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La ley de causa y efecto: modificada y, por ello, mal comprendida y practicada

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Das Gesetz von Ursache und Wirkung: verändert und daher falsch verstanden und praktiziert

Fecha original: 19 de noviembre de 2023

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Mis amados hijos e hijas, en este momento innumerables personas de todo el mundo se preguntan quién «tiene la razón» en la guerra entre palestinos y judíos. Cada cual toma partido según sus simpatías por uno u otro bando, mientras que los intereses de los gobiernos de los distintos países suelen estar determinados por los beneficios que esperan obtener y por los vínculos que establecieron en el pasado con uno de los dos pueblos.

Tampoco la mayoría de ustedes está libre de tomar partido por uno u otro. Casi nunca reflexionan ni hablan acerca de las causas y, cuando lo hacen, se quedan en la superficie por falta de información, conocimiento y pensamiento responsable. Su aprobación o rechazo está determinado por sus sentimientos personales y por un peligroso conocimiento a medias, o por la ignorancia. ¿Pueden imaginar que Yo, su Dios y al mismo tiempo el Padre de todas las almas y de todos los seres humanos, tome partido de manera semejante?

Vale la pena examinar esta pregunta. Al hacerlo descubrirán que nos adentramos en ámbitos situados en un plano completamente distinto; un plano que los seres humanos deberían conocer, pero al que la inmensa mayoría tiene poco o ningún acceso en su pensamiento porque son ciegos e ignorantes. Han sido mantenidos ciegos e ignorantes desde tiempos inmemoriales por una fuerza que hace todo lo posible por sembrar discordia, difundir desamor y alterar y mutilar de tal manera Mi sencilla enseñanza del amor que ya no produzca efecto alguno.

Hablo de las fuerzas de las tinieblas, de las que ciertamente oyen hablar una y otra vez, pero que para la mayoría están muy lejos de lo que pueden imaginar. Por eso no se les presta atención ni siquiera se considera la posibilidad de que determinen su vida en una medida mucho mayor de lo que se supone.

Debido a que este aspecto es tan importante, quizá más importante que todo lo demás a lo que ustedes conceden importancia, quiero acercárselo desde una perspectiva amplia. Lo hago aun a riesgo de que alguno lo descarte mentalmente diciendo que ya lo ha oído varias veces. Si así fuera y tú hubieras puesto en práctica lo escuchado, entonces ya formarías parte de quienes sirven de ejemplo y pueden dar respuestas a los que buscan y preguntan; de preferencia, no solo mediante palabras, sino con una vida que se haya liberado de preocupaciones y temores…


Ya habrán notado que Mi palabra de revelación de hoy está marcada por Mi seriedad, lo cual no significa que le falte amor. El amor está contenido en todo lo que digo y hago.

Para comprender lo que sucede en su Tierra, es indispensable conocer la caída y reconocer este conocimiento como fundamento de todas las reflexiones posteriores y de las conclusiones que de ellas se desprenden. Por eso explicaré el acontecimiento con algo más de detalle.

Por la caída se entiende la rebelión de una parte de Mis ángeles bajo el liderazgo de Sadhana, quien más tarde se llamó Lucifer. Como consecuencia surgieron ámbitos fuera de los cielos, a los que fueron relegados los apóstatas. Esos serían sus futuros lugares de permanencia: ámbitos sutiles todavía infinitamente grandes, pero que ya no tenían —y aún no tienen— la elevada vibración de los cielos eternos. Además, alrededor de los cielos se formó un llamado muro de luz que ningún ángel caído podía atravesar. Los cielos quedaron «cerrados».

Como Sadhana y la mayoría de sus seguidores no entraron en razón y continuaron con su proceder contrario a la ley, fueron necesarios otros ámbitos, cuya vibración era cada vez más baja, hasta que finalmente surgió el universo material. La razón fue que la energía se había condensado hasta tal punto que se convirtió en materia; esto explica que todo sea energía, aunque adopte formas diferentes, como han reconocido sus científicos.

Cuando se hizo cada vez más evidente la posibilidad de que las fuerzas diabólicas, mediante su influencia incesante sobre los seres humanos, consiguieran alcanzar un punto extremo que pudiera llevar a la disolución de la creación material, Yo intervine. Pues los apóstatas finalmente habían tenido que reconocer que sus fuerzas y posibilidades no bastaban para construir una creación propia, de modo que su nuevo objetivo pasó a ser destruir lo existente.

