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Preparativos para la mudanza

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Umzugsvorbereitungen

Fecha original: 13 de noviembre de 2016

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Mis amados hijos e hijas, quien cree en Mí —no solo de labios, sino en su corazón— también creerá en Mis palabras. Y no solo eso: las llevará a la práctica, es decir, las llenará con su esfuerzo sincero. De este modo pasa de la fe al conocimiento, de la teoría a la práctica. Así acumula sus propias experiencias y comprende lo que significa vivir Conmigo. Me experimenta como el amor infinito, como Padre y Madre, como la vida misma que, llena de afecto y ternura, se entrega sin cesar, que da y da y da.

Yo Soy quien da, el mayor servidor de Mi Creación, y quien recibe —amado por encima de todo, porque Yo le di la vida para toda la eternidad— eres tú. Compréndelo, si ya puedes comprenderlo; o pide poder captarlo en toda su profundidad, si así lo deseas porque anhelas acercarte cada vez más a Mí.

Yo Soy sin principio ni fin; por eso tampoco tiene fin lo que he creado y continúo creando. Porque no creo nada perecedero, nada que algún día deje de existir. Utilicen la lógica del corazón que les enseño y reconozcan el profundo significado de estas palabras: expresan que solo existe la vida, una vida que perdura siempre; que no existe, por tanto, la muerte, la destrucción, la aniquilación, el dejar de existir ni la separación eterna de Mí en forma de una condenación sin fin, como afirman algunas de sus doctrinas eclesiásticas. Esa idea fue inventada por los seres humanos; no es una revelación divina ni forma parte de Mis leyes.

Una vez más: ¡en Mí solo existe la vida!

Puesto que procedes de Mí y llevas en ti Mi vida divina, todas las concepciones y formas de pensar que implican cualquier clase de supuesta muerte carecen de todo fundamento razonable. ¡Así te lo dice tu Padre, tu Creador, la fuente primordial de tu vida eterna y del amor que he depositado en ti!

La vida que irradio ininterrumpidamente y con la cual sostengo todo tiene innumerables facetas. Las conocerás —volverás a conocerlas— a medida que asciendas cada vez más por la escalera de tu desarrollo espiritual, progreses en los mundos del más allá, tu conciencia se amplíe cada vez más y reconozcas el gran plan y el gran amor que se encuentran detrás de todo cuanto hoy todavía te resulta desconocido y extraño.

Entre esas múltiples facetas está también la forma de la vida, de tu vida. La vida es energía. Se reflexiona demasiado poco sobre un conocimiento fundamental de sus científicos: la energía puede transformarse, pero no destruirse. Son muy pocas las personas que extraen de ello esta conclusión:

«Si la energía no puede destruirse, tampoco puede destruirse la vida, ¡mi vida! Por tanto, seguiré viviendo aun cuando haya “muerto”».

Para muchas personas esto no solo suscita una pregunta tras otra, sino que también alimenta el miedo ante lo desconocido que las espera, especialmente cuando han crecido con falsas doctrinas eclesiásticas de las cuales aún no han logrado liberarse. Con frecuencia, esto hace que ni siquiera se ocupen del tema. Y precisamente eso produce consecuencias que la persona afectada querría evitar a toda costa si las conociera.

Así se forma un «círculo vicioso» en el sentido más literal de la expresión, porque el miedo impide buscar las respuestas importantes y correctas. Y la falta de respuestas, junto con la ignorancia que de ella resulta, hace que no se reconozcan ni puedan emprenderse las muchas y maravillosas oportunidades de aprender y madurar que ofrece la vida y que deben aprovecharse.

La consecuencia, en muchos casos, es el estancamiento, un quedarse inmóvil desde el punto de vista espiritual. Las tinieblas han obtenido otra pequeña victoria. Durante una vida —que, sin embargo, dura menos que un parpadeo en la eternidad— han dificultado o impedido el conocimiento y el desarrollo. Es solo una «victoria parcial» que no cambiará el desenlace de la contienda, pero para la persona afectada puede representar un desvío mayor o menor, de modo que se retrase un poco la llegada a la meta que su alma tanto anhela.

