Revelación divina
Mis amados hermanos y hermanas, Yo, Jesucristo, el amor en el Padre, he entrado en medio de ustedes y he levantado Mis brazos para bendecirlos. De Mis manos fluye hacia Mis hermanos y hermanas humanos y del alma Mi amor, que es al mismo tiempo Mi fuerza, la cual abre sus corazones, amplía su conciencia y los prepara para recibir Mi palabra revelada.
Ustedes son criaturas de los Cielos, y una vez más les recuerdo que llevan en su interior un potencial de amor y sabiduría, de libertad e independencia, de valor, sentido de responsabilidad e inteligencia que supera su capacidad de imaginación. También ahora, durante su encarnación humana, lo llevan dentro de ustedes; y todo cuanto adquieren con su esfuerzo a lo largo de una vida o de varias vidas no es, en el fondo, nada nuevo. Pues únicamente ponen al descubierto lo que ya se encuentra en ustedes como herencia divina.
Los hijos de Dios son hijos libres, libres también para utilizar la razón divina que el Padre les ha regalado; libres en sus decisiones y, por tanto, también con la posibilidad de decir que no y de deshacer o rechazar desde el principio ataduras de cualquier clase. Sin embargo, una mirada a su interior revela las numerosas ataduras que han permitido que les impongan: en parte por ignorancia, pero también por comodidad, miedo, indolencia y falta de uso de su capacidad de pensar. Son múltiples las orientaciones falsas, las falsedades, las opiniones erróneas, las interpretaciones equivocadas conscientes e inconscientes, los dogmas, las prohibiciones y los preceptos de toda clase con los que se los ha atado y se los continúa atando.
Pero Yo quiero hijos e hijas de Dios libres. Por eso, en el tiempo venidero los introduciré cada vez más profundamente en la «lógica del corazón», que también pueden llamar «pensamiento del corazón» y que debe impulsarlos a llegar a ser autónomos, a asumir su propia responsabilidad y a tomar sus propias decisiones, para que aprendan a distinguir lo negro de lo blanco y no caigan en las numerosas trampas tendidas por las tinieblas.
Deseo que de esta manera se conviertan en personas que piensen con el corazón y practiquen en su vida cotidiana aquello que han comprendido en su interior; que, mediante la lógica del corazón, encuentren sabidurías y verdades que jamás podrán hallar en el exterior; que perciban en su interior y lleguen a tener la certeza de lo que es correcto y lo que es falso, tanto en su fe y su pensamiento como en las acciones que resultan de ellos; que sepan qué corresponde a Mi ley divina del amor y qué se opone a ella. Esto último está tejido muchas veces de una manera tan sutil y satánicamente astuta que a primera vista, y a menudo tampoco a la segunda o tercera, puede reconocerse como falsedad.
Quienes piensan con el corazón ya no dependen de interpretaciones, normas ni disposiciones de fe creadas por el intelecto humano, a las que antes se habían adherido por carecer de una comprensión propia. Tampoco caerán ya en las seducciones deslumbrantes de maestros autoproclamados y sus seguidores, quienes solo pueden atraer cada vez a más adeptos porque los teólogos de ustedes no han podido llenar el vacío de anhelo y conocimiento en el corazón de las personas, ni podrán llenarlo con el pensamiento y el conocimiento actuales de sus escribas.
Si quieren seguirme, los conduciré a Mi manera cada vez más profundamente hacia Mis leyes divinas, para que ustedes —todos los que oyen y leen Mi palabra— maduren hasta llegar a ser personas responsables de sí mismas, comprometidas con la ley del amor divino. La fe de quien Me siga por este camino se convertirá en conocimiento. En su interior reconocerá con absoluta claridad:
¡Es así y no puede ser de otra manera! ¡No puede ser diferente, porque Dios es el amor!
