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Mi Reino es un Reino interior

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Mein Reich ist ein Inneres Reich

Fecha original: 10 de octubre de 2009

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina (como respuesta a una oración)

Responderé todavía a la oración de su hermano. En verdad, la soberbia es una trampa en la que más de uno cae. Está dispuesta con astucia, con tanta astucia que muchos no la ven.

Pero les advierto también de otra trampa que no es menos peligrosa: por puro temor a comprometerse o a formarse una opinión propia, abstenerse por precaución de adoptar una postura; es decir, ser como una hoja al viento y creer que de esta manera no se puede cometer ningún error.

Es cierto que ninguna criatura podrá jamás penetrar en Mi verdad eterna. Naturalmente, esto no significa que la profundidad infinita de Mi verdad no exista, ni tampoco que ustedes no puedan reconocerla en aspectos parciales; es más, la reconocerán en su camino hacia Mí.

Considerar que algo es correcto y decir: «Esta es mi verdad» todavía no tiene nada que ver con la soberbia ni con creer que uno sabe más. Al contrario, es necesario para que cada uno de ustedes encuentre su postura, un fundamento desde el cual pueda dar los pasos siguientes y, de esta manera, encontrarse también a sí mismo.

La soberbia comienza allí, hijo Mío, cuando consideras que tu opinión y tu comprensión son las únicas verdaderas y condenas todo lo demás porque no encaja en tu visión del mundo.

Los hijos que emprendieron el camino hacia Mí y se esfuerzan por encontrar la verdad recibieron y reciben una y otra vez Mis advertencias acerca de estas trampas. Pero esto no debe inducirlos a decir: «Señor, no puedo encontrar Tu verdad». Por eso te digo: «Entonces encuentra tu verdad, una verdad adecuada a tu conciencia; lucha por ella y vive con ella. Y este “vivir con ella” te llevará más adelante, te conducirá hacia los siguientes aspectos de tu verdad y de la Mía, y así tu comprensión se irá formando lentamente como un mosaico».

No creas que con el primer conocimiento ya has llegado al final; pero tampoco dejes a un lado ese conocimiento, pues es el comienzo de tu camino. Ponlo a prueba si aún no estás seguro, y comprobarás si es el correcto. Pero no te quedes inmóvil por puro temor a dar un paso en la dirección equivocada.

Decídete y, después, da tus pasos; el conocimiento de lo que es la verdad se volverá cada vez más claro y echará raíces más profundas en ti. Finalmente reconocerás que te has acercado mucho a Mi corazón y que solo existe una verdad, que dice: ama.

Ama y esfuérzate con todas tus fuerzas por vivir conforme a tus posibilidades; considera tus conocimientos como una pieza importante, pero todavía no como la verdad que todo lo abarca ni como la última palabra de la sabiduría.

Entonces no caerás en la trampa de la soberbia. Amén.

Revelación divina

Vine a este mundo para edificar un Reino de paz, y destaqué una y otra vez que sería un Reino interior.

Para quienes caminaron Conmigo en aquel tiempo y escucharon Mi mensaje, esto era algo nuevo; no les resultaba fácil comprenderlo, así como todavía hoy sigue siendo incomprensible para la inmensa mayoría de las personas. Por eso quiero conducirlos un poco más profundamente, porque conocer este Reino interior que Yo fundé es importante para cada uno de ustedes, pues están estrechamente unidos a este Reino Mío.

El mundo ha hecho surgir reinos exteriores, y no pocas veces estos se mantienen por medio del puro afán de poder y de la violencia. Son las tinieblas las que actúan desde lo invisible, seducen a las personas y les hacen creer que encontrarán seguridad en lo exterior con tal de pertenecer a un reino lo bastante poderoso como para poder imponerse frente a sus enemigos.

Un poder semejante no perdura, aunque quizá se mantenga durante muchos siglos en la escala temporal de ustedes. Tampoco es posible hacer frente a estas maquinaciones de las tinieblas edificando exteriormente una especie de «reino contrario», por nobles y buenas que sean las intenciones y por exigentes que sean los propósitos morales. Todo reino exterior puede ser atacado y destruido y, puesto que es gobernado por seres humanos, lleva ya en sí la semilla de la decadencia.

