Con motivo del quinto seminario de fin de semana, celebrado en Frechen, cerca de Colonia, los días 24 y 25 de marzo de 2012 —después de que los participantes conversaran sobre la realidad de la Palabra Interior y Profética—, el Señor dirigió Su palabra directamente a los presentes. Puesto que Sus revelaciones siempre contienen también algún impulso para cada persona —es decir, no solo para los participantes, sino también para los lectores—, decidimos publicarlas en nuestro sitio web.
En caso de que algún lector advierta repeticiones de revelaciones anteriores o indicaciones y exhortaciones formuladas de manera semejante, o que esto le incomode, le pedimos tener presente que la palabra de Dios —dondequiera y cuandoquiera que Él se revele a Sus hijos—, a pesar de su validez universal, se dirige naturalmente en primer lugar a quienes están presentes y, por así decirlo, está «hecha a la medida» de la ocasión concreta. Además, puede ser muy conveniente que se señalen repetidamente ciertos aspectos, pues ello puede favorecer una comprensión más profunda.
Revelación divina
En verdad, Yo, la fuente de toda vida, estoy en medio de ustedes. Y esta vida es Mi amor divino, que sostiene todo cuanto he creado y lo sostiene por toda la eternidad. Han abierto sus corazones y se han vuelto hacia Mí: ¿cómo podría Yo, su Padre, no estar en medio de ustedes y depositar Mi amor en sus corazones? Es un amor que fluye con mayor intensidad hacia cada hijo cuando, por decisión libre, se vuelve cada vez más hacia Mí. Así los envuelvo a todos en Mi amor —como lo han cantado—, y envuelvo además esta casa, para que irradie luz y pueda atraer a quienes estén preparados en su interior para dejarse tocar por esta luz.
Hay gran alegría en Mi corazón porque Mis hijos se han reunido en Mi espíritu y se esfuerzan por recorrer el camino de su vida tomados de Mi mano. No deseo otra cosa que este vínculo, que existe eternamente entre Mi hijo y Yo, se vuelva cada vez más íntimo, para que Mi guía también pueda ser cada vez más directa.
Encuentros como el de hoy sirven, entre otras cosas, para brindarles más ayuda y apoyo. Y por eso les digo: aunque crean que fueron ustedes quienes convocaron este encuentro, en realidad fui Yo, el gran director, quien los condujo a todos a este lugar y en este momento. Les di los impulsos correspondientes y seré Yo quien los guíe durante estos días y configure su programa, porque solo Yo sé lo que es bueno y correcto para cada uno de Mis hijos.
Por tanto, si Me permiten disponer y actuar, sentirán que, al emprender de nuevo el camino de regreso a sus hogares, habrán cambiado, que serán distintos de antes, que el fuego del amor arderá con más intensidad dentro de ustedes; un fuego de amor que quiero y voy a avivar, si este también es su deseo.
Lo que sucede aquí durante estas horas sucede en innumerables lugares del mundo, pues en todas partes hay personas que han despertado en Mi espíritu. Son sus hermanos y hermanas, Mis hijos e hijas, que se reconocen como tales y ya no permiten que los aten a prohibiciones, reglamentos, tradiciones y ritos; que ven el camino que se extiende ante ellos y le han dado su sí.
Vean: hace dos mil años, en lo que respecta al despertar espiritual, la situación era muy semejante a la de hoy. Después de Mi muerte en la cruz derramé Mi espíritu sobre Mis discípulos y discípulas, Mis siervos y siervas, y muchos permitieron que este espíritu los despertara y llenara. Ellos se unieron a personas de igual sentir para poner en práctica Mi enseñanza, una enseñanza que estaba libre, está libre y permanecerá libre por toda la eternidad de cualquier vínculo con estructuras de fe levantadas por manos humanas. Pues la libertad es lo que puse en el corazón de cada hijo como su herencia divina. Desde esa libertad, cuando haya llegado el momento, Me dará su sí y después experimentará lo que significa recorrer Conmigo el camino de regreso a la casa del Padre.
El entusiasmo de aquel entonces era grande, pero no se limitaba a anunciar Mi amor únicamente con palabras, sino que lo anunciaba mediante la vida. Cada vez más personas reconocieron la verdad eternamente válida que había detrás de lo que Yo había enseñado, y cada vez más personas decidieron realizar el correspondiente cambio de rumbo en su vida. Se burlaron de ellas, las insultaron y las persiguieron la casta sacerdotal dominante y sus seguidores; pero esto no amedrentó a quien Me había reconocido en su corazón.