El hecho de que la vida continúe cuando se cierran los ojos terrenales podría inducir a algunas personas a pasar por alto este tema con excesiva facilidad y rapidez: «Nada puede sucederme; en realidad no estoy muerto. Todavía me esperan muchas oportunidades, muchas vidas. Por tanto, aún puedo comenzar a trabajar en mí». Esta actitud demuestra fe en la continuidad de la vida, pero constituye una consideración superficial que todavía no ha dirigido la mirada hacia lo profundo ni ha comprendido las relaciones entre las cosas, ni tampoco sus efectos sobre la propia persona.

Al final de tu paso por la Tierra devuelves a la tierra el cuerpo terrenal que ya no necesitas, para que pueda volver a convertirse en polvo. ¡Pero tú sigues existiendo! Todo lo que fuiste en tus sentimientos, pensamientos, palabras y acciones; todo lo que almacenaste en tu alma durante el transcurso de tu vida —tú mismo formaste tu alma y nadie más— sigue allí. Era y continúa siendo energía que no puede destruirse. Eso eres tú, solo que sin la envoltura material y ahora con un cuerpo de materia sutil. Has adoptado entonces otra forma de vida, vives en otro mundo y experimentas una nueva realidad, pero sigues siendo tú. Dejaste atrás el vestido material de carne y huesos necesario para esta encarnación; todo lo demás —es decir, tu forma de ser y tu carácter— lo llevaste contigo.

Ha comenzado una nueva etapa de tu vida eterna.


La nueva vida que te espera al otro lado de los velos no es en absoluto tan nueva para ti, al menos no para tu alma. Para Mí, de todos modos, solo existes tú; es decir: para Mí eres y sigues siendo aquel ser amado que nació de Mi amor, sin importar dónde te encuentres en este momento, qué forma de vida lleves ahora ni qué etapa de tu camino de regreso estés recorriendo. Eres incomparable, eres un ser individual, eres libertad y amor, y estás de camino a casa.

Visto desde la perspectiva terrenal, unas veces vives aquí y otras allá. Cambias de lado. Visto desde el más allá, te marchas por un tiempo para regresar después, aunque no necesariamente al mundo que entretanto se había vuelto familiar para ti y que abandonaste voluntariamente durante una vida terrenal. El lugar hacia el cual te sentirás atraído cuando vuelvas a cruzar el umbral hacia los ámbitos de materia sutil en tu camino de regreso no depende en gran medida de ti, sino exclusivamente de ti mismo.

En ello reconoces Mi justicia, que no te permite experimentar nada que tú mismo no hayas depositado en tu alma; que, hablando en sentido figurado, solo te deja entrar en una casa que tú mismo construiste previamente. Es el mundo que tú mismo creaste; es tu nuevo hogar, en el cual tú mismo trabajaste; son los amigos con quienes te relacionaste durante tu vida los que te esperan allá; son los espíritus que llamaste y serviste los que reclaman derechos sobre ti; pero también es tu amor lo que encuentras, el amor que sembraste.

Si crees en Mis palabras y ahora reconoces que conviene comenzar, de ser posible y a tiempo, a construir la «nueva casa», entonces tómate —si lo deseas— un tiempo de silencio para reflexionar si ya comenzaste a preparar tu nuevo hogar o cuánto has avanzado. Al hacerlo te encontrarás con un fenómeno, quizá también en ti mismo:

Muy pocas personas se concentran en su nueva construcción; por el contrario, hacen todo lo posible por conservar su casa antigua en buen o excelente estado —es decir, por hacer que su existencia actual sea lo más cómoda y satisfactoria posible—, de modo que les queda poco o ningún tiempo para pensar en el futuro de la vida en el más allá. No consideran que algún día tendrán que abandonar su casa actual, en la que invierten continuamente tantos esfuerzos y gastos, por más diligencia y trabajo que hayan dedicado a construirla y ampliarla.

Aunque saben que ese momento llegará, o reprimen por miedo cualquier reflexión al respecto; o, por falta de respuestas satisfactorias, ni siquiera comienzan a ocuparse de estas preguntas; o conocen estas cuestiones, pero no logran decidirse a dar los pasos necesarios para cambiar; o están tan absorbidos por su vida cotidiana, su trabajo y la búsqueda de consumo y distracción que ya no les queda tiempo para las preguntas decisivas: «¿De dónde vengo? ¿Por qué estoy aquí? ¿Adónde voy?».

