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La ley de causa y efecto

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Das Gesetz von Ursache und Wirkung

Fecha original: 12 de junio de 2010

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

En verdad, ustedes son Mis hijos e hijas, nacidos en la libertad y en la luz; ustedes y todas las personas y almas, pues todo cuanto existe procede de Mí. Y como Yo soy el amor y la libertad, aquello que procede de Mí solamente puede ser amor y libertad. Por eso también conduciré nuevamente hacia Mí, con amor y absoluta libertad, todo aquello que —por cualquier motivo— abandonó la patria eterna.

Cuántas veces Me han escuchado decir que son hijos libres de Dios; y aunque de vez en cuando perciban un presentimiento de esa libertad, ninguno de ustedes puede abarcarla en toda su grandeza. Pero Mi voluntad es conducirlos paso a paso hacia su libertad interior. Solamente desde esa libertad pueden vivir verdaderamente el amor. Lo que no es libre y, por tanto, está lleno de temor no puede actuar realmente desde el amor, porque las concepciones, los deseos y las intenciones humanas influyen en sus acciones.

Los llamo a la libertad interior y los guío respetando su libre albedrío. Pero aquí entra en juego un aspecto que la inmensa mayoría de las personas desconoce o que —si lo conoce— pasa por alto o no le concede la importancia debida. Sin embargo, es el punto central, la clave para comprender lo que sucede en el mundo y también en la vida personal de cada uno.

Me refiero a la ley de causa y efecto, llamada también ley de siembra y cosecha, que ciertamente se menciona en sus Biblias, pero se interpreta de manera equivocada.

Esta ley surgió a raíz de la caída; en los mundos puramente espirituales no existe una ley semejante, porque todo cuanto vive allí es exclusivamente amor purísimo. También Mi ley de causa y efecto es amor purísimo. Sin embargo, las personas no la conocen porque fueron y siguen siendo instruidas de manera equivocada; porque las instituciones no interpretan correctamente esta ley o la eliminaron por completo de sus enseñanzas y, por consiguiente, casi todas las personas tienen enormes dificultades para reconocer en Mí —que soy el Amor—, al mismo tiempo, la justicia.

Como regalé a Mis criaturas el libre albedrío y jamás lo toco, tuve que encontrar una posibilidad de conducir a Mis hijos al reconocimiento de sus pensamientos y acciones equivocados. Esto sucede, ante todo, mediante la ley de causa y efecto, que confronta a cada uno con las injusticias que cometió en el pasado cercano o lejano, es decir, con aquello que estuvo dirigido contra el mandamiento del amor. De esta manera todos recapacitarán alguna vez, pues verdaderamente no es agradable enfrentarse a los efectos de los actos nacidos de la propia voluntad egoísta y sentirlos en el propio cuerpo o, en el más allá, en el cuerpo del alma.

Mediante el conocimiento propio se amplía la mirada hacia aquello que aún permanece oculto en el interior. Entonces la persona puede elegir entre venir a Mí arrepentida con esos conocimientos o utilizarlos para seguir eludiendo provisionalmente sus efectos mediante maniobras obstinadas, intrigas y muchas otras cosas. El énfasis recae en «provisionalmente»; pero ni siquiera esto siempre se logra.

Yo soy, y esto significa también que no cometo errores. Desde que existe la creación jamás ha ocurrido en ningún lugar uno de los llamados «casos fortuitos», y tampoco ocurrirá en el futuro. Si Yo no cometo errores y ustedes pueden aceptar esto, entonces deben ser también suficientemente sinceros y consecuentes en sus reflexiones para reconocer que aquello que sucede, sucede dentro de Mi voluntad; y si sucede dentro de Mi voluntad, entonces sucede desde Mi amor. Pues Mi amor tiene una sola meta: atraer nuevamente a cada uno de Mis hijos hacia Mi corazón, haciendo que decida voluntariamente abandonar el camino que recorrió hasta ahora en su vida y avanzar en adelante por el camino en el que camina directamente tomado de Mi mano.

Como la ley de causa y efecto es en gran medida desconocida en el mundo, muchas personas perdieron la fe en Mí o creen de manera abstracta, esperando llegar al cielo mediante el cumplimiento de normas, la celebración de ceremonias, una vida basada en tradiciones y costumbres transmitidas, y muchas otras cosas.

