Revelación divina
En verdad, Mis amados hijos e hijas, Yo, su Dios, estoy en medio de ustedes. Una luz sobrenatural y deslumbrante llena este recinto, en el que he entrado con huestes celestiales, sus hermanos y hermanas espirituales. Sus ángeles guardianes están aquí; se han colocado detrás de ustedes, y también están presentes numerosos ayudantes que los acompañan en su vida cotidiana. Pero también he traído almas que fueron cercanas a ustedes como seres humanos, que ya entraron en el más allá y ahora viven en un mundo más luminoso. Además, se encuentran presentes innumerables almas que siguieron Mi llamado porque saben que allí donde Yo estoy se encuentra la vida verdadera. Allí están la luz y la sabiduría, y allí existe la posibilidad de que su interior se ilumine para que puedan dar los siguientes pasos en su camino hacia el hogar eterno.
Exceptuando el hecho de que las almas viven en ámbitos de materia sutil y ustedes en lo material, no hay diferencia en lo que respecta al avance por el camino hacia Mí; pues para todos se trata de reconocer lo que todavía deben aprender y decidir después dar esos pasos de aprendizaje por amor a Mí, el Dios y Padre eterno.
Por tanto, hablo tanto a Mis hijos humanos que en esta hora escuchan Mi palabra o la leen por escrito como a quienes están reunidos en el ámbito espiritual.
Durante nuestro encuentro, libérense de los pensamientos mundanos que todavía tengan, dirijan hacia Mí sus anhelos y deseos y abran sus corazones para que pueda ampliar su conciencia y aquello que tengo que decirles caiga en tierra fértil.
Toda alma y todo ser humano son capaces de comprender Mi enseñanza y vivir conforme a ella. Pues es una enseñanza sencilla, fundada en Mí, que soy el Amor. Se dirige a su corazón y a su buena voluntad, y para comprenderla y seguirla no hace falta un intelecto refinado.
Vine como Jesús de Nazaret para llevar esta enseñanza del amor a los seres humanos. Todos habrían podido comprenderla y todos habrían podido vivirla. Pero Mi misión irritó a las tinieblas y, por eso, Mi sencilla enseñanza fue modificada muy pronto por los escribas y, más tarde, por los teólogos. Se añadieron muchas cosas de las que nunca hablé, y otras muchas fueron silenciadas y reinterpretadas porque su claridad y rectitud obstaculizaban los intereses de las tinieblas y de sus vasallos mundanos. Hoy se dice: haz esto, haz aquello, observa reglas y reglamentos, obedece las leyes religiosas, no te apartes de las costumbres transmitidas y muchas cosas más.
Pero Yo les digo: ¡ama, y nada más!
Así surgieron bibliotecas enteras, e incluso edificios completos, llenos de doctrinas, prohibiciones, disposiciones y dogmas. Se hicieron necesarios los elementos exteriores y los símbolos, las tradiciones, los ritos y los misterios. Hicieron de Mí un gran misterio porque no podían ni pueden servirse del hecho de que vivo en cada una de Mis criaturas, sé guiar directamente a cada una y hablo dentro de cada una. De este modo se obstruyó para Mis hijos el camino directo hacia Mí, de manera que solo unos pocos lo conocían y lo conocen.
Y, sin embargo, en el fondo todo es muy sencillo.
Yo soy un Dios amoroso, un Padre amoroso para todos Mis hijos; y Mi amor incluye —¿cómo podría ser de otro modo?— Mi justicia. ¿Cómo podría entonces hacer diferencias en Mi capacidad de amar a Mis hijos? ¿Cómo podría establecer reglas que no todos Mis hijos fueran capaces de seguir? ¿Cómo podría determinar elegidos —como hacen sus teólogos— cuya bienaventuranza futura dependa de pertenecer a una agrupación religiosa determinada? Mi justicia se aplica a todos, y por eso también existe un camino, el único camino por el que todo ser humano y toda alma encuentran el regreso a la casa del Padre: ¡es el camino del amor vivido!
Para Mí no tiene importancia la cultura en la que vive Mi hijo, ni tampoco su raza, educación, color de piel, crianza ni afiliación religiosa. El camino por el que un hijo se acerque a Mí —hablando en sentido figurado, desde el norte, el este, el sur o el oeste— no es decisivo, siempre que sea el camino del amor. Llamo a Mi hijo y, cuando emprende el camino que le corresponde, encontraré a Mi hijo en ese camino, en su propio camino. Y no solo lo encontraré: lo tomaré de la mano y lo guiaré.
¡Así de sencilla, Mis hijos e hijas, es Mi enseñanza! ¡Y cuán complicada la han vuelto, y cuán falsa y desfigurada hasta quedar irreconocible se la presenta e interpreta!
Como Jesús dije que Yo soy el camino, la verdad y la vida, y que nadie llega al Padre sino por Mí. Los hombres de sus Iglesias se apropiaron de esta afirmación. La tergiversaron; interpretaron Mi palabra como si se tratara del nombre Jesús o Jesucristo y como si quien no conociera o no aceptara ese nombre no pudiera alcanzar el reino de los cielos. Cuando dije: «Yo soy el camino…», «el camino» representa el amor. Así Mi afirmación adquiere su verdadero significado, pues entonces dice: «¡Nadie llega al Padre a menos que viva el amor!».
