Revelación divina
En sus oraciones se han repetido estas palabras: «Señor, hágase Tu voluntad». Por eso, en esta hora quiero conducirlos más profundamente hacia el significado de estas palabras, que la gran mayoría de las personas no comprenden o interpretan erróneamente y que, debido a su ignorancia y falta de esclarecimiento, se alejan de Mí o ni siquiera se acercan a Mí.
Sin embargo, Mi santa voluntad tiene su fundamento y su corona en Mi amor, al igual que Mi omnipotencia. Mediante Mi voluntad creé todo lo que existe y lo conservo eternamente, sin error ni defecto, pues Yo no cometo errores. Y como en el universo no existe poder mayor que Mi omnipotencia, nadie puede limitarla de ninguna manera.
Cuando ahora les digo o traigo a su conciencia aquello que saben desde hace mucho tiempo —que son hijos de Mi amor y que Mi omnipotencia los sostiene—, ¿no salta de alegría su corazón al poder llamar suyo a un Padre que quiere únicamente lo mejor para Sus hijos y a quien nadie puede impedir que lleve a cabo Su acción amorosa en cada uno de ellos, salvo —durante cierto tiempo— el propio hijo cuando actúa conforme a su voluntad propia?
«¿Por qué —les pregunto— tantas personas rechazan someterse a Mi voluntad?». No cometan ahora el error mental de pensar inmediatamente en las muchas otras personas que actúan así, sino mírense a ustedes mismos. ¿Cuál es su disposición interior para entregarse plena y completamente a Mi voluntad, sin limitaciones, es decir, sin condiciones?
He dado a cada criatura el libre albedrío, que jamás vulnero. Sin embargo, sus palabras y acciones permanecen integradas en Mi ley superior que todo lo abarca. No importa lo que un hijo haya hecho o haga: nunca podrá separarse de Mí; aunque alguna vez Me haya abandonado por un tiempo, siempre terminará por encontrar el camino de regreso a Mi corazón. Pues no pierdo aquello que he creado con amor. Si a alguien le fuera posible eludir Mi santa voluntad impidiendo el regreso a Mi corazón de una gran parte de Mis hijos, Yo no sería la Omnipotencia. ¡Reflexionen sobre estas palabras!
El principio que garantiza el regreso de todos Mis hijos es la ley de causa y efecto, aunque en esta revelación la llamaré ley de siembra y cosecha, porque así puede comprenderse mejor lo que quiero decir. Por medio de esta ley, tarde o temprano cada uno es llevado, mediante el reconocimiento de su conducta errónea, a cambiar de rumbo. Pero también concede buenos frutos a quien sembró buena semilla. Este último aspecto no se reconoce o se olvida con frecuencia, porque la mirada se dirige demasiado a menudo hacia lo aparentemente negativo de la ley.
Quien introduce mala semilla en el campo de su vida recogerá también una mala cosecha. Esto resulta comprensible para todos. Pero como la mayoría de las personas no han sido instruidas acerca de la ley de siembra y cosecha de tan amplio alcance, con todas sus consecuencias, no ven relación alguna entre lo que les sucede y aquello que practican o practicaron en el pasado como transgresión de Mi mandamiento del amor.
Y como tantos de Mis hijos recogen una cosecha que con frecuencia les trae sufrimiento, necesidad, enfermedad y esfuerzos, rechazan someterse a Mi voluntad porque suponen que Yo los castigo o no Me ocupo de ellos. Una y otra vez dirigen la mirada hacia la desgracia y las dificultades, hacia Mi aparente injusticia, de modo que la inmensa mayoría dice: «¿La voluntad de Dios? ¡No, gracias!».
¿Dónde están quienes creen en Mí, quienes rezan en el Padrenuestro «hágase Tu voluntad» y ponen en práctica esta voluntad en su vida, de manera que puedan decir con gratitud: «Sí, Padre, este es mi camino»?
La ignorancia que atraviesa todas las religiones es responsable de que Mis hijos ya no vean estas relaciones. Y de ello son responsables, a su vez, quienes ocupan posiciones espirituales elevadas y guían a Mis hijos como guías de ciegos, de modo que estos no puedan reconocer la luz resplandeciente de la verdad. Por eso solo unos pocos están dispuestos a convertir en hechos estas palabras —«hágase Tu voluntad»— que se pronuncian millones de veces cada día con los labios.
