Revelación divina
Mis amados hijos humanos, ¡para ustedes es inimaginable que Yo Soy todo! Esto significa que todo cuanto existe surgió de Mí; que, sencillamente, cada ser y cada cosa reciben de Mí su vida y la recibirán por toda la eternidad; que no existe ninguna otra fuente primordial que irradie eternamente su energía, que haya dado origen a la Creación visible e invisible, la sostenga y la haga continuar creciendo.
Con frecuencia resumo esta verdad, que rebasa el pensamiento humano, en dos palabras: «Yo Soy». No puede expresarse de manera más breve y, sin embargo, en ellas se manifiesta Mi omnipotencia. Esta omnipotencia es, al mismo tiempo, amor de una forma que el ser humano no puede captar ni comprender. Pero cada uno de ustedes procede de ese amor, lo lleva en sí y, tarde o temprano, volverá a sumergirse por completo en él, para volver a ser amor conscientemente y vivir el amor.
Como ustedes son criaturas a quienes pertenece todo Mi amor, era y sigue siendo natural que deseara comunicarme con aquello que creé. Aunque a primera vista esto pueda parecerles inusual, lo comprenderán si se colocan en la situación de unos padres que desean comunicarse con sus hijos. Este intercambio es especialmente importante cuando quieren ayudarlos a comprender las cosas y a orientarse en un entorno donde ocurre mucho —también en relación con ellos mismos— que no saben interpretar.
Procedí del mismo modo que lo harían ustedes: adapté a su comprensión y a su conciencia aquello que quería decir a Mis hijos. Es como en la escuela: se comienza con las primeras operaciones de multiplicación y las primeras letras. Aunque lo que se aprenderá más adelante todavía se encuentre muy lejos, esos primeros pasos ya llevan «la verdad» en sí. Por tanto, no son incorrectos; incluso son necesarios, pero no lo son todo.
Si quieren aprender algo nuevo, deben permanecer abiertos y, en lo espiritual, atentos. Es completamente equivocado —porque equivale a detenerse— medir la nueva materia de estudio con la antigua y rechazarla alegando: «Eso no estaba incluido en la materia de los años anteriores».
Por eso hablé a los profetas de la Antigua Alianza de una manera distinta de como lo hice por medio de Jesús de Nazaret y de como, desde entonces, lo hago por medio de muchos de Mis fieles. Les entregué reglas que ustedes llaman los Diez Mandamientos, fáciles de comprender entonces y ahora. Estas debían conducir a los seres humanos hacia una manera de pensar y actuar acorde con las normas de toda Mi Creación, cuyo fundamento es el amor. Quien no miente, roba, mata ni despoja, quien en general respeta Mis mandamientos, comienza a pasar poco a poco de una vida centrada en sí mismo a una vida en la que su prójimo también ocupa un lugar y, finalmente, también Yo.
El trasfondo fue el siguiente: los seres caídos hicieron todo lo posible por seducir a las personas para que llevaran una vida contraria a las leyes de Mi amor, y lo lograron cada vez más. En aquel tiempo, la humanidad se encontraba muy lejos de un desarrollo ascendente espiritual y anímico. El objetivo de las fuerzas oscuras era disolver la Creación después de no haber logrado dar vida a una creación propia. La conducta egoísta y carente de amor de los seres humanos había reducido considerablemente su «reserva de energía». Puesto que el amor representa la energía más poderosa, una vida conforme a Mis mandamientos habría iniciado un desarrollo ascendente.
Finalmente comenzó a parecer que el plan de las tinieblas podría tener éxito. El desprecio hacia Mis mandamientos había impedido que las personas cambiaran de conducta y regresaran al camino correcto. Pero como concedí a todas Mis criaturas el libre albedrío, que jamás toco, no era una opción intervenir con Mi omnipotencia y poner fin de ese modo al juego maligno. Los seres humanos debían emprender por sí mismos el camino del amor mediante la comprensión y el cambio. Sin embargo, les faltaba la energía necesaria.
Por ello decidí llevarles la fuerza anímica que necesitaban y, al mismo tiempo, vivir ante ellos cómo puede configurarse una vida según los mandamientos del amor. Después de una cuidadosa preparación, el aspecto de Mi amor se encarnó en un ser humano al que sus padres, por deseo Mío, dieron el nombre de Jehoshua, a quien hoy conocen como Jesús (1).
Fue una encarnación única en su género, porque no existe ninguna necesidad de repetirla: la misión vinculada con ella fue cumplida.