El resto es conocido: Mi aspecto del amor vino a su mundo en Jesús de Nazaret, preparado debidamente por medio de una serie de seres espirituales fieles a Mí. Jesús, el Cristo, redimió a todos los seres humanos y a todas las almas en el sentido de que, con Su «muerte» en la cruz, una energía adicional fluyó hacia cada uno: la energía de Cristo que ustedes encuentran cerca de su corazón y que volvió a hacer posible que todos regresaran a su patria celestial. Al mismo tiempo, el muro de luz se abrió para todos aquellos que, gracias a un desarrollo espiritual correspondiente, ya habían recuperado la elevada vibración de los cielos.

El amor había vencido; el mal había sufrido una derrota.

Quien crea que esta derrota llevó a Sadhana y a sus seguidores a reconocer su error y cambiar de rumbo se equivoca por completo. Su resistencia interior seguía siendo mayor que cualquier otra cosa, y su odio hacia Mí y hacia todo aquel que se esfuerza por recorrer el camino del amor para madurar y luego acercarse a Mí permanecía y permanece intacto. Esto significa que su afán de causar daño y destruir sigue activo; en su tiempo, más activo que nunca. Porque ella ve y percibe que se ha acercado a su objetivo y hace todo lo posible por intensificar lo negativo, algo que ha conseguido en medida creciente durante las últimas décadas.

Mi sencilla enseñanza del amor fue y sigue siendo la llave para todo y para todos. Es la garantía de que lo menos bueno se transforme gradualmente en bueno. Esto seguirá siendo así, pues el cielo es amor, y quien quiera volver a entrar en el cielo debe llevar consigo el amor. Puede hacerlo si ha desarrollado ese amor en su vida o en sus vidas con Mi apoyo y porque lo ha hecho.

Naturalmente, el bando contrario también sabe todo esto. Y, en verdad, les digo: se vale de métodos mucho más astutos y engañosos de lo que ustedes pueden imaginar. Una pequeña ayuda para descubrir sus intenciones puede ser que reflexionen —con cautela y tomados de Mi mano— acerca de cómo procederían ustedes si estuvieran en su lugar.

¿No sería prometedor alterar o incluso eliminar las directrices que Yo di a los seres humanos como Jesús de Nazaret? Y hacerlo de manera gradual —es decir, a lo largo de siglos—, de modo que apenas se note y a las generaciones siguientes les resulte difícil o ya imposible encontrar la enseñanza original y, con ella, Mi verdad.

Y entonces, naturalmente, tendrían que trabajar con el miedo para volver dóciles a los seres humanos, de modo que, por tanta preocupación ante una «condenación» o al menos ante una conducta pecaminosa con sus correspondientes consecuencias —en el peor de los casos, tormentos eternos en el infierno—, no se atrevan a formular las preguntas necesarias para acercarse a Mi palabra original. ¿No figuraría entre las preguntas que no deben hacerse cómo puede un Dios de amor eterno ser capaz de castigar a Sus hijos? ¿O si quizá existe un principio que devuelva a alguien al camino correcto sin que Dios tenga que intervenir?

Si tienen un poco de práctica en formularse estas y otras preguntas semejantes —usen su entendimiento, Mis amados—, entonces descubrirán «por sí solos» muchas cosas que antes no comprendían. Hablando en sentido figurado, se abrirán sus ojos interiores y tendrán más de una revelación esclarecedora.

Esto es algo que, naturalmente, no encaja en absoluto en los planes del bando contrario; y es una de las razones por las que los inunda con distracciones de toda clase, para que no utilicen su entendimiento del modo que les he descrito en este pequeño ejemplo y como Yo deseo. Porque son preguntas sencillas que cualquiera puede hacerse y que no requieren acrobacias mentales especiales ni un cociente intelectual particularmente alto.

La única pregunta es si el ser humano está siquiera dispuesto a querer encontrar las respuestas correspondientes mediante este tipo de preguntas u otras semejantes…


Quien esté dispuesto a cuestionar muchas cosas llegará también a preguntarse si puede existir la casualidad. La respuesta surge por sí sola:

Si así fuera, significaría al mismo tiempo que algo sucede sin que exista una causa o un trasfondo. Simplemente porque sí, de la nada, sin que antes haya ocurrido algo que precediera al acontecimiento actual o que incluso lo hiciera posible. Hasta el «sentido común» dice que semejante cosa no puede existir. Siempre hubo algo antes, ya fuera algo pequeño e insignificante o algo grande capaz de conmover al mundo. Todo tiene un pasado, aunque por regla general nos sea desconocido.

