por ejemplo, que 2 × 2 = 4, porque en su interior, sin que él mismo lo advierta, todo se resiste a relacionar los hechos y extraer de ellos el único resultado correcto. Muchas cosas pueden hacer que una persona se vuelva, espiritualmente hablando, inmune a lo evidente, a la verdad. La ignorancia desempeña en ello un papel importante, pues también forma parte de las herramientas que las tinieblas utilizan con éxito desde que existe memoria humana.
Quien cree sin reflexionar por sí mismo en lo que le presentan los dirigentes situados en las palancas del poder político, económico y religioso es fácil de dominar. Orienta entonces su pensamiento y sus actos según criterios que ya no examina para comprobar si corresponden a Mi mandamiento universal del amor. Así actúa con mucha frecuencia en beneficio de las fuerzas contrarias, que emplean todos sus recursos para atarlo a ellas —desde una perspectiva espiritual y energética— y dificultar o incluso impedir el desarrollo de su alma.
La ignorancia es solo una de las muchas posibilidades de limitar la libertad de ustedes. Sin embargo, en la mayoría de los casos constituye la base de una conducta que fortalece su ego y pretende impedir que puedan abandonar con rapidez los caminos ya muy marcados.
Como no existe la casualidad en toda la Creación, tampoco es casualidad que tantos hijos Míos recorran su vida como ciegos y sordos y que muchas veces pasen por alto incluso las señales más claras que anuncian un cambio profundo. La explicación es evidente y fácil de comprender cuando saben y también reconocen que, en el fondo de su ser, son criaturas provenientes de Mi libertad divina que todavía llevan esa libertad en lo profundo de su alma:
Entonces «alguien, de alguna manera», tuvo que haber conseguido quitarles su libertad o impedir de antemano que llegaran siquiera a percibir las posibilidades increíbles que promete y ofrece la libertad que llevan en su interior como regalo Mío. Pero incluso si saben que son criaturas de Mi amor, hijos e hijas radiantes de los cielos y, en esencia, imposibles de limitar, este conocimiento no los lleva automáticamente a reflexionar si ya han descubierto parcialmente las capacidades que se encuentran en ustedes, o si reconocen siquiera la necesidad de volver a ser paso a paso seres que regresan a su origen.
Porque el sentido y la finalidad de su vida terrenal consisten en adquirir conocimientos y aplicarlos, para crecer y madurar espiritual y anímicamente en el amor y superar lo excesivamente humano. Y para poder finalmente volver a tomar posesión de aquello que les pertenece desde eternidades, incluida su libertad.
No enseñé otra cosa como Jesús de Nazaret, en muchos detalles e innumerables parábolas. Puede resumirse en una fórmula sencilla: ¡ama, y nada más! Todo lo que adicionalmente se presenta como necesario para la salvación, sin importar en cuál de sus muchas religiones, entraña el peligro de convertirlos en personas sin libertad que, después de la muerte de su cuerpo, inevitablemente continuarán viviendo como almas sin libertad. Pretende atarlos a fuerzas que no desean otra cosa que convertirlos en proveedores de energía e incorporarlos, en lo posible después de su paso al más allá, al gran ejército de quienes dependen de su benevolencia.
Existen muchas otras maneras de quitarles la libertad sin que lo perciban. Una de las que se emplean con mayor frecuencia consiste en hacer que muchas cosas se conviertan para ustedes en una «costumbre querida». Cuando estos procesos se practican durante un período prolongado, se convierten en una parte de ustedes a la que apenas quieren o pueden renunciar. Muchas veces ya no se plantea la pregunta de si es bueno o correcto, importante o sensato pensar y actuar de una u otra manera, sino que la persona queda sometida a un automatismo que determina sus reacciones interiores y exteriores.
Con ello se han dado los primeros pasos hacia la falta de libertad. Nadie puede considerarse libre de esto y, por tanto, no se trata —¡jamás se trata!— de denunciar tal conducta como «pecado». ¡Yo no condeno! Pero, porque los amo, les señalo las numerosas trampas que Mi oponente y el de ustedes ha tendido para perjudicarlos. Solo cuando las reconocen son capaces de comportarse de manera diferente y cambiar algo allí donde sea apropiado en el sentido del amor y de la libertad. Esto puede suceder, entre otras formas, practicando decir no a una costumbre hasta ahora ejercitada cuando se presente la próxima oportunidad.