Así creció más y más este nuevo movimiento, al que despectivamente llamaban «la secta del Nazareno». Pero nadie que Me amara de verdad se dejaba desconcertar por ello. Maduró una nueva conciencia que, como un incendio que se propaga, alcanzó a muchas personas en numerosos países. Esto irritó al bando contrario, que lo hizo todo por infiltrarse en aquel movimiento joven, ascendente y atractivo, con la meta de modificar de ese modo Mi enseñanza. Lo consiguió al servirse de manera sumamente ingeniosa de las debilidades presentes en el ser humano. En el transcurso de algunas décadas surgió así una imagen distorsionada de Mi enseñanza original. Se añadieron muchas cosas y se eliminaron muchas otras; se consideró necesario para la salvación y se prescribió como condición para alcanzar la bienaventuranza mucho de lo que no tenía la más mínima relación con Mi enseñanza. Poco a poco se levantó una poderosa organización; y cuanto más crecía exteriormente, más se atrofiaba el espíritu dentro de ella, hasta que finalmente quedó muy poco de Mi enseñanza.
Pero no se puede silenciarme ni silenciar Mi palabra, ni impedir que la energía de Mi amor se derrame eternamente. Las capacidades de las tinieblas nunca bastaron ni bastan para comprender esto. En todo tiempo he llamado a Mis discípulos y discípulas y, pese a todas las persecuciones, tergiversaciones y modificaciones, surgieron una y otra vez grupos que se tomaban en serio la puesta en práctica de Mi mandamiento del amor en su vida cotidiana.
Precisamente el tiempo actual necesita, más que cualquier época anterior, personas que se liberen de las coacciones y limitaciones impuestas, que Me reconozcan a Mí y reconozcan la verdad de Mi enseñanza y de Mi vida, y que comiencen no solo a creer en Mí, sino a amarme. Y esas personas están despertando en todas partes. Como ven, en el fondo nada ha cambiado respecto de lo que sucedió hace dos mil años.
Hace mucho tiempo dije una vez que ustedes tienen una profesión de fe, pero no una profesión de amor. ¿No dice su Escritura que el amor es lo más grande? ¿Por qué, entonces, la cristiandad no tiene una profesión de amor? Ustedes mismos pueden responder esa pregunta; la respuesta es evidente…
Pero Yo deseo que quienes despiertan en Mi espíritu hagan una profesión de amor; no con palabras, o no principalmente con ellas, porque no se trata de eso, sino con actos. Y con actos significa: en su vida cotidiana, cuando se esfuerzan por conocerse a sí mismos, por corregir con Mi ayuda aquello que han reconocido y dar entonces el siguiente paso hacia una conducta diferente y nueva, que corresponda cada vez más a Mi mandamiento de amar a Dios y al prójimo.
En sus religiones se conoce muy poco acerca de la acción de las tinieblas y de sus métodos, y en consecuencia las Iglesias enseñan poco o cosas equivocadas al respecto. Como esto es así, las tinieblas pueden perturbar, irrumpir y seducir en todas partes. Por eso explico una y otra vez a los Míos estos trasfondos y llamo así dentro de sus corazones: «Permanezcan vigilantes, también en lo que respecta a su círculo, pues el adversario no duerme. Intentará una y otra vez apagar el fuego que comienza a arder, y siempre tendrá éxito allí donde prevalezcan otros intereses y donde se infiltre la discordia. Procuren permanecer unidos en el amor».
Entonces, Mis amados hijos e hijas, se convertirán en un baluarte que no puede ser conquistado, que irradiará hacia este mundo y podrá ofrecer refugio a muchos que anhelan encontrarme y vivir Conmigo.
Así bendigo sus horas y sus días. Permanezcan junto a Mí, como Yo estoy junto a ustedes, y déjense llenar por Mi amor, que hará de ustedes personas nuevas si así lo desean. Amén.
Revelación divina
Veo el amor que hay dentro de ustedes y que irradia por medio de ustedes. Me han esperado con un corazón alegre, y les digo que Mi corazón está igualmente lleno de alegría.
Pues, en verdad, han venido por decisión propia; están atentos, se esfuerzan, y los frutos de sus esfuerzos se hacen visibles dentro de ustedes y a su alrededor. Quienes los rodean notan su transformación, una transformación que solo es posible Conmigo, Conmigo, que soy el Amor.
Lo más importante es que reconozcan la necesidad de caminar tomados de Mi mano para que pueda guiarlos. Entonces experimentarán una y otra vez, y cada vez más, la calidez y el amparo que encuentran junto a Mí.
