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No se refugien en una falsa seguridad: vengan a Mí

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Flüchtet euch nicht in eine Scheinsicherheit - kommt zu Mir

Fecha original: 21 de enero de 2016

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Mis amados hijos e hijas, los espera una palabra seria de su Padre celestial que alegrará a quienes estén dispuestos a reconocer y aprovechar las muchas oportunidades de aprender y madurar que les ofrece su vida cotidiana y que, en un futuro cercano, les ofrecerá aún más. Sus corazones están abiertos y receptivos porque el sentido de su encarnación se les revela cada vez más, y Yo puedo acercarlos cada vez más a las tareas que asumieron en armonía con Mi ley divina y sostenidos por Mi amor. Han esperado poder dar pasos de crecimiento interior y ya intuyen o perciben que el tiempo venidero les brindará abundantes oportunidades para acercarse a su meta: desarrollar cada vez más el amor en su interior.

También se alegran, y no en último lugar, de que para ellos se acerca a su fin el tiempo de la ignorancia y de preguntar continuamente sin recibir las respuestas correctas. Para muchos, el tiempo de la atadura interior, de la inseguridad y de las dudas ya pertenece al pasado, porque han reconocido la adulteración de Mi sencilla enseñanza del amor, que llevé a los seres humanos como Jesús de Nazaret.

Otros apartarán Mi palabra para seguir dedicándose —sin reflexionar demasiado— a lo que les presenta la vida cotidiana y les dicta el espíritu de la época. Mis palabras tampoco agradarán a quienes no quieran admitirlas, porque la verdad que expresan los confronta con la tergiversación de Mi enseñanza; una tergiversación, alteración y confusión que comenzó poco después de que se formara el cristianismo primitivo y que desde entonces, pese a conocerse mejor la verdad, no ha sido corregida. Considerarán Mis palabras severas, injustas e impropias, y las rechazarán como fantasías.

Pero también a ellos les pertenece todo Mi amor. Como el buen pastor, también iré tras ellos con paciencia y los conduciré de regreso a casa cuando estén preparados.


En este tiempo de ustedes, muchas almas procuran encarnar por diferentes motivos: unas porque perciben que será cada vez más difícil «hacerse carne» en una Tierra que, desde su perspectiva, ya no ofrece condiciones ideales; otras —procedentes de zonas astrales bajas y muy profundas— porque, movidas por motivos inferiores, quieren participar en el fomento del caos, la violencia y el desorden; y, finalmente, una gran proporción de almas purificadas y seres espirituales puros que vienen de los cielos y se colocan del lado de la luz para fortalecer lo positivo y dar buen ejemplo en la lucha que las tinieblas libran con todos los medios a su alcance. Precisamente su labor contribuye en gran medida a que hasta ahora la situación no haya empeorado tanto como lo habría hecho sin su actuación y sin Mi misericordia.

La ayuda al prójimo allí donde se necesita con urgencia y alivia mucho sufrimiento, el aplazamiento de circunstancias catastróficas que Mi mano misericordiosa ha mitigado en más de una situación y una vida cotidiana que todavía presenta a muchas personas económicamente seguras la ilusión de un mundo intacto hacen que quienes solo miran la superficie adquieran con demasiada facilidad la impresión de que la situación no es tan grave.

Pero eso es engañoso. No deduzcan del hecho de que a la mayoría de ustedes les va bien y de que, pese a toda la aflicción, todavía ven y viven cosas positivas en todo el mundo, que quizá se haya producido un cambio de rumbo, que el karma acumulado durante siglos y milenios esté comenzando a disolverse y que, al fin y al cabo, todo vaya a mejorar muy pronto. Serían víctimas de un grave engaño y tal vez se sentirían seguros durante algún tiempo más; pero, en verdad les digo: se trata de una falsa seguridad en la que se refugian todos aquellos que no tienen el valor de mirar de frente la realidad, y no pocas veces lo hacen porque no Me conocen, porque no han construido una relación íntima Conmigo y porque, sin su mundo ilusorio, su superficialidad y sus distracciones, caerían en un vacío interior lleno de miedos.

