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Las dos caras de una misma moneda

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Die zwei Seiten ein- und derselben Medaille

Fecha original: 18 de febrero de 2018

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Mis amados hijos e hijas, la manipulación de la verdad, unida a la desinformación deliberada, ha creado a lo largo de los siglos una situación caracterizada por una ignorancia insuperable de la inmensa mayoría de la humanidad. A causa de la ceguera y el desconocimiento de Mis hijos, la superficialidad determina sus vidas. El principio de «pan y circo», practicado por los gobernantes ya en la Antigüedad, no ha perdido nada de su eficacia y sigue demostrando ser sumamente efectivo. Impide que Mis hijos humanos reconozcan su verdadera naturaleza, reflexionen sobre el sentido de su vida en la Tierra y den una orientación espiritual a su existencia; pero, sobre todo, la ignorancia impide que, mediante una conducta propia eficaz, puedan poner freno a las maquinaciones de las fuerzas negativas.

Mi amor nunca ha dejado solos a Mis hijos; nunca he guardado silencio, aunque se siga afirmando lo contrario. Y como Mi amor y Mi cuidado jamás callarán, Mi palabra fluye hacia Mis criaturas por toda la eternidad. Porque no soy un Dios mudo, sino que soy la vida en ti, en ti y en ti: en todo lo que existe.

En muchas revelaciones les he explicado cómo procedió la parte contraria para provocar el estado actual de rigidez e incapacidad de reconocer. Hoy añado un detalle más al gran mosaico multicolor y resplandeciente de la sabiduría de Mi Creación, para que comprendan todavía más relaciones y puedan sacar de ellas las conclusiones correctas para su vida.

Así, aparte de que el concepto de alma no se define correctamente y se equipara erróneamente con la psique, existe una gran falta de claridad sobre cómo funciona la interacción entre el alma y el cuerpo. Casi nadie sabe que, durante la vida, el alma y el cuerpo forman una unidad inseparable; que, por tanto, la parte espiritual y la material constituyen un todo y que ambas mantienen una relación recíproca durante toda la vida. Una no puede existir en la Tierra sin la otra; una influye constantemente en la otra. De este modo, estas dos partes se fecundan o se cargan mutuamente sin interrupción mientras dura una encarnación. Esto puede tener consecuencias graves, tanto positivas como negativas. Los efectos son edificantes y fortalecedores para el alma y el cuerpo cuando sus esfuerzos, pensamientos y acciones se orientan por el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. En el caso contrario puede producirse un estancamiento espiritual y anímico y, en el peor de los casos, un retroceso.

El alma y el cuerpo son, por tanto, las dos caras de una misma moneda. Mediante su libre albedrío y las decisiones que resultan de él, el ser humano la acuña continuamente hasta el final de su vida terrenal; al hacerlo, de manera consciente o inconsciente, experimenta constantemente los esfuerzos y estímulos beneficiosos de las fuerzas buenas o queda expuesto a la influencia masiva de fuerzas menos buenas.

La «acuñación de la moneda» se expresa tanto en el exterior como en el interior; sobre todo determina de manera decisiva el estado del alma y su camino posterior en los ámbitos del más allá, lo cual debe entenderse de modo muy concreto y en absoluto tan abstracto como a menudo se supone. Lo que sigue existiendo después de la llamada muerte es una de las caras de la moneda —la del alma—, que anteriormente fue configurada por la otra cara —la corporal— hasta quedar como ahora es.

Lo que sigue viviendo en un mundo mucho más real que lo que experimentan en la Tierra es, ciertamente, «solo» tu alma; pero sigues siendo tú, quien ya no necesita un cuerpo material en su nueva patria.

Por tanto, tu cuerpo solo te sirve como medio para un fin: permitirte realizar o aprender en la Tierra aquello que, por distintas razones, te propusiste o escogiste; lo que se te recomendó y, en el mejor de los casos, se planificó contigo y con la participación de tus ayudantes espirituales; o aquello a lo que alguien o algo te empujó por motivos bajos.

Finalmente llegas a la Tierra como un alma más o menos luminosa o cargada y, en el momento del nacimiento y definitivamente después de él, entras en el cuerpo en cuya formación habías participado previamente mediante tu cercanía a tu futura madre. Has entrado en la tierra del olvido. Traes contigo una de las caras de la moneda, aunque por regla general ni tú ni tu familia sepan nada de ella. La otra cara, visible y perceptible como cuerpo infantil y considerada por eso la única importante —en la mayoría de los casos incluso la única que existe—, comienza a desarrollarse exteriormente y termina ocupando un lugar que lo domina todo.

