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La interacción entre el alma y el ser humano

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Die Wechselwirkung zwischen Seele und Mensch

Fecha original: 14 de febrero de 2015

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Mis amados hermanos y hermanas, Yo, Jesucristo, el Amor en el Padre, abro los corazones vueltos hacia Mí e irradio en su conciencia para que Mis palabras encuentren resonancia en ustedes y la semilla que deposito de este modo produzca un buen fruto; un fruto alimentado por la «lógica del corazón» que les enseño, porque así el «tener que limitarse a creer» se convierte en la capacidad de comprender y entender en su interior.

Cuando hoy les señalo que la Tierra constituye para todos los seres humanos una escuela a la cual entran al nacer y que abandonan cuando llega aquello que llaman muerte, no les digo nada nuevo. Muchas personas aceptan esta visión de una «escuela terrenal», aunque en ocasiones lo hacen con excesiva rapidez, sin ser conscientes del profundo significado de esta expresión ni contemplar y tomar en cuenta las consecuencias que se desprenden de ella. Precisamente por eso abordo deliberadamente este tema, porque posee muchas dimensiones e innumerables aspectos sobre los cuales apenas se reflexiona. Sin embargo, examinarlos con mayor atención, profundizar en ellos y finalmente llevarlos a la práctica constituye la clave para obtener un buen resultado «al terminar el período escolar». Y ese final determina, a su vez, el comienzo de su período de aprendizaje espiritual, de su vida «al otro lado del velo».

Cuando se habla de escuela y aprendizaje, esto indica que existe algo que todavía no se domina o que puede mejorarse. Reconocer siquiera esta necesidad es uno de los requisitos fundamentales —para todos sin excepción— si el ser humano desea emprender de manera consciente y decidida el camino de regreso a su patria eterna. Esto también se aplicó a Mí cuando viví como Jesús de Nazaret, pues Yo no estaba fuera de las leyes divinas y espirituales eternas que rigen toda encarnación y toda vida.

Aunque su escuela terrenal les presenta sus lecciones aun sin una decisión consciente —con ello Me refiero al sí del que les hablo una y otra vez—, en muchos casos estas no se reconocen, o no se reconocen de inmediato, como tales. Pero esto no cambia el hecho de que deben resolverse, aunque muchas veces bajo condiciones difíciles, en la ignorancia, con resistencia y rebeldía, y no pocas veces durante un período que se prolonga a lo largo de varias encarnaciones.

Todos han experimentado en carne propia que las tareas son diferentes para cada persona. La razón se encuentra en la constitución de su alma, que a su vez se expresa por medio del ser humano y en él. Cada alma tiene un pasado diferente y, por tanto, cada persona debe trabajar y aprender algo distinto. Ustedes trajeron consigo sus diferentes caracteres, particularidades y formas de conducta, porque ninguna alma entra en la materia sin cargas, por decirlo así, «tan fresca como una rosa recién bañada por el rocío». Las diferencias, a menudo considerables, entre las personalidades de varios hermanos de una misma familia no pueden explicarse de otra forma que por la diversidad de las estructuras de sus almas, incluida su mentalidad espiritual básica, especialmente cuando todos recibieron aproximadamente la misma atención y educación. Las explicaciones científicas que recurren al papel de los genes y a las teorías de la herencia resultan insuficientes en este punto.

Es el alma, con sus fortalezas y debilidades, la que determina la conducta humana, aunque conforme a la ley espiritual de atracción ninguna alma llegue por casualidad a una familia que, naturalmente, la marcará en mayor o menor medida a lo largo de los años, sobre todo durante los primeros. Pero aquello que el alma lleva en sí, aquello que quizá se propuso aprender antes de encarnar, es lo que penetra una y otra vez en la vida de la persona, se hace notar y desea ser resuelto y redimido. Porque durante la encarnación el alma y el ser humano forman una unidad inseparable. Así, a cada persona le sucede —de una manera diferente para cada una— aquello que es importante y correcto para ella, y esto ocurre con absoluta precisión. Porque Mi ley, que es amor y guía individualmente a cada uno, actúa sin errores.