Con cada una de Mis revelaciones recuerdo a Mis hijos que son seres espirituales y que su permanencia actual en la Tierra es solo transitoria, una etapa entre varias, apenas un peldaño de la escalera que conduce hasta los Cielos. Y ahora vuelvo a recordarles la ley según la cual lo semejante atrae nuevamente a lo semejante. La conclusión se desprende por sí sola, aunque pueden profundizar en ella: en la próxima estación de su vida eterna encontrarán una casa que ustedes mismos construyeron y se enfrentarán a circunstancias que ustedes mismos crearon en la estación actual de su vida eterna.

Para muchos de Mis hijos serán condiciones de vida en ámbitos luminosos que no pueden compararse con la pesadez de la vida terrenal. Siempre que el estado de su alma no esté muy ensombrecido, encontrarán amigos y ayudantes que Yo pondré a su lado para enseñarles y guiarlos. Se reencontrarán con sus seres queridos, y la necesidad, el sufrimiento y el dolor pertenecerán, por el momento o para siempre, al pasado.

No obstante, tendrán que reconocer que, pese a toda la ligereza de su nueva vida, aún les queda por recorrer un trayecto más o menos largo antes de poder sumergirse definitivamente en la luz de Mi amor. Pero también experimentarán la guía desinteresada de sus acompañantes, que estarán a su lado para enseñarles aquello que no aprendieron, no quisieron aprender o no pudieron aprender durante su vida terrenal, cualesquiera que hayan sido las razones. Sin embargo, Mi amor y Mi misericordia no se retiran solo porque Mi hijo todavía tenga lecciones pendientes.

Pero también quiero evitar que Mis hijos tengan que pasar por experiencias dolorosas y atormentadoras que, si bien al final sirven para el bien del alma, podrían haberse evitado si hubieran comenzado a construir su nuevo hogar mientras aún vivían en la Tierra. De ningún modo se trata de renunciar a una vida feliz y plena aquí y ahora para no tener que «vestirse de saco y ceniza» más adelante. Ambas cosas no solo son perfectamente compatibles, sino que una condiciona a la otra. En otras palabras: a quien ya construye Conmigo aquí para el más allá, Yo le ayudo a tener también aquí todo cuanto necesita. Aquí se aplica, como en toda la Creación: quien sirve a la ley es servido por la ley.

Quien lo desee puede llevar este razonamiento un poco más lejos. Si las condiciones de su vida en el más allá se derivan de su vida actual, surge casi inevitablemente la pregunta: «¿No se está colocando al mismo tiempo la primera piedra de mi próxima vida, en caso de que sea conveniente otra encarnación?». También en el más allá, en tu nuevo entorno, se trata únicamente de aprender, servir y desarrollarte por medio de ello. Según cuánto se haya abierto ya tu conciencia, qué lecciones te queden todavía por superar y cuáles de las oportunidades que se te ofrecen puedas y quieras aceptar, tu desarrollo espiritual avanzará lenta o rápidamente en los mundos de materia sutil. Puede ser que decidas vivir una nueva encarnación. En el caso ideal, tu ángel guardián planificará contigo tu nuevo paso por la Tierra.

Entonces «entras en la carne». Para todos eres un nuevo habitante de la Tierra; lo que nadie sabe, incluido tú mismo, es que tu alma ya tiene un pasado, que todavía lleva «sombras» en su interior, pero al mismo tiempo también el deseo y la voluntad de aprender en esta vida para madurar, para lo cual recibirás abundantes oportunidades. Porque la rueda de las reencarnaciones no debe girar indefinidamente. Sin embargo, como alma «antigua», traes algunas cosas en tu equipaje. ¿Cuáles serán? Entre otras, aquello que no pudo aprenderse y resolverse en el más allá o que allí habría requerido media eternidad; aquello que en tu última vida no quisiste o no pudiste trabajar con éxito y que ahora el llamado destino te presenta como una nueva lección.

¿No basta este pensamiento por sí solo para que valga la pena comenzar ya en este mundo el importante trabajo en su hogar del más allá?