La libertad que su alma conoce, porque nacieron y vivieron en ella, no puede describirse con las palabras de ustedes. En momentos de silencio, algunos logran percibir en su interior un leve vislumbre de esa libertad divina. Sin duda, entonces está ligado a ella un sentimiento de luz radiante e infinitud, de unidad con todo y de amor hacia todos. Pero, por hermosos que se vivan esos momentos, no son nada en comparación con la libertad en la que se sumergirán cuando vuelva a estrecharlos entre Mis brazos.
Las tinieblas también conocen el anhelo de libertad arraigado en cada alma. —Como observación al margen: por cierto, saben mucho más acerca de ustedes de lo que imaginan.— Y como conocen sus necesidades y deseos, incluso aquellos que ustedes desconocen o no quieren reconocer, les hacen ofertas hechas a la medida y las respaldan señalando que, como personas libres, pueden hacer y dejar de hacer lo que quieran.
En esto tienen razón; solo que les ocultan que existe una ley de siembra y cosecha que está por encima de sus invitaciones y recomendaciones y que siempre y en todos los casos se encarga de establecer una compensación y devolver a la armonía aquello que salió de ella.
La libertad es uno de los regalos más hermosos que hice a Mis hijos y que todavía ahora y por toda la eternidad les hago, pues Mi Creación no se estanca. No conoce un final. Pero este regalo trae consigo la tarea de utilizarlo responsablemente para beneficio del desarrollo propio y del prójimo. Era inevitable que las tinieblas intervinieran en este punto y los condujeran por caminos equivocados, de manera semejante a como lo hicieron al falsificar Mi enseñanza, girando la señal indicadora unos pocos grados:
Les presentaron e hicieron atractiva una seudolibertad adornada con mucha apariencia colorida y ventajas evidentes. Así les hacen creer en una seudoseguridad que, en realidad, los priva de libertad en grado máximo y los ata cada vez más. Para ello aprovechan la debilidad humana de recorrer, siempre que sea posible, el camino de menor resistencia, evitando así al máximo los conflictos y llevando una vida lo más fácil posible.
De ese modo, hablando en sentido figurado, poquísimas personas perciben que están sentadas en una jaula que —según la necesidad— en algunos casos incluso fue cubierta de oro. Si se les preguntara por su «libertad dentro de la jaula», la mayoría negaría con vehemencia que su libertad esté limitada. Pero ustedes desconocen en gran medida lo que significa la verdadera libertad. No consiste en poder hacer y dejar de hacer lo que se quiera, sino que expresa lo contrario:
No hacer algo, sin grandes esfuerzos y por libre voluntad fundada en el amor hacia Mí, aunque muchas cosas los impulsen a hacerlo y las ofertas resulten seductoras. ¡Eso es libertad!
No es exagerado cuando digo que muchas personas cuelgan como marionetas de los hilos de las fuerzas contrarias. La inmensa mayoría de sus pensamientos y esfuerzos se dirige a hacer su vida terrenal tan cómoda, segura y libre de problemas como sea posible. Y, sin embargo, no lo consiguen. Demasiadas influencias que no pueden evitar dificultan su existencia; porque ellas —y con esto se alude a la humanidad en conjunto— viven, por un lado, en la materia y, por tanto, en medio del dominio del mal y, por otro, están sujetas a los efectos de la ley de siembra y cosecha. No importa si las causas se establecieron en esta vida o hace cientos o miles de años.
Ninguna energía se pierde jamás, y la energía negativa solo pierde su influencia cuando se transforma en positiva. Esto sucede exclusivamente por medio del amor, aunque en muchos casos constituye un «parto difícil» cuyas contracciones no representan un castigo, sino que son necesarias para establecer una compensación justa. Para abordar este proceso y concluirlo con éxito con Mi ayuda se necesitan comprensión, arrepentimiento, cambio de rumbo y reparación, en la medida de lo posible.
