Revelación divina
Miro los corazones de Mis hijos humanos y conozco sus pensamientos, pues Yo soy el Amor omnipresente. Esto significa que no existe ningún lugar en el universo visible ni invisible donde Yo no esté.
Sé que en estos días muchas personas se ocupan de esta pregunta: «¿Por qué Tú, Dios —si es que existes—, no intervienes ante catástrofes como las que están ocurriendo actualmente en Japón?».
Siempre que el mundo es sacudido por guerras y calamidades, las personas claman llenas de desesperación: «¿Dónde estás? ¿Por qué no ayudas?». Y muchas, debido a su falta de esclarecimiento y a su ignorancia, pierden la fe en Mí; surgen dudas y se alejan porque no comprenden lo que sucede dentro de Mi ley y por medio de ella.
Toda Mi creación está edificada sobre la ley del amor. Para Mis hijos humanos, esta ley incluye también la ley de causa y efecto, que —aunque no lo parezca— tiene su fundamento en Mi amor, porque tarde o temprano mueve a cada uno de Mis hijos a reflexionar sobre sus propios actos y omisiones.
Como Jesús de Nazaret enseñé a los Míos acerca de la ley de causa y efecto, llamada también ley de siembra y cosecha. Pero quienes se elevaron a sí mismos como autoridades en sus iglesias reinterpretaron esta ley hace ya mucho tiempo, de modo que hoy casi nadie comprende por qué sucede esto o aquello en el mundo y también en su propia vida. Ciertamente aún se enseña que el ser humano cosecha lo que siembra, pero siempre se hace mirando únicamente aquello que lo espera después de su llamada muerte. ¿Quién se pregunta todavía cuándo sembró lo que hoy cosecha?
Sus dirigentes eclesiásticos son ignorantes. Son como ciegos que guían a otros ciegos. No pueden explicar a Mis hijos humanos las relaciones espirituales. Remiten al gran misterio de Dios, en el que nadie puede penetrar, y al mismo tiempo enseñan que el Dios a quien Mis hijos apenas comprenden ya y que les parece injusto es el Amor.
Así, casi nadie relaciona ya lo que sucede en el mundo y en su vida personal con la ley de siembra y cosecha que Yo enseñé y revelé.
Ustedes saben que no existe la casualidad, salvo en el sentido de que a una persona o a un pueblo le «cae en suerte» aquello que esa persona o ese pueblo ha causado y que, como consecuencia, le está destinado a ella o al conjunto. Todo lo que sucede en Mi creación ocurre dentro de Mi ley. Por tanto, no puede existir injusticia ni error alguno que pueda atribuirse a Mí.
Si este conocimiento se hubiera convertido en una convicción en Mis hijos humanos, ya no se rebelarían, ni dudarían, ni perderían la fe, sino que comenzarían a mirar atrás y a contemplar el camino que han recorrido; así —si son de buena voluntad— reconocerían lo que los condujo a su situación actual.
Como Padre amoroso respeto el libre albedrío de cada hijo y jamás intervengo en aquello que viene sobre él como cosecha, a menos que ese hijo venga a Mí reconociendo su conducta errónea y Me pida ayuda para reparar el daño, hasta donde esto sea posible. De lo contrario, la ley de causa y efecto guiará a cada uno hasta que finalmente se detenga y se pregunte: «¿Por qué?».
Y con esto llego a otro «por qué», concretamente a la pregunta: «¿Por qué le ocurre a esta o aquella persona algo como las catástrofes de aquel país lejano? ¿En qué consiste su culpa?».
Mis amados, ¡presten atención a sus pensamientos! El conocimiento de la ley de causa y efecto puede conducir muy fácilmente —y ser utilizado indebidamente— a sacar conclusiones acerca de lo que debió haber sucedido de manera equivocada en el pasado de quien sufre un daño. Con ello están a un paso de juzgar al otro.
