Revelación divina
Hijos e hijas de Mi amor, anclo en su conciencia humana algo que su espíritu y su alma saben desde la eternidad:
que son criaturas de los cielos, aunque una y otra vez se identifiquen con su aspecto exterior, con su cuerpo. Naturalmente viven en el plano material, y esto tiene una buena razón, pero su estancia terrenal es solo temporal.
Su verdadero hogar está junto a Mí, y el anhelo que deposité en lo más profundo de su interior se encarga de que nunca puedan olvidar realmente quiénes son ni de dónde vienen. Y este anhelo es también la garantía de que Mi amor, semejante a un imán de fuerza insuperable, los traerá de vuelta a Mí. ¡A todos, sin excepción! Esto está determinado por Mi voluntad divina y por Mi omnipotencia, que no tiene igual.
La inmensa mayoría de Mis hijos humanos carece de la conciencia de ser un ser espiritual. Por eso —principalmente durante los últimos siglos y de manera muy dirigida en las últimas décadas— hice llegar a su mundo mucha información por medio de anunciadores, videntes, profetas, maestros y guías espirituales fieles a Mí. Todos se basaron en las explicaciones y enseñanzas que Yo mismo llevé a las personas por medio de Jesús de Nazaret; y con ello se cumplió Mi promesa de que todavía les anunciaría más. (1)
He cumplido Mi palabra. Pero las fuerzas del lado contrario no permanecieron inactivas. Como ya he revelado varias veces, se sirvieron de las debilidades humanas en los puestos decisivos y de las maneras más diversas, y así influyeron en la transmisión sin errores de Mi enseñanza de amor, que es absolutamente coherente y está fundamentada en Mi ley. La consecuencia fue que solo muy pocos conocen todavía el sentido de su existencia terrenal y la ley de causa y efecto, que determina en una parte esencial el bienestar y el sufrimiento de su vida en la Tierra.
Los efectos de esta intervención se reconocen en que las preguntas «¿de dónde?, ¿por qué? y ¿hacia dónde?» no pueden responderse de manera satisfactoria. Así se han extendido la inseguridad, las dudas y, con frecuencia, también la indiferencia, unidas a ideas que poco tienen que ver Conmigo, un Dios y Padre amoroso.
Casi ha desaparecido el conocimiento de su origen y su verdadera naturaleza, del camino que tienen por delante y de la meta a la que deben aspirar. Lo que hoy se cree en muchas religiones y culturas representa una imagen distorsionada de Mi naturaleza y de Mi manera de actuar. Solo puede servir como «provisión para el camino» cuando constituye la base de un pensamiento y una conducta autónomos y responsables conforme al amor a Dios y al prójimo. La ignorancia, pretendida y fomentada por las tinieblas, mantiene al mundo firmemente bajo su dominio.
Pero el desconocimiento conduce a evaluaciones y reacciones equivocadas, algo completamente acorde con los propósitos de las fuerzas negativas. Ellas se benefician de esto, y esa ignorancia los mantiene —hablando figuradamente— en el lugar donde están, aunque la mayoría de ustedes se propuso para esta encarnación avanzar, conocer más acerca de Mi amor y también vivirlo mediante un esfuerzo sincero.
Una y otra vez les he enseñado que una vida terrenal se parece a asistir a una escuela en la que hay algo que aprender. Esta es una de las principales razones de una encarnación, aunque también existen muchas otras. En el plan de estudios hay una materia llamada «confianza». Es una asignatura dentro del «amor» y, por tanto, no puede separarse de él. Y aunque todos anhelan tener confianza y vivirla en las situaciones cotidianas, plantea al alumno exigencias elevadas y hasta máximas. Le presenta tareas que no son fáciles de superar y cuyo dominio presupone conocimiento y la voluntad de practicar una y otra vez si de verdad se quiere aprender con éxito.
Sin conocimiento, en la mayoría de los casos falta la disposición a entrar en el proceso de aprendizaje; y sin esta disposición no pueden adquirirse experiencias sobre lo que significa y produce la confianza. Entonces suele faltar una base estable para una vida feliz y plena, libre en gran medida del miedo, la presión y las metas equivocadas.