Tampoco se puede hacer surgir exteriormente una iglesia o agrupación con la intención de ofrecer así resistencia a las fuerzas del mal o llevar de esa manera Mi enseñanza al mundo.

Mi Reino es un Reino de lo interior.

En este tiempo, muchas personas se preguntan: «¿Qué sucederá ahora?». Más de uno pierde el ánimo ante las catástrofes, las amenazas y las guerras. Y una y otra vez se expresa el deseo de poder o tener que actuar contra ellas. No se comprende que la solución —es decir, llevar a las tinieblas a cambiar de rumbo— solo puede consistir en permitir que el Reino de lo interior se vuelva cada vez más poderoso. El Reino interior solo puede ser un reino al que pertenezcan cada vez más personas que no se presenten con la pretensión de querer cambiar las condiciones existentes mediante medidas exteriores —por ejemplo, mediante la política, la influencia o la manipulación—, sino que conozcan las leyes espirituales: que un cambio solo puede producirse en el interior; que esta es la única posibilidad de «infiltrar» desde adentro los reinos exteriores edificados y dominados por las tinieblas y transformarlos de ese modo.

Los llevo con el pensamiento 2.000 años atrás. Muchos de los mensajeros de la luz que ahora están en camino por Mí estaban también entonces cerca de Mí, y algunos de ustedes perciben que estuvieron Conmigo, que caminaron Conmigo y que Me amaron.

¿Qué hice entonces Yo, el hijo sencillo y exteriormente pobre de un carpintero? Llevaba en Mí el amor a Dios, nuestro Padre celestial. Había reconocido este amor en Mí, Me había entregado a este amor, había dicho sí a aquello para lo cual había partido y, después, llevé este amor a la práctica.

Cuando salí a la vida pública y recorrí el país durante tres años, prediqué y di la palabra de Dios, las personas percibieron que había en Mí una fuerza capaz de crear paz y de infundir ánimo; una fuerza en la que se podía confiar y cerca de la cual se quería estar.

Era un reconocimiento interior de que allí actuaba el poder del amor.

De esta manera llamé a quienes Me siguieron: los miré, penetré en sus almas y los toqué con el amor de Dios. Y ellos reconocieron quién Soy Yo y quiénes son ellos.

Esto suscitó en ellos el deseo de estar cerca de Mí, caminar Conmigo, escuchar las enseñanzas, ponerlas en práctica y poder sanar como Yo. Éramos como hermanos y hermanas,

y era algo maravilloso tener a los Míos a Mi alrededor y sentir su entrega y su amor. Para ellos fue una nueva experiencia haber encontrado la fuente de su vida.

Encendieron en sí mismos el fuego del amor; estaban llenos de entusiasmo y de valor. Naturalmente, también hubo luchas en su interior, como las hay en todo aquel que Me sigue. Los instruí, los consolé y les mostré lo que aún yacía en su interior, aquello que debían contemplar y transformar con la fuerza del amor. Con cada paso que dieron se volvieron más libres. Su mirada, al igual que la Mía, se llenó de amor, compasión y comprensión. No solo estuvieron dispuestos a ayudar mediante su ejemplo a cambiar a las personas de su entorno, sino que las cambiaron; concretamente, a cada una que se dejó cambiar.

Sin duda, no fue posible llegar a todos los que Me escucharon, pese al amor que irradié hacia ellos. Muchos no reconocieron que el camino de la paz era la única solución al problema político de aquel tiempo y sigue siéndolo hoy. Querían edificar una solución exterior, un reino fuerte. Estas personas no podían comprenderme. Se apartaron de Mí, se rieron y se burlaron de Mí y Me declararon un excéntrico. Después lo intentaron a su manera hasta que tuvieron que reconocer que habían fracasado.