Las personas que se llaman cristianas o se consideran como tales —ya sea porque pertenecen a una de las iglesias cristianas o porque oyen y leen Mis palabras fuera de ellas— expresan con ello que respetan Mi enseñanza del amor y que, por tanto, siguen Mis huellas y Me siguen. Pero ¿es realmente así? Les daré una imagen para explicarlo:
Considérenme su guía de montaña. En la primera etapa están llenos de entusiasmo y alegría por la meta de la que les he hablado, que les he acercado mediante numerosas descripciones y que es preciso alcanzar. También saben que a esta primera etapa le seguirá una segunda: la de decidir, llevar a la práctica y actuar. Los seguidores han dicho que sí a Mí, su guía de montaña. Así que camino delante de ustedes por el sendero que conduce a la cima, vuelvo la mirada de vez en cuando y compruebo que solo unos pocos de la gran multitud siguen junto a Mí. Muchos se han quedado atrás; algunos ni siquiera se han movido del lugar. Les grito: «¿Dónde están? ¿No querían subir a la montaña? ¿No querían seguirme? ¿Por qué no vienen?».
Existen muchas razones que pueden llevar a Mis seguidores a avanzar muy despacio o a no avanzar en absoluto. Las conozco todas, pues conozco sus errores y debilidades humanas. Pero ¿no les he dicho que Yo soy quien los ayuda en cada tramo del camino? ¿Que Yo soy el único que puede llevarlos —con absoluta seguridad— hasta la cima? Entonces, ¿por qué sigues dudando tú, y tú, y tú? ¿Por qué te quedas atrás? ¿Por qué se quedan atrás?
Veamos algunas de las razones. Naturalmente, para las tinieblas, sobre las cuales ya los he instruido tantas veces, resulta insoportable que las personas «se pongan en movimiento» para vivir siguiéndome. Por eso introducen sus propias doctrinas por medio de sus falsos guías de montaña, afirmando que deben interpretar lo que Yo les digo. Con ello desvían la atención de lo esencial y tergiversan Mi palabra. Adornan Mi vida y Mi enseñanza con palabras agradables, ritos, colores, sonidos, imágenes y toda clase de elementos accesorios. De esta manera crean un «envoltorio» atractivo para muchas personas.
Se ensalza al guía de montaña y también el camino, pero este rara vez se recorre, o no se recorre en absoluto. Se Me alaba por encima de todo a Mí, su Dios, pero muchas veces todo termina allí. Y muchos que rehúyen el esfuerzo del camino caen en estas trampas y se conforman con permanecer en la llanura alabando allí Mi nombre, en vez de elegir el trayecto más difícil por el terreno escarpado. Entusiasmarse hablando de Mí, invocar Mi nombre y cantarme himnos de alabanza con las expresiones más elevadas no sustituye el esfuerzo del camino ni significa seguirme.
Yo soy el amor que vive en ustedes. Conozco por completo a cada uno y sé exactamente qué necesita y cómo puedo conducirlo con seguridad hasta su meta. Saben que Mi amor es fraternal, desinteresado e incondicional, y lo es en una medida que ustedes desconocen. ¿No pueden deducir de ello que los apoyo en cada etapa y en cada situación de su vida? ¿Acaso los padres y las madres no apoyan también a sus hijos con la naturalidad del amor paterno y materno?
Sin embargo, existe una pequeña diferencia: el amor de los padres no siempre alcanza a comprender con la profundidad necesaria las necesidades del hijo ni las motivaciones de sus actos y su conducta. Muchas cosas se apoyan por un amor mal entendido y, en lugar de fomentar, por ejemplo, el orden y la diligencia, se le evitan al hijo ciertas tareas con la mejor intención, aunque equivocada; el desorden y la indolencia son las consecuencias.
Yo soy quien los conoce por dentro y por fuera, y Mi única meta es hacer que tú, hermano Mío, y tú, hermana Mía, vuelvan a ser el ser divino que describí al principio. Mi voluntad es que desarrolles el amor en tu interior, y te ayudaré a hacerlo, aunque no siempre comprendas de inmediato todo cuanto sucede en tu vida. Pero si crees en Mí y confías en Mí, también sabes que, al final, todo sirve para que madures y crezcas interiormente. Esa es Mi manera de ayudarte.