Cuando antes dije que conviene comenzar, de ser posible y a tiempo, a construir el nuevo hogar, esto no significa que durante la vida exista algún momento en que ya no sea posible cambiar de manera de pensar ni dar un giro. Se trata únicamente de reconocer que esperar o aplazar durante mucho tiempo vuelve más difícil el trabajo, el trabajo interior. Porque es necesario producir cambios en el pensamiento y la conducta. Yo estoy presente cuando los llevan a la práctica, es decir, cuando se esfuerzan, y Soy quien les da la fuerza necesaria; Soy quien ilumina su espíritu para que reconozcan los pasos pendientes y tomen las decisiones necesarias. Pero siempre dependo de su sí. Así lo exige su libre albedrío.

Y pronunciar ese sí es más fácil cuando todavía no están tan marcados por ideas, opiniones y puntos de vista, por contenidos doctrinales y convicciones que durante muchos años hicieron suyos o permitieron que les fueran impuestos.

Es inevitable que en el transcurso de su vida se enfrenten a toda clase de doctrinas y corrientes de pensamiento. Entre ellas también hay formas de pensar y doctrinas que los atan y, por tanto, les quitan libertad, sobre todo cuando son dogmáticas y no se transmiten con una intención desinteresada. Entran en su alma a través del cerebro y luego determinan con frecuencia su fe y la conducta que se deriva de ella.

En el peor de los casos, cuando esto ha sucedido durante muchos años y quien recibe semejante manipulación ha estado abierto a ella —consciente o inconscientemente—, puede producirse una especie de lavado de cerebro, de modo que ya no sea posible juzgar objetivamente un hecho, una situación o una doctrina. En el fondo, todas las personas están manipuladas en mayor o menor medida, pues a todas se les ha inculcado determinada forma de pensar y comportarse, o ellas mismas la han adoptado. En esto consiste, entre otras cosas, el riesgo de una encarnación: el peligro de quedar atrapados en convicciones que están fuera de Mi mandamiento de amor.

Solo existe un camino para liberarse de ello hasta el punto de que los restos que permanezcan ya no ejerzan una influencia negativa: recorrer el camino del amor vivido o esforzarse por hacerlo de todo corazón.

Ese es el camino que enseñé a Mis hijos humanos como Jesús de Nazaret. Mi enseñanza fue y seguirá siendo por toda la eternidad: ¡ama a Dios, tu Padre, y a tu prójimo como a ti mismo!

Es una instrucción para la vida que no podría ser más sencilla. Toda persona de buena voluntad puede llevarla a la práctica. Todo aquello que se añadió como adorno alrededor de este mandamiento central y que algunos dignatarios eclesiásticos incluso declararon imprescindible para la salvación es doctrina falsa, desvía del núcleo de Mi mensaje de amor y procede de cerebros humanos y de las ideas engañosas nacidas de ellos.

Si, como es habitual en su idioma, traducen «religio» como «reconexión», con ello se describe acertadamente el vínculo entre Mí y Mis criaturas, por tanto, también entre Mí y tú. El amor es lo que nos une. Quien se esfuerza por expresar el amor mediante su vida y dentro de ella estrecha cada vez más el lazo entre el Creador y la criatura. Si necesitas una guía para tu vida, recuerda entonces Mi palabra: ama, y nada más. Con ello cumples Mi voluntad y practicas la única religión que existe. Todo lo demás, por haber sido agregado y modificado por manos humanas en beneficio propio, no es religión, sino, a lo sumo, ideología.


Innumerables veces les he enseñado acerca de las muchas tareas que la vida cotidiana les ofrece para adquirir conocimiento, y que pueden reconocer con Mi ayuda y superar mediante su trabajo interior. Por eso tomo aquí solo uno de tantos aspectos, para permitirles contemplar un poco más profundamente Mis leyes, pero también para protegerlos de una visión imprecisa de las cosas y de posibles conclusiones erróneas que pudieran extraer de ella.

Quien decide recorrer de Mi mano el camino del amor se parece a un aprendiz que desea aprender algo, pero que, como es natural, aún no domina el oficio. Eso es completamente normal y cuenta con Mi apoyo en todos los sentidos. ¿Cómo podría mirar con menosprecio una acción todavía imperfecta solo porque quien se esfuerza cuanto puede aún no satisface las exigencias posteriores de un oficial o un maestro? Una vez más, Mis hijos e hijas, se requiere su lógica del corazón.