Lo que se transmite a los alumnos en una escuela del mundo es, ante todo, conocimiento. La escuela de la vida, con su trasfondo espiritual, tiene otra meta de aprendizaje: se trata de mover a la persona a orientar cada vez más su conducta hacia el prójimo y hacia sí misma conforme al mandamiento del amor. Con ello crece al mismo tiempo su amor por Mí. Si este es también el deseo y la voluntad de la persona, Yo permanezco a su lado. Entonces Soy, en la práctica, el piloto a quien invitó a bordo del barco de su vida. Y Conmigo actúan incontables ayudantes espirituales que, según la situación y la necesidad, orientan el rumbo y guían sus pasos.

Pero incluso cuando la persona establece otras prioridades, desea seguir su propio camino y así lo hace, no queda fuera de Mi amor. Como todos y como todo, se encuentra bajo la ley de la conducción de regreso al hogar, que no permite que nadie se pierda. No obstante, permanece la necesidad de aprender con miras a su meta espiritual, es decir, de realizar un cambio en su interior, en sus pensamientos y en su conducta. Las lecciones que ella misma creó mediante sus acciones del pasado deben abordarse durante el camino que aún tiene por delante. Con la disposición necesaria y la petición de asistencia al Cielo, este proceso resulta mucho más fácil de superar.

Cuando se menciona la palabra carácter, muchas personas la relacionan inmediatamente con una valoración entre bueno y malo. Por eso no a todos les resulta fácil hablar de fortalecimiento y formación del carácter, pues esto presupone que el carácter todavía no es tan noble como la persona muchas veces desea imaginar o quisiera. Pero cuando el reconocimiento sincero no está acompañado por el menosprecio ni la condena de la propia persona, sino que ya empieza a asomarse «en el horizonte» la alegría de poder experimentar pronto una transformación hacia lo bueno y positivo, no existe razón alguna para no utilizar libre y abiertamente el concepto de carácter.

Por eso les digo: ¡aquello que llamo trabajo interior y que les presento en muchas revelaciones tiene como único propósito fomentar la formación y el fortalecimiento del carácter en el ser humano! Porque con cada paso que da en esa dirección, entra cada vez más profundamente en la ley universal de Mi amor.

Mis hermanos y hermanas se enfrentan con mucha frecuencia al problema de no saber ni reconocer qué deben cambiar concretamente en su vida. O les cuesta ver la necesidad de actuar de otra manera en este o aquel ámbito. ¡Nadie está obligado! Yo Soy también la libertad, pues el amor sin libertad no existe. Y cada uno puede y debe hacer uso de esa libertad por sí mismo.

Pero muchas veces son únicamente la falta de atención hacia ustedes mismos, la falta de valor, la apatía, la negligencia, la autocompasión y otras cosas las que nublan su mirada para reconocer en qué puntos y ocasiones podría actuarse de otro modo, o quizá incluso habría debido actuarse así desde hace mucho tiempo porque esta o aquella conducta les molesta a ustedes mismos. No siempre son los «grandes pecados» los que les dificultan la vida. Muchas veces se revelan como «frenos» los hábitos, las opiniones, los patrones de conducta, las particularidades y otras cosas que hicieron suyos a lo largo de los años. Sin que lo adviertan, pueden influir negativamente en el desarrollo espiritual de su alma, aunque a largo plazo no representen obstáculos verdaderamente graves. Pero pueden constituir el terreno fértil para errores y debilidades que vuelven a manifestarse por medio de ellos, incluso y precisamente cuando creen haberlos superado ya.

Si perciben lo que hay en su interior, intuirán o sabrán a qué Me refiero. ¿Acaso el orden, una cualidad divina, no forma también parte de la base de una conducta conforme al amor? ¿Y qué consecuencias produce la falta de orden? Tampoco poder o querer soltar, mantener expectativas, culpar a los demás o a uno mismo, querer complacer a todos por miedo a no ser amado, la falta de constancia, la dificultad para decidir y muchas otras cosas pertenecen a las debilidades del carácter que muchas personas no reconocen a primera vista como algo que necesita cambiar.