Este, Mis amados, no es el camino que conduce a Mí; tampoco resuelve los problemas personales ni los de grupos o pueblos enteros. Única y exclusivamente llegará a Mí quien se esfuerza por vivir la ley del amor a Dios y al prójimo. Percibirá que, desde el momento en que se vuelve hacia Mí, la ley de Mi amor le sirve. Ciertamente no queda anulado el principio de siembra y cosecha, pero deja de actuar o ya no actúa en toda su extensión, porque ahora Mi mano descansa sobre Mi hijo.

El desconocimiento de la ley de causa y efecto ha provocado que las personas vivan sin reflexionar, que no piensen, no Me comprendan, duden de Mí o Me rechacen. Así buscan en otros la solución de sus problemas o incluso creen que pueden superar sus dificultades por su propia fuerza, quizá hasta añadiendo otra conducta equivocada a un error, suponiendo que una podrá compensar al otro. Difícilmente podría existir una idea más equivocada.

Quiero darles una imagen. Imaginen una gran extensión de agua en la que nadan innumerables personas. Lo que la inmensa mayoría desconoce es que en medio de esas aguas hay un remolino que, tarde o temprano, arrastrará hacia las profundidades a quienes se dejan llevar. Naturalmente es más fácil —o así parece en ese momento— dejarse llevar sencillamente, pues se necesita mucho menos esfuerzo que nadar una y otra vez hacia la orilla protectora y salvadora donde Yo espero, donde los proveo de nueva fuerza y donde permanezco para tenderles la mano, si es necesario incluso muy por encima del agua.

Según el tiempo, la frecuencia y la distancia con que se hayan dejado llevar, se habrán alejado en igual medida de la orilla, aunque les pareciera que nadar era algo fácil; sobre todo porque hay muchos que les hacen señas y les gritan una y otra vez: «Ven con nosotros. Veo que de vez en cuando te esfuerzas por regresar a la orilla. Solamente desperdicias fuerzas; déjate llevar».

La tentación entra en escena, y quien la desconoce sucumbirá a ella.

En la lucha que las tinieblas libran contra la luz se trata exclusivamente de energía. Ningún ser oscuro recibe energía de amor por su conducta contraria a la ley. Pero también aquellos hijos Míos que Me abandonaron y todavía luchan contra Mí necesitan energía para vivir, si es que ese mero vegetar puede llamarse siquiera «vida». ¿De dónde obtienen su energía? De quienes sucumben a sus insinuaciones, de quienes creen que pueden facilitarse esta vida, de quienes nunca piensan en contemplarse ni cuestionarse, de quienes se consideran justos y de muchos más.

Con cada infracción de Mi ley del amor el alma se oscurece o —para permanecer dentro de la imagen de las aguas— se acerca cada vez más a la fuerza de succión del remolino. Cuando un alma pasa al más allá —es decir, detrás del velo— mientras todavía carga con abundante culpa, figuras oscuras se apoderarán de ella mediante las ataduras que esa alma estableció durante su vida. Y le robarán energías que ellas, las figuras oscuras, necesitan con urgencia.

Una alma semejante suele pasar por grandes dificultades en el otro lado. Pero nunca queda abandonada, ni siquiera en su difícil situación. Sus ángeles guardianes están cerca de ella, así como maestros y ayudantes que quieren moverla a reflexionar sobre su vida y le muestran la luz que la espera al final del camino. Algún día decidirá dar los primeros pasos hacia la luz. Pero, hasta que tome esa decisión, permanecerá cautiva, atada a las fuerzas que la sirvieron durante su vida y a las que ella sirvió.

Son innumerables los intentos y las tentaciones con los que las tinieblas se acercan a Mis hijos humanos, y ya les he dicho muchas veces que proceden de manera mucho más refinada de lo que pueden imaginar. ¿Me creyeron? ¿Me creen ahora? ¿Pueden imaginar que también en su caso, también en su vida, haya sucedido así o quizá todavía suceda?

Las tinieblas no trabajan solamente con las llamadas transgresiones graves, pues, para inducir a una persona a cometerlas, su alma ya debe estar muy oscurecida. Existen otras posibilidades, y quiero llamar su atención sobre una de ellas porque afecta, en mayor o menor medida, a toda persona.