En esta etapa de su camino hacia Mí están protegidos y sostenidos por Mi amor, como lo hace un maestro que no pierde de vista a su discípulo durante las horas en que este aprende a nadar. Pero la meta, aunque practicar no siempre resulte fácil, es aprender a nadar. El alumno dio voluntariamente su sí a ello. Tomó una decisión, y un maestro que toma en serio a su alumno hará todo lo posible por ayudarlo a adquirir esa capacidad.

Esto significa al mismo tiempo que el maestro no mantendrá indefinidamente su mano o su brazo disponibles como ayuda. Al fin y al cabo, se trata de que el alumno aprenda algo. El maestro ya sabe hacerlo. En algún momento retirará la ayuda, no para perjudicar al alumno, sino para llevarlo a reconocer con alegría las capacidades que ya adquirió, o para ayudarlo a ver con sobria claridad lo que todavía le falta. Este es el principio de aprendizaje que siguen los buenos maestros. ¡Y es Mi principio de aprendizaje, el principio del mejor Maestro que podrías desear!

Mientras recorren el camino hacia Mí están envueltos en Mi protección en una medida mucho mayor de lo que pueden imaginar. Pero doy un pequeño paso atrás cuando Mi hijo debe reconocer y aprender algo. Eso es amor, Mis hijos e hijas, aunque algunos todavía no lo comprendan. Porque lo que Me importa es que su alma aprenda algo en el sentido del amor, pues al final es su alma purificada la que regresa al hogar, no el cuerpo perecedero.

Yo protejo a los Míos. Y cuando Me invocan en una situación que requiere ayuda, nunca cierro Mis oídos. Vengan a Mí siempre y en todo lugar; refúgiense bajo la protección de Mi manto de amor. Pero —y aquí viene el gran «pero»— no tomen esta promesa como motivo para descuidar su propio desarrollo. Hablando en sentido figurado, no dejen de aprender a nadar solo porque el maestro prometió ayudarlos. Lo hará allí donde sus propias fuerzas todavía no basten. Pero se mantendrá al margen allí donde esas fuerzas hubieran podido desarrollarse, pero el proceso no se emprendió verdaderamente o se aplazó una y otra vez.

Como consecuencia, se enfrentarán entonces a lo que estaba destinado como lección para esta encarnación. Si comenzaron a dar estos pasos de Mi mano, se asombrarán y alegrarán por lo que ya logran hacer. Esto los fortalece para la siguiente tarea que deben superar, para el paso siguiente. De este modo crece el potencial de su alma.

Si aún no comenzaron, si fueron negligentes o no observaron con suficiente atención y profundidad su vida cotidiana, sus tareas y sus reacciones, es muy posible que la protección que piden no actúe en la medida que imaginan o desean. Si esto sucede, pero al mismo tiempo están convencidos de que Yo no cometo errores, solo queda una conclusión, si son sinceros consigo mismos: en este o aquel punto aún me espera trabajo.

¡Los invito a pedir Mi protección en todo momento! Pero también les pido que consideren que Mi mandamiento no dice: protégete de tus enemigos, sino: ama a tus enemigos; aunque no lo logres de inmediato, aunque no siempre sea fácil y algunas veces tengas que alcanzarlo mediante un trabajo arduo. Estoy a tu lado en este trabajo interior.

Si comienzas a cumplir este mandamiento en la medida de tus fuerzas, estarás envuelto en la mejor protección que existe. Nada negativo tiene oportunidad alguna contra tu amor —es Mi amor el que se ha desarrollado en ti—. Entonces te protege la luz de tu alma, que se desarrolla bajo Mi guía.

Lo que aun así suceda estará previsto en la ley. Lo comprenderás cuando hayas desarrollado confianza en Mi guía y precisamente porque lo hayas hecho; porque sabes que Yo Soy quien orienta el rumbo y el único que posee la visión de conjunto. Porque Yo Soy el único que te ama infinitamente.

Si decides comenzar desde hoy a construir tu nueva casa o intensificar los trabajos de construcción que ya realizas, ven entonces a Mí. Dame tu sí. Disolvamos juntos los miedos, las inseguridades, las reservas y la apatía que todavía haya en ti.

Te espera el amor de tu Padre celestial, el mayor dador y servidor de la Creación.

Amén