Quien conoce Mi palabra de revelación, que desde hace muchas décadas hago fluir de manera creciente hacia el mundo, habrá observado que repito algunas cosas y que muchas veces se las hago contemplar desde otra perspectiva. Es indispensable hacerlo, porque no todo lo leído y escuchado penetra de inmediato en su comprensión con una fuerza tan duradera que quede firmemente arraigado allí y pueda servir de base para una conducta nueva y diferente. Por eso, también esta vez retomo algo que ya ha sido tema repetido de Mis revelaciones, para que reconozcan las relaciones y extraigan de ellas las conclusiones necesarias y, si así lo desean, también las consecuencias; pero su libre albedrío para limitarse a leer o escuchar, cambiar algo o incluso rechazar Mi palabra permanece intacto.

Todo acontecimiento, ya sea en los cielos puros, en las regiones sutiles situadas fuera de ellos o en los mundos materiales, contiene innumerables facetas. Nada surge «porque sí» y nada sucede «porque sí». Todo tiene, como ustedes dirían, su historia previa. Con respecto a la materia, donde actúan el espacio y el tiempo, también pueden decir: todo tiene un pasado y un futuro que se extiende ante sí.

He señalado una y otra vez esta realidad —que por ignorancia o por otros motivos evidentes, sobre los que volveré más adelante, se suele pasar por alto, no tener en cuenta, no considerar o negar— cuando he dicho que todo es evolución. Todo, sin excepción. Esto significa que una cosa se edifica sobre otra, que algo va surgiendo poco a poco y que se forma una figura —sea un acontecimiento, un destino, una constelación o cualquier otra cosa— que contiene todo cuanto contribuyó a su aparición, tanto lo negativo como lo positivo. Lo negativo, término con el que designo todo lo que no se mueve dentro de la ley de Mi amor, refuerza lo contrario al amor que ya existe; lo positivo lo transforma y disuelve.

El principio de que todo se edifica sobre lo anterior rige en toda la Creación. En la materia se añade que dicho principio se amplía mediante la ley de causa y efecto, que no existe en los cielos porque una vida en la conciencia divina no genera causas negativas.

Así pues, todo lo que viven y todo aquello a lo que se enfrentan —y su tiempo ya se lo está mostrando con claridad, mientras que los próximos años y décadas lo mostrarán de manera inequívoca— es la cosecha de una semilla sembrada principalmente durante los siglos pasados. Desde hace muchos años, quienes estaban dispuestos a mirar podían reconocer que comenzaban a brotar los primeros gérmenes.

Entretanto, la semilla está brotando cada vez más y comienza a hacerse visible una cosecha que asusta a muchas personas, que les infunde temor y ante la cual se sienten impotentes, sin tener una explicación de lo que de repente sucede, de cómo se originó esta avalancha y de quién la puso en movimiento. Temen, en su mayoría todavía de manera inconsciente, que el remolino los arrastre; perciben que el suelo bajo sus pies se tambalea. Algunos creen que pueden buscar y encontrar la salvación en una seguridad exterior. Se equivocan. Pero la mayoría no cree en las señales de los tiempos, no quiere creer en ellas y, por eso, reprime aquello que tendría que contemplar y corregir. Intenta impedir —y ese intento fracasará— que las distracciones de toda clase la despierten de su sueño espiritual.

¿Cómo sería la conducta de la humanidad actual si supiera —y, precisamente porque lo supiera, lo hubiera interiorizado— que todo acontecimiento se asemeja a una cadena, compuesta a menudo por incontables eslabones, todos cuidadosamente alineados y unidos entre sí? ¿Si supiera que también su propia vida, su bienestar o su desgracia, están sometidos a este principio? ¿Y que de ningún modo se encuentra expuesta e indefensa ante un destino que se cierne amenazante, sino que dispone de un instrumento interior —Mi fuerza de amor en el ser humano— capaz de evitar muchas cosas? ¿Y si supiera que, de haberse utilizado este instrumento a tiempo, la situación no tendría que haber llegado tan lejos?