Todo ser humano es, en cierto modo, un ser compuesto de dos partes: posee un cuerpo material y otro sutil, llamado alma. Durante la vida, ambos están unidos de la manera más estrecha y se influyen mutuamente sin interrupción. Cuando termina el tiempo de vida terrenal del cuerpo, este es devuelto a la Tierra, mientras el alma pasa —es decir, es atraída— a las regiones que corresponden a su naturaleza, su carácter y su desarrollo. Pueden ser mundos espirituales de las más diversas características, desde vibraciones bajas hasta elevadas, desde el «infierno hasta el cielo».
Todos los seres espirituales tienen un nombre que nada tiene que ver con el que una persona lleva durante su vida terrenal. Todo esto también se aplicaba a Mí, con la diferencia de que Mi ser espiritual no llevaba un «nombre de alma», sino que era Dios: el amor eterno que entró en la Tierra en el ser humano Jehoshua y actuó en él y por medio de él.
Como Me había vuelto extraño para los seres humanos —había sido convertido en un extraño por las maquinaciones de Mi adversario, a las que ellos se habían prestado—, una de Mis mayores aspiraciones fue volver a acercarles a su «Dios». Por falta de una comprensión más profunda se había creado este concepto, aunque nadie podía realmente imaginar qué significaba. Era la designación de un ser sobrenatural dotado de una grandeza y un poder difíciles de explicar. Para quien creía en Dios —en Mí—, Yo seguía siendo algo sublime ante lo que podía inclinarse y a lo que podía venerar. Pero ¿amarme? ¿Recibir conscientemente ese amor y configurar con él la vida? De ese pensamiento, y mucho más de llevarlo a la práctica, se encontraban muy lejos.
Pero el amor es lo que inicia y favorece un desarrollo ascendente. ¡No el poder ni la voluntad, sino exclusivamente el amor!
Para que la relación entre Mis hijos humanos y Yo se volviera gradualmente personal, como Jesús hablé de que Yo Soy más que un Dios inalcanzable, sentado en algún lugar de cielos lejanos, de quien nadie puede formarse una idea. Puesto que Yo Soy la fuente primordial de toda existencia, resultaba apropiado considerarme Padre y considerar a Mis criaturas Mis hijos. Naturalmente, tampoco esta imagen capta la esencia, pues Soy más que su Padre —también Soy madre para ustedes y mucho más—, pero debía servir de ayuda para comenzar a establecer los primeros y delicados lazos de amor.
La imagen del «Padre» facilitó a muchos de Mis hijos verme con otros ojos, aunque para la inmensa mayoría seguí siendo algo difícil de comprender. Tampoco cambió esto el hecho de que se les permitiera saber que vivo en ustedes y que Mi energía está presente en todo lo que existe, dondequiera que sea. Nada existe sin Mí ni sin Mi amor que todo lo sostiene. Además, una conciencia limitada Me redujo a la figura de un padre con barba, lo que dificulta doblemente reconocer en Mí el principio de vida que todo lo abarca.
Por ello, otra razón de Mi encarnación fue poder mostrarme y estar cerca de ustedes por medio de un ser humano completamente penetrado por Mí, quien mediante su vida y su entrega perfecta a Mí podía servirles de ejemplo. Él no solo enseñó el amor: también lo vivió, hasta la amarga muerte en la cruz. Como dirían ustedes, no solo les llevó la teoría; también los familiarizó —y esto fue y sigue siendo lo decisivo— con la práctica mediante la cual pueden desarrollar las fortalezas que llevan en su interior superando gradualmente sus debilidades humanas.
Pero, pese al carácter único de todo esto, nada cambia el hecho de que el ser humano llamado Jesús era humano y siguió siéndolo hasta su último aliento. En Jesús Me había creado la posibilidad de mostrar Mi amor y familiarizar a Mis hijos humanos con él. Para expresar la grandeza de lo que realizó el ser humano Jesús, las personas le dieron el nombre adicional de «Cristo» (2). Así, el Espíritu que vivía en él —Mi Espíritu de amor— se convirtió en el Espíritu de Cristo.
Para ustedes, los seres humanos, era y es más sencillo orientarse hacia algo «tangible». En este caso significa que les resulta más fácil ver a Dios en Jesús o en Jesucristo que reconocerlo en una fuerza invisible, por más que esta posea una presencia eterna y una fuerza y un amor infinitos.
Lo decisivo para su desarrollo anímico —que para muchos de ustedes fue la razón de su encarnación— es, por tanto, reconocer y aprovechar las numerosas posibilidades que les ofrece su vida terrenal. Esto incluye, en primer lugar, llevar a la práctica con un esfuerzo sincero aquello que Jesús enseñó. Muchos opinan que lo decisivo es creer. Pero con facilidad pueden tomar un camino equivocado o terminar en un callejón sin salida sin advertirlo, pues creer no significa automáticamente vivir aquello en lo que se cree.
