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Pocos conocen el verdadero significado de Mi encarnación

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Wenige wissen um die wahre Bedeutung Meiner Menschwerdung

Fecha original: 10 de diciembre de 2011

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Estoy en medio de ustedes con Mis ángeles, tal como les fue prometido: donde Mis hijos humanos se reúnen en Mi Espíritu para adorarme con humildad y gratitud a Mí, su Dios y Salvador, para alabarme y glorificarme y darme a Mí, el Rey de reyes, el honor, allí estoy verdaderamente presente.

Un resplandor indecible de luz celestial llena este lugar y muchos otros lugares e inunda el alma de cada uno de ustedes y la de todos los hijos que hacen lo mismo, sin importar dónde se encuentren en Mi creación. Yo, su Salvador, no dejo a ninguno con las manos vacías; los proveo de todos los dones benéficos procedentes de Mi amor ilimitado.

Oh, vean: por amor, Yo, el Increado y Eterno, hice surgir de Mí todo cuanto existe: los cielos, que son su verdadera patria, poblados por incontables seres puramente espirituales que son únicamente expresión de la inmensidad de Mi amor y cuyo ser y actuar enteros constituyen la glorificación de su Creador y de Sus obras.

Por amor hice surgir todo lo que se encuentra fuera del muro de luz que rodea la pureza y perfección de los cielos. Su patria temporal, la Tierra, a la que adorné con un destello de la gloria de los mundos celestiales y que, por su amor a Mis criaturas, produce todo lo que estas necesitan para conservarlas, es el lugar de mayor importancia en el cosmos material.

Mi voluntad la eligió como lugar de gracia para los hijos caídos; un lugar que —recorrido a través de distintas encarnaciones humanas— ayuda a cada uno, por el camino de la expiación, la experiencia y el desarrollo de su capacidad de amar, a reconocer y lamentar tarde o temprano la carga de su falta de amor; a pedir perdón y perdonar, reparar y superar con Mi asistencia, para continuar después su camino de regreso al hogar como un ser lleno de luz en ámbitos espirituales más elevados.

Algún día la Tierra habrá cumplido su gran servicio a los Míos; se quitará y transformará su vestidura material, y su ser puramente espiritual regresará al lugar celestial del que una vez lo tomé para el gran plan. Entonces habrá culminado la gran obra que comenzó un día con un único propósito y a cuyo servicio prometieron ponerse todos Mis mensajeros de la luz: el regreso de todo lo caído a la casa del Padre, al reino de la perfección, que no conoce sombra ni noche, dolor ni sufrimiento, temor ni lágrimas. Entonces todos los seres habrán encontrado la perfección, la unidad absoluta de todo ser en Mí, el Padre.

Según su calendario terrenal se aproxima el tiempo en que los Míos celebran la Navidad. Conmemoran el acontecimiento de Mi nacimiento dentro de las tinieblas de este mundo, un momento verdaderamente santo en la historia del género humano sobre la Tierra. Pues Yo, el Creador de todo ser, nací para realizar entre Mis amados, en un cuerpo de carne y sangre, las obras del amor misericordioso y liberarlos de su yugo mediante Mi sacrificio.

Aunque las Escrituras y los profetas hablaban del Mesías venidero, fueron pocos quienes pudieron presentir el significado abarcador de aquel momento transformador, destinado a señalar al desarrollo espiritual del ser humano en la Tierra un camino que desde entonces se dirigiría hacia el cielo. Solo la fuerza de Mi amor divino pudo hacerlo posible; únicamente el poder de Mi amor logró impedir que se consumara la disolución de Mi creación divina, como pretendía la intención demoníaca del adversario.

Oh, reconozcan: el amor de su Padre celestial, nacido en el niño Jesús, asumió la tarea de detener e invertir el proceso de disolución de todo lo creado y hacer posible así que cada ser caído regresara al reino de la perfección.

Muchos de los Míos sienten una profunda reverencia al contemplar sus representaciones de la llamada Sagrada Familia, rodeada de animales pacíficos, de pastores profundamente conmovidos y en adoración, y de los sabios de Oriente que rinden homenaje al Niño en el pesebre y Me dan a Mí, el Rey de reyes, el honor. Y, como está escrito, se asombraron ante todos los acontecimientos extraños y maravillosos que acompañaron Mi llegada. La luz y el júbilo de las huestes angélicas celestiales acompañaron lo sucedido en aquella noche santificada, pues, en verdad, toda criatura se inclinó ante Mí, su Dios y Creador, cuyo acto de amor inició la redención de todo lo caído.