Si Me preguntan por qué esta o aquella persona debe soportar su destino, no les daré respuesta. Pues no traiciono a ninguno de Mis hijos. Pero pueden obtener un beneficio personal de esa pregunta: si no aplican ese «por qué» a su prójimo, sino a ustedes mismos, entonces —si así lo desean— se abrirán sus ojos interiores y sus corazones, y aprenderán mucho acerca de ustedes mismos. Ya no irán a ciegas por el día, sino que reconocerán, en lo que les sale al encuentro, aquello que la situación o el acontecimiento quiere decirles.
Este «por qué» referido a uno mismo no solo es apropiado, sino que Yo lo apoyo de muchas maneras. Pues quiero que Mis hijos se conozcan a sí mismos y que, partiendo de ese conocimiento propio, den los siguientes pasos para acercarse más a Mí.
Por tanto, apártense de los pensamientos que se refieren a los demás. Quizá con ellos solamente se cargarían a ustedes mismos. Que les baste saber que en Mi ley del amor no hay lugar para la injusticia y que aquello que pueden hacer por su prójimo consiste en orar por él y bendecirlo.
Pues toda bendición que procede del corazón es energía de amor que queda a disposición del prójimo y que, como acto de misericordia, lo ayuda a reconocer o a mejorar su situación.
Esta, Mis amados, es la manera correcta de tratar las noticias sobre catástrofes y otros sucesos semejantes. ¡Recuerden quiénes son! ¡Recuerden qué fuerzas hay dentro de ustedes! Recuerden que pueden actuar creativamente, que todo sentimiento y todo pensamiento son energías, y que ustedes —cuando las emplean en el sentido del amor— cambian con ellas el mundo.
Los bendigo, los amo. Amén.
Revelación divina
¿Percibes, hermano Mío [antes se había pronunciado una oración], perciben todos ustedes que esta es una manera de orar diferente de recitar de memoria palabras y frases ya formuladas? ¿Percibes, perciben ustedes cómo se abre el corazón en esos momentos y cuán cerca estoy de ustedes?
Ya les he dicho muchas veces que no se trata de palabras bien construidas, sino de sentimientos que fluyen de su interior; y un sentimiento que procede de lo profundo del alma siempre toca Mi corazón. Siempre encuentra resonancia y siempre recibe respuesta de Mí, aunque en la mayoría de los casos de una manera diferente de la que ustedes imaginan. Pero nunca callaré, ni tampoco Me contendré ni les negaré Mi ayuda, pues Yo soy el Amor. Doy ayuda tras ayuda a todo aquel que Me busca, que ha sentido el llamado de su alma, cuyo corazón se ha abierto y cuya llama de amor comienza a arder.
Por eso quiero darles —a todos ustedes que escuchan o leen Mi palabra— una ayuda en su camino y para su camino, pues Mis hijos están en peligro.
Yo no soy solamente el Buen Pastor: Yo soy el único Pastor. Yo soy el que soy y vivo como amor en cada una de Mis criaturas. Comprendan la grandeza y profundidad de estas palabras: ¡Yo, tu Dios, vivo en ti! Y como tu hermano en Jesucristo te conduciré a ti, a ti y a ti de regreso a tu patria eterna.
Quiero explicarles el peligro en que se encuentran muchos de Mis hijos y mostrarles también el trasfondo de cómo se llegó a ello. Los seres humanos ya no están familiarizados Conmigo. O bien ya no creen en Mí, o Me consideran una entidad abstracta que, si acaso existe, está entronizada en algún lugar de cielos lejanos y ejerce un gobierno que parece injusto y que, en todo caso, no puede comprenderse.
En el transcurso de muchos siglos, Mi sencilla enseñanza del amor se convirtió en una ideología que casi no tiene ya nada que ver con aquello que enseñé.
