Encuentro del 12 de enero de 2008 en Würzburg
Revelación divina (después de nuestras oraciones y en relación con ellas)
Cuando ustedes, Mis amados, depositan a Mis pies su naturaleza humana, esto significa al mismo tiempo que Me han dado su sí, que conocen el gran Plan, lo aceptan y también saben qué papel desempeñan dentro de él: un papel que asumieron voluntariamente.
Depositar a Mis pies su naturaleza humana significa que han tomado una decisión. Aunque todavía se encuentran luchando consigo mismos, ya no son juguetes de las fuerzas que desean provocar el caos y que se han propuesto vencer a la Luz.
De este modo se han puesto de Mi lado, del lado de la Luz, y se esfuerzan día tras día por entregarme aquello que han reconocido y por trabajar con Mi fuerza para que surja algo nuevo, también dentro de ustedes.
Quien todavía no ve las señales de los tiempos está cegado. No quiere verlas porque perturbarían su tranquilidad, o no puede verlas porque cierra los ojos y los oídos por temor a lo que traerá el futuro.
La lucha de las tinieblas contra la Luz ha entrado en una fase decisiva. Quiero explicarles algunos aspectos de su trasfondo para que reconozcan de qué manera se libra esta lucha y cómo deben protegerse y actuar como Mis mensajeros de la Luz.
El ser humano que vive en la materia está gobernado por sus cinco sentidos, y son muy pocas las personas que poseen además la capacidad de ver u oír en los mundos sutiles. Esto lleva a los seres humanos a la creencia equivocada de que no existe nada fuera de aquello que pueden ver y sentir, es decir, fuera de lo que son capaces de percibir con sus sentidos. Esta idea no podría ser más errónea. No se trata solamente de que esas energías invisibles existan; el gran peligro consiste en que actúan continuamente sobre ustedes en una medida que no pueden imaginar. El ser humano nunca está solo, como una especie de ser neutral que vive en el vacío. Tanto en el mundo visible como en el invisible, todo influye sobre todo lo demás. Si conocieran detalladamente las influencias a las que están expuestos, estas los estremecerían hasta lo más profundo de su ser.
Pero no existen únicamente energías invisibles y oscuras; también existen energías luminosas. Estas ejercen su influencia de otra manera, porque las fuerzas de la Luz respetan el libre albedrío. Ahora podrían preguntar: «¿Qué posibilidad tiene realmente el ser humano en esta lucha invisible, si está expuesto constantemente al peligro de fuerzas inferiores que no respetan su libre albedrío y que se aprovechan de sus debilidades humanas? ¿Cómo podrá ganar alguna vez esta lucha, si, por otro lado, las fuerzas de la Luz actúan amorosamente y no influyen en el ser humano contra su voluntad?»
Con frecuencia parece que las fuerzas de las tinieblas llevaran la ventaja en esta lucha. Pero ellas no poseen una visión de conjunto. Enredan a los seres humanos en la ley de causa y efecto y, de ese modo, los atan a ellas durante cierto tiempo, sin saber que ellas mismas han quedado sujetas a esa ley. Sin embargo, al final del camino que un ser recorre bajo la ley de la siembra y la cosecha siempre se encuentran el reconocimiento y el abandono de toda conducta que no esté de acuerdo con la Ley y que se oponga al amor.
Por regla general, las fuerzas contrarias no saben esto; y si lo saben, lo ignoran porque se consideran victoriosas y superiores y porque, al menos por el momento, aparentemente están avanzando.
Lo que ha sucedido durante los últimos años, tanto en lo invisible como en el mundo visible, no tiene comparación en la historia de la humanidad. Los métodos utilizados son tan refinados, y apenas ahora las fuerzas contrarias disponen de ellos gracias a la tecnología, que lo sucedido, por ejemplo, durante la Edad Media parece relativamente inofensivo frente a lo que ocurre en la actualidad.
Lo repito: la influencia proveniente de lo invisible determina el comportamiento de los seres humanos, y estos expresan en el mundo material aquello que pretenden realizar las fuerzas que se encuentran detrás de ellos. Pero lo mismo sucede con el amor que los innumerables luchadores de la Luz, que están a Mi lado, irradian hacia la materia.