¿Quién tiene una idea de lo que es Mi voluntad y de lo que Mi voluntad puede y llegará a realizar, si el ser humano no le opone su propia ley actuando conforme a su voluntad personal? ¿Quién tiene una idea de lo que derramo sobre aquel que viene a Mí con entrega y dice: «Padre, gracias porque Te he encontrado. Gracias porque me has esclarecido. Gracias porque puedo aprender de mis errores, y gracias porque eres Tú quien transforma Conmigo mis debilidades en fortalezas»?
¿Dónde están quienes dicen —quienes pueden decirlo porque lo viven—: «Es maravilloso someterse a la voluntad de Dios»? En verdad, les digo: no existe otra seguridad, ni protección más profunda, ni frutos más dulces que aquello que recibe una persona que se entrega a Mi voluntad y vive Mi voluntad.
Yo soy la Omnipotencia, lo cual significa que no pueden existir dificultades ni problemas que Yo sea incapaz de resolver. Dejen que estas palabras penetren profundamente en ustedes: ¡nada es imposible para Mí! Si crees en Mí, si crees en Mis palabras y si Me amas, ¿qué puede impedirte correr hacia Mis brazos y decir: «Padre, durante mucho tiempo no Te conocí realmente. Pero ahora has abierto mis ojos, y vuelo hacia Tu pecho para quedarme allí para siempre»?
Mis amados hijos e hijas, entréguense a estos sentimientos, abran ampliamente su corazón y permitan que Mi amor fluya dentro de ustedes y los abarque por completo; comprendan que la entrega a Mí les proporciona libertad, una libertad en la que ya no hay lugar para temores, preocupaciones ni aflicciones. Dispongo de todas las posibilidades, y Mis caminos son muchas veces tan maravillosos que ustedes no podrían imaginarlos ni en sus sueños más audaces.
Aquí se requiere su confianza, que crece en la misma medida que su esfuerzo sincero y, con él, la experiencia que obtienen mediante su cosecha positiva.
¿Me creen? ¿Tú Me crees, hijo Mío? Tú, tú y tú, que recorres tu vida cargado de preocupaciones: ven, te extiendo Mis dos manos. Pon las tuyas en ellas y di: «Sí, Padre, hágase Tu voluntad en mi vida», y Yo te aseguro: «Prepararé tus caminos porque te amo y quiero lo mejor para ti, y porque puedo realizarlo cuando sueltas tus propias ideas y conceptos».
Pero un poco de entrega, un poco de voluntad propia, un poco de confianza y un poco de opiniones personales —preferiblemente una combinación de todo ello conforme a tus propias ideas— no funcionará; al menos no en una medida que transforme fundamentalmente tu vida para bien, liberándola de preocupaciones y temores y llevándola a una protección que todo lo abarca.
Hijo Mío, te amo. Entra también tú en tu corazón y deja que de él se eleven tus sentimientos, que podrían expresarse así: «Padre, yo también Te amo». Entonces Nosotros dos estaremos unidos íntimamente y tu vida, con todo lo que se te prepare en ella, estará en Mis manos. Y Yo, la Omnipotencia, sé guiar y proteger lo que Me pertenece.
Una vez más: te amo. Amén.
Revelación divina
¡Amados hijos e hijas, Mis amados hijos! Como Amor divino que todo lo abarca y está presente en todas partes, en Mi cuidado paternal les señalo una y otra vez cuánto afectan las transformaciones profundas de su tiempo no solamente la vida exterior de cada uno, sino que intervienen igualmente y de manera especial en su vida interior, en la vida de su alma.
Esto se manifiesta tanto en los pequeños cambios cotidianos como en los grandes cambios profundos y de vasto alcance, a los que los Míos se ven expuestos con creciente rapidez. Se manifiesta en que, en la vida de cada vez más personas, un acontecimiento sigue a otro, y más de uno de Mis hijos tendrá que sacrificar sus planes de vida, sus ideas, deseos y metas a las circunstancias que se presenten. Incluso la dimensión aparentemente férrea e inamovible del tiempo —como ustedes la llaman— y la manera en que la perciben en su interior están cambiando.
Ninguno de Mis hijos está exento de ello, aunque muchos se aferren al error fatal de que el dinero y los bienes, los muros y refugios, las armas o el poder podrían hacerlo posible.
¡Oh, qué insensatos son muchos de los Míos!