Las autoridades eclesiásticas, que deberían saberlo mejor y que en gran parte lo saben o al menos lo presienten, enseñaron y siguen enseñando erróneamente a las personas y las mantienen en la ignorancia espiritual. El afán por alcanzar y conservar el poder constituye el motivo decisivo que está detrás de esa conducta. Y, en muchos casos, quienes se presentan como representantes de Mi enseñanza están muy lejos de poner en práctica Mi mandamiento del amor en su vida cotidiana. No son capaces de transmitir Mi amor de manera comprensible, y mucho menos de mostrar el camino que conduce a Mi corazón de Padre.
Esto ha ocasionado que una gran parte de Mis hijos ya no Me comprenda. En todo el mundo existe un «vacío espiritual». Pero muchas preguntas viven en los corazones de los Míos; buscan respuestas llenos de anhelo, pero también de desesperación, y cuando no las encuentran en quienes se presentan como Mis intermediarios, acuden a otras fuentes. Y aquí reside el gran peligro.
Desde hace eones, los seres procedentes de la caída procuran obtener energía. No reciben energía del amor divino para sus acciones contrarias a la ley. Pero necesitan energía para hacer más soportable su estado de energía extremadamente baja, que no les permite llevar la existencia que imaginan y desean. Uno de sus medios ha consistido desde siempre en tentar permanentemente a las personas, estimular su ego, reforzar sus debilidades y defectos de carácter, despertar agresiones en ellas y hacerles creer que los problemas pueden resolverse con violencia.
Con este método tuvieron y siguen teniendo éxito, y muchos de Mis hijos han sucumbido a las insinuaciones de las tinieblas y han quedado atrapados en las redes que la oscuridad tendió con astucia. Así se convirtieron y continúan convirtiéndose en vasallos, en esclavos de las fuerzas contrarias, que de este modo obtuvieron y siguen obteniendo energía y consolidan y defienden su ámbito de dominio.
Hace muchos años y décadas, la oscuridad comenzó a preparar otra forma de influir sobre las personas y finalmente la puso en práctica. Esta vez —y aquí reside el peligro del que hablé al principio— se trata de seducir a los Míos mediante una ideología destinada a servir como religión sustitutiva. Ante la falta de respuestas satisfactorias que las autoridades eclesiásticas no les proporcionan, las personas acuden a fuerzas que transmiten sus mensajes desde los mundos del más allá a este mundo por medio de seres humanos que se ponen a su disposición.
Estas no son fuerzas del amor ni actúan por encargo Mío. No respetan el libre albedrío de las personas, por hermosas que sean las palabras que empleen, por mucho que susurren acerca del amor y ofrezcan ayudas que, en realidad, son trampas y lazos seductores.
Desde hace algún tiempo, la humanidad está siendo inundada con mensajes canalizados procedentes de toda clase de ámbitos no materiales, encabezados por los llamados «maestros», que se denominan a sí mismos «maestros ascendidos», y por supuestos arcángeles y ángeles que los acompañan; saben bien que a las personas que ya no pueden creer en un «Dios de iglesia» les resulta mucho más fácil alcanzarlas y manipularlas mediante la oferta de ángeles, de su dulzura y de su ayuda protectora.
En verdad, Mis amados, les digo: estos no son seres de luz y tampoco tienen la intención de llevar luz al mundo. Por eso, ¡permanezcan vigilantes! Presten atención a la voz de su corazón y no se dejen seducir por detalles posiblemente interesantes, pero en su mayor parte falsos, cuyo único propósito es satisfacer su curiosidad.
Ya les he dicho repetidamente que el bando contrario procede con mucha astucia, tanta que muchos de Mis hijos no reconocen la sagacidad y la maña que se ocultan detrás y, por credulidad, sucumben fácilmente a sus promesas.
Durante los últimos dos mil años he alzado Mi palabra una y otra vez, y he continuado edificando sobre las enseñanzas que transmití a los seres humanos como Jesús de Nazaret. Seguiré edificando sobre ellas. Pero aquello que ofrecen estas fuerzas contrarias no es una continuación de Mi enseñanza. Persiguen metas completamente diferentes. Necesitan a las personas como proveedoras de energía y las atan de una manera que la mayoría ni siquiera sospecha y mucho menos percibe.
