Revelación divina (después de una oración comunitaria de sanación)
Mis amados hermanos y hermanas, ¿cuántas veces les he recordado —y lo haré una y otra vez— que no existe separación entre ustedes y Yo? ¿Que no soy el Dios lejano, sino que vivo directamente dentro de ustedes y que todo cuanto los rodea está animado por Mi Espíritu?
Las barreras que tantas veces perciben fueron levantadas por el pensamiento equivocado del ser humano. Pero en momentos como este se derrumban, y ustedes advierten que no existen límites entre ustedes y Yo; que Mi amor sanador comienza a fluir de inmediato cuando una persona se vuelve hacia Mí. Aunque los efectos no siempre se hagan notar enseguida, algo sucede, tanto si oran juntos en grupo y piden que fluyan las corrientes de sanación —como acaban de hacer— como si lo hacen a solas.
Durante esta hora vuelvo a traer a su conciencia esta conexión directa entre el Espíritu y el ser humano, para que no la experimenten únicamente como en los últimos minutos, sino que los acompañe durante toda la jornada. Si la recuerdan con suficiente frecuencia y se esfuerzan por percibir Mi cercanía y Mi guía y por vivir en ellas y con ellas, con el tiempo surgirá un estado de libertad frente a toda necesidad, preocupación, temor y limitación. Realizan su trabajo, concentran en él sus pensamientos y su atención y, sin embargo, permanecen junto a Mí. Entonces ya no existen barreras; es una convivencia como la que deseo para ustedes. Abran sus corazones tan a menudo como puedan, aunque sea por un instante, y en ese mismo momento desaparecerá la frontera entre el Espíritu y el ser humano.
Les digo: todavía no pueden imaginar lo que significa vivir en esta conexión tan estrecha Conmigo. Pero cuando lo hayan probado y se hayan acostumbrado, ya nunca querrán vivir de otra manera que envueltos en Mi amor y en Mi protección. Amén.
Revelación divina
La luz sanadora de su Padre, que no proyecta sombra y todo lo supera con su resplandor, está presente y atraviesa sus almas y su naturaleza humana. Atraviesa también a los muchos hijos Míos, Mis hijos e hijas, que fueron invitados y acudieron para escuchar Mi palabra, la cual es la verdad eterna, el Amor que todo lo abarca y que anuncia su salvación.
La palabra sostenida por Mi amor —incomprensible para ustedes— desea fortalecer y animar a cada uno que haya abierto su corazón y sea de buena voluntad, a fin de que alcance una comprensión cada vez más profunda de la vida espiritual y aspire así a imitar Mi amor incondicional y expresarlo en su propia vida, para que vuelva a hacerse la luz dentro de los Míos y entre ellos.
En todas las épocas resonó Mi palabra a través de las esferas y sobre esta Tierra —lugar temporal y perecedero de estancia y aprendizaje para los Míos—, con el fin de recordarles Mi ley de acuerdo con su nivel de conciencia; de despertarlos y dirigir su atención hacia la verdadera meta de toda vida, que les está destinada y los espera más allá del nacimiento y la muerte, del espacio y el tiempo.
Desea apartar la mirada de Mis amados hijos de los aspectos exteriores y perecederos de su vida y, con ello, de todo cuanto consideran real mediante sus sentidos externos, para que reconozcan y comprendan quiénes son en verdad y aprendan a distinguir entre el mundo de las apariencias exteriores y la existencia puramente espiritual de la que procede su ser más íntimo y a la que, por tanto, pertenece eternamente de manera inseparable.
Lo real, ser humano, no es aquello que ve tu ojo terrenal, sino lo que no logra contemplar: la esencia divina que habita dentro, la sustancia más íntima de todas —y recalco: de todas— las manifestaciones exteriores y materiales. Mientras no lo reconozcas, hijo Mío, te aferrarás con cada fibra a tu existencia exteriorizada y perecedera, y temerás que algún día inevitablemente llegue a su fin. Y, en verdad te digo: ¡así será!
La ignorancia, la incredulidad y el miedo son los atormentadores carceleros a quienes concedes poder sobre ti y que te mantienen cautivo con las cadenas que tú mismo forjaste. Al elegir y conservar los caminos del desamor, la presunción de justicia propia y el egoísmo, que te conducen hacia las regiones oscuras y pobres en luz de la lejanía de Dios, te privas a ti mismo de la libertad ilimitada que Dios te concedió y que constituye tu inviolable herencia celestial.