Ante el trasfondo de esta enseñanza Mía, ¿pueden mantener sus ideas todos aquellos hijos Míos que hasta hoy creen en la regresión de toda criatura y en la disolución de todo lo que adquirió forma dentro del éter fluido, del cual fue extraído por Mi voluntad creadora? ¿No dije, por el contrario: «Vayan como Mis discípulos y anuncien a todos los pueblos la buena nueva del regreso de todos los caídos a la casa del Padre»?

¿Qué importancia atribuye cada uno de ustedes, Mis amados, a los acontecimientos de la Navidad? ¿Son únicamente un relato bíblico hermoso y sentimental que cada año te lleva a ti o a ti, hijo Mío, a un arrobamiento conmovedor o a recuerdos felices de la infancia? Oh, vean: la Navidad y su significado deben ser para ustedes más que eso; pues Yo no vine para quitar, perdonar o incluso hacer como si nunca hubieran existido los pecados y malas acciones de los Míos después del final de Mi tiempo en la Tierra y del gran acto de gracia en la cruz, preparándoles así una almohada blanda para su futuro sueño espiritual. Vine para mostrar y allanar a los Míos el camino de regreso y abrir de par en par la puerta del cielo para todo aquel que quiera abrir el cielo dentro de sí y atravesar esa puerta.

Mis hijos humanos limitan demasiado su adoración al Niño en el pesebre y luego al Martirizado en la cruz, para apartarse nuevamente y dejar que su vida cotidiana habitual siga su curso, creyendo haber cumplido así con su llamado deber cristiano. En verdad, hijo Mío, la vida de Jesucristo, tu Señor y Redentor, fue desde aquella primera hasta la última respiración un ejemplo perfecto de amor incondicional y misericordia, un modelo de todo aquello que también tú debes esforzarte por cumplir como hijo de Dios en tu camino por la Tierra.

Por ello, Mi llamado de advertencia resuena hasta hoy y continuará resonando a través de los tiempos: ¡sígueme tú, tú y también tú, hijo Mío! Despierten de la indolencia y la impotencia, despierten de la ceguera, despierten del sueño en el que el tambaleante mundo de lo perecedero los sumerge de nuevo cada día, antes de que su caída mortal los arranque bruscamente de él, y entren en el sendero que Yo enseñé y recorrí por cada uno de ustedes para que sus pasos los conduzcan hacia el cielo.

Quien entre ustedes posee una comprensión más profunda de lo que sucedió en aquella noche consagrada sabe que debe asumir el esfuerzo de recorrer el camino del amor desinteresado: el amor por ti mismo, hijo Mío, el amor por tu prójimo y el amor por Mí, tu Padre celestial, y con ello también por todo aquel que te sea hostil. Pues solo así pueden acercarse a su meta.

Quiero nacer conscientemente en cada uno de ustedes; quiero encontrar entrada en su corazón para acompañarlos, sostenerlos y protegerlos, para guiarlos y conducirlos hacia su perfección. Aprovechen los días que les han sido dados, pues, en verdad, les digo: no pueden medir la magnitud de la gracia bajo la cual se encuentran en este tiempo su esfuerzo sincero por conocerse a ustedes mismos y sus actos de amor.

Les enseñé y continúo enseñándoles sus leyes para que contemplen su vida a la luz de ellas; para que el alma y el ser humano encuentren la calma interior y la paz que el mundo no puede darles; para que llegue el conocimiento de la verdad y la fuerza de Mi amor pueda asumir la conducción de su vida, si esta es también su voluntad.

No existe otra manera de mostrar al mundo que ustedes son Mis discípulos y discípulas y, por tanto, ejemplos dignos de crédito, que permitir que el amor puro y verdadero determine su vida y resplandezca a través de ustedes. Consideren que, precisamente en este tiempo especial, no son los cantos solemnes ni las palabras que fluyen de sus labios los que rinden homenaje al Niño y Me glorifican a Mí, la Divinidad dentro de Él, sino la corriente del amor por Mí, su Padre, por su prójimo y por todo ser vivo, la cual brota de su corazón humilde y cercano a Mí y concede así también a sus cantos un contenido lleno de vida.

Entonces, Mis amados, dicen desde su sentimiento más profundo: «Oh, alégrate, alma mía, pues el Salvador, mi Rescatador y Redentor, ha nacido dentro de mí. Gloria a Dios en el santuario de mi templo. Gloria a Dios en lo más íntimo de mi prójimo, y gloria únicamente a Él, que es la vida dentro de todo lo creado en el tiempo y la eternidad».

Mi amor los envuelve y Mi paz los llena, Mis hijos, Mis hijas y Mis hijos. Amén.

