Revelación divina
Mis amados hijos e hijas, cada año, cuando se acerca su fiesta de Navidad, se abren sus corazones; al menos los corazones de quienes creen en Mí y en que vine al mundo en Jesús de Nazaret. Es cierto que en muchos esta «apertura del corazón» también está mezclada con sentimientos que no tienen la más mínima relación con el sentido de Mi nacimiento; pero, aun así, en estos días un deseo ocupa muchas veces el primer plano: el deseo de paz.
De eso les hablaré.
Unos estarán agradecidos de que les muestre el camino que, en poco tiempo, conducirá a la paz y la armonía en su vida personal y en su entorno; y que, tarde o temprano, también podría ser la solución para una paz amplia y mundial si los responsables lo recorrieran. Dejo a su criterio juzgar qué probabilidad existe de que esto suceda.
Otros no estarán necesariamente contentos y quizá les moleste que Yo no tenga en cuenta, en la medida que desean o imaginan, sus sentimientos de seudoalegría y sus expectativas superficiales. Pero, en cualquier caso, todos los que den crédito a Mis palabras reconocerán qué condiciones deben existir para que la paz llegue o reine.
Crear paz requiere esfuerzos, pues la paz no surge automáticamente, ni en el ámbito privado, ni en el económico ni en el político. La paz es un bien sublime; pero es un estado que aparece «por sí solo» allí donde se reducen el comportamiento egoísta, la discordia y la guerra, y donde finalmente falta todo aquello que es habitual entre personas que solo tienen en mente su propio beneficio. Y que —casi siempre por desconocer las leyes espirituales, sobre todo la ley de causa y efecto— no saben que con su pensar, hablar y actuar infringen muchas veces o constantemente el mandamiento del amor y amplían así el terreno fértil para la discordia.
La paz no es algo que pueda pedirse simplemente en oración para después recostarse esperando que el «buen Dios» se ocupará de ello. Esto no significa que no sea importante —¡incluso es muy importante!— orar por la paz. La energía positiva que se produce no se pierde. Ninguna energía se pierde. Pero esta consideración no es completa.
Falta algo sobre lo que más de una persona que ora reflexiona una y otra vez sin haber encontrado realmente una respuesta: por qué no se cumple, o se cumple tan raras veces, la palabra de sus Escrituras que dice: «Pidan y se les dará…». ¿No son correctas estas palabras Mías? Reflexionar sobre ello en una hora de quietud abrirá una visión más profunda a quienes buscan la verdad. Ese tiempo de reflexión, pasado conmigo, vale mucho más que volver a pedir algo sin pensar en la próxima ocasión o una y otra vez, sin advertir que lo pedido no sucede. Y esto no vale solo para la paz.
Una consideración fundamental: existen muchas cosas que se complementan. Pero también hay mucho que no puede existir simultáneamente, porque la presencia de una cosa excluye la presencia de la otra. No hablo aquí de un poco de discordia, un poco de desorden, un poco de ruido o un poco de aversión. Eso es «normal» durante la etapa del esfuerzo y la transición. Porque una conducta nueva no aparece de inmediato; las ataduras a viejos hábitos y debilidades no se disuelven de la noche a la mañana.
Hablo de que allí donde todavía reina la discordia —para permanecer con este ejemplo— no puede existir al mismo tiempo paz en la medida en que la desean y en que es necesaria para la salud anímica y corporal de Mis hijos. En ese sentido, la paz y la discordia se excluyen en el mismo lugar y al mismo tiempo. Ambas son como los platillos de una balanza: no pueden estar simultáneamente arriba o abajo. Si se añade o quita algo de un lado, esto repercute inevitablemente en el otro.
Están acostumbrados a iniciar un cambio —de cualquier clase— aprendiendo una conducta nueva. Esto es correcto, pero podría llevarlos a un callejón sin salida sin que aparezca el resultado deseado o anhelado si no tienen en cuenta algo: si no examinan al mismo tiempo los obstáculos que se encuentran en su interior y que tantas veces les dificultaron en el pasado alcanzar sus metas.