Pero quienes permitieron que Yo tocara su corazón se reconocieron como miembros del Reino interior de Dios. No les interesaba establecer exteriormente una estructura poderosa e influyente. En ese caso habría existido el peligro de que lo humano se infiltrara en su misión. La misión que les di y que aceptaron voluntariamente decía, en esencia: «Descubre el amor en tu interior y conviértete así en miembro de la Iglesia interior, del Reino interior; y atraerás a quienes Yo haya preparado en su interior».

De esta manera surgió y creció, al menos en sus comienzos, el Reino interior de Dios en esta Tierra. Fueron innumerables quienes cumplieron Mis mandamientos sin hacer exteriormente mucho alarde de ello. Pero muy pronto las fuerzas de las tinieblas se apoderaron de aquellos en quienes podían influir a causa de sus debilidades humanas. Se había colocado la primera piedra de un «Reino de Dios» exterior.

El Reino de lo interior ha perdurado a través de todos los siglos; nunca pudo ser erradicado y nunca podrá serlo, aunque muchas veces no pudiera actuar públicamente. Una y otra vez, Yo y los mensajeros del cielo hemos emprendido con éxito el intento de hacer florecer de nuevo este Reino interior en la Tierra, para que pudiera difundirse mediante el pensar, hablar y actuar de personas que vivían en Mi espíritu, sin importar la cultura o la raza a la que pertenecieran.

En este tiempo de ustedes, el cielo intensifica sus esfuerzos para hacer crecer nuevamente este Reino interior. Cuando contemplan el mundo, no creen necesariamente en el crecimiento de un Reino interior e invisible, porque se dejan engañar por las condiciones exteriores y porque sus ojos aún no pueden mirar más profundamente. Pero Yo les digo: este Reino interior ya posee un número infinito de miembros que muchas veces ni siquiera saben que pertenecen a él y que simplemente viven aquello que ha florecido en su interior.

Si quieren saber quiénes pertenecen a él, mírense a los ojos y, entonces, en cada abrazo sincero sentirán: He encontrado a un hermano o una hermana que tiene un deseo parecido o igual al mío: vivir el amor en este mundo.

También hoy la misión sigue siendo la misma que hace 2.000 años: preparen primero su interior y, después, dejen en Mis manos lo que suceda. No dirijan la mirada hacia resultados exteriores. Para ustedes, personalmente, no tiene importancia que sean solo unos pocos, cientos o miles quienes los escuchen, así como entonces, durante Mis prédicas —ya se lo dije—, hubo muchos que volvieron a marcharse sacudiendo la cabeza.

Quienes pertenecen al Reino interior hicieron una promesa en el cielo. Saben que Yo los guío. Y comienzan por sí mismos: contemplan su pasado y transforman con Mi ayuda aquello que debe ser transformado. Reconocen Mi amor en cada ayuda y en cada encuentro, y confían plenamente en que las personas serán conducidas hacia ellos o ellos serán conducidos hacia las personas que, en el momento apropiado, esperan recibir del corazón la palabra y el gesto apropiados.

Así crece Mi Reino de lo interior sin que al principio se advierta exteriormente, salvo porque se reconocen sus frutos. De esta manera, Mi Reino interior, ustedes y todos los que se sienten parte de él están protegidos por Mí, como bajo una campana invisible.

Mis discípulos y discípulas de aquel tiempo, que estaban a Mi alrededor, experimentaron el amor y la paz y, cuando los habían interiorizado, también hicieron de ellos su camino.

Ahora pueden decir: «Señor, si hubiera estado allí entonces, si Te hubiera visto y hubiera mirado Tus ojos, habría estado igualmente entusiasmado». Y Yo te respondo: «¿Estás seguro de que entonces no miraste Mis ojos? Y si realmente fue así, si no estuviste allí, ¿qué te impide hoy querer vivir con la misma cercanía a Mí?».

Estoy en ti, te inundo con Mi amor, te llamo y te atraigo hacia Mi corazón. No podemos estar más cerca el uno del otro, amigo Mío, amiga Mía. Si lo permites, encenderé en ti la misma llama que entonces pude encender en quienes caminaron Conmigo. Y harás lo mismo que entonces: ser luz en un mundo y un tiempo oscuros y, con ello, formar parte del Reino eterno de lo interior y de la paz. Amén.