Conclusión: ¡la casualidad no existe ni puede existir! ¿Y ahora qué? ¿Termina ya aquí nuestro cuestionamiento? Solo puede haber una respuesta si están dispuestos a seguir preguntando sin miedo: ¡hubo o hay algo anterior! El hecho de que solo en raras ocasiones sepamos qué fue no anula el principio. Y antes de aquello que hubo, hubo otra cosa. Y así sucesivamente. Por lo tanto, todo acontecimiento forma parte, en el fondo, de una cadena interminablemente larga cuyo comienzo permanece para nosotros en la oscuridad…

Una parte de esta ley aún se encuentra en la Biblia, en el pasaje que dice: «Lo que el hombre siembre, eso cosechará». Pero es solo una parte, y lo «peligroso» es que —si acaso se reflexiona al respecto—, pese a toda la verdad que contiene, da a entender que se trata únicamente del futuro.

Con la mano en el corazón, Mis hijos e hijas: ¿quién de ustedes que conoce este pasaje bíblico se ha preguntado alguna vez cuándo sembró aquello que hoy cosecha…? Si lleva su razonamiento hasta el final, tendrá que llegar a la convicción, al conocimiento, de que él mismo fue quien en el pasado sembró la semilla —buena o menos buena— de su cosecha actual. Él y nadie más, salvo unas pocas excepciones —por ejemplo, cuando se trata de asumir una responsabilidad colectiva— de las que no necesitamos hablar aquí porque no son pertinentes para nuestra reflexión.

Ahora vuelvo al comienzo de Mi revelación, a la pregunta de quién «tiene la razón» en la guerra entre palestinos y judíos. Puesto que la casualidad no existe, carece de sentido atribuir culpas basándose únicamente en acontecimientos actuales. Ambos pueblos están enemistados desde tiempos inmemoriales, desde hace más tiempo del que el ser humano puede recordar. Y siempre ha estado en primer plano el «ojo por ojo, diente por diente». Las guerras que ambos han librado repetidamente entre sí no pueden contarse ni con las dos manos. A ninguno se le ha ocurrido jamás considerar la posibilidad de ponerles fin y ser el primero en extender la mano para la reconciliación. Tampoco ahora se perfila este paso como una opción posible. Y, sin embargo, es la única manera de poner fin a la disputa eterna.

Pero las acusaciones mutuas se expresan sin cesar por ambas partes, al igual que por quienes creen que deben manifestar su opinión al respecto. Con ello solo demuestran que carecen de conocimiento espiritual. Reflexionen sobre lo que esto significa para la humanidad: está dirigida por gobernantes que no solo son ignorantes, sino que muchas veces también actúan, consciente o inconscientemente, en contra de Mi mandamiento del amor.

La piedra angular de la ignorancia de los seres humanos, incluidos quienes se llaman cristianos, se colocó hace ya muchos siglos. Fue una de las jugadas más hábiles de Mi adversario y el de ustedes: intervenir en un punto central de Mi enseñanza para mutilarla y convertir así la fe en Mí en una fe literalista. El bando contrario encontró personas en el Estado y en la Iglesia sobre las que pudo influir para que modificaran Mi ley eternamente válida de causa y efecto, también llamada siembra y cosecha. 1) Y con ella, también la ley inalterable de que, por regla general, un alma no encarna una sola vez para aprender y madurar por medio de ello. Vuelve en forma humana si existe el deseo o la necesidad, porque no le es posible seguir desarrollándose en el más allá o porque allí tardaría mucho tiempo.

Las causas y los efectos se acumulan como agua de lluvia en un barril. No es que Yo carezca de paciencia. Al contrario: desde la perspectiva de ustedes, Mi paciencia es casi ilimitada. Si, no obstante, pongo un «alto» donde es necesario, siempre lo hago considerando lo que le espera a quien causó aquello. Cuando el barril está lleno, significa a la vez que no se aprovecharon las innumerables oportunidades de reconocer y cambiar de rumbo. El paso siguiente, que siempre será un paso de aprendizaje, sin importar cuán terrible pueda parecer, es asimismo una «necesidad», porque contiene la posibilidad de que después las cosas vuelvan a mejorar, aunque por el momento haya que recorrer un tramo empinado y difícil.