Cuanto mayor sea la ignorancia acerca de este proceso, más fácilmente logran las fuerzas negativas perturbar o impedir el desarrollo del alma. ¡Y esa ignorancia es alarmantemente grande en todo el mundo! Es el resultado de una orientación engañosa deliberadamente planificada y ejecutada por el mal, que hace todo lo posible por conservar su esfera de poder y, si puede, ampliarla.

Una mirada abierta y honrada a los acontecimientos de su mundo debe hacer evidente para todos la magnitud del desorden, la inseguridad y el egoísmo que han surgido por la falta de conocimiento de los trasfondos espirituales y, como consecuencia, por no observar las leyes espirituales.

Tampoco se sabe que el ser humano dispone de un conjunto de instrumentos que le permite resistir con éxito las insinuaciones, tentaciones y ataques de las tinieblas: con Mi ayuda desarrolla y fortalece su fuerza interior, Mi fuerza de amor en él, lo cual es mucho más importante que una protección solicitada para una situación concreta. Esta le sirve entonces de baluarte contra los ataques satánicos.

Porque Yo habito en el ser humano, soy la vida en él; y quien se vuelve hacia Mí y se esfuerza por cumplir Mi ley del amor crece hacia una vida libre, pacífica y llena de alegría, en la que todos los esfuerzos de la parte contraria quedan sin efecto.


Es falsa la suposición de que el alma encarnada solo queda sometida a las influencias del bien y del mal a partir del nacimiento. Ya de antemano, todavía en los ámbitos sutiles de los que proceden las almas, comienza la lucha de ambos lados por cada alma, con la intención de proporcionarle condiciones iniciales buenas o malas, o también de disuadirla de su proyecto de encarnarse; esto puede estar bien intencionado, pero también puede ser un intento de perjudicar su desarrollo. Ya aquí la parte contraria planifica también sus jugadas, a veces con mucha anticipación; la única diferencia es que ella miente y engaña para poder seducir, mientras que Yo y, conmigo, quienes los guían y protegen respetamos su libre albedrío.

También ambos lados aprovechan el período del embarazo, cada uno con un objetivo distinto: proteger lo mejor posible al ser humano en formación, o debilitarlo o dañarlo ya en el vientre materno. En la mayoría de los casos, la causa de que muchos recién nacidos ya hayan tenido que cargar con dificultades físicas y psíquicas no es la falta de amor de los padres, sino el desconocimiento de que aquí un alma con «un pasado propio» aspira a entrar en una vida nueva y que, durante el embarazo y la primera infancia, se encuentra totalmente indefensa, también y especialmente frente al poderoso sistema médico y sus vasallos.

Los intentos de perturbar al ser humano en crecimiento no solo en su desarrollo anímico, sino también en el corporal, y de causarle muchas veces daños permanentes, se ven coronados por el éxito porque las tinieblas conocen muy bien la estrecha relación entre cuerpo y alma.

A diferencia de la inmensa mayoría de las personas, ¡ellas conocen las «caras gemelas» de la moneda! Saben que, por regla general, el crecimiento constante del alma se produce con mayor facilidad cuando el ser humano está sano, se siente satisfecho y vive sin miedo, con una sensación de seguridad. Para perturbar o impedir tal desarrollo, actúan en dos frentes: enferman a las personas a corto o largo plazo o —lo que, visto el resultado final, viene a ser lo mismo— producen con medios falsos una satisfacción superficial para impedir que se cuestione el sentido de la vida y que se emprenda el camino hacia «nuevos horizontes espirituales». Muchas veces el ser humano solo advierte demasiado tarde que su felicidad era una seudofelicidad, su supuesta seguridad solo una seguridad aparente y su salud visible no un verdadero estado integral de sanación.

Como una cara de la moneda depende de la otra, es imprescindible que también presten al cuerpo la atención necesaria, pues durante la encarnación es el único «vehículo» que posee el alma. Tener esto en cuenta es importante, pero no debe convertirse en el objetivo principal de su vida. Una convivencia sensata de la que se beneficien ambas partes es el justo medio al que deben aspirar, y no un pensamiento rayano en el fanatismo que parte de la idea de que todo puede superarse mediante el espíritu porque el espíritu domina la materia.