Son dos bandos los que se enfrentan, tanto en lo invisible como en lo visible. Ambos expresan, por medio de seres humanos que interiormente les son afines, aquello que desean llevar a la práctica en el mundo material. Nadie puede mantenerse neutral indefinidamente dentro de este juego, que en realidad no es un juego. En algún momento tendrá que decidir si se pone del lado de la Luz o elige el lado de las tinieblas.
Ustedes, Mis fieles, y muchas otras personas en todo el mundo, eligieron el amor. Recordaron el tesoro que descansa en su interior; percibieron el impulso que deposité en sus corazones; encontraron la llave, la utilizaron y se reconocieron como hijos e hijas de los cielos.
Por eso, amigos Míos, también debe quedarles clara la misión a la que en otro tiempo dieron su sí: reconocer su naturaleza humana, transformarla con Mi ayuda y, con la fuerza que entonces fluye hacia ustedes, cambiar el mundo. Cuando esto está claro para ustedes, las irradiaciones del bando contrario ya no ejercen una gran influencia sobre ustedes. Todavía los tocarán aquí o allá en sus debilidades humanas, pero reconocerán esas trampas y dirán: «No». Entonces vendrán a Mis brazos, y Mi amor, Mi bendición y una gran fuerza fluirán hacia ustedes.
Así fortalezco a los Míos, a quienes se han reconocido como mensajeros de la Luz y desean dar testimonio de Mi amor mediante su vida. Ellos utilizan círculos como el de ustedes para enviar sus fuerzas positivas al mundo. De este modo, esas fuerzas se intensifican y pueden ser recibidas allí donde existe una longitud de onda igual o semejante. Así actúa lo invisible sobre lo visible y lo visible sobre lo invisible.
En todo lo que hagan, recuerden que mantienen continuamente una conexión con lo invisible y que reciben desde allí sus impulsos, según el lugar hacia el cual orienten mentalmente su antena. Los mensajeros de la Luz la orientan hacia Mí, pues Yo soy el Amor que ama a todos Sus hijos, incluso a quienes se oponen al Amor. Y ese mismo amor, amigos Míos, vive dentro de ustedes; de lo contrario no habrían asumido voluntariamente esta misión. Amar a quienes los persiguen es una de las tareas más difíciles que existen. Pero también son capaces de realizarla.
Los bendigo, y con esta bendición Mía, Mi fuerza fluye dentro de ustedes y los llena de paz, alegría, amparo, seguridad infinita y amor. Amén.
Revelación divina
Mis amados, los sonidos de sus canciones se han apagado y se ha hecho el silencio. Yo les digo que solamente en el silencio pueden escucharme a Mí, su Señor y Dios. Por eso es Mi voluntad que entren en el silencio de su interior, con mayor razón aún porque, como ya mencionaron en sus conversaciones, este mundo se vuelve cada vez más ruidoso, pues las tinieblas desean hacerse oír. Quien crea que puede escuchar Mi voz en medio de este estruendo está equivocado.
Por eso Mis hijos están llamados a dar el paso hacia su interior. Yo, la Divinidad, no habito en templos exteriores, sino que he establecido Mi morada en cada uno de Mis hijos humanos. Allí, Mis amados, en el silencio del santuario interior hacia el cual están llamados a caminar, allí pueden encontrarme.
Consideren cada uno de sus días como un regalo de Mi mano, que una y otra vez les ofrece la oportunidad de adentrarse un paso más, y después otro todavía más profundo, en el silencio de su interior. También esto, Mis amados, requiere, como ustedes dicen, entrenamiento y práctica constantes. Por eso es importante que empleen su voluntad y su sí para dar, día tras día, estos pasos hacia el templo interior de la Divinidad. Entonces, Mis amados, podrán tener la certeza de que Yo, su Padre, Me haré escuchar por cada uno de ustedes.
Vayan, pues, y sepan que, aunque los sonidos exteriores se desvanezcan, Mi amor nunca se desvanece. Lo único que pueden tener por seguro, Mi amada comunidad, es esto: Mi amor nunca los abandona, Mi amor nunca se apaga, sin importar lo que suceda. Yo los amo, y Mi paz los bendice y los guía en el tiempo y en la eternidad. Amén.