Este tramo se encuentra ante la humanidad, que no podrá evitar dar los pasos necesarios para su purificación. No será fácil. Quienes estén dispuestos ya pueden reconocer en los primeros indicios hacia dónde conducirá el camino. Habrá un gran sobresalto para todos los que han vivido despreocupadamente al día y todavía lo hacen; pero también para quienes se llaman fieles a la Biblia y cristianos, pero han omitido examinarse a sí mismos y su conducta —con honestidad, en profundidad y no solo de manera superficial— y no han extraído después de lo reconocido las conclusiones necesarias. En la práctica, en la vida cotidiana, esto significa ejercitar junto Conmigo una conducta diferente, una conducta conforme a Mi mandamiento del amor.

La modificación de la ley de causa y efecto, junto con la incorporación de supuestas exigencias que Yo nunca enseñé, es apenas una de las innumerables doctrinas erróneas que tuvieron y siguen teniendo como objetivo llevar a los seres humanos por un camino equivocado. Al mismo tiempo, deben darles la sensación de haber hecho, a pesar de todo, cuanto pueden hacer como seres humanos «pobres y pecadores». Nada puede ser más falso que semejante suposición.

Lo que Yo deseo es que Mis hijos humanos vivan Conmigo. No como un «santo» o una «santa», sino como personas completamente normales cuyo corazón no pertenece al mundo, aunque estén en el mundo: personas que saben y no olvidan que son hijos de Mi amor, que Yo habito en ellos y, por tanto, vivo en ellos y por medio de ellos; que Estoy presente en todo lo que piensan, dicen y hacen; que pueden acudir a Mí con cualquier cosa en todo momento —incluso cien veces al día—; que no solo Me consideran su Dios y Creador, sino también su amigo, un compañero más fiel que cualquier otro que haya existido o pueda existir jamás.

Y que no solo crean en Mí de alguna manera, sino que poco a poco confíen cada vez más en Mí, lo cual —hay que reconocerlo— requiere cierta práctica. También exige una porción de conocimiento; no en todos los seres humanos, pero sí en muchos. Si falta este conocimiento básico, que desde tiempos inmemoriales doy al mundo como ayuda mediante Mi palabra profética, al bando contrario le resulta relativamente fácil hacer tambalear la fe en Mí y en Mi guía sin errores, o impedir desde el principio que llegue a nacer.

Esto ha sucedido, entre otras cosas, mediante la alteración del sentido de la ley de causa y efecto. Puesto que esta ley rige siempre y en todas partes, tanto en lo grande como en lo pequeño, también ejerce una influencia decisiva en la vida personal de Mis hijos, y no solo en aquello que ustedes ven al mirar el mundo. En la mutilación de Mi enseñanza, en la falta de esclarecimiento y, como consecuencia, en una conducta equivocada con resultados en conjunto aterradores, pueden reconocer la astucia del proceder satánico que los ha conducido a un callejón sin salida: el de su «destino».

Yo no sería el amor incondicional si Me limitara a esclarecer y amonestar. Mi deseo es poder volver a estrechar entre Mis brazos a cada alma y a cada ser humano lo antes posible, y que el camino no se vuelva innecesariamente difícil para ninguno. Sin embargo, Mis amados, esto requiere la colaboración de ustedes, y tal necesidad se debe al libre albedrío que he dado a cada criatura. Por muy hermoso y prometedor de libertad que sea ejercer el libre albedrío, este también tiene un aspecto que no se mira con agrado o que, consciente o inconscientemente, se pasa por alto o se niega:

Quien infringe Mi mandamiento del amor, tarde o temprano debe afrontar las consecuencias de su propia siembra, a menos que las elimine a tiempo. Esto sucede mediante el reconocimiento y el arrepentimiento y, cuando sea necesario y posible, mediante la reparación. Mi ayuda fraterna —¡desde el Gólgota vivo en ti como energía de Cristo!— te está asegurada en esta labor que Yo llamo «trabajo interior».