Voluntariamente y sin emplear la razón que Dios les dio, se dejan deslumbrar, engañar y utilizar indebidamente por quienes les tienden trampas religiosas y por los falsos guías mundanos. Se encuentran como en un laberinto aparentemente sin salida de ignorancia, engaño y parálisis espiritual. Pues creer que la existencia material constituye el verdadero ser de la persona; que todo lo demás es especulación o ilusión; y que el ser humano nada puede saber realmente acerca de quién es, cuál es el sentido y la meta de su existencia, de dónde viene y qué lo espera después de la muerte de su cuerpo: creer de esta manera, Mis amados, es fatal. Y se remonta a una de las mentiras más infames y doctrinas erróneas más refinadas de todos aquellos que, por preservar sus propios privilegios, temen profundamente que los Míos puedan llegar a poseer la verdad.
«¿Quiénes son todos ellos?», preguntan ustedes. Ya les he dicho con frecuencia: Mi ley, que es Mi voluntad, les quitará sus miles de máscaras para que la verdad salga a la luz; y ella los hará libres y ricos.
En verdad, les digo: la pobreza y la necesidad espirituales entre ustedes, Mis hijos, nunca habían alcanzado una magnitud como la de este tiempo. Pero su hambre del pan de la verdad y de la vida no quedará sin ser saciada.
Yo, su Padre celestial, llamo a todos ustedes, los seducidos, los deslumbrados, los encadenados espiritualmente: ¡deténganse! ¡Apártense de sus guías exteriores ciegos! Dirijan su anhelo hacia su interior, pues allí habito Yo desde el principio como su Dios y Salvador, como la fuente divina de amor que fluye eternamente y de verdad que se entrega a sí misma. Estoy más cerca de ustedes que sus brazos y piernas, más cerca que su respiración y de lo que sus pensamientos pueden comprender.
Aunque escuchen Mi palabra por boca de seres humanos, esto no significa que deban buscarme y encontrarme a Mí ni el contacto Conmigo en el exterior. Tampoco se inclinen con admiración ante aquellos a través de quienes resuena la palabra, pues son sus hermanos y hermanas y llevan sus propias cargas. Oh, no, hijo Mío: desde tiempos inmemoriales hablo dentro de ti mismo, pues Yo soy la vida, y tú eres la vida procedente de Mí, eterna e inmutable.
Despierten y permitan que Mi palabra esclarecedora e instructiva resuene profundamente dentro de ustedes, para que Mi amor infinito y la luz del conocimiento comiencen a actuar en ustedes. Pongan su mano en la Mía, y les mostraré el camino para escapar de aquello que parece inevitable.
Para ello, hijo Mío, es necesario que te vuelvas consciente y verdaderamente hacia Mí, que Me des a Mí, tu Padre celestial, tu sí sincero y que, a continuación, reflexiones sobre tu vida y la transformes Conmigo, tal como lo he expuesto a los Míos aquí y en muchos otros lugares de toda la Tierra y continúo enseñándoselo.
No vaciles ni titubees. ¡Ven a Mí!
De este modo aprendes a conocerme, recibes gracia tras gracia e incesantemente las pruebas de Mi presencia que guía y consuela y de Mi amor que cuida de todo. A medida que das los pasos en Mi Espíritu, la luz de los cielos, tu patria eterna, y la luz de tus acompañantes espirituales que te aman te envolverán con un resplandor cada vez más intenso, y tu ser puro, eternamente radiante, saldrá a la luz. Habrá vencido la oscuridad espiritual, se habrá convertido en luz y correrá a Mi encuentro.
Vean, este es el camino que está prometido a cada uno de ustedes. Bienaventurados quienes lo captan y comprenden, lo siguen y se esfuerzan por recorrerlo con fervor y alegría. Para ellos, todos los acontecimientos futuros, profundos y estremecedores, serán una invitación y una orientación para dirigir todo su pensar y aspirar hacia Mí, el Eterno, y servir como ejemplo a muchos de sus hermanos y hermanas, a fin de que se cumpla la misión espiritual de servir con amor al prójimo que aún duerme en muchos de los Míos.
Así se derrama Mi bendición sobre ustedes y dentro de toda Mi creación, y Mi luz paternal ilumina sus caminos e inflama la eternidad.
Los amo, Mis hijos e hijas, Mis hijos. Amén.
Una palabra para concluir
Permanezcan, pues, en este amor Mío y entréguense a Mí; así se convertirán en Mi voluntad y Mi ley. Y cuando se hayan convertido en Mi ley porque la sirven en todo, entonces la ley los servirá en todo.
Y entonces, amigos Míos, el agua podrá convertirse en vino [habíamos hablado de ello anteriormente]. Pero por hoy confórmense con el agua que Yo he bendecido. También he bendecido sus alimentos, para que esta bendición, como Mi salvación y Mi regalo para ustedes, inunde su alma y su cuerpo. Amén.