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Nadie necesita para su camino de regreso más que Mi mandamiento del amor

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Keiner braucht für seinen Heimweg mehr als Mein Gebot der Liebe

Fecha original: 12 de abril de 2017

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

¡Mis hijos e hijas! Cuando hace dos mil años decidí dar el paso decisivo para el regreso de Mi Creación caída, lo hice por amor puro; porque Yo soy el Amor desinteresado, incondicional, que todo lo perdona y no puede ser vencido. Él es la fuerza infinita que creó la Creación, que la sostiene y que tiene el poder de recuperar todo aquello que se alejó de Él por voluntad propia; y lo hace respetando al mismo tiempo la ley universal de la libertad de la Creación, que otorgó a cada hijo de Mi amor una voluntad que Yo jamás toco.

Llegué al mundo material con el nacimiento del ser humano Jesús de Nazaret, lo cual significa que Mi Espíritu se encarnó en Jesús; fue un acontecimiento que, en cuanto a su desarrollo, se ajustó en gran medida a las leyes que, como en toda encarnación y desde que existe la memoria humana, rigen la entrada de un alma en un niño recién nacido. La única diferencia consistió en que, en este caso, no se encarnó un alma cargada, como sucede la mayoría de las veces, sino que el Amor mismo «se inclinó hacia la Tierra» y adoptó por un tiempo una envoltura humana; y en que Mi encarnación había sido preparada durante muchas generaciones, especialmente en lo referente al pueblo y a las personas cercanas a Mí de Mi familia y Mi entorno terrenales. En recuerdo de Mi nacimiento, la cristiandad celebra la Navidad.

Abandoné el mundo material con Mi «muerte» en el Gólgota, como ustedes denominan, por ignorancia y, por tanto, equivocadamente, la separación del alma y el cuerpo. Puesto que en Mí solo existe vida eterna, no puede haber nada que muera, sea extinguido o desaparezca en la nada y deje entonces de existir. Esto se aplica a todo cuanto he creado y creo. Es válido por toda la eternidad. En recuerdo de Mi resurrección celebran la Pascua.

Se han escrito infinitos tratados que intentan describir tanto el sentido de Mi venida como el de Mi obra de redención treinta y tres años después. Muchas veces, por falta de una comprensión más profunda, se dieron explicaciones insuficientes y se utilizaron formulaciones abstractas que no brindaron ni brindan una ayuda verdadera a las personas. Porque la mayoría de ustedes puede hacer muy poco con expresiones como «Él cargó con tu culpa», «Su sangre te lavó», «Ahora estás redimido con solo creer en Él» y muchas otras. Estas les dan ciertamente una indicación vaga, pero el verdadero trasfondo de lo sucedido permanece oculto. Y las consecuencias que se derivan de ello —incluidas las ayudas que di a Mis hijos humanos para su camino de regreso a los Cielos— no se les comunican de manera comprensible.

La situación hace dos mil años era esta: debido a la apostasía de una parte de las criaturas celestiales guiadas por Sadhana, a lo largo de muchos eones se había formado el mundo material como el ámbito de mayor densidad —por así decirlo, el punto más bajo de la caída—, después de que antes hubieran surgido innumerables esferas extracelestiales de distinta densidad o vibración. Su Tierra se convirtió en lugar de aprendizaje para las almas caídas que, cuando la evolución terrenal hubo avanzado lo suficiente, obtuvieron así la posibilidad de encarnarse en cuerpos humanos. Mediante una conducta que debía transformarse paso a paso de lo egoísta y satánico hacia lo amoroso y divino, recibieron la oportunidad de recuperar gradualmente la fuerza de su alma e iniciar así el ascenso hacia regiones más luminosas.

No lo consiguieron. Pero no fracasaron porque —como dirían ustedes coloquialmente— «se hubieran hecho las cuentas sin contar con el dueño». Sí había contado con él, pero el libre albedrío de Mis hijos caídos era sagrado para Mí y tampoco lo toqué en esta situación extrema. Porque sabía que no perdería a ningún hijo; para que reconocieran su conducta equivocada y como fundamento de su cambio de rumbo existía y existe la ley de causa y efecto, que tarde o temprano llevará incluso al más obstinado a comprender.