¿Reconocen ahora las consecuencias fatales de la modificación de Mi enseñanza en lo relativo a la siembra y la cosecha, y también al renacimiento? Quien solo ve esta vida, su vida actual, no puede encontrar respuestas a las muchas preguntas que quizá le plantea una existencia nada sencilla. Ni siquiera comenzará a explorar, con pequeños primeros pasos, su interior, sus inclinaciones, sus intereses y muchas otras cosas. ¿Puede haber algo que favorezca mi conducta y quizá también la repetición constante de mis errores? En principio, no importa si la base para ello se estableció en esta vida o en una anterior. Pero el solo hecho de tener claro que se posee un pasado que influye en el presente ya puede ser de gran ayuda.

Quien solo ve esta vida y ni siquiera incorpora en su pensamiento la creencia en repetidas vidas terrenales siempre está expuesto a la tentación de no comprenderme y, en el peor de los casos, acusarme, con la consiguiente pérdida de la fe. ¿Cómo puede Dios permitir esto?

Esta es entonces una de las preguntas más frecuentes, una pregunta que para quien posee conocimiento revela la ignorancia de quien la formula. Pues ¿por qué no habría de permitir Yo algo que la persona involucrada, y a quien ahora le afecta, causó alguna vez por sí misma? Para ella es una oportunidad de reconocer, si así lo desea; pero, en cualquier caso, al saldar lo pendiente tiene la posibilidad de liberarse de una antigua culpa de este modo. O mediante una combinación de ambas cosas.

Si no existe el conocimiento de vidas anteriores, el paso hacia el alejamiento de Mí, hacia la incredulidad y quizá incluso hacia una lucha muy personal contra Mí ya no queda muy lejos. Ni siquiera eso cambiaría Mi amor, pero puede abrirles los ojos a las consecuencias fatales y graves que tuvo y sigue teniendo la modificación de este único punto de Mi enseñanza; y existen muchas alteraciones iguales o semejantes.

Así actúan, entre otras, las tinieblas, en las que muchos ni siquiera creen o que muchos subestiman por completo. Así como los ángeles de los cielos están a su alrededor cuando ustedes poseen una irradiación correspondiente, las fuerzas negativas también están presentes cuando les dan oportunidad mediante sus pensamientos y su voluntad. Como principio general: aquello que no ven ni sienten suele estar presente de manera mucho más real que lo que perciben.

Visto así, debe quedarles claro que una vida en la materia no está exenta de peligro. Quien se esfuerza por vivirla Conmigo vive considerablemente más seguro que quien intenta hacerlo por su propia cuenta. Para cualquiera es sencillo dar los pasos hacia una unión Conmigo más íntima que en el pasado:

Examina tus intenciones, tu voluntad y tus metas y, si lo deseas, decide vivir una existencia en la que quieras estar Conmigo con mayor frecuencia. Pídeme que te ayude a hacerlo. ¿Qué crees: atenderé semejante petición o la pasaré por alto…?

Y ten la certeza de que no te quitaré nada que tú no Me entregues voluntariamente. Seguirás conservando tu libre albedrío. Por lo tanto, no tienes nada que perder, hijo Mío, hija Mía. Y si, aun así, de vez en cuando te resulta difícil —también para eso tengo plena comprensión—, recuerda que te amo infinitamente. Siempre ha sido así y seguirá siéndolo para siempre.

Amén

1) Es un hecho, que también puede consultarse en la bibliografía correspondiente: Tertuliano (aprox. 160–220 d. C.) defendía la doctrina de la reencarnación del alma, al igual que muchos otros eruditos eclesiásticos de su época. Según Jerónimo, en el cristianismo primitivo estaba muy extendida; según Rufino de Aquilea († 410 d. C.), incluso era de aceptación general. Gregorio de Nisa (335–394 d. C.), obispo y doctor de la Iglesia, escribió: «Para el alma es una necesidad natural purificarse mediante múltiples recorridos de vida». El sínodo del año 543 d. C. promulgó un edicto por el que Orígenes y sus enseñanzas fueron objeto de anatema (maldición). N.º 1: «Si alguno dice o piensa que las almas de los seres humanos preexistieron, en cuanto fueron anteriormente seres espirituales y potestades santas, pero que se apoderó de ellas el hastío de la contemplación de Dios y se volvieron hacia lo peor, por lo que el amor divino se enfrió en ellas, recibieron por ello el nombre de “almas” y fueron enviadas a cuerpos como castigo, sea anatema (maldito)».