La siguiente revelación fue recibida en un pequeño círculo durante un encuentro de oración. Estas reuniones tienen como propósito ayudar, mediante la oración y la orientación, a quienes han fallecido, para que puedan reconocer y valorar correctamente su situación «posterior a la muerte». No se trata de buscar el contacto con almas por curiosidad ni por un deseo de ayudar mal entendido. Como ya se ha advertido también en otros lugares, esto debe evitarse de manera terminante.
Sin embargo, entendida correctamente y puesta bajo la protección de Dios, una labor de esta naturaleza constituye un servicio de amor para todas aquellas almas que llegaron a los mundos del más allá sin conocimiento y ahora no comprenden lo que les ha sucedido, o que se encuentran ante la cosecha de lo que sembraron durante su vida terrenal y, en medio de su aflicción, no saben qué pueden hacer para liberarse de sus dolorosos enredos.
A continuación reproducimos una de las revelaciones que recibimos durante estos encuentros de oración como un mensaje directo de Dios a Sus hijos espirituales. Trata sobre las enseñanzas de los maestros, hábilmente presentadas, que conducen a las personas por un camino que, a más tardar en el más allá, resulta ser un callejón sin salida. El artículo «Revelación de Cristo: el proceder de los llamados maestros» —que se encuentra en la sección «Lecturas recomendadas»— constituye un complemento valioso para una comprensión más profunda.
Mis amados hijos e hijas, les habla el Amor, su Padre celestial, que es su vida, de quien proceden y a quien también todos ustedes —sin excepción— regresarán.
Muchos de ustedes están asombrados, miran con incredulidad y se preguntan qué sucede aquí. Pero han venido; han sido conducidos a este círculo de luz porque Yo los he tocado, porque Mi misericordia desea ayudarlos a salir de su miseria y aflicción.
Ya saben que han dejado su cuerpo y viven en ámbitos sutiles en los que antes no creían o de los que nada sabían. Pero han comprendido que aquello que creían anteriormente no puede ser cierto de esa manera. Porque no están «muertos», sino que viven, aunque en circunstancias que con toda seguridad no quisieron ni desearon.
Dos cosas son responsables de ello: por una parte, muchos de ustedes actuaron en contra de la ley del amor, que conocían porque Yo la enseñé como Jesús de Nazaret: «Ama a Dios, tu Padre, y a tu prójimo como a ti mismo». Por otra, la razón de su permanencia en zonas de poca luz es una creencia falsa, una orientación espiritual engañosa o la falta de conocimiento.
Quiero explicarles esto, y después cada uno podrá decidir qué se aplica a su caso. Está relacionado con un proceder muy concreto de las fuerzas oscuras, que, además de su propósito de seducir a las personas hacia el mal, han creado otra rama, han abierto una segunda vía en la que trabajan desde hace muchas décadas y con especial intensidad durante los últimos años.
Se trata de hacer atractiva para las personas una ideología que, aunque es incoherente en sí misma, despierta curiosidad; y que pretende llevar de este modo a los crédulos y a quienes llevan Mi nombre en los labios, pero aún no Me llevan en el corazón, a pensar y actuar —o a dejar de actuar— de manera equivocada y peligrosa.
En esta ideología se utilizan, ciertamente, los términos «Dios», «amor», «Jesús» y otros, porque resultan familiares a las personas en cuyo interior todavía duerme un anhelo que ellas mismas desconocen; pero estos nombres se mezclan con un tema esotérico que resulta interesante para muchos buscadores.
En las enseñanzas de los maestros promovidas por las fuerzas contrarias no existe un Creador. Yo, como el Dios personal y Padre de Mis hijos —que dio vida a todo cuanto existe y de quien todo ha surgido—, no existo. Según lo que difunden, todas las personas y todas las almas son creadoras por sí mismas, lo cual es correcto bajo ciertas condiciones; pero solo es cierto en la medida en que todos los seres poseen fuerzas creadoras que recibieron de Mí, la única fuente de la vida.