Por eso deseo, mediante el ejemplo de la paz, dirigir su atención hacia otra perspectiva un poco diferente: en lugar de limitarse a pedir y afirmar la paz —algo que deseo de todo corazón que hagan—, miren dentro del otro platillo de la balanza, el de la discordia.
En este punto no hablo de la paz que falta globalmente en su mundo. Tienen poca influencia sobre lo que sus dirigentes hacen o dejan de hacer al respecto. Naturalmente, la energía que les envían en sus oraciones no se pierde. Está disponible, por así decirlo, «a la espera de ser solicitada» y actúa cuando ha llegado el momento.
Hablo de ustedes, de cada persona que puede mover y cambiar algo allí donde sus decisiones tienen efectos: en sí misma, dentro de sí y en su entorno. Si reconocen que la presencia de una cosa produce la ausencia de la otra, ¿no se deriva de ello la única conclusión lógica que conducirá al resultado deseado si dan este paso? Que la paz, la armonía y mucho más llegan automáticamente cuando se eliminan las innumerables disputas pequeñas y, en ocasiones, también grandes en el pensar y actuar. Que la paz y las demás cualidades llenan los espacios que se crearán al desaparecer lo negativo. Que, por tanto, no se trata solo ni principalmente de afirmar, anhelar y pedir la paz, sino de que lo más importante es eliminar dentro de ustedes mismos todo lo que hasta ahora impidió su presencia. Esto significa transformar con Mi ayuda lo que no corresponde a Mi mandamiento del amor. Porque nadie puede esperar seriamente, a pesar de todas sus peticiones, que lo positivo llegue allí donde no se abandona lo negativo.
Este es otro punto de partida; hay que admitir que no resulta tan sencillo como orar y pensar en la paz, porque les exige algo. Los lleva a examinarse, cuestionarse, superar sus limitaciones si es necesario y abandonar cosas antiguas, familiares y aprendidas. Pero dentro de ustedes está el único lugar donde pueden cambiar algo creando en su corazón espacio para la paz que tanto desean y por la que oran.
Pueden llenar con muchos otros contenidos esta imagen que les he dado:
No hace falta pedir orden si uno no está dispuesto a poner fin al caos anterior. Pidan Mi ayuda y Mi fuerza, que los capacitan para llevar a la práctica su decisión, y el orden aparecerá por sí solo.
Si anhelan tranquilidad, reduzcan o apaguen la fuente de ruido, y la tranquilidad llegará.
Si la libertad es un gran deseo, examinen en su interior a qué se han atado. Desaten sus cadenas con Mi apoyo y la libertad les pertenecerá.
Si desean desarrollarse anímicamente, examinen lo que hasta ahora los ha frenado. Comiencen entonces a reducir su apatía y a establecer otras prioridades en su vida; y tomarán conciencia de la parte todavía no desarrollada de su potencial espiritual, que comenzará a desplegarse.
Si anhelan amor —al que tienen derecho—, examinen dónde se han instalado la falta de amor y el egoísmo; cuando estos disminuyan, el platillo del amor se beneficiará directamente.
La honradez llega allí donde se renuncia a la deshonestidad, la hipocresía y el engaño, aunque esto presupone un cambio de rumbo interior y exterior y exige esfuerzos en una nueva forma de pensar y actuar.
Y así sucesivamente…
Donde está una cosa no puede estar la otra. Con ello también reconocen el trasfondo de la lucha que libran las tinieblas contra la luz. Si lo negativo desea penetrar o penetrar con mayor intensidad en lo positivo, debe encontrar puntos débiles todavía existentes y ampliarlos. Solo así puede ejercer influencia. A la inversa, Yo, junto con muchos de Mis fieles, sus ayudantes espirituales, intento iluminar los aspectos todavía ensombrecidos de Mis hijos para que allí se extienda cada vez más el bien.
Quién saldrá finalmente vencedor de esta lucha que dura eones está decidido: es el amor, porque nada puede resistirlo a largo plazo. Esto no significa que la parte contraria no gane también muchas batallas. Siempre conserva la supremacía el lado al que ustedes dan poder sobre sí mismos, primero en el interior y después en el exterior.