Respóndanse ustedes mismos si la humanidad ya está preparada para recorrer voluntariamente este camino de purificación… o si se encuentra más lejos que nunca de hacerlo.
A muchos les resulta difícil reconocer su falta de libertad. Esta «incapacidad de percibirla» surgió como consecuencia de que se dirigiera una y otra vez su mirada hacia la materia, de modo que su vida terrenal —con toda la importancia y necesidad que tiene momentáneamente para ustedes— adquirió una prioridad equivocada. Si, además, viven en circunstancias exteriores difíciles, las fuerzas contrarias tienen aún mayor facilidad para eliminar de su conciencia todo lo espiritual. No hay tiempo para ello, porque están ocupados procurando su bienestar físico o su supervivencia.
Si lo han conseguido —lo que, al menos en el pasado, era habitual en su mundo occidental y no constituía un problema para la inmensa mayoría—, se dirige su interés hacia muchas cosas que se les ofrecen para entretenerse, aumentar su patrimonio pequeño o grande y muchos otros fines. Así ni siquiera puede practicarse la búsqueda sincera y profunda del sentido de su existencia, una búsqueda que no se interrumpa inmediatamente después de las primeras respuestas.
El apego a la materia y, con ello, a su vida terrenal, hecho posible por su ignorancia espiritual, es la jugada más peligrosa de todas las que las tinieblas han realizado sin que ustedes lo advirtieran; porque repercute en su futura existencia en el más allá y en posibles vidas terrenales posteriores. La atadura surgida como consecuencia de su falta de libertad es el arma más poderosa de su adversario.1)
Aunque todos los que se llaman cristianos saben por Mi enseñanza que la muerte no existe —lo cual significa al mismo tiempo que cada uno posee la vida eterna—, se comportan como si lo más importante fuera la manera de configurar esta vida, la actual.
Consideren, por ejemplo, la relación —que correctamente debe llamarse una desproporción extrema— entre el frecuente esfuerzo por devolver a la tierra su cuerpo terrenal y perecedero de la «manera correcta y adecuada a las circunstancias» y los preparativos relacionados con la continuación de la vida de su alma en el más allá. Es tan solo un ejemplo entre muchos de una atadura; existen infinitos más. Pero el sentido de Mis revelaciones no es ahorrarles la tarea de pensar, buscar y encontrar mediante la enumeración de las maniobras ocultas y las artes de seducción satánicas. Sin embargo, Mis palabras los ayudarán si los estimulan a examinarse a ustedes mismos para reconocer sus ataduras.
Aunque la desproporción mencionada rara vez se manifiesta en la magnitud en que la viven con motivo de un acontecimiento actual —la llamada muerte de una de sus hermanas muy estimadas y respetadas—, aquí se les ofrece la posibilidad de reflexionar sobre Mis palabras.
Una reflexión semejante incluye considerar cómo preparan una travesía larga en el ámbito terrenal. Hay muchas cosas que tener en cuenta y algunas se planifican cuidadosamente hasta el último detalle. En todo caso, se invierten mucho más tiempo y esfuerzo en organizar el viaje próximo que en arreglar hasta el último instante el hogar actual o celebrar exuberantemente la partida.
Muchos de ustedes al menos intuyen que inician una nueva etapa de su viaje cuando exhalan su último aliento en la Tierra. Ciertamente forma parte del orden resolver también en lo terrenal lo que deba resolverse; entre otras cosas, la distribución de sus bienes, el desarrollo de su funeral y el diseño de la tumba.
Pero todas las disposiciones deseadas u ordenadas, por detalladas que sean, no ejercen ninguna influencia sobre una continuación luminosa y ligera de la vida en el más allá. Su experiencia inmediata después de la muerte y, a continuación, su existencia en los mundos sutiles están determinadas por otros criterios.
Son criterios que conocen todos los que se llaman cristianos. Hace alrededor de dos mil años, como Jesús de Nazaret, los expliqué a las personas en muchos de Mis discursos, y todavía hoy pueden leerse en sus Escrituras. Por eso, el argumento «No sé si la vida continúa ni cómo lo hace» no resiste un examen más detenido.