Ellos llaman Dios al conjunto de todo cuanto existe. Según sus indicaciones, para volver a ser conscientemente el «Dios» que supuestamente cada uno siempre ha sido, solo se requiere reconocer y tomar conciencia de que ya son «Dios». A esto lo llaman transformación, y con ello se refieren a una evolución hacia un nivel superior. Afirman que no hace falta nada más: por tanto, tampoco el conocimiento de sí mismo como Yo lo enseño y, en consecuencia, ningún cambio, ningún trabajo interior, ningún arrepentimiento ni reparación para volver a acercarse a Mí, el Amor. Por eso, en sus enseñanzas también falta la conciencia de una culpa personal surgida al desatender la ley del amor. Con ello atraen a muchos cuya relación interior conmigo ha sido perturbada o puesta en duda por una falsa «doctrina de la culpa» de las iglesias.
De todo esto y de mucho más se desprende necesariamente que también la redención resulta innecesaria; una redención que, según su interpretación, de todos modos no existe.
Estas ideas fascinan a muchas personas en todo el mundo porque rechazan a un Dios severo como el que aparece tan a menudo en las interpretaciones eclesiásticas. Sin embargo, su deseo de saber las deja expuestas a enseñanzas falsas que conducen al vacío interior.
¿Cuál es la consecuencia? En esta forma de influencia no se busca seducir directamente a las personas hacia el mal, sino ponerlas sobre una pista falsa, conducirlas a un callejón sin salida en el que no existe el reconocimiento de la propia conducta equivocada y donde, por consiguiente, tampoco se consideran necesarios el arrepentimiento, la reparación ni el cambio. Si una persona sigue este rumbo, en el mejor de los casos se estanca; en el peor, cae en una dependencia total y en una atadura espiritual que la vuelve ciega e inmóvil.
Millones de personas están abiertas a esta mezcla intelectual y corren directamente hacia las trampas preparadas. Con semejantes convicciones, su alma pasa después al más allá.
¿Adónde va un alma así, extraviada? ¿A zonas luminosas en las que reina el amor y donde Yo la espero? No; permanece en la oscuridad, sigue dependiendo de quienes la sedujeron, a quienes quizá siguió durante mucho tiempo y a quienes, sin saberlo, entregó su energía. Y son los mismos que, al mismo tiempo, le impidieron recorrer el camino que Yo enseñé y enseño.
Así, todos ustedes se encuentran por razones diferentes en el lugar donde permanecen actualmente. Pero cada uno, sin importar lo que le hayan enseñado, lleva Mi amor dentro de sí. Los creé por amor, les di la vida eterna y, puesto que no pierdo nada de lo que una vez he creado, los llevaré de regreso a Mí.
Sientan Mis palabras en su interior y reconozcan la verdad y Mi amor contenidos en ellas. La supuesta verdad que muchos de ustedes siguieron los condujo al lugar donde ahora están. Pero su anhelo de paz y armonía no se ha extinguido; de lo contrario, no estarían ahora aquí, junto a muchos otros seres que proceden de la luz, desean ayudarlos y aún no pueden ver.
Yo apelé a ese anhelo que hay en ustedes y los conduje aquí, a esta luz; y seguiré apelando a él hasta que reconozcan que son hijos de los Cielos y llevan dentro el deseo legítimo de una libertad verdadera.
La libertad es como una medalla de oro. En el reverso lleva grabada la palabra «responsabilidad». Quien reclama la libertad —¡y todos ustedes tienen derecho a ella!— no puede evitar asumir la responsabilidad por lo que decide y realiza mediante su libre albedrío. Si los frutos de su responsabilidad hubieran sido nobles y buenos, constructivos e inspirados por el amor al prójimo, hace mucho tiempo que estarían en camino hacia la luz; sí, tendrían la luz ante sus ojos y un solo deseo: acercarse a ella.
Miren hacia atrás, hacia su vida, y reconocerán la verdad de Mis palabras.