Fue el refinamiento del proceder de las tinieblas el que logró una y otra vez impedir que las almas evolucionaran hacia arriba mediante sus artes de seducción y su influencia directa y despiadada.

Todo ser espiritual puede descender desde ámbitos de vibración más elevada hacia otros de vibración inferior, incluida la materialidad, es decir, un cuerpo humano. A la inversa se aplica lo siguiente: quien desee entrar en zonas más luminosas debe haber buscado y alcanzado previamente la iluminación necesaria de su alma, en lo cual Mi amor y Mi misericordia lo ayudan de acuerdo con su esfuerzo.

Este es el trasfondo de una verdad Mía que ya les he transmitido muchas veces: «Quien quiera entrar en el Cielo debe llevar el Cielo dentro de sí».

Quien vive en la patria eterna lleva dentro Mi amor puro. Un ángel puede decidir en cualquier momento ayudar voluntariamente, por compasión y amor al prójimo, a sus hermanos y hermanas de la Tierra, entrando en la materia —es decir, encarnándose— como maestro espiritual, anunciador de Mi palabra, ejemplo o ayudante lleno de amor al prójimo. Así fue en el pasado y nada cambiará al respecto en el futuro. Precisamente para el tiempo actual, incontables parientes y amigos espirituales de ustedes han entrado en la carne —muchas veces ya desde numerosas encarnaciones— para ponerse del lado de la luz y, por tanto, también del lado de ustedes en la lucha ya iniciada de las fuerzas oscuras contra las luminosas. También ustedes, cuando hayan regresado a su patria original, no querrán permanecer inactivos observando si sus hermanos y hermanas necesitan ayuda con urgencia. Hay suficientes tareas a uno y otro lado.

A lo largo de siglos y milenios, seres espirituales decidieron repetidamente dar semejante paso. Estaban provistos de Mi fuerza y autoridad y se esforzaron con todas sus capacidades por cumplir su misión, que consistía en mover a las personas a cambiar de rumbo. Temporalmente pudieron cambiarse muchas cosas para bien, pero no se produjo el gran avance. Porque las tinieblas no dormían e intentaban impedir desde su etapa inicial todo despertar de una humanidad nueva.

Esto terminó haciendo que la conciencia de la humanidad se limitara cada vez más, que las cargas de las almas aumentaran y que disminuyeran las posibilidades de que las almas y las personas pudieran liberarse por sus propias fuerzas de la situación que ellas mismas habían creado y que las mantenía sin libertad de manera permanente. Así ya no era posible una evolución ascendente con la meta de regresar a su hogar celestial. Por el contrario, todo continuaba descendiendo.

Entonces decidí intervenir personalmente y traer a Mis hijos humanos aquello que necesitaban con tanta urgencia: una fuente adicional de fuerza y las «herramientas» necesarias para recorrer con éxito el camino de regreso.

¡Les traje Mi energía de Cristo y la enseñanza del amor! Y abrí los Cielos que hasta entonces habían permanecido cerrados y en los que ahora podía volver a entrar todo aquel que, después de decidir regresar, emprendiera el camino de la purificación y la maduración del alma. De este modo quedaron creadas las condiciones para la redención de Mis hijos.

Con ello hice algo que nadie antes había podido realizar porque no tenía una misión tan amplia ni disponía de Mis posibilidades. Pero limitarme a abrir nuevamente los Cielos y hacer fluir fuerza hacia Mis hijos habría sido demasiado poco, porque entonces todavía no habrían conocido la ley universal del amor a Dios y al prójimo como condición para su regreso: la ley del amor que viví ante ellos hasta sus últimas consecuencias.

Sin embargo, traer únicamente la enseñanza del amor tampoco habría llevado de regreso a Mi corazón a quienes estaban dispuestos, pese a todo el cumplimiento de Mis mandamientos, porque los Cielos habrían continuado cerrados. Por tanto, tampoco esa podía ser la solución. Aunque anhelaba y sigo anhelando a Mis hijos, a quienes deseo tener nuevamente conmigo, todavía faltaba algo para la redención que los llevaría a casa.

