Revelación divina
Estoy con los Míos dondequiera que se reúnan. Mi corriente divina de amor que bendice y de luz que sana envuelve todos los lugares de sus encuentros, sin importar dónde se encuentren en esta Tierra; y, ante todo, con ella toco con mayor intensidad a Mis amados hijos —Mis hijos y Mis hijas— que se vuelven hacia Mí, la Divinidad eterna, su Padre celestial, con corazones humildes y llenos de anhelo.
Oh, abran las puertas de su interior para que, fortalecidos, edificados y animados, vuelvan a abandonar este lugar y lleven hacia afuera la salvación que reciben en esta hora, regalándola mediante sus pensamientos, palabras y obras de amor a todos y a todo cuanto encuentren en su camino.
En verdad, nunca antes los Míos habían necesitado tanto como en su tiempo la asistencia procedente de los cielos. Por eso Yo, el Pastor, llamo y reúno a todos los hijos e hijas que un día salieron para caminar por la Tierra precisamente en este tiempo como Mis mensajeros de la luz, a fin de dar señal y testimonio del amor todopoderoso y misericordioso de su Padre celestial.
Déjense llamar, ustedes, Mi rebaño, y despierten; pues soy Yo, su Padre.
Amado hijo Mío —tú, amada hija Mía, y tú, amado hijo Mío—, escucha la palabra de tu Padre, que desea despertarte, te anima, pero también te exhorta a contemplar tu vida a la luz de Mi verdad universalmente válida, para que puedas reconocer quién eres en realidad, qué magnitud de fuerza creadora te he dejado como herencia Yo, tu Padre, y qué tarea elegida por ti mismo trajiste a esta encarnación.
Mis amados, nuevamente ha quedado atrás una celebración de Pascua. Tan fugaz como el ser humano en su apariencia es también más de una festividad vaciada de sentido que celebra mientras no se esfuerza por descubrir su profundo significado interior ni la toma como ocasión para establecer una relación concreta con su propia vida.
Vean: Yo, su Señor y Dios, recorrí el camino a través de esta materia no solamente para llevar a cada ser caído el mensaje de que el amor incondicional es invencible, sino también para hacerlo visible mediante Mi vida y Mi obra en medio de Mis hermanos y hermanas.
«Todo está cumplido», dije en el Gólgota, y terminé Mi vida como ser humano. Pero en aquel instante regalé al alma de cada hijo una porción adicional de Mi fuerza. Desde entonces, esa chispa de Cristo situada en lo profundo de cada alma, cerca de su corazón, actúa como un poderoso apoyo de energía divina en su camino de regreso a la casa del Padre. Mediante esta fuerza redentora se hizo irreversible el retorno de todos los seres caídos a su estado original como seres de luz conscientes y puramente espirituales.
En verdad, el inconmensurable amor paternal en Cristo los ha redimido, y cada uno de Mis hijos, sin excepción, volverá a encontrar Mi corazón de Padre, tarde o temprano. Sin embargo, los pasos para llegar allí, los pasos por el camino que vuelve a abrirles el cielo que llevan dentro, deben ser dados por cada uno en libertad y amor desinteresado. Son ineludibles y preceden a la unión consciente Conmigo, el único Dios, su Padre celestial.
Quien es puro de corazón alcanzará la perfección y entrará en el reino de los cielos.
Sin importar dónde esté establecido Mi hijo en este mundo, ya sea a este lado o al otro lado del velo, y sin importar en qué raza, cultura o religión crea estar arraigado: estas, Mis amados, son únicamente diferencias exteriores, condicionadas por el estado de conciencia y la condición del alma.
Considerado espiritualmente, existe una sola verdad: todo ser caído descansa eternamente en Mí, el fundamento primordial, y —lo repito— regresará también a Mí como un ser de luz consciente y puramente espiritual. Esta es la verdad inamovible procedente de Mí y, al mismo tiempo, la ley que rige para cada uno de ustedes hasta que todo lo caído haya vuelto a encontrar Mi corazón de Padre.
El tiempo en el que viven desea acercarlos a todos considerablemente a esta meta. Aunque las nubes oscuras de acontecimientos y transformaciones venideros se acumulen ante ustedes como sombras amenazantes; aunque las creaciones humanas y el manicomio de la humanidad estén destinados a la decadencia sin que el ser humano pueda impedirlo con su resistencia y todas sus grandes proezas intelectuales, sepan esto: en toda Mi creación no existe casualidad, arbitrariedad ni caos. Todo acontecimiento está contenido en Mi voluntad divina, Mi orden y Mi sabiduría, y con mayor razón cada uno de ustedes, Mis amados, pues son parte de Mí.
Les digo: «Despierten, pero no tengan miedo». Dejen que Mi palabra y Mis enseñanzas se conviertan en apoyo y alimento para el camino. Yo los guío y protejo, los consuelo y sano, y Mi amor por cada uno no conoce límites en el tiempo ni en la eternidad.
Aunque Mi palabra sea insistente y seria, fluye, sin embargo, de la fuente del amor que Yo soy, de eternidad en eternidad. Amén.