Cuando un alma se prepara para encarnar, por regla general sabe aproximadamente lo que la espera; al menos lo sabe cuando incluye en su decisión las recomendaciones de su ángel guardián. Su decisión se toma en todos los casos libremente. Sin embargo, durante el periodo de deliberación y planificación anterior a la encarnación, algunas cosas aparecen bajo una luz distinta de cómo se presentan después en la dura realidad de la vida terrenal, pues con su incorporación el alma ha entrado en el ámbito de dominio de las tinieblas. Con ello ha dicho sí a lo que ahora la espera en la Tierra como tarea de aprendizaje, en forma de relaciones y encuentros con personas y mediante situaciones que muchas veces tienen un trasfondo kármico.
Por lo tanto, entra en su vida aquello mediante lo cual puede madurar. La persona no puede interpretar muchas de estas cosas porque no las comprende. Como desconoce el sentido profundo de Mi ley de siembra y cosecha, cree que debe aplicar su propia y pequeña ley humana para crear «justicia» y restablecer un supuesto equilibrio. Muchas veces ha perdido la confianza en Mi justicia, si es que alguna vez la tuvo.
Sin embargo, lo que su alma nunca puede perder es la confianza primordial que le pertenece desde la eternidad. Reconstruir esta confianza es una de las tareas de su encarnación. Solo entonces encuentra su camino, porque deja cada vez más la dirección en Mis manos, sabiendo: «Todo está bien porque mi Padre celestial sostiene los hilos».
Porque nadie puede decir y creer al mismo tiempo, sin apartarse de la lógica, que Yo Soy el amor y que todo en Mi creación transcurre ordenadamente y sin errores, pero que aquello que la vida le presenta no corresponde a Mi voluntad y que, por eso, debe rechazarlo. Debido a su libre albedrío, naturalmente tienen derecho a oponerse a las aristas y dificultades del camino de su vida. Esto no cambia en nada Mi amor por ustedes, porque no depende de su conducta. Existe y es incondicional.
Si son sinceros, rechazan las tareas de aprendizaje que tienen por delante porque lo que la vida les presenta no corresponde a sus expectativas. Muchas veces resulta doblemente difícil cuando sus oraciones y peticiones están orientadas hacia un resultado final, hacia un «éxito» que, conforme a sus ideas, sería deseable. Cuando Mi ley, en su sabiduría, inicia entonces una solución diferente, su confianza se derrite con frecuencia como hielo al sol.
Y, sin embargo, todo lo que sucede en su vida personal y en su mundo está sostenido exclusivamente por Mi amor y misericordia, aunque la ley de causa y efecto dicte el desarrollo de los acontecimientos. Porque siempre tengo presente el bienestar anímico y físico de Mis hijos, dando prioridad a la plenitud del alma, pues ella entra en el mundo del más allá mientras su cuerpo queda atrás.
Por eso, cuando algo no corresponde a su «gusto», siempre vale la pena preguntarse qué razones pueden existir que en ese momento todavía bloquean la solución de las dificultades. Tales bloqueos tienen que existir, porque de lo contrario Mi energía podría fluir sin obstáculos a través de todo, vivificándolo y ordenándolo, aunque un proceso de restauración así no siempre suceda de inmediato o en la medida que resultaría deseable desde la perspectiva de ustedes.
Con frecuencia se trata de sentimientos de culpa ocultos o de la sensación de no estar a la altura de Mis exigencias —¡que Yo ni siquiera les impongo!—; o todavía arde en el fondo algo que no han perdonado y de lo cual no son conscientes; o son miedos que impiden un proceso de sanación anímica o física, o la solución de dificultades y conflictos. Precisamente el arma del miedo es utilizada con preferencia por las tinieblas, pues saben que con ella disponen de un medio para hacer que Mis hijos se estanquen en su evolución.
Por eso, el miedo de ellas consiste en que ustedes superen sus miedos y encuentren una confianza que casi nada y, finalmente, nada pueda ya quebrantar, porque tiene sus raíces en este conocimiento: «¡Mi Padre me ama tal como soy! Lo que Él ha dispuesto para mí es bueno. Confío ciegamente en Él».