Las relaciones que he vuelto a traer a su memoria con Mis palabras no son tan nuevas como para que pudiera alegarse que hasta ahora no se las conocía. Incluso están en sus Escrituras y sus teólogos las enseñan cuando proclaman: lo que el ser humano siembre, eso cosechará. Sin embargo, como la doctrina de sus iglesias no contempla vidas terrenales repetidas, esta palabra se interpreta exclusivamente en el sentido de que la persona cosechará después de morir lo que sembró en vida; esto no es falso, pero solo representa la mitad de la verdad. Solo por este hecho ya ha surgido la impresión equivocada de que la existencia actual, con sus altibajos, no está afectada por esta ley, sino únicamente la existencia futura en un más allá de cualquier naturaleza. ¡Cuánto más acertado sería el significado de esta palabra si hicieran una pequeña inversión en la frase: el ser humano cosecha lo que ha sembrado! Y lleva a su nueva vida, a su nueva encarnación, la cosecha de la semilla sembrada en su vida anterior. Aplicado a todas las personas: ¡la humanidad cosecha lo que ha sembrado!


Calificar simplemente de «problema» la miseria interior y exterior en la que se encuentran y que amenaza con aplastarlos sería una enorme subestimación. En algunas de Mis revelaciones de los últimos meses he dicho que la batalla final ha comenzado y que se acercan tiempos difíciles. Lo he expresado con la claridad necesaria y seguiré haciéndolo, aunque esta franqueza resulte incómoda para algunos que preferirían verme única y exclusivamente como el Amor y la Misericordia, olvidando que la seriedad también es una cualidad divina. La franqueza no siempre es de su agrado, como tampoco lo es que, donde resulte necesario, ponga el dedo en la llaga para ayudar de ese modo a reconocer y comprender, y salvar aquello que desea ser salvado.

Para encontrar una solución en una situación enredada —sea cual sea la dificultad o adversidad— es indispensable conocer la causa. Si esta no resulta evidente de inmediato, quizá sean necesarias reflexiones profundas y una búsqueda sincera para llegar a la raíz del mal. La lógica del corazón que les enseño puede serles de gran ayuda.

¿Dónde se encuentran, entonces, las causas por las que no se reconocen las relaciones entre la situación de su mundo y la conducta de las personas durante los últimos dos mil años, especialmente la de quienes se llaman cristianos y, por tanto, se presentan como seguidores Míos? ¿Quién es responsable de que la ley de siembra y cosecha no se conozca más allá de las meras palabras y, por ello, tampoco sea reconocida ni comprendida en toda su extensión?

Cuando ahora Me dirijo a los teólogos, aclaro con todo amor —como ya lo he hecho tantas veces— que no Me refiero a quienes, como pastores sinceramente empeñados, realizan su labor desinteresadamente y cumplen lo mejor que pueden la tarea que eligieron antes de encarnar. Mis palabras no se dirigen a ellos, aunque también representan una doctrina que no corresponde a Mi enseñanza como Jesús de Nazaret. A menudo lo hacen con dudas y mala conciencia, porque ellos mismos reconocen en ella las incongruencias y contradicciones. También ellos recibieron enseñanzas falsas de sus formadores y superiores, quienes a su vez transmitieron, sin reflexionar, lo que les habían enseñado; y así ha ocurrido a lo largo de muchas generaciones. Solo unos pocos intentaron —y también llevaron a la práctica su intento— distanciarse de la falsedad que habían reconocido, porque en ellos ardía Mi amor y actuaba Mi justicia. Con mucha frecuencia pagaron su valor con la vida.