¿Significa esto que deben vivir con esta culpa durante mucho tiempo o incluso para siempre? A las fuerzas contrarias no les agrada mucho utilizar la palabra «culpa», porque significa haber infringido una ley. Las consecuencias de una acción así deben ser reparadas. Pero a quien no conoce o no reconoce la ley del amor que las tinieblas ocultan se le puede decir: «Haz lo que quieras; jamás contraerás culpa alguna». De este modo se deja a un lado la ley de causa y efecto sin necesidad de recalcarlo expresamente.
¿Perciben el peligro de esta tergiversación? A diferencia de una culpa terrenal o de la culpa tal como ustedes la entienden —engañados y de manera equivocada—, desde la perspectiva espiritual se presenta de un modo muy distinto. Ante Mí y Mi ley, una culpa existe solamente hasta que reconoces tu forma equivocada de pensar y actuar, te arrepientes y pides un perdón sincero a quien dañaste, que también puedes ser tú mismo. Al hacerlo, Me pides perdón al mismo tiempo. Y «el asunto queda resuelto», lo cual no significa que, según las circunstancias, no quede todavía alguna reparación por realizar.
En cambio, limitarte a pedir perdón a la otra persona —con la motivación de liberarte así de sus pensamientos negativos— y venir a Mí sin un verdadero reconocimiento de tu conducta carente de amor no funcionará. Sin embargo, Yo disuelvo tu culpa en ese mismo instante si tu arrepentimiento es sincero y tu propósito de actuar de otra manera en el futuro nace de lo más profundo de tu corazón. Entonces, hijo Mío, has madurado mediante lo que reconociste, has crecido y has adquirido experiencias a las que podrás recurrir en la próxima ocasión.
Por tanto, el Amor sale a tu encuentro sin importar lo que hayas hecho o dejado de hacer. Desea verte libre, quiere tomarte de la mano y, finalmente, estrecharte de nuevo entre Sus brazos. Solo espera que en tu interior comience a amanecer este reconocimiento: «Sí, actué mal. Padre, lo siento; por favor, perdóname».
Ese es el instante en el que libero a cada uno de ustedes de la prisión que él mismo construyó, sin importar cuán gruesos sean los muros ni cuán fuertes los barrotes. Volverte hacia Mí despeja tu camino y, entonces, nada puede retenerte. Nadie puede reclamarte como suyo cuando te vuelves hacia Mí, sin importar cuántas falsedades y mentiras te hayan contado.
Veo cómo se han abierto sus corazones, cómo algo impulsa hacia la libertad y cómo les parece real la posibilidad de salir de su mundo, de la oscuridad, el frío y la desesperanza. ¿Qué les falta todavía para tomar una decisión? ¿Qué puede sucederles si creen en Mis palabras y dicen: «¡Sí, Tú existes! Tú eres la vida y Tú eres la libertad. Confío en Ti; por favor, sácame de aquí»?
Lo único que puede sucederles es que, casi siempre en ese mismo instante, todo cambie a su alrededor. Esto, por lo demás, también es válido para Mis hijos humanos, aunque ellos no puedan ver de inmediato los efectos de una manera tan directa como ustedes. ¡Pónganme a prueba, Mis amados hijos e hijas! Si lo que experimentan entonces les agrada menos que su vida actual, cada uno será libre de regresar a la oscuridad, al dolor, a la falta de alegría y de esperanza de donde vino. Pero Yo sé que quien dé este primer paso avanzará y ya no querrá soltar las manos de sus acompañantes espirituales.
Entren por un momento en el silencio. Reflexionen sobre Mis palabras y decidan. Hago descender profundamente dentro de ustedes los rayos de Mi amor. Los fortalezco y, al mismo tiempo, les dejo su libre albedrío.
Si ahora estás dispuesto, entonces —hablando en sentido figurado— levántate. Mira a tu alrededor y contempla a todos los numerosos ayudantes, amigos, ángeles y seres luminosos que antes no podías ver. Todos ellos te esperan, esperan a cada uno. Irradian su amor hacia ustedes y sienten alegría —Mi alegría— porque tú, tú y tú han decidido caminar hacia la luz y la libertad.
Vengan, amados Míos. Los espera una aventura maravillosa.
Amén