Y cuando algo se vuelva difícil, Mis amados, los llevaré en brazos. Ya los he llevado tantas veces, después los he puesto nuevamente en el suelo y les he dicho: «Ven, intentemos otra vez seguir caminando». Ustedes fueron valientes, se levantaron y dijeron: «Sí, Padre, seguimos adelante Contigo. Tú tienes nuestra confianza y ponemos todo en Tus manos, sin importar lo que nos suceda. Padre, ayúdanos a no soltar Tu mano para que tampoco podamos perdernos. Ayúdanos a reconocer que todo está bien tal como Tú lo has dispuesto para nosotros».
Yo, Mis amados, los protejo con Mi sabiduría, Mi paciencia y Mi amor, pues velo por ustedes. Y les digo: «¡Ninguno de Mis hijos se pierde para Mí, a ninguno pierdo de vista y a ninguno dejo salir de Mi corazón!».
Así bendigo su día. Me complace estar en medio de ustedes y sentirán que los amo, que Yo soy el Amor dentro de ustedes. Amén.
Revelación divina
La luz llena este recinto. Es luz procedente de Mi luz y fluye dentro de sus corazones, que están vueltos hacia Mí. Mi alegría es grande, y ustedes también han sentido cómo esta alegría los ha envuelto, cómo les resulta más fácil contemplar esto o aquello con otros ojos, cómo han logrado dar un paso adelante y tomar decisiones. Pero, ante todo, han experimentado Mi cercanía inmediata y no solo lo han captado con su intelecto, sino que han comprendido con sus corazones y dentro de ellos que Yo soy el Amor en ustedes y que no existe nada que nos separe, ni en el tiempo ni en el espacio.
Han sentido que no necesitan ir a catedrales ni a iglesias ni emprender largas peregrinaciones para estar cerca de Mí. Cierren los ojos, entren en la quietud, y en ese mismo instante estarán junto a Mí, pues vivo dentro de ustedes. ¿Qué puede haber más hermoso que vivir y cuidar este vínculo íntimo entre el Padre y Su hijo?
Ayer les dije que Yo configuraría el programa. Y, naturalmente, cumplí Mi palabra. Con un toque de humor les pregunto: «¿Estuvieron de acuerdo? ¿Pude llegar a ustedes? ¿Pude mostrarles caminos que en el futuro les faciliten vivir Conmigo en su vida cotidiana?». Pues de eso se trataba y de eso seguirá tratándose.
Lo que les enseño, aquello que llamo «trabajo interior», es el corazón del camino de regreso hacia Mí, hacia la casa del Padre. Un hijo que quiera pasar de creer en Mí a amarme dirá que sí a este camino, porque reconoce en él la ayuda invaluable y más grande que un ser humano puede recibir de la fuente de toda vida.
Esta ayuda también incluye explicar el trasfondo de sus problemas y dificultades, que en muchos casos, a pesar de todos sus esfuerzos sinceros, volverán a presentarse una y otra vez. Desde la perspectiva humana esto es normal, pues en el momento en que deciden seguirme, ciertamente fluye hacia ustedes una mayor cantidad de energía de amor y comienzan a convertirse, en el ámbito invisible, en una luz que ilumina la oscuridad; pero esto también hace entrar en acción a las fuerzas oscuras. Por un lado, mediante la decisión de seguirme se han convertido en un punto de atracción para todos aquellos que anhelan la luz; por otro, las fuerzas contrarias también advierten que aquí está surgiendo algo que no puede agradarles, algo que no encaja en sus planes. Por eso intentarán perturbarlos, obstaculizar seriamente su camino o incluso hacerlos caer de manera permanente.
Es importante que lo sepan; y es importante —por eso insistí tanto en ello durante las horas de ayer— que reconozcan como principio fundamental la necesidad de realizar una transformación. Pues quien sigue siendo la misma persona de antes se estanca en el camino hacia Mí, y Yo quiero y voy a llevar a todos Mis hijos de regreso a Mi corazón. Por ello hace falta una transformación gradual que cambie sus debilidades y errores. De ahí también los numerosos detalles que les doy, las muchas ayudas para reconocer y mirar dentro de sí dónde hay algo que cambiar y, después —por amor a Mí—, tomar libremente la decisión de adoptar una conducta diferente de la del pasado. Esto es cumplir el mandamiento: ama a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo.