La interacción armoniosa en Mi creación está regulada por la ley de la atracción. Esto significa: lo semejante atrae a lo semejante y lo diferente se repele. Mucho de lo que atribuyen a Mi arbitrariedad, a Mi intervención personal o a Mi consentimiento se basa en realidad en esta ley. Pues son conducidos hacia aquello que los atrae, del mismo modo que personas con una vibración semejante encuentran el camino hacia ustedes; y se mantiene lejos de ustedes aquello que no corresponde al estado interior de sus almas. Por tanto, se acerca a ustedes exactamente aquello que la ley prevé para ustedes y se mantiene alejado con la misma precisión lo que ella dispone. Un cambio de conducta interior o exterior trae consigo un cambio de vibración y, con ello, los rumbos de Mi ley se orientan de manera diferente para cada persona.
Esta ley actúa sin errores, como todo en Mi creación. Se funda en Mi amor, que quiere y va a atraer nuevamente a todos sus hijos hacia Mi corazón.
Al conocer la atracción espiritual, muchas preguntas se responden casi por sí mismas, entre ellas esta: «Padre, ¿quién puede volver a entrar junto a Ti en Tus cielos? ¿Qué condiciones deben cumplirse?».
En verdad les digo: ¡solo quien haya abierto dentro de sí su cielo interior entrará por la Puerta de las Rosas para volver a estar Conmigo! Puesto que Mis hijos humanos solo en casos excepcionales llevan ya dentro de sí un cielo interior abierto durante su vida —consideren esto como una imagen del momento—, hace falta la transformación, lo que significa: estoy dispuesto a contemplar las imperfecciones que aún existen dentro de mí; reconozco aquello que todavía debo aprender; saco de ello las conclusiones correctas y tomo las decisiones correspondientes. Y acudo a Mi Padre celestial para pedirle ayuda.
Ten la certeza, hijo Mío, de que estoy esperando esto. Espero con anhelo a cada hijo que reconoce: aquí y allá mis pensamientos, palabras y actos todavía no corresponden del todo a lo que Tú, Padre, me enseñas. Me alegra dar Contigo los pasos necesarios.
Eligieron la Tierra como planeta de aprendizaje. Aquí se encuentran con muchas personas de distintos niveles de conciencia. Aquí existe la mejor posibilidad para conocerse a sí mismos y producir cambios. Todos ustedes, también ustedes, Mis amadas almas en los ámbitos del más allá, ya han dado una parte de sus pasos hacia Mí. Estuve presente en cada uno de esos pasos y Me alegré por cada uno. Y una y otra vez los animé a no desistir de sus esfuerzos, que ciertamente no siempre fueron fáciles.
En medio del ajetreo de la vida cotidiana muchas veces no resulta fácil llegar a un conocimiento sincero de uno mismo. Por eso ahora quiero realizar con ustedes un pequeño experimento. Guardaré silencio durante algunos instantes y les pido que miren y escuchen dentro de sí con la intención y la meta de descubrir tareas de aprendizaje, encontrar aquello que todavía no han perdonado, así como errores y puntos débiles, y ser al hacerlo tan sinceros como sea posible.
— Pausa —
Mis hijos e hijas de este mundo y del más allá, este pequeño ejercicio tenía, naturalmente, un propósito. Debía mostrarles cuán difícil, y a veces incluso imposible, es llegar por sí mismos —solo mediante una contemplación silenciosa— debajo de la «superficie». El resultado tampoco habría sido mucho mejor si hubiéramos prolongado la pausa. Muchas cosas continúan cerradas para su capacidad de reconocer. Al escuchar dentro de sí solo pueden alcanzar cierta profundidad; después llegan a sus límites. Más allá todavía hay muchas cosas ocultas e imperceptibles en el alma. El único que los conoce hasta la máxima profundidad soy Yo, ¡pues soy la vida dentro de ustedes!
Por eso, aquello que cada uno ha reconocido, las tareas de aprendizaje que le parecen importantes y que han entrado en su conciencia, constituye solo una fracción de lo que todavía debe superar. Con ello no quiero quitarles el valor ni el impulso para emprender su trabajo interior; por el contrario, quiero estimularlos. Quiero depositar en sus corazones la alegría ligada a acercarse a la meta o alcanzarla. Pues ya durante su vida pueden recoger los frutos de su trabajo. Una y otra vez avivo dentro de ustedes el anhelo de dirigir su mirada hacia la belleza de los cielos. Todavía no pueden imaginar su verdadero poder, su gloria y su grandeza. Pero proceden de Mí, son criaturas del cielo, ¡hijos Míos! Dentro de ustedes se encuentra su herencia celestial, y deseo que cada uno comience cuanto antes a asumirla.