Solo Mi fuerza de Cristo, Mi enseñanza del amor y la apertura de las puertas de los Cielos podían traer la salvación. Pero nadie, excepto Yo, podía llevar esto a la práctica.

Por eso vine a las personas en la Tierra e hice lo que debía hacerse. Por eso el ser humano Jesús, que había reconocido dentro de sí Mi Espíritu y Su acción y se había entregado a Él por completo, pronunció en el Gólgota las palabras: «Consumado es».

La caída había sido detenida. El regreso a casa podía comenzar.


Puesto que amo por igual a todos Mis hijos, también hice fluir hacia todos Mi fuerza redentora en la misma medida. Mi amor y Mi apoyo ante las tareas que la vida les plantea también están destinados a todos y no únicamente a quienes Me conocen, creen en Mí y Me aman. Desde el Gólgota, todas las almas y todas las personas llevan dentro la energía del amor de Cristo.

Así se cumplió en cada uno la primera condición para el regreso. La segunda —el esfuerzo por vivir el amor— fue llevada por Mí al mundo cuando la enseñé y la viví como ejemplo mediante Jesús de Nazaret. También ella debe ser reconocida y cumplida por todas las personas y las almas.

Mi enseñanza del amor es tan sencilla que todos pueden comprenderla porque no exige nada aparte de buena voluntad y disposición a realizar un esfuerzo sincero. Por eso tampoco está ligada a ideología alguna, a ninguna cultura, pertenencia a una comunidad nacional o concepción religiosa, a ningún color de piel, rango, posición ni estudio. Todos deben poder vivirla porque haré regresar a todos.

El pueblo judío de entonces había sido elegido para servir como punto de partida de la difusión del mensaje del amor. Esto de ningún modo constituyó un privilegio frente a otros pueblos —aunque sí estaba unido a una gran responsabilidad—, sino que durante siglos se habían realizado en el plano espiritual los preparativos necesarios y se habían creado las condiciones correspondientes. Desde Israel, el mandamiento del amor a Dios y al prójimo debía difundirse primero por los países vecinos y finalmente por todos los continentes. Durante las primeras décadas posteriores a Mi resurrección avivé con mayor intensidad el amor en los corazones de Mis seguidores, el fuego que hoy vuelvo a hacer arder.*)

Muy pronto, las fuerzas contrarias consiguieron convertir Mi enseñanza en una ideología en la que incorporaron sus propias ideas acerca del camino hacia Mí. Se añadieron cada vez más mandatos y prohibiciones, doctrinas y dogmas que se presentaron al pueblo sencillo como Mi voluntad y Mi ley, pero que no tenían ni tienen la menor relación con Mi enseñanza del amor. Con un poco de reflexión se habrían podido reconocer los numerosos pasajes, falsificaciones y errores que contradecían y siguen contradiciendo Mi enseñanza; pero, por una parte, las modificaciones fueron introducidas inadvertidamente mediante pasos muy pequeños y de manera sumamente hábil y, por otra, se emplearon el miedo y la opresión, de modo que en la inmensa mayoría de los casos toda rebelión contra una enseñanza o interpretación reconocida como falsa fue sofocada desde el principio.

Así, una parte de la humanidad que, pese a sus diferencias y contrastes muchas veces insuperables, se llama cristiandad, tiene en sus manos un conjunto de enseñanzas que ya no contiene partes importantes de Mi doctrina, pero sí numerosas doctrinas falsas. Las demás partes de la humanidad están divididas entre las concepciones e ideologías más diversas; sus seguidores no quieren o no pueden reconocer que Mi redención, Mi deseo y Mi voluntad de llevar a casa a todas las personas también se dirigen a ellos, porque Yo también soy su Dios y Creador y Mi amor ilimitado también los incluye.

Porque no soy un Dios que permita ser encerrado en una iglesia, una secta, una cosmovisión, una comunidad de fe o de intereses, una organización o una institución, cualquiera que sea.