La fe es la condición previa para poder decidirse por algo. La acción necesaria que debe seguir les resultará mucho más fácil si establecen una relación interior con aquel a quien siguen; es decir, si no actúan por un «tengo que» mal entendido, sino porque sienten la necesidad de acercarse cada vez más a aquel cuyo amor los ha tocado. En este caso, Jesús. En ello, el sentimiento es sumamente importante, mucho más que todo lo leído y todo conocimiento.
¿Qué relacionan con Jesús cuando piensan en Él, cuando pronuncian Su nombre o cuando leen o escuchan acerca de Él?
Intenten relacionar con Jesús algunos conceptos que les vengan espontáneamente a la mente. Después reflexionen sobre ellos, quizá profundicen sus pensamientos y recuérdenlos tantas veces como puedan, para que se arraiguen en ustedes y vuelvan repetidamente a su conciencia. Entonces actúan como puntos de apoyo para la memoria que los acompañan e incluso los ayudan muchas veces «en el momento oportuno».
Quiero darles algunos ejemplos que solo deben servir de inspiración, porque cada uno debe encontrar, según su propio criterio, aquello que corresponda a su persona y a su relación con Jesús.
Jesús o Jesucristo = amigo, ejemplo, Dios y meta.
Como amigo: ¡no encontrarás uno mejor! Sin embargo, la palabra «amigo» ni siquiera expresa remotamente lo que Él es para ti. Ya una amistad humana profunda, basada en la confianza mutua, es «invaluable». Cuánto más lo será una amistad en la que Él, como tu hermano divino, te extiende Su mano. Te acepta tal como eres, ¡incondicionalmente! Semejante amor no se encuentra entre los seres humanos. No existe nada, absolutamente nada, que pueda afectar Su amistad de alguna manera, sin importar lo que hagas. Puedes venir a Él en cualquier momento. No existe demora alguna. Puedes presentarle todo lo que te oprime, lo que no comprendes y lo que te preocupa. Jamás se apartará de ti; por el contrario, aunque no lo percibas de inmediato, te envolverá en Su manto de luz y amor.
Como ejemplo: Él vivió hasta el amargo final aquello que les enseñó. Muchas cosas eran nuevas para las personas de aquel tiempo y resultaban difíciles o imposibles de comprender, y así ha permanecido hasta hoy. Basta recordar que les dijo que debían amar a sus enemigos. Esto contradice, en primer lugar, la reacción habitual que ustedes practican ante un ataque, ante algo malo o, en general, ante algo negativo que se dirige hacia ustedes: no devolver el golpe, tampoco en sus pensamientos y sentimientos, porque con ello crean una nueva injusticia; y, mediante una conducta acorde con Mis mandamientos, quizá incluso llevar al prójimo a reflexionar sobre sus propios actos. Pero no se trataba únicamente de eso. Todo el espectro de la convivencia humana está determinado por Su enseñanza del amor: ayudar al prójimo, tener paciencia, actuar desinteresadamente, mostrar comprensión, perdonar, consolar, colocar en segundo plano las propias necesidades y mucho más. Y, naturalmente, establecer y vivir una relación íntima Conmigo, de modo que ya no quede lugar para proyectos ni hábitos egoístas.
Como Dios: al producirse Su muerte corporal ocurrió lo mismo que sucede en todo ser humano cuyo tiempo terrenal llega a su fin: el Espíritu que habitaba en la persona vuelve a abandonarla. ¡Ese Espíritu era y Soy Yo! La misión de llevar a los seres humanos la liberación de las ataduras del mal había concluido con éxito. La redención se había realizado, pues al morir Él en la cruz fluyó en cada ser humano y en cada alma —que se encontrara en alguna de las regiones que van desde los mundos astrales inferiores hasta los elevados planos de luz ya muy cercanos al cielo— una energía adicional procedente de Mi amor, a la que ustedes llaman «chispa de Cristo». Desde entonces esta luz arde en cada uno. Al mismo tiempo se abrieron los cielos, que hasta ese momento habían permanecido cerrados. El poder de las tinieblas había sido quebrantado, y el camino de regreso volvía a estar libre para todos los dispuestos. Esto fue posible porque el ser humano Jesús se había entregado incondicionalmente a Mí y, por medio de Él, pude dar una señal de que el amor no puede ser vencido.