Ustedes saben que la vida es un proceso de aprendizaje y que su entorno —en primer lugar, por tanto, sus semejantes— es el maestro que les plantea las tareas. Esto está bien, pues desean madurar, aprender, saber y reconocer lo que hay dentro de ustedes para resolver luego esas tareas con Mi ayuda. Basándose en la ley de atracción espiritual, la vida les presenta incesantemente aquello que deben aprender o superar; algo distinto para cada uno, pues cada persona tiene un pasado diferente y, con ello, otros puntos centrales que debe resolver y redimir.

¿Qué hacen quienes desean retenerlos e impedir así que se desarrollen espiritualmente? Por una parte, mantienen cerrados sus ojos para que no reconozcan su tarea de aprendizaje; por otra, los confirman en la idea de que esa tarea no tiene solución, que ni siquiera necesita ser trabajada o que su solución no es necesariamente urgente en este momento.

¿Perciben el refinamiento? Ya en la siguiente hora o al día siguiente los espera una tarea nueva; y el tentador vuelve a acercarse, los confirma en su conducta y fortalece su ego. De este modo, una tarea pendiente se acumula sobre otra. La carga sobre sus hombros se vuelve cada vez mayor, hablando simbólicamente, mientras que la meta de las tinieblas es hacerlos colapsar bajo el peso, si es posible. Así son atraídos cada vez más cerca del remolino sin siquiera darse cuenta.

Vean: este procedimiento es mucho más refinado que tratar de seducirlos para que cometan un delito. Este procedimiento los paraliza, los ata y, si no reconocen a tiempo las advertencias que la ley de causa y efecto les da acerca de su conducta equivocada, termina por incapacitarlos para ver más allá de las tareas que no han superado.

Mis amados, no se asusten ante la seriedad de Mis palabras. Quiero ayudarlos permitiéndoles mirar detrás de bastidores. Quiero ayudarlos conduciéndolos a reconocer cómo se encuentra su vida. Y les ofrezco la solución al problema que acabo de describir: ¡examínense regularmente! ¡Presten atención a lo que la vida les presenta para aprender! ¡No pospongan nada hasta el día o la semana siguiente! ¡Manténganse al día!

Regreso una vez más a la imagen de las aguas. Mantenerse al día significa permanecer cerca de la orilla; ciertamente deben dar una y otra vez algunas brazadas, pero permanecen cerca de la orilla, que les brinda seguridad.

Cuando dejan de mantenerse al día son arrastrados hacia el remolino, muchas veces sin darse cuenta. Pero si se examinan y vienen a Mí con amor y con aquello que han reconocido, siempre se trata solamente de un pequeño esfuerzo que, con frecuencia, ni siquiera lo es, porque se han vuelto fuertes y continúan fortaleciéndose; porque el anhelo los atrae una y otra vez hacia Mí, hacia la orilla; porque perciben lo que significa vivir bajo esta protección. Esta protección lo abarca todo.

Sin importar qué imágenes utilice, ya sea que hable del piloto, del hermano o de la orilla salvadora, siempre se trata de lo mismo: deseo ser quien los guía, quien puede guiarlos porque ustedes se vuelven hacia Mí. Y, cuando sea necesario, la ley de causa y efecto entrará en acción —nacida de Mi amor— para moverlos a dejarse guiar por el único amor verdadero y real de la creación: Mi amor como su Padre, quien es al mismo tiempo Madre, Hermano y todo para ustedes.

Si lo desean, contemplen su vida; y si encuentran algo desordenado y quieren ponerlo en orden Conmigo, vengan. Los llamo, te llamo, te atraigo: «Ven, ven. El Amor te espera y te conducirá hacia la libertad que te pertenece. Así también tú podrás ayudar a tus hermanos y hermanas a alcanzar esta libertad».

Pongo Mis manos sobre ustedes y los bendigo. Fuerza, salvación, luz y amor fluyen hacia su alma y hacia su ser humano. Dejen correr libremente su anhelo. Vengan, Mis brazos están abiertos y te reciben a ti, hermano Mío, y a ti, hermana Mía. Están abiertos para todas las personas y almas, porque los amo a todos. Amén.