Si tomas en serio el sí que Me has dado, ven, vuela a Mis brazos y di: «Señor, sé que no existe una ayuda mayor ni un apoyo mejor. Vuelvo a decirte que sí».
Sin duda alguna escucho y atiendo tu deseo cuando lo expresas: querer regresar al hogar lo antes posible, incluido todo el «trabajo» que esto conlleva y también la revelación de la tarea que cada uno se ha propuesto a sí mismo en distinta medida.
Muchos de Mis hijos humanos partieron para asumir una tarea y contribuir a que la luz alcanzara la victoria. Para ello quisieron colocarse a Mi lado. En ellos está vivo el deseo de encontrar su tarea. Sin embargo, muchas veces la buscan desesperadamente y preguntan: «Padre, Cristo, ¿qué debo hacer? Deseo tanto ser pescador de hombres».
Ahora reflexiona, hermano Mío, hermana Mía; puedes considerar esto una pequeña lección sobre la «lógica del corazón»: ¿acaso cumplir una tarea no consta de dos pasos? El primero es aprender y el segundo es enseñar, es decir, servir. El primer paso es el requisito indispensable para poder dar el segundo.
¿No sucede así en todos los ámbitos de su vida cotidiana? ¿No tiene que aprender primero un idioma el maestro que, por ejemplo, desea enseñarlo? ¿O no debe quien enseña historia del arte haberse informado antes en ese campo y haber adquirido conocimientos? Aplicado a su deseo de encontrar su tarea, esto significa que a menudo se olvida, descuida y omite ese primer paso, porque creen que solo pueden servir a Dios y cumplir su tarea enseñando al prójimo. Eso es un falso afán misionero, del que ya les he hablado en repetidas ocasiones.
Aprender a amar es el requisito fundamental para poder servir y enseñar de verdad y asumir una tarea que los llene; porque en el ámbito espiritual el amor constituye el fundamento de toda acción, cualquiera que sea el campo. Solo quien da sus pasos hacia Mí, hacia el amor, con un esfuerzo sincero podrá transmitir a su prójimo algo que caiga en su corazón y produzca frutos.
Por tanto, quien pide convertirse cada vez más en amor porque desea transmitir aquello que antes ha aprendido es recibido por los Cielos con los brazos abiertos. Pues ¿qué petición podría complacerme más que esta?: «Te he reconocido como el amor y soy consciente de que ese mismo amor está en mí. Deseo acercarme cada vez más a Tu amor. Te ruego que me ayudes».
En verdad, les digo: todos los Cielos esperan que se pronuncie una petición semejante. Una vez que se haya puesto el fundamento, tu tarea se manifestará poco a poco, pero solo entonces.
Ustedes tienen un dicho: «Cuando el alumno está preparado, aparece el maestro». Para todos los que anhelan encontrar su tarea, invierto sus palabras y digo: «Cuando el maestro está preparado, aparecen los alumnos».
Así pues, no se preocupen por aquello que prometieron cumplir. No puede perderse, pues se encuentra en su alma y espera ser llevado a la «luz» para expresarse en el exterior. Sin duda alguna, llegará a ustedes la tarea que eligieron, la que les corresponde, la que concuerda con sus capacidades y los llenará de gran alegría. Pero recuerden poner primero los cimientos. Les hago esta promesa: cuando llegue el momento, Me encargaré de que reconozcan su tarea.
Si estás impaciente; si apenas puedes esperar a que te conduzcan hasta tu tarea; si sientes el impulso de hacer por fin algo «para el Señor», prueba entonces a invertir la conclusión —lo cual, por cierto, también forma parte de la lógica del corazón—: si, a pesar de toda tu voluntad, la tarea todavía no se manifiesta, pregúntate si ya se cumplen en ti los requisitos que acabo de describir.
Al observarte con sinceridad, tendrás la respuesta inequívocamente ante ti.