Revelación divina

Este amor Mío les ha preparado el camino de regreso del que acabo de hablar. Muchos de Mis hijos humanos continúan interpretándolo erróneamente, pues este camino de regreso es una oferta que debe aceptarse, y el propio camino debe recorrerse.

Durante estas semanas se celebra Mi nacimiento con muchos cantos, y mediante relatos y poemas se dirige la atención hacia la llegada del Salvador. Todo está orientado a aclamar y regocijarse porque Dios mismo ha venido al mundo. Como tantas veces, también hoy les he recordado que se pierde el sentido de su Navidad cuando todo queda solamente —como sucede en todo el mundo de múltiples maneras, algunas completamente desfiguradas— en júbilo y celebración, sin que a la alegría expresada sigan también acciones. Para que puedan comprenderlo mejor, quiero darles una imagen:

Comienza un nuevo día, y muchos de Mis hijos humanos aclaman la aparición de la luz, describen de muchas maneras los detalles de este acontecimiento y proclaman en todas partes: ¡ha comenzado el nuevo día, la luz está aquí!

Pero la mayoría no sabe —porque no se lo han enseñado— que este nuevo día debe servir para realizar las muchas tareas pendientes. Sin embargo, quien se limita a aclamar el día y cantarle, y continúa haciéndolo al mediodía y también al ponerse el sol, hablando únicamente de que ha comenzado un nuevo día, no ha comprendido en qué consistía y consiste la oportunidad de ese nuevo día.

En esta situación o en una semejante se encuentran muchas personas, también o principalmente entre quienes creen en Mí; durante toda su vida dirigen toda su atención al amanecer.

Desde hace dos mil años se cultiva esta manera de contemplar las cosas durante la Navidad y las semanas que la preceden, porque el bando contrario supo tergiversar el sentido y la finalidad de Mi venida, Mi vida y Mi redención y, de este modo, conducir al error a una parte de Mis hijos.

El día ofrece a cada persona muchas oportunidades para reconocer y trabajar sobre sí misma con la meta de producir un cambio. Y debe haber un cambio, pues conocen estas palabras: «Quien quiera entrar en los cielos debe llevar los cielos dentro de sí». Aquel en quien arde el anhelo pone todo su empeño en alcanzar esta meta —el cielo dentro de sí— ya durante su vida, hasta donde le sea posible.

Naturalmente, este deseo de cambiar y el esfuerzo por conocerse a sí mismos, eliminar y transformar con Mi ayuda los errores y debilidades reconocidos son una espina para las tinieblas. Por ello ponen todo su empeño en bloquear este camino, volverlo irreconocible e incluso presentarlo como imposible de recorrer. Para ello aprovechan la ignorancia de las personas, lo cual les facilita enormemente su propósito, porque así pueden ejercer su influencia desde lo invisible sin ser reconocidas.

Como no se conoce la acción de estas fuerzas contrarias y muchos de sus altos dirigentes eclesiásticos incluso la niegan, la mayoría de las personas no sabe que en su vida se ha convertido en juguete de fuerzas y poderes oscuros, de los que —si pudiera verlos y observar claramente su acción— se apartaría con horror. Esta ignorancia es extremadamente peligrosa para Mis hijos, pues quien no sabe de qué manera es atacado y manipulado tampoco puede defenderse.

En muchas revelaciones les he dicho que tanto las fuerzas buenas como las malas procuran influir incesantemente sobre ustedes. Para ello, las fuerzas negativas se sirven de las correspondencias que aún existen dentro de ustedes. Si, por ejemplo, se provoca una situación que constituye un proceso de aprendizaje, ciertamente no siempre resulta fácil reconocerlo de inmediato y reaccionar de la manera correcta. Aquí interviene la oscuridad, incitándolos a reaccionar de forma equivocada desde el punto de vista del amor, es decir, desde su parte humana; los seduce a devolver el golpe, urdir intrigas, difundir rumores y responder a la agresión también con agresión; en pocas palabras, a pagar con la misma moneda. En el momento en que una persona reacciona así, se convierte en perdedora, pues no se puede combatir el mal con el mal. En el sentido más amplio, debe entenderse por mal todo aquello que no corresponde a Mi mandamiento divino del amor.

Si quieres experimentar milagros, hijo Mío, no debes interponerte en la corriente de la vida, que es el amor. Contemplemos juntos lo que significan estas palabras.