¿Qué sucede entonces con los aspectos todavía no tan luminosos dentro de ustedes, aquellos que aún les dificultan permanecer junto a Mí y los hacen regresar una y otra vez al mundo sin que sean conscientes de ello? También aquello que aún no han reconocido debe ser llevado a la luz. Debe ser reconocido, transformado y disuelto.
La ley de la atracción los ayuda en ello. Pues aquello que todavía no ha sido redimido dentro de ustedes busca y encuentra conexión con acontecimientos, situaciones y personas que llevan algo semejante dentro de sí. Así se producen circunstancias de muchas clases que deben servirles para reconocer. Esto puede suceder por medio de su prójimo, de aquello que llaman golpes del destino, de molestias, decepciones e incoherencias, así como de enfermedades y pérdidas. La gama abarca desde un leve disgusto hasta una gran necesidad. Pero todo cuanto encuentran sirve siempre para sacar a la luz aquello dentro de ustedes que todavía necesita ser contemplado, trabajado y superado. Pueden considerarse dichosas las almas y personas que han reconocido que todo cuanto les sucede está bien. Particularmente cuando, de común acuerdo Conmigo, sacan de ello las conclusiones correctas.
Muchas veces Mis hijos creen que Yo podría evitarles esto o aquello; entonces tendrían una vida más fácil. Les digo: ¡si supieran cuántas veces lo hago! ¡Si tan solo pudieran presentir cuántas veces Mi mano auxiliadora y sanadora estuvo y seguirá estando sobre ustedes! Pero ¿qué sucede si aquello que a sus ojos parece completamente inútil o incluso injusto, y que sienten como doloroso y aterrador, sirve para purificar su alma? ¿Debo impedirlo? ¿Sería amor si de ese modo impidiera a Mis hijos madurar y crecer hacia el amor? Mi apoyo consiste en estar a su lado, consolarlos, fortalecerlos y quitarles muchas cosas que entonces no tienen que llevar. Pero aquello destinado a hacerlos avanzar en el camino hacia Mí no puedo ni voy a quitárselo, pues quiero estrecharlos nuevamente entre Mis brazos.
El deseo de alcanzar la perfección está implantado en cada uno, y nadie podrá oponerse permanentemente a sus propios deseos y a su propio anhelo. Aquello que llaman su ser superior —el espíritu dentro de ustedes— es lo que impulsa una y otra vez al alma y al ser humano y los invita al recogimiento interior. Se cree erróneamente que Yo impongo pruebas a Mis hijos. No, Mis amados, ¡son ustedes mismos! Nacido del deseo de volver a convertirse en luz perfecta, es el espíritu dentro de ustedes el que, en armonía con Mi espíritu, introduce movimiento en su vida cuando es necesario.
Este es el camino válido para todos, para las almas y para los seres humanos. Este es el camino que enseñé y viví con Mi ejemplo; es el camino del amor, acompañado por Mi misericordia, por el que todos encuentran el regreso al hogar.
¡No existe otro camino!
Saben que no están solos en este camino. Recuerden una y otra vez cuán cerca estoy de ustedes. Practiquen la confianza; pues, como ya les dije una vez, la confianza es la suma de las experiencias vividas Conmigo. Así sentirán cómo el camino hacia Mí se vuelve más fácil cada vez. Entonces atravesarán el día con una seguridad que no conocían antes. Mucho de aquello con lo que las tinieblas quieren obstaculizarlos en su camino ni siquiera los alcanzará o rebotará en ustedes. Se reconocerán como hijos e hijas conscientes y sentirán la fortaleza que crece cada vez más dentro de ustedes con cada tarea resuelta.
Y entonces, Mis amados hijos e hijas, ya no preguntarán ni necesitarán preguntar por la tarea que he dispuesto para ustedes o que ustedes mismos se propusieron. Crecerán hasta entrar en esa tarea, pues se encuentra en sus almas; y también aquí actúa la ley de que lo semejante atrae a lo semejante. Les digo: cualquiera que sea la tarea de cada uno, lo colmará, pues las capacidades necesarias se encuentran dentro de él. [Esto había sido planteado antes como pregunta.]
Bendigo a todos Mis hijos, es decir, a ustedes, seres humanos, y a ustedes, almas; y con esta bendición Mía fluye hacia ustedes Mi corriente de fuerza, que los ayuda en su camino hacia Mí, en su conocimiento, en su decisión, en su afirmación y al recorrer el camino tomados de Mi mano. Mi luz llena sus almas y cada célula de su cuerpo humano. La salvación y la paz fluyen dentro de ustedes y dirigen su mirada hacia adelante y hacia arriba.
Y a ustedes, Mis hijos humanos, les digo: innumerables hermanos y hermanas suyos revestidos con el cuerpo del alma están colmados, llenos de valor y deseos de actuar. Saben lo que deben hacer. Reconocen las manos extendidas de sus espíritus protectores, están dispuestos a dar los siguientes pasos y las vestiduras de sus almas se han vuelto más luminosas. Una alegría infinita fluye a través de ellos; han emprendido el camino hacia la luz.
Que la misma alegría, la misma paz y el mismo espíritu de ponerse en camino también los llenen a ustedes. Amén.