¡Yo soy!


El mandamiento principal que les di a ustedes, los seres humanos, es válido por toda la eternidad. Es la señal que necesitan para su camino de regreso y se encuentra, como una especie de encabezado, por encima de todo lo que enseñé mediante Jesús, Sus verdaderos seguidores y aquellos a quienes he llamado. Todos conocen este mandamiento: «Ama a Dios, tu Padre, con todo tu corazón, y a tu prójimo como a ti mismo». ¡Ninguna persona en todo el mundo ni ninguna alma en la inmensidad infinita de las esferas sutiles necesita más que este único mandamiento! Todo lo adicional que Yo revelo y que Mis fieles exponen por encargo Mío sirve para explicar, presentar e interpretar este mandamiento, para acercarlo a quienes tienen mil preguntas, necesitan parábolas o ejemplos o llegan en su vida cotidiana a los límites de sus esfuerzos.

Por tanto, para toda comunidad que se llame cristiana, este mandamiento —el mandamiento de su Dios, a quien adora y venera— debe estar por encima de todo como principio superior y también como criterio según el cual deba medirse. Una comunidad que no coloque en primer lugar el esfuerzo por vivir el amor en la vida cotidiana y, al mismo tiempo, muestre el camino para cumplir este mandamiento viviéndolo como ejemplo, no puede invocarme y lleva injustamente el nombre de «cristiana».

Las tinieblas no tuvieron posibilidad alguna de oponer seriamente nada a Mi encarnación, Mi redención y Mi enseñanza. Cuando se pronunció el «Consumado es», presintieron en lo más profundo de sí mismas que ya no podrían llevar a la práctica sus planes: primero querer ser como Dios, más tarde construir una segunda Creación y finalmente destruir la Creación existente. Pero se dispusieron a desviar la señal que indicaba el camino hacia el Cielo, primero muy ligeramente y más tarde de manera extrema.

Así seguía existiendo el mandamiento principal —algo que, desde su perspectiva, lamentablemente no podía impedirse—, pero consiguieron hacer que su aplicación en la vida diaria pareciera tan complicada o incluso imposible que todavía podía utilizarse como encabezado, pero ya no desempeñaba para la mayoría un papel decisivo en la práctica cotidiana. Y esto a pesar de que, como Mi mandamiento principal, precede a todos los demás como una especie de preámbulo.

Quien coloca una señal y afirma con ello conocer el camino también debe poder decir al caminante por dónde debe avanzar, qué dificultades y «trampas» encontrará, a qué debe prestar especial atención, cómo superar los obstáculos y qué ayudas puede utilizar para llegar finalmente ileso a su meta. Y esto debe describirse con exactitud porque, de lo contrario, el caminante se pierde o pierde el deseo de seguir caminando al sentir que no avanza por el camino.

¿Existe siquiera en su enseñanza cristiana un «avance» constante? ¿No se impidieron el progreso espiritual y, como consecuencia, el desarrollo continuo de una vida de amor en la cotidianidad al convertirme en un Dios mudo? ¿En una instancia silenciosa que ya no tiene nada que decir a Sus hijos aparte de lo que ustedes conservaron como fragmentos en sus Escrituras? ¿Existe —además de doctrinas concebidas por personas— algo más que una descripción imprecisa de la meta, que de todos modos no alcanzará o alcanzará con mucha dificultad quien no siga las instrucciones teológicas? Aparte de exhortaciones periódicas a creer en Mí, esperar, amar y no pecar, ¿existen ayudas concretas para reducir su ego con sus numerosas facetas y convertirse así, poco a poco, en el amor anhelado? ¿Es siquiera su meta desarrollar ya durante su vida el amor a Dios y al prójimo porque han reconocido que llevan dentro Mi amor, que espera poder reunirse de nuevo con su origen? ¿Saben que vivo dentro de ustedes y que, por tanto, no necesitan ningún intermediario para hablar conmigo? ¿Saben que basta con cerrar los ojos y entrar en su interior para estar conscientemente unidos conmigo? Conmigo, el Amor que habita dentro de ustedes desde la eternidad y que es su verdadera vida.