Por eso despierten y vuelvan atrás, Mis amados. Miren cómo este mundo cae cada vez más en agitación y se incendia; cómo la llamarada de las consecuencias se extiende con creciente voracidad y amenaza la paz interior de los Míos e incluso la vida de muchos; miren cómo las inundaciones alcanzan con frecuencia cada vez mayor niveles nunca antes conocidos.
¿Cuántos de los Míos están dispuestos a comprender las señales y los mensajes que contienen? ¿Cómo puedo, amado Mío, secar tus lágrimas y consolarte en tu aflicción? ¿Cómo puedo aliviar o sanar tu sufrimiento si apartas con incredulidad tu rostro y tu corazón de Mí, tu verdadero Salvador, Consolador y Sanador? ¿Cómo puedo ayudarlos si persisten en su sueño espiritual y, ciegos y sordos, se oponen y cierran a la verdad y al amor divinos que Yo soy? ¿Cuánto más amenazadoras y cercanas deben volverse las grandes transformaciones anunciadas antes de que estén dispuestos a reconocer que al ser humano dominado por su delirio le resulta imposible detenerlas?
Miren: la gran purificación que comienza a anunciarse tiene que suceder y sucederá, y a cada uno de ustedes le corresponde determinar por sí mismo cómo atravesarla. ¿Seguirán la única luz que no proyecta sombra, la cual soy Yo, su Padre, o las innumerables luces engañosas?
Tomen, por tanto, Mi mano misericordiosa que los guía, que permanece extendida hacia ustedes y lo estará para siempre. Tú, hijo Mío, tienes en tus manos —y esto se fundamenta en tu libre albedrío— estar preparado, mediante el poder de Mi Espíritu dentro de ti, para todo cuanto existe y pueda venir. La clave ha sido, es y seguirá siendo su esfuerzo por crecer hacia una vida Conmigo, el Amor infinito, incondicional y que todo lo abarca.
Conviertan en su tarea más importante dar gloria en todo a Mí, la Divinidad, y experimentarán lo que significa y puede realizar el poder de su Padre celestial. Amén.
Revelación divina
Mis amados, el amor del que acaban de leer y hablar está entre ustedes; está dentro de ustedes y llena toda la Creación. Para el ser humano resulta infinitamente difícil, casi imposible, imaginar este amor. Incluso en los momentos en que sus corazones están completamente abiertos y se encuentran muy cerca de Mí, solo experimentan un débil reflejo. Pero tan pronto como cierren sus ojos terrenales y abandonen con un corazón anhelante la pesadez de la materia, encontrarán un amor sin límites, que los atraerá magnéticamente y que solo quiere y querrá despertar dentro de ustedes un deseo: acercarse a ese amor y permanecer siempre cerca de él.
Si este ya es ahora su deseo, entren una y otra vez en su interior. Vengan a Mí y háblenme de su amor. Pidan que fortalezca su anhelo para que se convierta en el motor que los acerque de manera imparable a su meta.
Si lo desean, si mediante su esfuerzo diario permiten que esta conexión de amor se vuelva cada vez más estrecha y la fortalecen así, advertirán un cambio dentro de ustedes, tanto en su conducta, sus sentimientos y pensamientos como en lo exterior. Porque cuando puedo irradiarlos cada vez más con Mi amor, toco también las células de su cuerpo; y habrá momentos en los que tendrán la certeza absoluta de que el Señor está ahora directamente presente, a mi lado.
Vivamos estos momentos una y otra vez hasta que llenen toda su existencia.
Cuando después cierren sus ojos terrenales y atraviesen el velo hacia el otro lado, en ese mismo instante estarán «muy lejos» de su hogar terrenal, que ya no les interesará. Verán ante ustedes la tierra de la luz y la libertad, y Me verán a Mí. Contemplarán Mis brazos extendidos y tendrán una sola meta: llegar a esos brazos y permanecer en ellos.
Mi bendición los llena interiormente, pero también los envuelve por fuera; los acompaña durante los próximos días y les recuerda una y otra vez su meta: llegar a la casa del Padre, donde habita eternamente el amor. Amén.