Sin embargo, Mi palabra se dirige a quienes actúan en contra de lo que saben: a los príncipes de las iglesias y dirigentes intelectuales, a los representantes de la letra y administradores de una teología cubierta de polvo. Ustedes mismos tienen en sus libros la ley de causa y efecto; ustedes mismos se la enseñan a quienes asisten a sus servicios religiosos y escuchan sus sermones. Pero su conciencia está tan limitada que no pueden reconocer que lo que enseñan también se aplica a ustedes. Las fuerzas contrarias pudieron llegar a ustedes por medio de su orgullo, su vanidad, su afán de poder, su miedo y muchas cosas más; y ustedes lo permitieron.

Cuando se les pregunta por qué existe todo el sufrimiento del mundo y también el de la vida personal, no tienen respuesta, se encogen de hombros y remiten al «gran misterio de Dios», en el que nadie puede penetrar. Con ello, para ustedes quedan respondidas las preguntas; sin embargo, para quien busca son preguntas decisivas cuya respuesta correcta determina, en muchos casos, la vida futura del alma en el más allá.

¿Quién, les pregunto, sembró la semilla de la ignorancia? ¿Quién es responsable de la cosecha que ya se perfila funesta en el horizonte? Ustedes dicen: hemos instruido a las personas conforme a la enseñanza de Jesús. Pero Yo les digo: las han instruido de manera equivocada, aunque deberían y podrían haber sabido más; y no solo eso, tampoco avanzaron como ejemplos de humildad, sinceridad y deseo de desarrollo espiritual. No fueron ni son servidores de quienes tomaron bajo su protección, de aquellos que, por falta de comprensión propia, confían en ustedes con la esperanza de que los conduzcan al «cielo», del que ustedes mismos no tienen el menor conocimiento.

¿Cuántos de ellos han perdido, a causa de sus falsas doctrinas —entre las que se cuentan la concepción dogmática de una condenación eterna y la de una única vida— y de su conducta, la fe en Mí, el Padre amoroso? ¡Porque no aprendieron a comprenderme! ¡Porque ustedes no los instruyeron de ese modo! ¿Sobre quién recae esta culpa? Ni siquiera necesitan recurrir a la lógica del corazón; basta con emplear la razón para encontrar la respuesta correcta. Si su respuesta es: «Yo tampoco escuché nunca algo distinto de lo que transmití», es falsa. Ciertamente conocen la verdad eterna, o la conocerían si se hubieran interesado en ella.

Desde hace muchos siglos alzo Mi voz para instruir a Mis hijos, entre quienes también se cuentan ustedes. Una y otra vez envié mensajeros de Dios entre los lobos para llevar allí también Mi luz. ¿A cuáles anunciadores de Mis verdades tomaron en serio? ¿A cuáles no persiguieron cuando pudieron apoderarse de ellos?

Si no quieren reflexionar ni hablar acerca de las transgresiones no expiadas del pasado, hablemos entonces de lo que sigue siendo sumamente actual: de la adulteración de Mi enseñanza, que constituye la causa principal de su época inquieta, carente de amor y violenta; y a la que se aferran con todos los medios de que disponen porque, según su idea —aunque no lo admitirán—, les asegura su influencia, su poder y su supervivencia.

Me dirijo a ustedes, que hoy tienen la autoridad como teólogos en sus iglesias cristianas: ¿por qué no creyeron Mis palabras, que también dirigí a ustedes durante muchísimos años? ¿Por qué no creen Mis palabras, que hoy les dirijo? Les ofrezco las más elevadas sabidurías de los cielos y ustedes permanecen aferrados a su palabra bíblica adulterada, que ya no contiene una parte importante de Mis verdades fundamentales. Rechazan Mi palabra porque ya no se encuentra en sus Escrituras, que configuraron según su propio criterio; porque les resulta más fácil seguir transmitiendo lo heredado que confrontarse seriamente con las verdades eternas y, de ese modo, enfrentarse a la voz de su propio interior.