Como meta: si su corazón ya late por Jesús, también tendrán el deseo de encontrarse alguna vez con Él. Existen muchas personas a quienes Él se mostró durante su vida (3). Pero esto no puede compararse con un encuentro que tiene lugar en un plano completamente distinto: en el cielo. Todas las personas y todas las almas de los mundos sutiles tienen en Mí su patria original, que algún día también será para todos su futuro hogar eterno. De acuerdo con la ley según la cual lo semejante atrae a lo semejante, es inevitable que, al desarrollarse cada vez más, su cuerpo espiritual se acerque progresivamente a la elevada vibración de los cielos. Su verdadero ser se manifiesta cada vez con mayor claridad hasta que llega el momento en que puedo volver a estrecharlos entre Mis brazos. La alegría que entonces sentirán no puede describirse con palabras y supera incluso las imaginaciones más llenas de fantasía. No pierdan nunca de vista esta meta y tengan presente que fue Jesús quien despertó en ustedes el anhelo de alcanzarla, mostró el camino y, al mismo tiempo, hizo posible que ese deseo se convierta en realidad.
Mis amados, como ya dije, estas son solamente sugerencias. Busquen conceptos que correspondan a su comprensión, a sus ideas y a sus experiencias con Jesús. Lo importante es que lo hagan. Cuanto más lo interioricen, más cercana y familiar se volverá para ustedes la relación con su hermano Jesucristo, y mayor será el deseo de vivir de una manera todavía más íntima con Él, Conmigo. Tengan la certeza de que cumpliré ese deseo.
Si observan la vida a su alrededor, podrán comprobar fácilmente que todo está sujeto a un cambio continuo. El ser humano tampoco queda excluido de él; más exactamente, su alma, que debería aprovechar su encarnación para madurar y alcanzar una conciencia ampliada cuando vuelva a abandonar el cuerpo.
Naturalmente, las tinieblas también lo saben. Por eso también les interesa influir en su desarrollo. Lo hacen de una manera muy superior a su forma «normal» de pensar; por ello necesitan mantenerse constantemente atentos para reconocer sus artimañas y trampas y poder contrarrestarlas. Pero esto por sí solo no basta. También se necesita una fuerza superior al poder satánico. Esa fuerza es el amor. Vino al mundo en Jesús y solo espera que el ser humano la utilice.
El problema de ustedes consiste en que muchas cosas se han convertido en hábitos tan arraigados que el ser humano se resiste a querer o tener que cambiar algo. Estos son los bloqueos que el bando contrario fortalece una y otra vez, porque un cambio en el sentido del amor, tal como Jesús lo enseñó y vivió, significa para ellos perder cada vez más a sus «ovejas».
Por eso, a todo lo que relacionen con Jesús añadan siempre, sin excepción, que Él es la fuerza que los transforma, si ustedes lo desean. Esta fuerza, el amor eterno e indescriptible, está tan cerca que basta un sentimiento profundo para establecer la conexión. Con ella se enfrentan a las insinuaciones y tentaciones de las tinieblas. De este modo «trabajan» con la chispa redentora que fluyó hacia ustedes y que se encuentra cerca de su corazón. No es posible una cercanía mayor. No Me encontrarán en una casa construida de piedra.
Todo depende únicamente de si desarrollan o no esta relación. Si se deciden a hacerlo, en ese mismo instante algo comenzará a suceder en su interior, aunque no lo adviertan de inmediato. La fuerza del amor los transformará paso a paso, y el Jesús que quizá hasta ahora no conocían ni sentían cercano de esta manera se convertirá en su verdadero amigo, en una presencia firme de su vida cotidiana. Cuando perciban cada vez con mayor frecuencia y de manera consciente Su amor fraterno y Su ayuda desinteresada, ya no querrán prescindir de ellos.
Esto es lo que deseo para todos Mis hijos. Y ya es seguro que este deseo se hará realidad, porque Yo no pierdo lo que una vez creé. Mi vida en Jesús fue y sigue siendo la garantía de que así sucederá.
Amén
(1) Jesús (en griego, Ἰησοῦς, Iēsoûs) es la forma griega del nombre hebreo-arameo Yeshúa o Yeshu, ambas formas abreviadas de Jehoshua, un nombre común en aquel tiempo.
(2) Jesucristo —forma latinizada del griego antiguo Ἰησοῦς Χριστός, Iēsoûs Christós [iɛːˈsuːs kʰriːsˈtos]— significa «Jesús, el Ungido». En los escritos del Tanaj, la unción con aceite se describe como el encargo divino para un servicio especial; en particular, eran ungidos los reyes de Jerusalén, los sumos sacerdotes y los sacerdotes del Templo de Jerusalén… En el Nuevo Testamento, «el Ungido» (en griego, ὁ Χριστός, ho Christós) designa a Jesús de Nazaret como el Mesías resucitado del tiempo final. (Wikipedia)
(3) Libro de bolsillo «Experimentaron a Cristo». Informes de una investigación del Instituto de Sociología de la Religión, Estocolmo, 1 de enero de 2002.