Revelación divina
La verdad eterna de que atraeré a todos Mis hijos hacia Mi corazón está fundamentada en Mi amor por todo; sí, es el amor mismo. Ninguno de Mis hijos se perderá, sino que cada uno, cuando haya vuelto a abrir dentro de sí el amor que lleva en su interior, permanecerá Conmigo por toda la eternidad.
Se han escrito innumerables libros, pronunciado sermones y discursos e intercambiado opiniones acerca de lo que Yo soy, de cuál es Mi voluntad y de lo que enseñé como Jesús de Nazaret. Sin embargo, con respecto al regreso de todas las personas y almas a su patria original, aquello que verdaderamente importa puede resumirse en una frase: Yo, su Creador y Dios, quiero fomentar en cada uno el desarrollo de la capacidad de amar. Pues, conforme a la ley espiritual de que lo semejante atrae a lo semejante, finalmente solo puede entrar en el cielo quien lleva el cielo dentro de sí; es decir, quien ha vuelto a convertirse en el amor que vive dentro de él desde la eternidad.
Quien emprende el camino para desarrollar su capacidad de amar sabe que debe cambiar. El cambio es ineludible, y quien te ayuda a cambiar —si es que tú lo deseas—, hijo Mío, hija Mía, soy Yo. Pero no te cambio contra tu voluntad.
Aquí se oculta una sabiduría que deseo explorar con ustedes, al menos hasta cierto punto. Una vez más: Yo soy la fuerza que te transforma, pero no lo hago contra tu voluntad.
Ahora dirás: «Pero Padre, sí quiero. Te he dado mi sí, Te he entregado muchas de las características negativas que reconocí, y aun así muchas veces avanzo solamente a pasitos o no avanzo en absoluto».
Examinemos esto.
La conducta de una persona se asemeja a una superficie, por ejemplo, al reflejo de un cuerpo de agua que tiene gran profundidad debajo. De manera semejante a como proceden sus médicos en su propio campo, también en aquello que Yo llamo trabajo interior se confunden muy a menudo los síntomas con las causas. No tiene sentido tratar los síntomas de manera superficial si no se reconocen y eliminan las causas. Esto equivaldría a «pulir» la superficie sin prestar atención a lo que sucede debajo.
Si tu conducta representa un síntoma, deben existir motivos para tu manera de pensar, hablar y actuar; algo que te lleva a comportarte de una u otra forma. Así, los efectos de tus motivos aparecen como la superficie visible de tu carácter y, por tanto, resultan evidentes para ti y para tu prójimo. Los motivos son, pues, las causas de aquello que se manifiesta en el exterior. Pero mientras esos motivos no hayan sido reconocidos —al menos en sus comienzos— y transformados por Mi amor, puedes pulir la superficie todo el tiempo que quieras: no cambias verdaderamente. Sin embargo, deseas cambiar porque Me amas, porque quieres volver a convertirte en amor, porque deseas regresar a Mí, a Mi corazón. Yo percibo tu anhelo y tu amor.
¿Deseas conocerte y asimilar aún más profundamente el proceso de conocimiento propio? Entonces, para que lo comprendas mejor, te daré una imagen.
Supongamos que es evidente que has mentido u ocultado algo. Finalmente no puedes evitar admitir que algo no estuvo bien. ¿Qué clase de disculpa sería si fueras donde tu prójimo y dijeras: «Perdona que haya presentado falsamente u ocultado esto o aquello. Discúlpame»?
Aquello por lo que te disculpas ya era conocido de todos modos. Pero si deseas aprender más acerca de ti mismo, iniciar el proceso de conocimiento propio y al mismo tiempo —como ustedes dicen— poner las cartas sobre la mesa para que después se te mida por lo que revelaste de ti, entonces te disculparás por tus motivos. Darás a conocer lo que ocurre dentro de ti y contigo, aquello que te impulsó y te mueve, de modo que finalmente apareciera en la superficie el síntoma de la mentira, el ocultamiento o la tergiversación.
Una disculpa así sería sincera. Revelaría algo sobre ti tanto a ti mismo como a la otra persona o a las demás, y después quedarías obligado a cambiar ese rasgo de carácter. Pues cuando hablamos del desarrollo de la capacidad de amar, esto siempre significa ennoblecer tu carácter, hacer que tu ser se vuelva más amoroso, radiante y positivo; es decir, no dejarlo en lo abstracto, sino concretarlo plenamente y reconocer: aquí hay algo que aún no corresponde al amor.
Aquí surge para ustedes, los seres humanos, un problema nuevo que muchas veces subestiman: las dificultades de semejante examen se encuentran en los detalles. Esto significa que a menudo no reconocen que, por ejemplo, un hábito —aunque aparentemente nada tenga que ver con el esfuerzo por desarrollar la capacidad de amar— infringe, sin embargo, Mis leyes.
Veamos también un ejemplo de ello: examinemos el desorden.
Podrían decir: «Bien, Padre, naturalmente el orden también es importante, pero ¿no es mucho más importante amar a mi prójimo?». Y ya habrían caído en la trampa.