Mi enseñanza del amor, que solo conoce vida eterna y no muerte, y que contiene el perdón para todos y para todo aquello que se reconoce y se lamenta, no encaja en su esquema. ¡Y ustedes saben muy bien por qué!

Naturalmente pueden sonreír ante Mis preguntas y apartarlas encogiéndose de hombros. Nunca los presionaré para que respondan; pero, en verdad les digo: ¡su alma conoce las respuestas desde hace mucho tiempo! Su alma los inquietará, si no de inmediato, más tarde; si no más tarde, en algún momento. Es solo cuestión de tiempo. Sin embargo, ese tiempo puede ser muy largo para su alma si la persona, en el momento en que el alma la abandona, continúa mostrando una obstinada falta de comprensión. ¡No descarten el alma como algo abstracto solo porque no la conocen mejor! Su alma son ustedes mismos en forma sutil, con todos sus sentimientos, pensamientos, asuntos pendientes, preocupaciones, miedos y dudas; pero también, naturalmente, con todo lo bueno y luminoso con lo que han marcado su interior a lo largo de la vida.

Yo no amenazo, no castigo ni atemorizo —solo se atemoriza la persona ignorante e incrédula— y no ejerzo presión. Nada de eso corresponde a la libertad que Yo Soy y que también está en ti. Pero como deseo ahorrarles a los obstinados que se aferran a su opinión el sufrimiento que inevitablemente les sobrevendrá cuando su alma —ellos mismos— entre en las regiones del más allá después del último aliento, te digo:

Las regiones astrales, incluidas las esferas profundas y sin luz, están pobladas por almas que, como maestros de Mi mensaje cristiano, no pudieron o no quisieron reconocer que al transmitir creencias falsas actuaban en contra de Mi mandamiento del amor. Pero, a pesar de sus errores y debilidades y de su culpa mayor o menor, son y seguirán siendo Mis hijos amados. También en ellos arde la luz de Mi amor, pues de lo contrario no tendrían vida. Espero con profundo anhelo que surjan en ellos las primeras comprensiones de su conducta equivocada. Cuando a ese reconocimiento se añadan el arrepentimiento y la petición de perdón, encontraré posibilidades para conducirlos también a ellos por el camino hacia la luz. Esto se aplica a cada uno de Mis hijos que acude a Mí arrepentido y suplicante.


Quien necesite una prueba de la verdad de Mis palabras, que contemple el estado del mundo. ¿Acaso fue el camino del amor que enseñé y viví el que condujo a semejante caos, a la injusticia y a disputas y guerras ya imposibles de abarcar? ¿Produjo la maravillosa semilla que sembró el cristianismo primitivo durante los dos primeros siglos la cosecha actual? ¿Pueden el sufrimiento, la necesidad, la persecución, el hambre y la muerte ser efectos de un principio de amor vivido a Dios y al prójimo? Las respuestas surgen por sí solas. ¿Qué dice la lógica del corazón?

Un cristianismo que hubiera practicado Mi enseñanza del amor durante tantos siglos podría presentar un balance diferente. El mundo sería un jardín floreciente, creado por personas que se amarían unas a otras y amarían a la naturaleza con todas sus criaturas; sería un centro de atracción para todos los que sintieran en su interior el deseo de experimentar y vivir también esa paz y esa convivencia desinteresada. De ese modo habría surgido un jardín del Edén, un reflejo de su patria celestial.

Las tinieblas lo impidieron influyendo en aquellos a quienes pudieron alcanzar y seducir a causa de la debilidad de sus almas.