En otra ocasión dije que no soy ciego ni sordo. Yo soy la omnipresencia, es decir: Mi espíritu está en todo cuanto existe y nada permanece oculto para Mí. ¡Pues Yo soy el que soy! Miro, por tanto, dentro de los corazones de todos Mis hijos y, naturalmente, también veo aquello que todavía los agobia. Pero eso no cambia Mi amor por cada uno. Se los digo porque quiero animarlos a proceder de igual manera en su camino de conocimiento: por un lado, no sean ciegos ni sordos respecto de ustedes mismos y de lo que encuentran en la vida cotidiana; por otro, no permitan que lo reconocido los deprima ni los lleve incluso a condenarse, sino confíen en Mi amor, Mi misericordia y Mi ayuda, que apoyan de muchas maneras cada uno de sus pasos.
A veces hace falta mirar un poco más atentamente dentro de uno mismo para descubrir, por ejemplo, una manera de comportarse antigua, profundamente arraigada y necesitada de cambio. Si Me lo piden, los ayudaré. Pero otras veces basta con contemplar un asunto, reconocer el error, venir a Mí y decir: «Padre, actué con torpeza. Lo siento; por favor, perdóname». En cualquier caso —sea que se trate de una reflexión más profunda o simplemente de volverse hacia Mí en una situación—, siempre estoy a su lado y brindo a todo aquel que acude a Mí de esta manera un apoyo que no puede imaginar. Pues semejante disposición interior tiene como fundamento el deseo de cumplir Mi mandamiento del amor.
Miren con alegría aquello que ya han podido transformar y recuerden que la fuerza para dar el siguiente paso nace de la alegría, y no de los sentimientos de culpa ni de menospreciarse a sí mismos.
Este es el camino, el camino del que han hablado con todo detalle. Han recibido muchos impulsos, y no cesaré ni descansaré de hablarles una y otra vez en su interior durante los próximos días; amorosamente, pues Yo soy el Amor. Pero quiero señalar algo con una «exhortación enérgica», porque aquí existe un peligro que algunos de ustedes no han reconocido o que, si lo conocen, valoran de manera equivocada:
¡Recuerden que el conocimiento obliga! Quien acumula conocimientos durante mucho tiempo y reúne información tras información; quien sabe quién es en realidad y sabe qué tendría que hacer, pero no comienza a emprender el camino de regreso al hogar de acuerdo con sus posibilidades, puede llegar a tener dificultades. Pues algún día su conocimiento se volverá contra él. Quiero explicarles con una imagen sencilla por qué sucede así:
Antes de que una persona «despierte», su alma se ha vuelto activa y, hablando en sentido figurado, le ha dado un empujón con el apoyo del cielo: «Ven, allí hay algo que puede ayudarnos a los dos. Allí hay luz; dirígete hacia ella». El alma anhela hacerse cada vez más libre; y si la persona no sigue esos impulsos, su alma la llamará y empujará hasta que finalmente reconozca la dirección en la que debe ir y comprenda que el conocimiento acumulado espera ser llevado a la práctica. Estos impulsos pueden producirse de distintas maneras; en el peor de los casos son golpes del destino. No proceden de Mí; son ustedes mismos, su ser espiritual, que ansía acercarse a la luz y le dice al ser humano: «Sabes tanto; ¡ahora ponlo en práctica!».
Deposito esta exhortación con toda seriedad en sus corazones. Dejen de ser oyentes y conviértanse en hacedores; en ese momento se liberará dentro de ustedes una fuerza de la que todavía saben muy poco. Es la fuerza de Mi amor dentro de ustedes; es como si retiraran la suciedad de un pozo para que el manantial pueda comenzar a brotar de nuevo. Esto es lo que he dispuesto para ustedes, lo que deseo, y esta es la razón por la que instruyo a Mis hijos, les extiendo la mano y les digo así: «Ven, caminemos juntos».
Pues Mi voluntad es que despierten a la espiritualidad que habita en ustedes. Que no solo sepan que son Mis hijos amados, sino que esto llegue a ser tan consciente para ustedes, que se vuelva tan parte de su carne y de su sangre, que lo expresen en su vida. Y cuanto más recorran este camino Conmigo, más podré comenzar a vivir por medio de ustedes, para que sean capaces de hablar y actuar desde Mi autoridad.
¡Pues son hijos e hijas de los cielos!
Entonces, cuando les pregunten quién es Dios, no tendrán que remitirse a escritos o afirmaciones de otros y decir: «Aquí o allá se dice que Dios es el Amor». No; dirán: «¡Sé que Dios es el Amor porque vivo con Él!».
¡Estos son Mis hijos e hijas que transforman el mundo! Si esta también es su meta, denme su sí en silencio, y les prometo que entonces comenzará para nosotros un tiempo maravilloso. Los amo, ya los veo perfectos y los bendigo. Amén.