Sé que a algunos de ustedes les resulta difícil conciliar las grandes diferencias que surgen porque, por una parte, poseen conocimiento acerca de la vida verdadera —la vida espiritual— y, por otra, tienen que contemplar lo que sucede en la materia. Esto produce inquietud interior y tensiones en muchas personas. No logran, como dicen ustedes, «hacer compatibles ambas cosas».
Pero Yo te digo, hermano Mío, hermana Mía: sí puedes conciliarlas. Pues has venido al mundo para actuar aquí. Vives en el mundo y sobre él, pero no debes ser de este mundo.
No todos lo consiguen. Unos se convierten en hijos de este mundo; otros ven las deficiencias y las mentiras que aparecen en la política, la economía, la ciencia y las religiones, y concentran todos sus esfuerzos en querer cambiar necesariamente algo en el exterior. Casi se desesperan al no lograrlo, porque no comprenden que todo cambio debe producirse primero en el interior. Con frecuencia se invierte durante muchos años y décadas una enorme cantidad de energía en recopilar y difundir información, unirse con personas de ideas afines, indignarse y enojarse por todo lo falso y fraudulento que existe en este mundo, para terminar enfrentándose una y otra vez únicamente a la propia impotencia.
Ese no es el camino de un cristiano. A un cristiano puede y, en efecto, debe resultarle indiferente bajo qué rey —hablando en sentido figurado— vive su cristianismo.
Utilicen su voluntad y su fuerza para transformarse interiormente. De esa manera transformen su entorno. Manténganse atentos para no dispersarse ni extraviarse creyendo que el mundo puede mejorarse o incluso salvarse mediante la información y su difusión «insistente» en todas sus distintas facetas. Esto no significa que deban cerrar los ojos ante lo que sucede en la materia. Tampoco significa declarar bueno y correcto aquello que es malo y falso. Comprender y transmitir en la medida justa: sí, allí donde sea apropiado y donde, respetando el libre albedrío del prójimo, también sea deseado. Pero tengan cuidado de que su lucha exterior contra las injusticias de este mundo no adquiera vida propia ni se convierta en el contenido de su existencia.
Si quieren manifestarse y defenderse, háganlo mediante su fortaleza interior, su valor, su rectitud, su capacidad de perdonar y otras cualidades semejantes. Inviertan su energía allí donde produzca frutos duraderos: diríjanla hacia el interior, para el bien de su alma y para liberar a su ser humano, y sirvan así de ejemplo. De esta manera se volverán cada vez más independientes de los acontecimientos de este mundo.
Procuren, pues, ante todo alcanzar el Reino de Dios. Presten atención al seguimiento entendido correctamente y cuiden que la distancia entre Mí, su guía de montaña, y ustedes no se haga demasiado grande.
Y si han tropezado o caído, levántense; no se pierdan en lamentaciones por ustedes mismos y, sobre todo, no pierdan de vista a su guía. Vuelvan una y otra vez a Su cercanía, a Su irradiación y a la vibración de Su amor; crezcan con ello y fortalezcan su conexión interior con Él, la conexión fraternal y divina entre ustedes y Yo.
Ese es el camino que conduce de regreso a la patria eterna, libre de toda atadura, libre de temores e independiente de las diferentes interpretaciones de Mi enseñanza. Repito lo que ya les he dicho muchas veces: ¡amen, y nada más!
Ancla esto profundamente en tu corazón y reconoce, mediante la razón de la que estás dotado, que no necesitas nada más que este deseo, tu voluntad sincera y a Mí como tu guía, tu amigo y tu Dios en tu interior.
Mi amor envuelve a todos los presentes en lo visible y lo invisible. Se extiende como una protección alrededor de sus almas y de su ser humano; y, si lo desean, entren con sus sentimientos en ese amor y perciban la fuerza y el poder del amor que Yo soy, con el cual deseo llevarlos de regreso y lo haré. Y si su alma, a la que he tocado, tiembla, permítanlo. Es una señal de Mi cercanía.
Amén