¿Les resulta difícil reconocer que la religión cristiana, tal como se ha predicado y vivido desde hace casi dos mil años, ha fracasado? Y, sin embargo, pese a toda la confusión, todo el desorden, toda la falta de rumbo y de resultados, y pese al aumento de la falta de amor y de la discordia, los príncipes de las iglesias permanecen fieles a su línea. Ni ellos ni gran parte de sus seguidores reconocen que la concepción de un camino supuestamente destinado a conducir a Dios y a la paz, que ellos propagan y practican, ha fracasado por completo. Todavía intentan salvar el barco que se hunde con los mismos métodos antiguos e infructuosos. Al fracaso que se perfila desde hace mucho tiempo lo presentan como inexplicable, o lo atribuyen a un Dios que aparentemente no cumple Su palabra, o al incumplimiento del mandamiento del amor por parte de los creyentes: «El diablo tentó y sedujo a las personas», dicen.

¿Solo «a las personas», les pregunto? ¿No se atrevió a acercarse a ustedes? ¿Porque eran tan fuertes que no vio posibilidad de éxito? Si estuvieran en su lugar, ¿renunciarían al intento de apuntar al rey y se conformarían con eliminar a simples soldados? Empleen su razón, si así lo desean, e investiguen cuándo y de qué manera el demonio no solo apuntó al rey, sino que también acertó.

¿Consideran realmente los teólogos que el camino que evidentemente ha demostrado ser equivocado es más correcto que el que Yo enseñé y sigo enseñando? ¿O se trata solamente de su incapacidad para desprenderse de antiguos esquemas mentales y poder emprender el camino que les señalo? La idea de que la humanidad en su conjunto, y también cada individuo, pudiera cosechar lo que se sembró en el pasado se rechaza de plano como falsa doctrina. ¿Cuándo habría podido sembrarse algo, si según la doctrina eclesiástica el alma de una persona es creada por Mí individualmente y como algo nuevo en cada nacimiento, «recién estrenada» y sin carga alguna?

Fue tan solo una pequeña alteración de una ley divina, aparentemente insignificante y apenas perceptible, o totalmente imperceptible, para el ignorante, la que con el paso del tiempo ha producido y sigue produciendo efectos devastadores. Casi nadie sabe que tiene un pasado, casi nadie aplica a sí mismo la ley de siembra y cosecha y casi nadie reconoce la necesidad de transformar positivamente su ser para contribuir a un cambio general que, finalmente, conduzca a una mejoría general.

Se retiró uno de los muchos engranajes pequeños pero importantes del «mecanismo» de Mis leyes. No en la realidad ni de manera efectiva, porque eso no es posible, pero ocultarlo bastó para que faltara en la mente de la inmensa mayoría de las personas. Las consecuencias ya no pueden pasarse por alto: el ser humano permanece allí lleno de preguntas, desconcertado e indefenso; la paz por la que tantas veces se oró y se sigue orando, la igualdad y la libertad para todos invocadas una y otra vez, el paraíso en la Tierra que se aspiraba a alcanzar: todo eso se ha alejado enormemente. En su lugar se han acumulado nubes de tormenta que ya han comenzado a descargar.


Es importante que oren; es importante que cultiven pensamientos positivos; es importante que no se preocupen y que procuren no dejarse atormentar por los miedos. Pero —y esto desilusionará a algunos— nada de eso contribuirá a detener y hacer retroceder la rueda que se ha puesto en movimiento. La carga que pesa sobre los hombros de la humanidad y que soporta la Tierra es demasiado grande para ello.

El tiempo que se encuentra ante ustedes —cuyo cuándo, dónde y cómo permanecen ocultos por buenas razones— fue anunciado por muchos videntes y profetas. No les sirve de nada cerrar los ojos ante la cosecha que se perfila; tampoco los ayuda quedarse «como el conejo paralizado ante la serpiente», inmóviles, fascinados y paralizados, lo cual significa dejar de moverse interiormente porque todo parece destinado al fracaso.

Mis amados hijos e hijas, eso sería lo más equivocado que podrían hacer. En efecto, existe un camino de solución, aunque para algunos no representa necesariamente lo que esperan o desean. No dice: si tan solo crees en Mí, saldrás ileso y sin rasguños. No se trata necesariamente de conservar la vida y la integridad física ni los bienes y las posesiones. En muchos casos no será posible, así como tampoco es posible ser el único superviviente del accidente de un avión que cae desde gran altura. Quien apueste por ello quedará decepcionado.