No pasen tan rápidamente por encima de ellas cuando se presenten en su vida. Acéptenlas como un impulso que el día les ofrece y que desea decirles algo. Sin embargo, que una persona considere necesario cambiar un rasgo de su carácter depende también, y en gran medida, de que su deseo de regresar al hogar sea lo suficientemente fuerte como para aliviar poco a poco, con Mi ayuda, su alma de aquello que todavía la oprime.

¡Yo, su Amigo y Hermano que habita en ustedes y permanece a su lado, también estoy aquí para trabajar estas imperfecciones humanas! ¡Yo Soy quien vive en cada uno de ustedes como la energía divina que se derrama eternamente! Soy quien les da el conocimiento y la fuerza necesarios para superarlas cuando acuden a Mí con ellas. Esto también forma parte de la labor de un piloto; si aceptan esta ayuda que procede del amor desinteresado e incondicional, Yo conduciré el barco de su vida hacia aguas más tranquilas.


Cuando se les señala un error —sobre todo cuando ya lo conocen—, muchas veces acecha en el fondo una trampa hábilmente colocada por el bando contrario para dificultar o impedir que contemplen sus causas con mayor profundidad: «Sí, ya lo sé», suele ser la respuesta en muchos casos, «eso viene de mi infancia. Así me educaron». O bien: «Surgió porque tal o cual persona…»; «Yo no tengo la culpa, otros son responsables de esto», o esto, aquello y lo demás… Por supuesto, todo tiene una causa; nada surge ni se desarrolla sencillamente sin motivo. Por tanto, para todo puede encontrarse un desencadenante, que la mayoría de las veces se atribuye a otras personas o a circunstancias especiales.

Todo tiene su causa en algún punto del pasado. ¿Puede esto servir como argumento para aceptar la propia conducta tal como es —quizá desde hace mucho tiempo— sin reflexionar si la vida no resultaría más fácil de afrontar sin esa carga? No se trata de negar las influencias del pasado que dejaron su huella, pero tampoco deben servir como motivo para fijar una mentalidad de «yo soy así y punto» que les dificulte liberarse de esas antiguas cargas. Naturalmente, superarlas requiere un poco de trabajo —por eso también lo llamo «trabajo interior»—, pero Yo les quito una gran parte de ese trabajo, si así lo desean.

Además, consideren lo siguiente: no importa dónde se encuentren las causas en el pasado, cuándo hayan surgido ni quién las haya reforzado; en cualquier caso y de todos modos, las debilidades actuales que resultan de ellas tendrán que trabajarse y transformarse en fortalezas. Por tanto, no existe una razón verdadera para aplazar el examen sincero y una decisión valiente hasta algún momento situado en un futuro lejano.

Recuerden, Mis amados hermanos y hermanas, que nada sucede fuera de la ley en la Creación; que, por tanto, no existen casualidades, sino que la ley de atracción y repulsión regula la convivencia y aquello que se denomina destino. Lo que le sucede a cada persona tiene, de alguna manera, relación con ella, aparte de las pocas excepciones que, sin embargo, también están sometidas a la ley, pero que no incluyo en esta reflexión.

Al principio dije que ninguna alma entra sin cargas en esta materia para habitar en un ser humano durante una vida terrenal. Cuando ocurren varias encarnaciones, como es lo habitual, el cuerpo material representa cada vez una nueva vivienda para el alma, mientras que el alma es y sigue siendo siempre la misma. Pero la unidad de alma y cuerpo que se forma al nacer también significa que existe un intercambio ininterrumpido entre la parte sutil y espiritual del alma y la parte material y densa; este comienza ya antes del nacimiento y se prolonga hasta el final de la vida.

Por tanto, el recién nacido ya lleva en su interior —aún sin que nadie lo reconozca— su futura personalidad y, con ella, aquello que el alma se propuso para la nueva vida. Sus rasgos de carácter se expresan entonces poco a poco. Pueden ser influidos, ante todo, por los padres y educadores y por el entorno en el que vive la persona. En el caso ideal, se fortalecen las buenas cualidades y se superan las menos buenas, con muchos grados y variantes dentro de este proceso. Ha comenzado la formación y el fortalecimiento del carácter.