Les recuerdo que con su encarnación entraron en el ámbito de dominio de las tinieblas y viven en la materia, y por ello están sujetos a las leyes que allí imperan…

Quien, por valorar erróneamente su desarrollo espiritual y anímico, crea que ya puede aplicarse plenamente el principio «el espíritu está por encima de la materia», tendrá que reconocer que, en este caso, por «espíritu» se entiende la fuerza que se desarrolla en el ser humano mediante una vida conforme a las leyes del amor desinteresado, hasta alcanzar finalmente el potencial para poder dejar sin efecto las leyes de la materia. Esto no altera el hecho de que la fe basada en una profunda humildad y amor, y apoyada en una confianza inquebrantable, puede mover montañas, ni que para ello hace falta un amor profundo hacia Mí, el Creador de toda vida, que se exprese en su vida cotidiana y en su afirmación positiva.

Mientras todavía no hayan llegado al punto en que «las montañas se muevan» —y digo esto con una sonrisa—, les pido que acepten, con la actitud interior correcta, las numerosas ayudas que he dispuesto para ustedes en Mi amor. Entre ellas están tanto los numerosos dones y preciosos tesoros de la naturaleza como las personas que pueden ayudarlos en situaciones difíciles de salud. Mi misericordia les ha hecho llegar estos regalos, pues no soy un Dios que lleva cuentas como un contable y solo actúa cuando ustedes han arreglado previamente todo. Por el contrario, deseo que utilicen con el espíritu correcto lo que les regalo sin cesar: para el bienestar de su cuerpo y con miras a aumentar la fuerza de su alma.

Conozco muy bien las amenazas exteriores e interiores a las que Mis hijos están expuestos continuamente; también por eso no guardo silencio.

En su ignorancia dirigen su atención, ante todo, a lo que les llega desde fuera como dificultades y aflicciones, a lo que podría causar pérdidas y hacerles daño. Pero eso no es todo lo que puede ponerlos en peligro. Un daño mucho mayor puede originarse en el interior, porque puede debilitarlos durante mucho más tiempo —es decir, más allá de su vida actual— que las circunstancias exteriores. Por eso también dije como Jesús, en esencia, que no hay que temer a quienes pueden dañar el cuerpo, sino a quienes pueden dañar el alma.

Lo dicho pone de manifiesto la acción recíproca entre el alma y el cuerpo. Lo que perjudica al alma también perjudica, tarde o temprano, al cuerpo. Y si descuidan su cuerpo, esto dejará huellas en su alma antes o después.

¿Han observado o pensado alguna vez que los métodos de desinformación y de mantenerlos en la inmadurez se parecen en muchos aspectos en los ámbitos de su salud corporal y anímica? No es exagerado hablar de una «discapacidad anímica» en muchas personas, sobre todo si se toma como medida la madurez y la conciencia que habrían podido alcanzar si Mi único mandamiento, válido eternamente, del amor a Dios y al prójimo se hubiera llevado a la práctica: ama, ¡y nada más!

Las fuerzas que trabajan contra Mí y contra ustedes apuestan con éxito por el factor «tiempo». Mucho de lo que procuran y llevan a cabo está cuidadosamente preparado y concebido a largo plazo. Cuando, años o décadas después, se advierten los primeros perjuicios, a menudo ya es demasiado tarde para corregir la conducta exterior e interior. Por eso no sorprende que muchas personas rechacen las advertencias sobre un peligro para su salud corporal o anímica alegando que todavía se sienten bien, que no padecen ninguna o casi ninguna carencia interior o exterior y que, por tanto, no ven motivo para cambiar algo de manera fundamental. La verdad es que muchas veces ya no pueden hacerlo, porque años de conducta equivocada han dejado huellas en el alma y el cuerpo. Y muchas veces tampoco pueden ya reconocer la verdad contenida en estas palabras.

Lo material visible ha acuñado lo espiritual invisible, y esto, a su vez, ha influido en lo material visible; lo mismo sucede en el orden inverso.


No sería un Padre que cuida fielmente de sus hijos si me limitara a dar indicaciones y amonestaciones. Por eso también pongo en sus manos la herramienta con la que pueden interrumpir este ciclo —al que se aplica plenamente la expresión «círculo vicioso»—. El efecto positivo se manifestará en su vida si no se limitan a saber que existe la herramienta, sino que también la utilizan.

El arma más afilada que emplean las tinieblas es el miedo, que puede generarse de las maneras más diversas. Durante muchos siglos, las amenazas y la violencia fueron el medio preferido; hoy han perdido eficacia. Las personas temerosas son fáciles de manipular; las personas libres, apenas o en absoluto. Solo se puede asustar a una persona si se logra que crea lo que se le cuenta. Y esto resulta tanto más fácil cuanto menor sea la información disponible y menos se conozca la verdad. Por eso les enseño la lógica del corazón, para capacitarlos a mirar detrás del escenario allí donde algo se oculta, se presenta falsamente o se enseña de manera equivocada.