Debido a la prolongada resistencia de los caídos y a su empeño por destruirlo todo, las fuerzas de sus almas se habían vuelto demasiado pequeñas para que aún pudieran emprender por sí mismos el viaje de regreso a los cielos. Por eso vine al mundo: para salvar a las almas que parecían perdidas. Sus villancicos hablan de ello. Enseñé a las personas el amor a Dios y al prójimo y reforcé Mi fuerza de amor en ellas, para que pudieran volver a desarrollarse hacia arriba.
¡Eso significa la Navidad! ¡Ahí se encuentra toda la razón para alegrarse! Nada se opone a celebrar esta fiesta también con cosas exteriores, con un marco que alegre el ánimo y el corazón. Pero cuando se extiende el gran olvido, como ha sucedido, Mi adversario y el de ustedes se deleita en la sensación de victoria. Todavía no sabe que se equivoca; tampoco sospecha que su triunfo, visto desde una perspectiva superior, solo dura un instante.
Pero todavía mantiene bajo su control a muchas personas que no creen en Mí y que, de manera inconsciente o deliberada, no siguen las enseñanzas que di como Jesús. A pesar de todo, también ellas llevan dentro el anhelo de paz, aunque solo sea como una pequeña llama que intento alimentar sin interrupción. Incluso de quienes no quieren comprender brota la pregunta acusadora —casi siempre más como reproche y desde la ira que por un verdadero deseo de saber—: «¿Por qué no hay paz en el mundo?».
Si ya pudieran oírme, percibirían Mi voz, que resuena como un trueno o una trompeta en esferas invisibles para ustedes y les da esta respuesta:
«¡Porque muchos de Mis hijos humanos desatienden Mi ley del amor! ¡Porque anteponen su propia ley a Mi ley! ¡Porque mediante sus actos siembran una y otra vez nuevas semillas que producen una y otra vez nuevas cosechas! ¡Porque ellos mismos no viven la paz que tanto desean! Y porque buscan constantemente soluciones mundanas propias y salidas contrarias a la ley para un dilema que solo puede resolverse observando Mi mandamiento del amor».
Así se originan sin interrupción nuevas causas, y sobre los efectos consiguientes se injertan nuevas reacciones contrarias a la ley. ¿Hace falta realmente un don clarividente o profético para reconocer dónde debe terminar esto? He revelado repetidamente que la ley de causa y efecto no puede invalidarse. Todos están sometidos a ella en cada instante. Esto también fue válido para Mí como Jesús de Nazaret.
Pero la ley no solo abarca la mala siembra. Toda buena semilla, e incluso todo esfuerzo por sembrarla, produce igualmente buenos frutos. Muchos oyen esto, muchos conocen este principio espiritual y, sin embargo, más de una cosa sigue como antes. Y una vida protegida, llena de confianza y del conocimiento de que tomo de la mano a toda persona dispuesta, es consecuencia de una decisión llevada a la práctica: seguirme. Mediante Mi encarnación creé para ustedes las condiciones necesarias.
Esto y mucho más significa la Navidad, cuando se comprende y lleva a la práctica correctamente. Si se comprende solo a medias o no se comprende en absoluto, se parece a una conducta que celebra a quien trae un regalo, pero no el regalo mismo, porque no reconoce su valor ni el beneficio que puede obtenerse de él.
Sé que algunos piensan y dicen: «¿Y se supone que habrá más paz si yo, como individuo, me esfuerzo por ordenar mi interior?». Deposito Mi respuesta en tu corazón: no eres la única persona. He podido alcanzar a muchos en su interior; muchos han despertado y están dispuestos a asumir responsabilidad. Es —y no solo a los ojos de ustedes— un «trabajo arduo», pero es inevitable hacerlo de esta manera: comenzando cada uno por sí mismo. ¡Solo puede hacerse así!
¿Qué probabilidades de éxito crees que tiene esperar de otros lo que uno mismo no está dispuesto a desarrollar y llevar a la práctica? ¿Puede funcionar permanecer acostado y pedir a otros que se levanten para emprender el trabajo del día? ¿Qué sucedió con la función de servir de ejemplo?