Para dificultar o impedir una orientación y una entrega a Mí fundamentadas en el corazón y la razón, el lado contrario, mediante la influencia correspondiente, modificó la ley de siembra y cosecha hasta volverla irreconocible y presentó también como falsa doctrina el hecho de las vidas terrenales repetidas. Así, a los ojos de la mayoría de las personas aparezco como un Dios cuyos actos o cuya falta de acción no pueden comprenderse. ¿Cómo puede desarrollarse sin dificultad una confianza infantil en un poder superior que aparentemente distribuye sus dones de manera arbitraria e injusta?
Si Me piden que los ayude a buscar las causas responsables de que todavía no se haya establecido en su vida la armonía anhelada y afirmadora de la vida, les daré impulsos e indicaciones; también Me encargaré de que estén atentos en el momento correcto, si ese es de verdad su deseo. Lamentablemente, sucede con demasiada frecuencia que quieren salir de una situación desagradable o librarse de un rasgo de carácter que aparece una y otra vez, pero no están realmente dispuestos a renunciar al beneficio, muchas veces dudoso, que pese a todo obtienen de ello.
¿Cómo debe reaccionar ante esto Mi ley, que conoce sus sentimientos más secretos y, por tanto, sabe lo que quieren realmente? Es cierto que muchas veces no son conscientes de sus motivos, pero una investigación sincera, en la que Yo los acompañaría, los conduciría al conocimiento. Entonces se convertiría poco a poco en un saber vivido que no existe ningún motivo para no confiar en Mí, porque las causas de aquello que los preocupa, inquieta o deja insatisfechos deben buscarse dentro de ustedes y no tienen nada que ver Conmigo.
Desde el primer instante de su existencia espiritual y por toda la eternidad, cada uno es hijo del amor; de un amor infinitamente bondadoso e indulgente que hace todo lo necesario para restablecer la unidad celestial. Nadie puede impedírmelo, porque nada iguala Mi poder, que creó, vivifica y sostiene todo.
Yo Soy, como ya les he dicho repetidas veces, quien dispone los grandes cambios de rumbo. Y al mirar atrás, no pocas veces dicen: «Es bueno que haya sucedido así». Tener esta actitud interior no solo después, sino ya mientras surge la situación, es un arte elevado llamado «confianza». Yo se lo enseño si así lo desean.
Aunque no siempre sea fácil, que Mis palabras les sirvan de consuelo y apoyo: nadie está jamás solo. Además de que Yo vivo en cada uno y de que cada uno lleva dentro Mi fuerza de Cristo que lo sostiene, todos tienen a su lado guías y ayudantes espirituales.
Una vida en la armonía del hogar eterno no impone a un ser espiritual exigencias que no pueda cumplir. Porque toda criatura perfecta de los cielos ha desarrollado dentro de sí Mis cualidades divinas: desde el orden, la voluntad, la sabiduría, la seriedad y la paciencia, hasta el amor y la misericordia.
En la Tierra las cosas son diferentes. También el ser humano lleva en lo profundo del verdadero núcleo de su ser todas estas cualidades, pero su alma, todavía cargada en mayor o menor medida —el «vínculo» entre el ser material y humano y el ser espiritual, eterno y divino—, influye incesantemente en su conducta. Por eso, la soberanía divina dentro de él todavía no gobierna sus actos y omisiones.
La funesta combinación de ignorancia y debilidad humana hace que la persona no reconozca como tareas de aprendizaje aquello que le presenta la escuela de la vida. Incluso cuando cree en Mí —y ustedes mismos saben cuán amplio es el espectro relacionado con la palabra «creer»—, muchas veces le resulta muy difícil reconocer de inmediato como bueno y correcto lo que le sucede.
A esto se suma que no Soy Yo personalmente quien niega o asigna algo, como quien decide, basándose en su autoridad judicial, quién recibe algo y quién no. Esta suposición equivocada y muy extendida pudo surgir porque interpretan de una manera demasiado estrecha el concepto de «Padre», que también Soy como Creador de todos Mis hijos. Le di a la humanidad de aquel tiempo la imagen del Padre amoroso porque, debido a su conciencia todavía poco desarrollada, no habría podido comprender nada más. Con ello establecí un contrapeso a las ideas del Dios juez severo con el que se Me representa en el Antiguo Testamento de sus Escrituras.