Muchas cosas quedarán invertidas; lo que estaba arriba caerá y lo que permanecía oculto en las profundidades saldrá a la superficie. Quien, en estas circunstancias, dedique todo su empeño a limitar los daños externos o incluso a evitarlos por completo está apostando por el caballo equivocado. Naturalmente, Mi amor también vela por la salud y el bienestar exteriores de Mis hijos, pero como solo permanecen un tiempo relativamente breve en la materia, lo exterior, aunque no carece de importancia, ocupa un lugar secundario. Para Mí, su alma está en primer lugar; su estado, su luz y sus sombras determinan si el camino de regreso a su patria eterna, de vuelta a Mis brazos, será corto y fácil o largo y difícil.

Esto no significa que no preste atención a lo exterior ni que no cuide de que, incluso en tiempos difíciles, les vaya bien en la medida que permitan las circunstancias. Dispongo de posibilidades ilimitadas para intervenir y preparar el camino. Para ello necesito su confianza, su decisión y su esfuerzo.

Su decisión dependerá en buena medida de si creen en Mis palabras, si reconocen las relaciones y si sienten en su interior el deseo de recorrer Conmigo el camino del amor, que no conoce prohibiciones, restricciones, temores ni inseguridad; que no exige más que esto: ama, ¡y nada más! Si anhelan un futuro sin miedo, si la salvación de su alma les importa más que los bienes materiales perecederos, si anteponen la seguridad interior a una seguridad exterior más que dudosa y si ya perciben en su corazón la llama del anhelo y del amor por Mí, que ha de crecer, denme entonces su sí. Pongan mentalmente su mano en la Mía. Ese es el instrumento interior del que hablé al principio.

Les prometo que será una aventura. ¡Una que permitirá que su ser humano atraviese el día con alegría pese a todas las adversidades y que ayudará a su alma a liberarse!

Nadie puede ni podrá impedirles que crezcan hacia un pensamiento y una actuación autónomos, que empleen la razón y practiquen la lógica del corazón. No puede esperarse de las autoridades eclesiásticas que corrijan sus doctrinas falsas. Pero ustedes sí pueden distanciarse de ellas por decisión propia. Necesitan un poco de valor —que Yo fortalezco en ustedes cuando reconozco que están en el camino hacia Mí—, y al cambiar su manera de pensar necesitan la certeza de que la ley de causa no existe para castigar. Sirve para alcanzar el reconocimiento; si este conduce al cambio, la ley habrá cumplido su propósito.

Mi ley nunca penderá sobre sus cabezas como una espada de Damocles, porque no existe como peligro omnipresente destinado a obligar a Mis hijos a obedecer. Yo Soy el Amor, la Misericordia y el Perdón. Cuando Me entregan las cargas de su pasado y se esfuerzan por actuar de otro modo en el futuro, Yo las transformo en algo luminoso y ligero.

Y cuando comiencen a examinar con la lógica del corazón las opiniones y concepciones adquiridas e inculcadas que se refieren a Mí, a Mi ley y a Mi amor, y a sustituirlas cuando sea necesario, no olviden un paso importante y decisivo: corrijan también la imagen de un Dios incomprensible que supuestamente habita en algún cielo lejano.

En verdad te digo, hijo Mío: ¡Yo vivo en ti! Estoy más cerca de ti que todo lo que tienes y eres. Soy la vida en ti, Soy el amor en ti. Cierra los ojos, serénate, entra en tu interior, ¡y estarás Conmigo! En ti espero poder convertirme en el guía a través del tiempo que tienes por delante. Tu sí es la llave que abrirá la cerradura y empujará la puerta hacia la libertad.

Esto te dice tu Dios, que te creó hace eternidades y que por toda la eternidad será tu Padre amoroso.

Amén