Deseo darles una imagen mediante la cual puedan reconocer que los efectos del trabajo interior tienen un alcance mucho mayor de lo que imaginan. Y no solo en cuanto al trabajo por la paz interior; incluye toda la fortaleza de carácter que desarrollan, porque al mismo tiempo quitan terreno a las tinieblas y transforman energías negativas en fuerzas positivas.
Imaginen la Tierra como una gran superficie inhóspita e inhabitable. Cada uno recibe una parcela. Ahora se trata de trabajar su terreno para que se pueda habitar y vivir en él, produzca «buenos frutos» y ustedes inicien pasos para que pueda surgir un pequeño paraíso. Por tanto, en primer lugar su parcela sirve para permitirles una existencia digna y feliz. Pero muy pronto advierten que no son los únicos que trabajan su terreno; que forman una gran comunidad en la que todos se esfuerzan. Porque por todas partes hay otros que, a su manera, hacen algo semejante a ustedes.
Vista desde lo alto, de pronto toda la superficie ya no parece tan inculta y desordenada, y comprueban que cada paso de mejora, cultivo y embellecimiento no solo los benefició a ustedes mismos, sino también a la gran superficie en su conjunto: la impresión general es completamente distinta de la que existía al comienzo de su «trabajo de colonización».
Aparte de que este es un buen ejemplo de que lo nuevo surge necesariamente cuando se elimina lo antiguo, deseo dirigir su mirada hacia otra cosa:
Cada alma que va a encarnarse une a ello una intención. Dejemos de lado si, en el sentido de su desarrollo, se trata de una intención buena o no tan buena. Si el alma se encarna con el propósito de aprender algo, recibirá suficientes oportunidades en el transcurso de su vida. La ley de la atracción y el esfuerzo incansable de sus ángeles guardianes y guías espirituales se ocupan de ello.
Por tanto, en primer lugar una encarnación sirve para reconocer errores y debilidades y transformarlos en fortalezas, en el sentido del amor desinteresado e incondicional. Si el ser humano lo consigue —aunque solo sea en pequeños pasos—, cuando su alma vuelva a abandonar el cuerpo habrá madurado y quizá incluso se habrá fortalecido lo suficiente para continuar desarrollándose en planos sutiles superiores, sin que una nueva encarnación sea una alternativa necesaria.
Un alma necesita cierta «pesadez» si desea encarnarse. Se trata de sus imperfecciones —originadas por infracciones del mandamiento del amor o asumidas voluntariamente—, que transmite al ser humano y que luego se expresan en su conducta. Pero cada una de estas deficiencias y faltas de virtud, aunque se manifieste en la vida cotidiana de forma muy realista y perceptible, también posee una parte energética que los sentidos no pueden percibir. Esta, a su vez, forma parte de masas energéticas mucho mayores, de las que existen innumerables y que atraviesan todo el universo.
Cada sentimiento, pensamiento, palabra y acción entra inmediatamente en comunicación con los campos energéticos o entidades correspondientes. Por tanto, sin saberlo, el ser humano está en contacto constante con lo invisible para él. Si actúa conforme a las influencias ejercidas sobre él, esto repercute tanto en él mismo como en los campos energéticos que lo rodean.
Este principio vale para lo positivo y lo negativo.
Con cada acto negativo, el ser humano se debilita a sí mismo, aunque quizá solo lo advierta mucho después, y al mismo tiempo fortalece las energías negativas correspondientes. Se convierte en proveedor de energía para las fuerzas de las tinieblas.
Con cada acción positiva crece la fuerza del alma humana, y las energías de vibración alta y elevadísima que actúan sobre ella aumentan en todo el universo. Por eso, al rechazar las fuerzas contrarias, estas pierden poder y, al mismo tiempo, aumenta el potencial de las energías cuyo fundamento es Mi amor. Así se modifican en cada ocasión las relaciones de fuerzas entre la luz y las sombras y, con ello, sus posibilidades de llevar a los seres humanos en la dirección a la que aspiran.