La interacción entre el ser humano y el alma significa que, por una parte, desde el alma fluye hacia la persona aquello que le corresponde y se expresa por medio de ella; y que, por otra, la persona imprime su sello en el alma mediante su conducta. Visto así, el ser humano y el alma se programan mutuamente sin interrupción. Si predomina lo negativo, puede hablarse, en el sentido más literal de la expresión, de un «círculo vicioso», porque uno influye sobre el otro y así surgen formas de conducta que se graban cada vez más profundamente en el conjunto formado por el ser humano y el alma.

Siempre que la encarnación se haya preparado con miras a una evolución intencionada, la meta del alma es llevar a la práctica aquello que se propuso. Porque, en tal caso, desea liberarse de antiguas cargas y volverse más luminosa mediante lecciones superadas con éxito —y, si fuera necesario, también mediante la expiación de deudas—. Esto significa, al mismo tiempo, alcanzar un grado más elevado de vibración, lo cual está relacionado, a su vez, con una mayor recepción de energía espiritual. Este flujo intensificado de energía constituye el regalo desinteresado del Cielo, conforme a las palabras que ya les he presentado muchas veces: a quien sirve a la ley, la ley le sirve.

Cuando la persona sigue las necesidades de su alma que está despertando, esto también repercute en el cuerpo, porque entonces fluye hacia ella una mayor cantidad de energía vital a través del alma y surge una armonía cada vez mayor entre ambas. Como consecuencia, esto se expresa en frescura espiritual y física, en alegría de vivir, en una visión positiva del futuro —también del futuro posterior a la muerte del cuerpo—, en entusiasmo, disposición a ayudar, indulgencia consigo mismo y con los demás, y mucho más.

Si la persona no sigue aquello a lo que aspira su alma —sobre todo si conscientemente no lo hace, es decir, si actúa contra lo que sabe que es mejor—, el proceso se invierte. El alma se oscurece, su vibración desciende, no se produce la armonización prevista entre alma y cuerpo y el platillo de la balanza correspondiente al «alma» desciende en vez de subir. Lo mismo, aunque en una medida mayor, sucede cuando la persona sigue sin freno los instintos inferiores de su alma, un alma que encarnó por egocentrismo y únicamente para satisfacer deseos contrarios a la ley.


Mis hermanos y hermanas, si pudieran contemplar el mundo que todavía es invisible para ustedes, verían que fuerzas buenas y malas se esfuerzan sin cesar por influir en cada persona. Por una parte, Me refiero a la acción de sus ángeles guardianes y ayudantes espirituales; por otra, al empeño de los poderes oscuros por influir en las personas conforme a sus propios fines. A ambos bandos les resulta más fácil guiarlas cuando encuentran las correspondientes inclinaciones en el alma y en el ser humano, en forma de intenciones buenas o malas, propósitos desinteresados o egoístas, sentimientos y pensamientos constructivos o destructivos. La luz no logra guiarlos cuando la persona cede ante las fuerzas contrarias; las tinieblas no lo logran cuando se despierta su conciencia y toma una decisión conforme a la justicia y al amor.

Hace dos mil años vine a este mundo para dar a las almas y a los seres humanos la energía necesaria para que pudieran liberarse de las garras de las tinieblas mediante una decisión libre. Al producirse Mi llamada muerte en el Gólgota les entregué la luz fortalecedora y redentora de Mi amor. Lo que no pude dar a las personas, debido a que su conciencia todavía no estaba suficientemente desarrollada en aquel tiempo, fueron indicaciones y ayudas detalladas que facilitaran la aplicación del mandamiento del amor a Dios y al prójimo.