¡Pero no les doy estas ayudas para que, movidos por emociones que aún no saben dominar, condenen a los responsables! ¡Ese no es asunto de ustedes! Se las doy para que, mediante una decisión libre, se desprendan de las cadenas que hasta ahora los han mantenido en la inseguridad y la falta de libertad; que, en determinadas circunstancias —consciente o inconscientemente—, los han hecho mirar muchas veces a los «superiores» con sumisión, pusilanimidad y desaliento, renunciando a su propia responsabilidad. La lógica del corazón los ayuda a reconocer la falsedad y a emprender caminos distintos de los anteriores: caminos que permiten sanar el alma y el cuerpo.

Mi palabra ama, ¡y nada más! puede trasladarse ahora sin dificultad al cuerpo gracias al conocimiento de estas relaciones. Porque quien ama su cuerpo procurará proporcionarle —en la medida en que todavía sea posible— alimentos saludables y evitar, en lo posible, todo lo que perjudique su salud; y aquello que llaman estrés es una de las causas principales de sus dolencias físicas. El estrés se produce artificialmente por las circunstancias exteriores y por un estilo de vida a cuyo dictado muchos se someten porque les parece importante «pertenecer»; porque tratan de satisfacer las supuestas necesidades de su cuerpo y su psique que se les presentan como reales.

¿Reconocen en este pequeño ejemplo la acción recíproca que ambas caras ejercen entre sí? Porque el estrés no se limita al cuerpo, sino que se convierte en una carga para el alma que provoca insatisfacción, una sensación de verse impulsado sin descanso, ambición excesiva y mucho más, lo cual, a su vez, termina manifestándose como enfermedad. Y esta dificulta que el ser humano reconozca y satisfaga sus necesidades espirituales.

¿Qué sucede en el alma de una persona estresada que no concede a su vida ningún espacio, o no el suficiente, para aquello que desea el espíritu en el ser humano? El espíritu, fuente primordial de la vida y núcleo del alma, tiene un solo deseo, una única y fuerte necesidad: volver a unirse lo antes posible con Mi Espíritu de amor. Para ello es necesario que el alma que lo encierra se ilumine; que las «envolturas» del alma se disuelvan poco a poco, de modo que pueda manifestarse cada vez más el ser divino y radiante que cada uno lleva dentro, que cada uno es.

Esta tarea se ha confiado al ser humano, que debe permitir que su alma sane mediante una vida conforme a las leyes divinas, haciendo de Mí el director de su encarnación. Lo hace cuando su amor hacia Mí y hacia su prójimo no se expresa solo en palabras, sino en actos; y cuando permite que lo guíe Yo y no su destino, lo que puede lograrse con mayor eficacia dándome su sí. A Mí, el Amor que se encarnó en Jesús de Nazaret.

Pero a menudo, por su falta de interés, impide que su alma continúe desarrollándose, casi siempre sin saberlo ni quererlo. O la perjudica y la lleva así a un estado energético inferior, lo cual no pocas veces también se expresa en el exterior y puede hacer que se acorte el período de vida previsto originalmente.

Finalmente, el ser humano cierra los ojos; esta encarnación terrenal ha terminado. La suma de energía que su alma lleva dentro determina ahora su ascenso a otras esferas, su estado y su nuevo lugar de residencia.

Cuando digo «su alma», esto significa: ahora es él mismo, el antiguo ser humano. ¡No puede responsabilizar a nadie más por el estado de su alma! Quien no esté satisfecho con él, quien sea infeliz y se sienta completamente indefenso o se rebele contra lo que le sucede, debe recordar que en su vida hubo suficientes indicaciones e impulsos para hacer o dejar de hacer esto o aquello.

Pero tampoco allá nadie está solo; muchas veces solo se siente solo. Una petición de ayuda y esclarecimiento, un primer movimiento interior de reconocimiento propio o lágrimas que brotan del corazón hacen que acudan ayudantes espirituales que, desinteresadamente, asumen el cuidado amoroso de quien pide ayuda.

El nuevo lugar de residencia, donde por regla general el alma permanecerá más tiempo que en la Tierra, es tan solo temporal como lo fue su hogar terrenal. Porque la verdadera patria de Mi hijo está junto a Mí, en el círculo de sus hermanos y hermanas celestiales, en la libertad, la infinitud y la indescriptible belleza de los cielos.