Ustedes preguntarán: «¿Por qué estoy atado? ¿O cómo pueden atarme si me involucro con esos maestros y sus mensajes?».
Vean, esta atadura es de naturaleza energética. Quien se entrega a esas fuerzas les concede, a juicio de ellas, el derecho de reclamar para sí a quien se vuelve hacia ellas. Y créanme: aprovechan esa posibilidad. Influyen y manipulan, y de manera imperceptible va formándose una atadura que les da poder sobre los crédulos. El simple hecho de que a alguien le resulte fácil o difícil distanciarse o separarse de las enseñanzas de los «maestros» ya dice mucho acerca de la fuerza de la atadura que se ha establecido.
Por supuesto, estas fuerzas, que ciertamente son entidades reales de naturaleza sutil, no revelan sus verdaderas intenciones. Por el contrario, envuelven sus falsas enseñanzas en palabras bien formuladas y mensajes aparentemente interesantes. Pero no son servidores de Dios —y tampoco se llaman así— que estén bajo Mi encargo y actúen en Mi nombre. Tampoco conducen a las personas por el camino del conocimiento de sí mismas, del arrepentimiento, de la reparación y del cambio.
Ningún ser de los cielos que esté y camine a Mi lado, y que prepare y lleve a cabo Conmigo el regreso de Mis hijos, procederá como lo practican los «maestros» y «arcángeles». Un ser celestial es amor purísimo y servicio purísimo, y deja a cada uno su libre albedrío. No establece una atadura, sino una maravillosa unión cuando ustedes emprenden el trabajo interior y el camino Conmigo.
Por tanto, las metas de las fuerzas contrarias no son desinteresadas. Quieren sembrar confusión, hacer que las personas se sientan inseguras, intranquilas y sin impulso; quieren influir sobre ellas limitando la capacidad de juicio de sus seguidores. Quieren obtener energía de ustedes y, en muchos casos, la obtienen.
Pero, pese a todo lo que pretenden y hacen, son y siguen siendo Mis hijos, a quienes amo y conduciré de regreso al hogar igual que a quienes Me siguen. Son sus hermanos y hermanas; si desean ayudarlos, oren por ellos.
Para que estén vigilantes y despierten allí donde sea necesario, clamo dentro de sus corazones: «Yo soy el único Pastor. Yo soy quien vive en ustedes y quien los conduce de regreso a la casa del Padre».
¡Mis ovejas conocen Mi voz! Y para quien se confía a esta voz divina, sus «nieblas» se disiparán como la niebla de un nuevo día cuando irrumpe el sol. Reconocerá cómo es el camino que lo conduce de regreso a su verdadero hogar. Quien no logra despertar en sí el anhelo y el amor por Mí —que puede pedir si aún no los posee en medida suficiente— se asemeja a alguien que busca en la niebla y no encontrará su meta. Puede convertirse rápidamente en víctima de supuestos «espíritus elevados» que finalmente lo conducirán por el camino de ellos. Y ese camino conduce al error.
Yo soy el Buen Pastor que los ama por encima de todo, que está ante ustedes, extiende Sus manos y dice: «Hermano Mío, hermana Mía, ven, entrégame tu corazón. Extiéndeme también tus manos y aférrate a las Mías con profunda fe y confianza en que el Amor te guía, aunque no siempre pueda explicarte inmediatamente y con todo detalle lo que encuentras en el camino de tu vida». Pero fortaleceré tu alma e iluminaré tu conciencia; y entonces sabrás: «Sí, Señor, Tú eres mi Pastor. Y Tú eres el único Pastor a quien sigo».
Les doy Mi fuerza que nunca se agota y que procede de la eternidad, y les aseguro que estoy con ustedes en todo momento; que los ayudo a alcanzar el conocimiento correcto —si este es su deseo— y que apoyaré cada decisión de ustedes que los acerque al corazón del Padre.
Pues Yo soy el Amor que vive en ti, en ti y en ti, en cada uno y en todo. Amén.