Nuestro encuentro del 10 de julio de 2010 tuvo un carácter diferente porque recibimos la visita de queridos amigos que viven desde hace once años en Sri Lanka: Lina y Ritchie Daniel. Ambos pueden mirar ya hacia atrás y contemplar una vida llena de acontecimientos, aunque esperamos que todavía les queden muchos años por delante. Durante su visita de este año a Alemania aprovecharon distintas ocasiones para presentar el libro que Lina escribió con el título «Historias cotidianas de Sri Lanka».
Así también estuvieron con nosotros y, de una manera muy propia de Lina, expuesta con temperamento y entusiasmo, conocimos cómo se vive en un ámbito cultural completamente diferente. Escuchamos con asombro acerca de la historia y la convivencia entre personas de distintas religiones y —debido al sistema de castas— posiciones sociales, pero también acerca de las muchas posibilidades de convivir en armonía, aprender unos de otros y ayudarse mutuamente.
Pronto comprendimos que solamente se necesitan buena voluntad y un esfuerzo sincero, unidos a una buena dosis de alegría y a la confianza necesaria, para cumplir la ley del amor de Jesús. Se puede prescindir por completo de teorías, teologías y ciencias de la religión, porque lo importante es mirar con el corazón y ayudar al prójimo con unas manos que sigan al corazón.
Al final de nuestro encuentro, el Señor abordó este aspecto en unas breves palabras dirigidas a los presentes.
Revelación divina
Mis amados hermanos y hermanas, han pasado juntos una tarde de una naturaleza completamente distinta. En ella conocieron una vez, desde otra perspectiva, la práctica de Mi enseñanza.
Esta práctica fue y continúa siendo el núcleo de aquello que traje a las personas. En esto consistió Mi tarea como Jesús de Nazaret. No enseñé ni viví otra cosa que llevar al mundo el «amor hecho acción». Y llevarlo al mundo significa llevarlo a su vida, a su entorno, a sus familias, a su vecindario y a sus lugares de trabajo.
Para hacerlo no se necesita pertenecer a una comunidad religiosa, seguir ritos ni cultivar tradiciones que surgieron y fueron inventadas después de Mí. Las personas que han reconocido la importancia y la verdad de Mi enseñanza y la viven se reconocen unas a otras. Se reconocen por su lenguaje, por la manera en que se tratan y, cuando se miran a los ojos, saben a quién tienen delante.
Esta enseñanza, que no exige otra cosa que un esfuerzo sincero fundamentado en el amor, puede ser practicada por toda persona en cualquier lugar del mundo. Si no fuera así, no correspondería a Mi justicia. Pero la justicia, contenida dentro de Mi amor infinito, debe regir por igual para todas las criaturas. Cada uno debe poder cumplir lo que expresa el mandamiento del amor. Y esto es lo que cada persona puede hacer de acuerdo con sus posibilidades: esforzarse por expresar el amor en sentimientos, pensamientos, palabras y acciones.
Para ello se necesitan una disposición interior y un corazón abierto. No hace falta más, porque entonces puedo asumir directamente su guía y su desarrollo. Quien proclama o prescribe, además de esto, otras cosas como necesarias para la salvación no enseña aquello que Yo enseñé.
Las fuerzas contrarias habían reconocido la sencillez de Mi enseñanza. No podían deshacer el hecho de que hubiera llegado al mundo; pero podían levantar muchos obstáculos, imponer numerosas prohibiciones y normas, y colocar muchas distracciones en el centro de la atención, de manera que lo exterior terminara por ser más importante que el esfuerzo por actuar correctamente. Y llevaron a cabo su propósito.
De este modo se formaron muchas comunidades que se alejaron, en mayor o menor medida, del núcleo de aquello que vino al mundo por medio de Mí.
Pero precisamente en este tiempo irradio hacia el mundo Mi fuerza, Mi luz esclarecedora y Mi salvación, e irradio con mayor intensidad dentro de los corazones de quienes Me aman. Llamo a la puerta y en muchos lugares Me abren, incluso en sitios y países donde ustedes no lo supondrían.