Se trata de que la persona utilice su tiempo terrenal para madurar en el alma y en el espíritu. Esto sucede al vivir Mi mandamiento principal: «Ama a Dios, tu Padre, y a tu prójimo como a ti mismo». En ninguna parte está escrito que ya deba cumplirlo a la perfección, pero su esfuerzo debe ser sincero. Porque únicamente mediante el amor vivido cambian para bien su conciencia y el estado de su alma. ¡Ambos están estrechamente relacionados y son decisivos para determinar dónde y cómo continúa viviendo en los mundos situados más allá del velo invisible que los separa!
Llamo «trabajo interior» a la transformación positiva de la conducta de la persona que la acerca a Mí y constituye la condición para que su alma, después de dejar el cuerpo, pueda entrar en esferas del más allá de vibración superior. La he descrito con gran detalle en innumerables revelaciones.
Por tanto, se trata de cambiar algo, pues ningún cambio, ni hacia el bien ni hacia el mal, sucede por sí solo. Es provocado por la ley de causa y efecto o por un impulso que conduce a una decisión libre de la voluntad. Y entonces, Mis amados, siempre se trata de actuar, siempre que la meta sea buena en el sentido del amor a Dios y al prójimo.
Muchos hijos Míos se dejaron seducir a pensar que con creer en Mí ya estaba hecho todo. Y al mismo tiempo permitieron que los ataran de una manera que les dificulta reconocer esa atadura como tal y, mucho más, deshacerla. Han perdido su libertad.
¡Con cuánta astucia urdieron aquí las tinieblas una doctrina errónea a lo largo de muchos siglos y la envolvieron de tal modo que la inmensa mayoría de los cristianos concede prioridad a creer en Dios! Para proceder así se sirvieron de quienes tenían y tienen la autoridad en los centros de poder de sus religiones e iglesias.
Si, en lugar de decir «Creo en Dios», lo expresan así: «Creo en lo que Él me dijo o me dice», se acercan mucho más al origen de Mi enseñanza. Pero esto también los obligaría a llevar a la práctica aquello en lo que creen y que reconocen como bueno, correcto y procedente de Mi sabiduría.
Porque ¿qué sentido tiene decir y creer que la superficie de una estufa está al rojo vivo y, aun así, poner las manos sobre ella? Si a pesar de ello afirman que creen a quien los advirtió o instruyó, ¿qué valor tiene una fe semejante?
El trasfondo de esta y otras falsificaciones y alteraciones es y seguirá siendo siempre el mismo: que llevan consigo a su nuevo hogar en el más allá una manera de sentir y pensar adquirida en la materia y, con ella, un cuerpo espiritual marcado de esa manera. Algunos pensarán: «¿Qué tiene eso de grave?».
¡Que encuentran su futuro hogar allí adonde los atrae automáticamente, como seres espirituales, la condición de su alma! Así lo determina la ley espiritual de la atracción.
No se trata de infundirles miedo ante un supuesto purgatorio o incluso un infierno eterno —que de todos modos no existe como lugar de disuasión permanente, es decir, sin límite temporal—, sino de sensibilizarlos para que ya durante la vida orienten sus pensamientos y aspiraciones hacia el amor vivido. Deseo que encuentren su hogar posterior —que siempre es solo transitorio, porque todo en Mi Creación es desarrollo eterno— en niveles donde las influencias de las fuerzas negativas ya no sean eficaces.
De todos modos, no es posible llegar «de un salto» desde la Tierra al cielo. Quien quiera entrar en el cielo debe llevar el cielo consigo, debe llevarlo en su interior, algo que ninguna persona puede conseguir con absoluta perfección. Pero ya en las etapas superiores de desarrollo que pueden alcanzar, la influencia satánica deja de ser eficaz. Desde allí, el camino «hacia adelante» se extiende libre ante ustedes.
Entonces muchos amigos y ayudantes espirituales les mostrarán amorosamente cómo pueden continuar desarrollándose. Recibirán apoyo de una manera desinteresada y fraternal, y en una medida que aún desconocen. Esto despertará o fortalecerá su anhelo de orientarse aún más hacia Mí, la fuente de su vida eterna.