Voy a quitar una ilusión a algunos: no basta con pertenecer a una comunidad que se llama cristiana ni a cualquier otra comunidad de fe. Nada se opone a semejante membresía, siempre que allí puedan aprender y realizar los pasos necesarios del amor al prójimo que los acerquen cada vez más a Mí, algo que se expresará en su vida como alegría, libertad, paz, seguridad, confianza y mucho más. Y no solo «se expresará», sino que debe hacerlo si están conmigo de corazón. Así está establecido en Mi ley. Pero allí donde únicamente se les indica que hagan esto y eviten aquello, o donde todo gira en torno a realizar actos sagrados y conservar tradiciones, no aprenden el «cómo», indispensable para poder llevar a la práctica el amor al prójimo en su vida cotidiana frente a todo fuego perturbador.

Si lo desean, examinen el estado de su alma y de su ánimo. ¿Descansan en Mí? Cuando se enteran de que no basta con alabarme y glorificarme, practicar múltiples exterioridades, participar regularmente en actividades de la comunidad y hablar de Mí o incluso entusiasmarse acerca de Mí; cuando escuchan que el camino hacia Mí pasa por la acción —por el reconocimiento de uno mismo, el arrepentimiento, la petición de perdón y ayuda y, luego, por la aplicación práctica; es decir, por aquello que llamo trabajo interior—, ¿qué sienten entonces?

Les doy una imagen: tal vez les suceda lo mismo que a alguien que, después de muchos años de pertenecer a un club deportivo, respondió a la pregunta sobre sus logros durante los entrenamientos: «¿Cómo? ¿Tengo que moverme allí? Eso me parece difícil. ¿Cómo se hace? He participado en la mayoría de las reuniones, pero nunca escuché ni leí nada concreto aparte de indicaciones generales». Y esto pese a que el club —que incluso lleva el nombre de un «apóstol de la salud»— se dedica al ejercicio físico y tiene la salud corporal como su emblema. Y pese a que ejercitarse y practicar con el propósito de alcanzar una condición física satisfactoria constituye precisamente el verdadero sentido de la comunidad deportiva.

Se necesita la lógica de su corazón.


¿Están dispuestos a contemplar la Pascua desde una perspectiva distinta y nueva, si sus ojos interiores todavía no se han abierto? La festividad que celebran en recuerdo de Mi redención y resurrección puede recordarles que, aunque Yo les abrí los Cielos, se requiere su decisión de emprender mediante una vida correspondiente el camino de regreso para llegar finalmente, a través de las puertas abiertas desde hace dos mil años, a su patria eterna.

Los animo a contemplar su vida hasta ahora a la luz de esta revelación. Fortalezco su anhelo de querer regresar a Mis brazos. Les doy la fuerza para superar lo antiguo y dejarlo muy atrás. No solo les ofrezco Mi brazo fuerte, apoyados en el cual pueden resistir toda adversidad, sino que estoy dispuesto a ayudarlos en los tramos difíciles de su camino llevándolos en brazos.

Yo soy Aquel a quien se ha dado todo poder y que se convirtió en su Hermano en Jesucristo para que pudieran reconocerme como el Amor infinito. Yo soy quien habla a su corazón para que allí surja el deseo y crezca el anhelo de recorrer conmigo el camino del amor. Cuando Me dan su sí, pertenecen a la multitud cada vez mayor de quienes se declaran a favor de Mí y se esfuerzan por cumplir Mi voluntad, no solo escuchando y sabiendo, sino aprendiendo cada vez mejor a amar a su prójimo y a sí mismos y, con ello, también a Mí, porque el amor hacia Mí se conquista mediante el amor al prójimo.

Cuando finalmente puedas decir con sinceridad y sencillez: «Padre Mío, Te amo», habrás vencido. Sí, entonces nosotros —Yo y tú— habremos vencido y podremos celebrar tu resurrección.

Amén

*) Véase la revelación del 12 de marzo de 2017.