Pero ¡nunca guardé silencio a lo largo de todos estos siglos! Una y otra vez derramé Mi Espíritu para llamar a los Míos, despertarlos, recordarles su herencia divina y señalarles la necesidad de llevar una vida de seguimiento. Ha llegado el tiempo —y no apenas hoy— en que Mi Espíritu de amor puede ofrecer una enseñanza más profunda. Durante el tiempo venidero introduciré a los dispuestos en verdades y sabidurías cada vez mayores. Esto es posible porque más y más corazones se abren a la sencilla enseñanza del amor universal y, al mismo tiempo, el Cielo irradia con mayor intensidad en su materia y en su entorno espiritual.

Así, poco a poco, los seres humanos reconocerán que su verdadero origen es un hogar espiritual: la patria eterna en la infinitud y en la luz indescriptible. Comprenderán que es necesario cambiar su vida y que, en el fondo, ese cambio no representa otra cosa que el cumplimiento del mandamiento del amor que traje y viví con Mi ejemplo. No he retirado ni una sola letra de las exhortaciones, el aliento, el esclarecimiento y el conocimiento que hasta ahora he dado al mundo; tampoco lo haré en el futuro, porque no existe ni existirá jamás razón para ello. Pero los instruyo cada vez más acerca de las relaciones espirituales que no solo rigen en la Creación, sino que también determinan su vida.

Porque quiero conducirlos de regreso al hogar, quiero volver a estrecharlos entre Mis brazos, quiero calmar Mi anhelo por ustedes.

La fe como fortaleza para el alma y el ser humano es algo maravilloso, siempre que no sea una fe falsificada por la razón humana y que obtenga su fuerza únicamente del hecho de que Dios es el amor y ese amor está por encima de todo. Además de la fe, el conocimiento puede ser una gran ayuda para no seguir ciegamente doctrinas falsas que no conducen a la libertad. También por eso he derramado abundante conocimiento sobre la humanidad. Pero tampoco aquí permanecieron inactivas las tinieblas.

Por eso, amados Míos, estén atentos a la acumulación de conocimientos. No Me refiero al conocimiento que fluye de su fuente interior y que se revela legalmente y poco a poco en ustedes —conforme se amplía su conciencia— cuando recorren el camino con buena voluntad y un esfuerzo sincero. Cuando el conocimiento sirve para extraer las conclusiones correctas de lo reconocido y llevarlas después a la práctica, ha cumplido su misión. Pero cuando constituye únicamente una acumulación en sus cabezas, existe el riesgo de que se convierta en un conocimiento muerto que solo los carga. Muchas personas entre ustedes no ven el peligro que amenaza cuando se acumula conocimiento y, al mismo tiempo, se descuidan la aplicación y la práctica necesarias en la vida cotidiana.

Les digo que, a largo plazo, esto bloquea el desarrollo que su alma desea y procura alcanzar. Una persona así se parece a un silo lleno hasta el borde de semillas que, en realidad, estaban destinadas a producir buenos frutos al sembrarse en la tierra, tanto en los demás como en uno mismo. Si únicamente se almacenan, terminan perdiendo su fuerza como «sal de la Tierra» y se vuelven inútiles.

Exclamo a todos los que se reconocen en estas palabras: «¡Su alma espera que lleven a la práctica sus conocimientos!». Al menos lo espera aquella parte del alma que aún conserva su claridad, en la que todavía existen el recuerdo de su verdadera patria y el deseo de regresar al hogar. Yo permanezco como piloto al lado de todos los que procuran llevarlos a la práctica, siempre que Me inviten a subir a bordo.

Si lo desean, reflexionen sabiamente sobre Mis palabras. Piensen en la unidad que forman su alma y su naturaleza humana; consideren también la programación mutua, que será completamente positiva si ustedes así lo desean. «Tal como cae el árbol, así queda tendido», dice uno de sus refranes en relación con el paso del alma al más allá. Yo también vine al mundo para que este sea un buen tránsito, semejante a obtener un resultado satisfactorio al finalizar la escuela terrenal. También por eso hago oír Mi palabra en todas partes, con la cual escribo en su corazón y en su alma:

«Yo, el Amor, vivo en ti. Dame tu mano y recorramos juntos el camino que aún tienes por delante. Te lo prometo: será un tiempo maravilloso. Te amo».

Amén