Esta es la lucha que tiene lugar en lo invisible y en cuyo centro están ustedes…
Aunque cada ser humano es un individuo, está integrado en algo mucho mayor, en cuya configuración participa de manera directa y constante, lo sepa y quiera o no: para el bien o para el mal, para la paz o para la discordia, para el amor o para la falta de amor.
Ahora reconocen el gran marco, su participación en todo lo que existe. Ahora también reconocen la responsabilidad que cada uno lleva; naturalmente, en primer lugar por sí mismo y sus decisiones, pero también por lo que estas producen más allá del pequeño radio de su espacio vital.
Quien actúa en Mi Espíritu no mira si su vecino trabaja su parcela ni cómo lo hace. Se dedica a hacer habitable la propia para poder vivir allí en paz, en armonía conmigo, consigo mismo y con su entorno. Desbroza su campo, siembra buena semilla y sabe que una buena cosecha surge por sí sola porque hace conmigo lo que hace.
Lleva a la práctica el deseo de paz eliminando del mundo aquello que hasta ahora impidió, en mayor o menor medida, que sus propios esfuerzos por la paz se hicieran visibles y eficaces. Sabe que lo nuevo se manifiesta cada vez más en la medida en que se disuelve lo antiguo.
Son hijos de Mi Creación. Por eso, aquello en lo que aspiran a volver a convertirse ya les pertenece ahora, aunque todavía esté oculto como una perla dentro de una concha discreta.
Visto así, Mis hijos e hijas, se trata «solo» de volver a descubrir todo lo que ya se encuentra en ustedes desde la eternidad: el amor, la libertad, la fuerza, la belleza, la paz y muchísimo más. Es como buscar agua fresca: no necesitan perforar un pozo nuevo. ¡Todo está ya allí! Retiren los escombros y la basura que cayeron en el pozo antiguo, ¡y la fuente comenzará a brotar de nuevo!
¿Estás dispuesto a reflexionar sobre Mis palabras? Entonces estás abriendo Mi regalo de Navidad, que consiste en estar a tu lado con todo Mi amor cuando comiences a examinar los aspectos todavía humanos de tu discordia. Si descubres algo, decide si deseas transformarlo. Si es así, Mi regalo —Mi fuerza de Cristo, que he depositado en ti— te ayudará a llevar tus buenos propósitos a la práctica.
El perdón también forma parte de tus reflexiones sobre lo que todavía hay que mejorar o cambiar. Muchas veces no es fácil; pero es posible cuando emprendes este trabajo conmigo. ¡Y tampoco olvides perdonarte a ti mismo! Recuerda que te amo desde la eternidad y te amaré siempre, sin importar dónde estés ni qué hagas. ¿No sería una tarea valiosa arraigar firmemente también dentro de ti una forma de pensar así, libre de miedo y que infunde valor?
Por tanto, no te dejes abatir cuando descubras algo en tu interior que no supera en la medida deseada la prueba con la vara del «amor». Emprende tu trabajo interior con la certeza de que alcanzarás tu meta con Mi ayuda. Todavía puedes ser de tal manera que no siempre estés completamente feliz y en paz contigo mismo; pero sabes que esta es solo una etapa de transición.
Al final se encuentra tu transformación, una «persona renovada paso a paso», tal como la deseas. La alegría se extenderá dentro de ti porque reconocerás:
«El amor, la libertad y la paz son las maravillosas cualidades que siempre he llevado dentro. Ahora comienzo a disolver y transformar todo lo que hasta ahora impidió que se desarrollaran. La fuerza más poderosa de la Creación me ha tomado de la mano, ¡y juntos recorreremos este camino hasta el final!».
Es tiempo de Navidad. Por eso encendamos dos velas: tú, una en el exterior como símbolo de la luz hacia la que aspiras; y Yo, una en tu interior, que —cuando entres en la quietud— siempre debe recordarte que Mi regalo más hermoso para ti y, en verdad, para cada uno de Mis hijos humanos y espirituales consiste en que he abierto para todos la puerta hacia la libertad. A quien atraviese esta puerta lo espera la paz que tanto ha anhelado.
Amén