La verdadera lucha por cada alma tiene lugar en lo invisible, y a la jugada de un lado sigue la jugada del otro. El cielo procura guiar tu destino de modo que, por una parte, aprendas de él y, por otra, no sufras daño debido a las situaciones que surjan. Por lo general desconoces aquello que uno u otro lado prepara para perjudicarte o para moverte a una conducta correcta en el sentido del amor. De este modo te asemejas prácticamente a un caminante en la niebla que debe confiarse a guías bienintencionados o seductores a quienes no percibe o apenas percibe. Crees que puedes extraer conclusiones correctas de lo que ves; sin embargo, en la manera en que la vida se presenta ante ti, solamente ves la punta del iceberg. La parte mucho mayor de aquello que determina tu vida se «negocia detrás de bastidores» y es preparada por fuerzas bien o no tan bien dispuestas hacia ti, según a cuáles de estas influencias concedas poder sobre ti.

Ves, hermano Mío, hermana Mía, que no podría ser más falsa la suposición de que aquello que se presenta a tus sentidos constituye tu vida. El único que posee una visión completa de lo que es bueno y correcto para ti y tu vida soy Yo. Por eso puede suceder que Mi amor tenga preparados para ti caminos que en este momento no comprendes, todavía no comprendes. Pero precisamente por esos caminos fluye la corriente de la vida, Mi amor.

Cuando actúas conforme a tu voluntad propia; cuando reaccionas de manera humana en las ocasiones en que te provocan, te enojan o tratan injustamente y surgen dentro de ti ciertas correspondencias, bloqueas la corriente de Mi amor que quiere envolverte para protegerte. Te interpones en su camino, no solamente en teoría, sino de manera completamente práctica.

El camino que recorres en esta Tierra te enfrentará, por una parte y durante toda la vida, con personas y encuentros que desafiarán tu voluntad propia y tus correspondencias. Por otra parte, soy Yo quien habla una y otra vez dentro de ti y te recuerda seguir la ley del amor, incluso cuando no sabes cómo puede resolverse esta o aquella situación para que todo se transforme para bien. Si estás convencido de que no existe poder mayor en toda la creación que el amor, entonces de cualquier acontecimiento —sin importar su naturaleza— solo el amor puede salir vencedor. Y con él, todos los que se someten a esta ley y la sirven.

Por tanto, hijo Mío, tu conducta determina el flujo de Mi amor en tu vida. Conocer estas cosas, trabajar con ellas y aprovechar las energías del día es más que limitarse a recibir el día con júbilo y alegrarse porque salió el sol y, con ello, se hizo la luz. Esta luz quiere servirte respetando tu libre albedrío y quiere moverte a recorrer junto con ella el camino a través del día, de modo que al anochecer puedas mirar con satisfacción el trayecto que recorriste y no tengas que continuar celebrando todavía la aparición del sol.

Reflexionen sabiamente sobre estas palabras. Han sido pronunciadas desde el amor infinito del Padre, que Yo, Cristo, soy en el Padre. Este amor que conmemoran en la Navidad vino al mundo para traer a Sus hijos la fuerza necesaria para que puedan recorrer con éxito el camino que acabo de mostrar. Muchos de Mis hijos lo han reconocido; muchos abrieron sus corazones y enviaron hacia el cielo su anhelo, y Mi amor fluye hacia ellos en una medida inimaginable. Son quienes ya no se interponen en la corriente de la vida ni la bloquean, sino que pueden decir con la confianza más profunda: «Padre, vivir Tus leyes no solamente es posible, sino que es algo maravilloso».

Quiero y voy a conducir a todos Mis hijos hacia este amor, esta experiencia y esta intimidad de profundidad primordial, pues, como les dije: el amor vencerá, y con él todos los que se hayan convertido en hijos de la luz. Amén.

Revelación divina

Veo la alegría que fluye de sus corazones abiertos, y les digo: es la alegría de los cielos. La alegría forma parte del amor, y por eso deseo que Mis hijos recorran alegremente su vida cotidiana Conmigo. De esta manera puedo hacer fluir Mi fuerza hacia ellos, tocarlos y levantarlos; entonces estoy infinitamente cerca de ellos.

Conserven esta alegría, llévenla con ustedes durante los próximos días y recuerden siempre: no existe ningún momento en su vida en que estén solos, pues la fuerza más grande de los cielos, el Amor, habita dentro de ustedes. ¡Si esto no es motivo de alegría!

Los acompaño, Mis amados, y conduzco a cada uno sano y salvo a su destino terrenal, tal como también lo conduciré sano y salvo a su destino celestial.

Los bendigo y permanezco con ustedes. Y como sé que Me pedirán que bendiga sus alimentos, sostengo Mis manos sobre ellos y dejo que Mi luz fluya dentro de todo lo que prepararon con amor. Y aunque ahora terminen la parte oficial de su encuentro, sepan: Yo estoy aquí, pues estoy en todas partes donde los corazones se vuelven hacia Mí. Amén.