Así, cada vez más personas Me reconocen en su interior y comprenden que única y exclusivamente se trata de cumplir el mandamiento del amor a Dios y al prójimo, y que todo lo demás es un añadido del que se puede prescindir.
Aunque su mundo se encuentre en un gran desorden, ya se ha iniciado un despertar espiritual. En verdad les digo: una cantidad infinita de seres espirituales abandonó los cielos, e igualmente innumerables almas salieron de sus ámbitos y entraron en la materia para colocarse del lado de la luz durante esta fase de la lucha que las tinieblas libran contra la luz.
Soy Yo quien dirige la gran multitud de Mis mensajeros de la luz, y cada vez más se incorporan y hacen de manera completamente práctica aquello que se encuentra en lo profundo de su alma y que perciben en el corazón: allí donde fueron colocados anuncian Mi amor mediante su vida.
Los bendigo a ustedes, a los muchos presentes en espíritu y a todos aquellos que salieron y todavía saldrán después de darme su sí. Con esta bendición fluyen hacia todos ustedes fuerzas sobre fuerzas que los fortalecen en el lugar donde fueron colocados, sin importar dónde esté o estará ese lugar; también en países lejanos y otras culturas, y también dentro y fuera de las distintas religiones. Pues Yo estoy en todas partes, en todas partes llamo a los corazones y en todas partes Me abren.
Tengan la certeza de que mediante Mi bendición fortalezco cada uno de sus esfuerzos, y sepan que —sin importar lo que suceda— nunca están solos. Amén.
A continuación se presenta un breve fragmento de «Historias cotidianas de Sri Lanka» que deja algo en claro: el camino con Dios y hacia Dios de ningún modo está marcado —mejor dicho, debe estar marcado— por la obstinación y el esfuerzo forzado, y debe recorrerse —mejor dicho, tiene que recorrerse— en medio de la vida cotidiana, porque todo lo demás no sirve de nada. «Los pies en la Tierra y la cabeza en el cielo», como alguien lo expresó acertadamente una vez.
Así debe entenderse también la oración acerca de la cual Lina escribe que surgió en su interior durante un viaje en automóvil en «los años sesenta del siglo XX». Se detuvo espontáneamente a la orilla del camino, encontró un lápiz en el automóvil y, como no tenía papel para escribir, anotó las palabras en un saco de cemento que estaba en la parte trasera del vehículo.
¡Padre, amo la vida!
Amo la vida tal como se manifiesta en la familia y en la relación entre los esposos. Amo la vida joven y esperanzada de los niños, que aún está llena de promesas, de desafíos y preguntas. Amo la vida de los jóvenes, en quienes se perciben con mayor claridad el impulso, la fuerza y el entusiasmo. Amo la vida, tal como se manifiesta en las relaciones entre amigos, y doy gracias por la capacidad y las posibilidades de encontrarme con otras personas. Amo la vida, tal como se manifiesta en una fiesta de baile, en una reunión alegre, al cantar y jugar. Amo la vida en la ciudad y me alegro por sus calles llenas de movimiento, donde la vida fluye, circula, se apresura, corre y pasea. Amo la vida que habla por medio del arte. Amo la tecnología y disfruto de las facilidades que nos brinda. Amo la música que me envuelve y me encanta, que expresa aquello que no se puede decir con palabras. Amo la vida en la naturaleza, en la flor más pequeña y en el gran bosque, en las montañas y junto al mar, en las bandadas de aves migratorias y en la tormenta salvaje. ¡Amo la vida, sin importar cómo se manifieste! Me parece un tapiz. Todas las criaturas de los milenios pasados han tejido en él. Todos los que vengan después de nosotros podrán tejer también en él. Y ahora, en este instante, en que se encuentran el pasado y el futuro, al que llamamos presente, estamos llamados a tejer en el tapiz de la vida, todos nosotros, los que vivimos ahora. Que el diseño que tejamos, aunque no sea grande ni importante, sea al menos hermoso y bueno. Amén