Pero Yo Soy mucho más que su Padre: ¡Yo Soy todo! Yo Soy la fuente, el gran Espíritu, la sustancia original, la vida santa en cada átomo espiritual y material, la luz eterna del infinito, la Madre que todo lo abarca y provee, la ley, el amor, la bondad e infinitamente mucho más. Como nadie puede comprenderme en Mi infinitud y grandeza, las palabras Yo Soy representan lo indescriptible. ¿Y tú, hijo Mío? Tú surgiste de Mi amor.
La pretensión de ser la fuente misma fue la causa de la Caída. Hasta hoy, los maestros, vasallos de la inteligencia oscura, introducen esta mentira en su mundo mediante la llamada canalización (2), con el refinado juego de palabras: «Si todos son una parte de Dios, entonces la totalidad de las partes es lógicamente Dios. Por eso, sé lo que eres: Dios». Estas falsedades esotéricas encuentran oídos abiertos en muchas personas, especialmente cuando la humildad todavía está poco desarrollada. Entonces aún no resulta fácil aceptar con amor la condición de hijo de Dios, lleno de gratitud, pero también consciente de una grandeza y una fuerza poderosas.
Mi creación está regida por Mi ley, cuyo fundamento es Mi amor desinteresado e incondicional. ¡En esta ley vive todo lo que existe! En ella está establecido lo que se necesita para una evolución fluida y sin errores, que nunca terminará y que abarca todo lo que he creado y crearé por toda la eternidad.
También tú estás integrado en esta ley, cuyo propósito es hacer que vuelvas a convertirte en la grandeza, la gloria y, sobre todo, el amor que sigues siendo en tu interior. Cada instante de tu vida como ser humano en la Tierra y como alma en los ámbitos del más allá contiene un gran potencial de evolución y te ofrece con ello la posibilidad de dar el próximo paso necesario de maduración en tu camino hacia la perfección.
Mi justicia forma parte de Mi ley. Garantiza que jamás le ocurra a alguien nada que no tenga relación con él de alguna manera. La mayoría de ustedes reconoció hace mucho que no existe la llamada casualidad y que no puede existir, porque nada duradero puede construirse sobre la arbitrariedad, el desorden y el caos. Si interpretan la casualidad como algo que llega a ustedes, están cerca de la verdad.
¿Quién hizo que algo —bueno o menos bueno— llegara a ustedes, si no fui Yo mediante una decisión personal? La respuesta es evidente: los dos factores de orden de Mi ley —«lo semejante atrae a lo semejante e interactúa con ello» y «lo diferente se repele y no ejerce influencia mutua»— garantizan que se haga justicia. Pero esto no excluye que se encuentren con indisposiciones y tengan que afrontar molestias y dolores que, en sentido figurado, representan el precio que inevitablemente debe pagarse al encarnar en medio de la imperfección.
Una vez les dije que la confianza representa la suma de las experiencias que la persona ha tenido Conmigo. Solo pueden ser experiencias buenas que fortalecen, infunden valor y transmiten seguridad, porque no pueden tenerse malas experiencias con el amor incondicional.
¿Cómo proceden para fortalecer su confianza, si ese es su deseo? Primero, para acercarles la proximidad del cielo y su «trabajo» adaptado a cada individuo: su «estoy dispuesto» basta para poner en marcha dentro de Mi ley un mecanismo concebido especialmente para cada uno. Su deseo pone algo en movimiento, no en algún momento y lugar indeterminados, sino de inmediato dentro y alrededor de ustedes.
Por una parte, en su propósito de fortalecer la confianza los ayudará el conocimiento que les transmito, entre otras cosas, mediante esta revelación; por otra, se necesitan su buena voluntad y su valor para entregarse a la aventura Conmigo en mayor medida que hasta ahora. Desarrollar confianza no es algo teórico y abstracto que pueda adquirirse mediante el estudio. La confianza nace en la vida cotidiana. Se construye paso a paso mediante tareas pequeñas que finalmente se hacen mayores. Crece cuando se atreven a dejar en Mis manos situaciones que antes intentaban resolver por voluntad propia. Esto requiere la actitud interior correcta, que Me reconoce y Me invoca como quien «resuelve todos los problemas», pero que también ve y aporta la parte propia necesaria.