Esto no conviene a Mi oponente y al de ustedes, porque perdería poco a poco —y perderá, aunque sea en un futuro lejano— a sus «ovejas». Por eso hace todo lo posible por mantenerlos en la ignorancia y en la consiguiente falta de libertad, sin que lo perciban. Y esto significa al mismo tiempo atarlos de muchas maneras y hacerlos dependientes. En definitiva, se trata de la energía que las tinieblas necesitan constantemente con urgencia. De Mí solo reciben un mínimo de energía, apenas suficiente para mantener su vida con la llama al mínimo.
Esta es la razón principal por la que los atacan ininterrumpidamente sin que ustedes lo perciban e intentan hacerlos caer o, al menos, seducirlos a adoptar una conducta que no corresponde a Mi mandamiento del amor. Al hacerlo, les hacen creer en una libertad que no merece ese nombre.
Pero no son únicamente las grandes tentaciones las que los privan de libertad si sucumben a ellas. En primera línea se encuentran también las ideologías y creencias que los vuelven carentes de libertad, sobre todo cuando se defienden con vehemencia, algo que no pocas veces conduce al fanatismo. También muchas de sus conductas, especialmente las que se han convertido en costumbre, contienen el potencial de transformarse en una atadura.
Si Mis palabras los han hecho reflexionar, puede surgir en ustedes el deseo de reconocer las ataduras y liberarse de ellas. Esto les es posible mediante un balance sincero, especialmente si me piden que los ayude. Porque Mi deseo es liberarlos de toda clase de cadenas.
Vengan, pues, a Mí en una hora de silencio. Los ayudaré a reconocer sus ataduras. Conmigo esto ocurrirá de una manera «bien dosificada», es decir, los acercará a sus ataduras sin abrumarlos. Naturalmente, puede suceder que se sorprendan —y quizá en una u otra ocasión se asusten— al descubrir en qué rincones se han escondido literalmente algunas ataduras para no ser reconocidas por ustedes.
Entonces, Mis amados, los espera un poco de trabajo, si deciden dar Conmigo los pasos necesarios hacia la libertad; esto significa aprender en este o aquel aspecto una conducta nueva. Pero precisamente entonces estoy a su lado. ¡Es una promesa!
Cuando sean más sensibles al reconocerse a ustedes mismos, será inevitable que descubran también faltas de libertad en su prójimo. Entonces deben recordar que no les corresponde juzgarlas. Si su balance fue y sigue siendo sincero, y también su deseo de cambiar algo en su interior, de todos modos tendrán suficiente trabajo consigo mismos.
En este contexto les recuerdo que la mejor manera y, a largo plazo, la más eficaz de «influir» positivamente sobre su prójimo continúa siendo dar un buen ejemplo. En una ocasión les di una palabra que no solo se aplica al tema de la revelación de hoy, sino que debería acompañarlos durante toda su vida. Los hace libres cuando ejercitan y finalmente aplican la sabiduría que contiene:
«Eres responsable de la siembra, no de la cosecha. Deja que la cosecha sea asunto Mío».
Mi palabra de revelación de hoy se caracteriza por una gran seriedad, adecuada a su época, pero esto no significa que carezca de amor. Todo lo que procede de Mí está impregnado de Mi amor. Pero lo que digo a Mis hijos humanos no depende de que encaje o no en las ideas de ellos. Mi verdad y Mi sabiduría son eternas, es decir, no tienen principio ni fin. Esto equivale a decir que son inmutables. Forman parte de Mi ley, en la cual está establecido el regreso de todas las criaturas caídas.
Todo conduce, sin que nadie pueda impedirlo, a que vuelva a estrecharlos a todos entre Mis brazos de Padre. Todo —con sus palabras humanas dirían: Mi pensamiento, Mis palabras y Mis actos— está dirigido a restablecer la unidad perdida. Tengo el poder, la voluntad y las posibilidades para hacerlo. Y empleo a todos y todo para que esta meta sea alcanzada.
Porque extraño a cada uno de ustedes.
Amén
1) A propósito, puede leerse acertadamente en «Ephides»:
No puedes medir el valor de los actos
mientras hayas olvidado la medida con la que Dios, el Creador, nos mide. Llamas bueno o malo al acto; ¡examina mejor si ata o libera! Y entonces, entonces sabrás cómo eres tú mismo.