Existen muchos ámbitos que dejan a un lado o en los que no reconocen que también pertenecen al amor. Si son perezosos o indecisos y, con ello, se frenan en su camino por la vida y en el desarrollo de su alma, esto también constituye un incumplimiento de Mis leyes. Lo mismo vale para la superficialidad, la ambición excesiva, la dominación y, en efecto, para todas las innumerables facetas del carácter humano. ¿Acaso se puede amar verdaderamente y, al mismo tiempo, no querer dar? ¿O dirigir la atención más hacia uno mismo que hacia el otro? ¿O deleitarse un poco en el propio brillo en vez de ayudar y servir?
Existen muchos ejemplos semejantes, destinados únicamente a hacerlos conscientes de que no basta con disimular algo en la superficie. Tampoco basta con entregarme una conducta, exclusivamente con la petición y la esperanza de que Yo se la quite. ¿De qué les serviría, por ejemplo, entregarme sus celos si interiormente continúan llevando consigo los mismos motivos que dieron origen a esos celos?
Quien desea volver a Mi corazón debe convertirse en amor en lo profundo de su alma. Debe mirar con sinceridad de corazón cuáles ámbitos dentro de él aún no se han desarrollado. Entonces puede decidirse —con su libre albedrío— a cambiar y venir a Mí; y ya no dirá: «Padre, toma Tú mis celos», sino que reconocerá con Mi ayuda los motivos ocultos.
Por ejemplo, reconocerá qué juegos de poder practica y qué deseos de posesión se esconden detrás. Entonces se dispondrá a transformar con Mi ayuda ese modo de pensar y esa conciencia que lo condujeron a su situación, siempre que previamente haya decidido por libre voluntad despedirse de esos motivos y no solamente de los síntomas visibles.
Para producir un cambio se necesita un fuerte impulso de energía espiritual. Existen varias posibilidades de desencadenar semejante impulso. Al reconocer que se ha hecho algo que no corresponde a un hijo o una hija de Dios, puede surgir dentro de la persona un arrepentimiento profundo y sincero que —si es necesario— esté acompañado de lágrimas amargas. Hablando simbólicamente, ese hijo se arrodilla ante el altar interior, ante Mi altar, y Yo contemplo a Mi hijo lleno de amor y misericordia.
En un caso así, el deseo de cambiar es tan fuerte que no es necesario investigar profundamente dónde se encuentran las causas. El poderoso impulso de fuerza procedente de Mí se produce debido al deseo sincero de reparar lo ocurrido y actuar de manera diferente en el futuro. Pero les pregunto: «¿Cuántas situaciones hubo en su vida que los sacudieran de tal modo que en ese mismo instante se convirtieran en otra persona?». Por lo general no sucede así. Normalmente tampoco es necesario que una conducta equivocada esté acompañada de un arrepentimiento tan profundo. Pero entonces, hijo Mío, ¿cómo puedes llegar hasta los motivos que tantas veces te convierten en juguete de otras fuerzas? No podrás evitar contemplarte y hacer un balance sincero, con distinta intensidad según la frecuencia y la gravedad de la conducta equivocada.
Lo que les he mostrado es aquello que llamé «desarrollo de la capacidad de amar». Presupone su deseo de querer volver a convertirse en amor. Pero, siguiendo con el ejemplo de los celos: no basta solamente con el deseo, unido a la petición correspondiente de dejar de sentir celos, sino que deben existir el deseo y la voluntad de observar los rasgos de carácter que producen esos celos y los hacen subir a la superficie.
Si esa es tu voluntad, hijo Mío, en Mí tienes al mejor ayudante que puedas imaginar. Aquí intervengo mostrándote situaciones en las que comprendes qué se encuentra bajo la superficie y actúa desde allí sobre tu conducta exterior; también conduciendo hacia ti a personas que desean ayudarte y de muchas otras maneras.
Esto es lo que quiero decir cuando afirmo que preparo tus caminos para que reconozcas en qué dirección debes avanzar ahora. Y entonces camino contigo.
Tratar los síntomas significaría que das vueltas en el mismo lugar. Pero si decides llegar a Mi corazón, entonces soy Yo quien da infinitos pasos a tu encuentro, quien te ayuda, te consuela y —cuando es necesario— también te concede un conocimiento doloroso; pero siempre estoy presente. Siempre te envuelvo en Mi amor, siempre descansa Mi mano sobre tu cabeza y una y otra vez hablo en tu alma: «Ven, hijo Mío, nosotros dos lo lograremos. Dame tu sí, dame tu voluntad, pero no para un cambio superficial, porque debajo seguirías siendo el mismo de antes; dame, más bien, tu sí para transformar tu ser humano, a fin de que el verdadero hijo del amor salga cada vez más a la luz».
De esta manera cumples aquello que prometiste y llevas contigo a muchos que esperaban que fueras un ejemplo para ellos.
Los bendigo; la fuerza de Mi amor fluye hacia cada uno, y quien así lo desea será conducido por Mí, paso a paso, hacia situaciones que le mostrarán qué le impidió hasta ahora, pese a todas sus buenas intenciones, convertirlas en realidad. Y entonces, Mis amados, pongan su mano en la Mía y caminemos. Amén.