Limitarse a entregarme algo con la esperanza de que Yo ya lo arreglaré todo es el camino equivocado. Depositar un asunto con confianza en Mis manos significa liberarse en gran medida de los miedos y las preocupaciones —apagar el llamado «cine mental», cuyo programa contiene repeticiones constantes— y, al mismo tiempo, reunir la voluntad y la disposición de colaborar activamente en uno mismo y en la solución del problema dentro de lo que sea posible.
Entonces, ¿es correcto y útil limitarse a orar: «Tengo una gran confianza en Ti, Padre, y sé que Tú lo arreglarás todo»? Mis amados, aquí acecha una trampa sobre la que nunca podré llamar su atención con suficiente insistencia. Por una parte, en esos casos rara vez se ve el esfuerzo propio necesario; por otra, se crea una expectativa que puede y llegará a provocar decepción y pérdida de confianza si lo que se esperaba secretamente no sucede conforme a las propias ideas, porque Mi ley ni siquiera puede cumplir esa petición, ya que todavía se oponen a ella algunas cosas desordenadas y pendientes que antes deben observarse y trabajarse.
Conozco la oración ferviente —perfectamente comprensible desde el punto de vista humano— que termina pidiendo que todo salga bien. No hay absolutamente nada que objetar a que vengan a Mí con este deseo. Jamás rechazaré a un hijo cuando de su corazón dolorido surge una petición suplicante así. Solo puede suceder que Yo —en interés del alma, a la que quiero acercar más a Mí— haya previsto para la persona otro camino.
Quien se esfuerza por desarrollar una confianza creciente puede intentar dar a sus peticiones y oraciones un carácter diferente, infantil y confiado, que puede reflejarse, por ejemplo, en estas palabras: «Todo lo que venga de Tu mano, Padre, lo aceptaré, en la medida en que ya sea capaz, como expresión de Tu amor, porque es bueno y correcto. Te doy gracias por todo».
Aunque corran lágrimas al pronunciar estas palabras, porque la persona todavía es humana, de este modo se entregan llenos de confianza a Mi cuidado. Toman las manos del amor, que al mismo tiempo es la misericordia e irradia una bondad infinita, y que dispone de posibilidades que superan su imaginación.
Este es el comienzo de una profunda e íntima familiaridad que nada ni nadie podrá ya quebrantar. Solo ustedes mismos pueden decidir si su disposición, expresada con frecuencia en palabras, a dejar a un lado su voluntad y permitir que se cumpla la Mía surge realmente de un corazón humilde y dispuesto a la entrega, o si solo se pronuncia como una frase hecha.
Hijos e hijas Míos, los he llevado profundamente dentro de un tema importante. Si reflexionan sobre Mis palabras, llegarán a reconocer que una confianza cada vez mayor es la mejor garantía de que muchas cosas que les llegan desde fuera puedan influir cada vez menos en ustedes. Quien vive confiando en que Yo lo guío con seguridad y lleno de amor ya no está sometido a la presión anterior, a los miedos, sentimientos de culpa y dudas, que provocan estrés y, como consecuencia, tensiones y trastornos en el cuerpo; y que dañan al alma porque la «mantienen pequeña», aunque ella anhela desplegar sus alas para poder dirigirse libremente hacia la luz.
Entren en la libertad. Su confianza es la llave que abre la puerta al único país que no solo promete posibilidades ilimitadas, sino que también las tiene preparadas para todo aquel que confía.
Amén
(1) Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ahora no pueden soportarlas. Cuando venga aquel, el Espíritu de la verdad, los guiará a toda la verdad. (Jn 16,12-13)
(2) Canalizar proviene del inglés y, en el contexto mencionado, significa abrir un canal hacia el mundo espiritual para entrar en contacto con seres del más allá. Se desaconseja enfáticamente hacerlo, porque nunca se sabe quién está realmente «al otro extremo del teléfono espiritual» ni qué intenciones tiene. El único a quien no se puede canalizar es Dios o Cristo. Porque Él vive en el ser humano y, por tanto, no puede alcanzarse mediante un canal que se abre «hacia fuera».