Cuando vuelvas a casa, hijo Mío, hija Mía, ¡volverás a estar inmerso en el amor que es tu verdadera naturaleza y del cual procedes!

Tú mismo determinas cuánto durará tu viaje y cuántas veces te llevará todavía por la Tierra antes de que puedas entrar en las esferas luminosas y de alta vibración del más allá y, finalmente, en el cielo. La ley de la atracción y la repulsión actúa tanto en la Tierra como en los ámbitos sutiles extracorporales y en la vibración suprema de la eternidad.


Otro pequeño ejemplo debe mostrarles que los mismos principios rigen en lo espiritual y en lo material. El conocimiento que pueden extraer de él puede serles de gran ayuda en su esfuerzo por abandonar viejos hábitos y patrones de conducta y sustituirlos por otros nuevos. Puede ponerlos sobre una pista «caliente» si hasta ahora han intentado, con un éxito moderado, corregir un error, suponiendo que lo hayan reconocido como tal:

Si descubren que su sótano está inundado, lo primero que harán será cerrar la ventana por la que evidentemente entró el agua. Porque saben que no tiene sentido dejar abierta la ventana —permitiendo así que siga entrando agua— y, al mismo tiempo, vaciar el sótano inundado con una bomba o sacando el agua con cubos. Por tanto, «taparán el agujero».

¿Esta medida sensata e incluso necesaria solo es válida cuando su sótano se ha llenado de agua? ¿No creen que el mismo método puede aplicarse también a un perjuicio o trastorno que ustedes mismos —por desconocimiento, descuido o indiferencia— han permitido o causado en su alma y en su cuerpo? La respuesta a esta pregunta es evidente, sobre todo si aceptan la sencilla lógica de esta imagen.

¿Qué se desprende de esto para quien desea liberarse de la tutela y el control, de la presión y de la tentación presentada con astucia; para quien desea mirar detrás de las cosas y tomar conciencia de su propia responsabilidad y fortaleza? Siempre, Mis amados hijos e hijas, se trata de cortar el «abastecimiento», aun cuando todavía no hayan reconocido la verdadera raíz de una conducta equivocada, pero consideren que esta necesita cambiar porque no concuerda —aunque sea solo en detalles— con Mi mandamiento del amor.

Comprendan la extraordinaria importancia de esta verdad, aunque el ejemplo les parezca trivial. Dice así: poner freno a aquello que, a pesar de las mejores intenciones, ha impedido una y otra vez hasta ahora un cambio, una curación, la felicidad, la paz, la armonía y mucho más. Es decir, rechazar todo eso en sus pensamientos, palabras y acciones, venir a Mis brazos y decir con el sentimiento, el pensamiento o las palabras: «Padre, ayúdame, por favor. Ya no quiero alimentar esto, porque Tú eres mi meta».

Desarrollar arrepentimiento, pedir perdón y perdonar se cuentan entre las medidas que deben tomarse para cerrar las ventanas abiertas si ha de producirse una sanación en el plano corporal y anímico.

Si reconocen esto como correcto, como Mi verdad, quizá también encuentren en ello la explicación de por qué algunas peticiones y oraciones —pronunciadas por ustedes mismos o por otros— no producen el resultado que esperaban. Porque no es compatible con Mi ley «dejar abierta la ventana del sótano y, al mismo tiempo, pedir y esperar que los daños causados por el agua se mantengan dentro de ciertos límites o sean reparados».

Esto no significa que Mi misericordia no pueda actuar ni que Yo deje de intervenir para ayudar cuando reconozco la buena intención y la buena voluntad de un hijo. Al contrario: Yo y sus amigos espirituales ayudamos con especial agrado allí donde se pide encontrar la fuga de energía todavía desconocida o el punto de entrada aún no descubierto, porque allí se perfila una transformación. Y ayudo con mayor razón cuando reconozco el esfuerzo por cortar el «abastecimiento» mediante una conducta futura diferente.

Porque deseo que ustedes, que actualmente recorren su camino como seres humanos, proporcionen a sus almas la energía de amor que ellas también desean y necesitan para llevarlos —recuerden: ¡ustedes forman una unidad!— algún día hasta el lugar donde puedan vivir en la luz, recibir amor y dar amor.

Mi bendición está sobre todo lo que pidan para alcanzar esta meta. Porque los amo por encima de todo.

Amén