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El conocimiento de Mis leyes como fundamento de su camino

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Die Kenntnis Meiner Gesetze als Grundlage für euren Weg

Fecha original: 15 de abril de 2018

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Mis hijos e hijas, ¡Yo Soy! Esta expresión no transmite ni remotamente toda la grandeza, profundidad, poder, perfección, carácter absoluto, infinitud y mucho más que contiene. El lenguaje humano no es apropiado para hacer comprensible Mi divinidad que todo lo abarca. Ninguna criatura, ni siquiera sus hermanos y hermanas celestiales que viven conmigo en la luz eterna, puede penetrar hasta el último rincón de Mi ser; no porque Yo le oculte algo ni porque guarde egoístamente secretos para Mí, sino porque nada creado posee el mismo rango ni la misma grandeza que la fuerza que lo creó.

Pueden traducir el «Yo Soy» como «Dios lo es todo», algo que se hace con bastante frecuencia, pero que también se dice muchas veces sin reflexionar sobre el profundo significado de esta sencilla verdad ni comprenderla realmente. Quien crea en ella y utilice la lógica del corazón que les enseño tendrá que llegar —si lleva su pensamiento hasta el final— a conocimientos que muchas veces pondrán de cabeza su anterior visión del mundo; y tendrá que plantearse preguntas que no siempre serán cómodas y cuyas respuestas podrían moverlo a querer cambiar algunas cosas. Pero también habrá muchas respuestas que le permitirán respirar aliviado, porque, además de una vaga esperanza anterior, de pronto se convertirá en certeza mucho de lo que antes estaba sin aclarar o incluso resultaba angustiante y agobiante, y ahora, repentinamente, todo aparecerá bajo una luz más clara y con un futuro que afirma la vida.

Como Mi sencilla enseñanza del amor, que les di como Jesús de Nazaret, fue modificada y falsificada en puntos decisivos, Mis hijos humanos carecen de las orientaciones correctas para una convivencia directa, intensa, alegre y confiada conmigo. Y como estas modificaciones y falsificaciones no han sido retiradas hasta hoy y, debido a ellas, la mayoría de las personas —si es que practican alguna religiosidad— la viven sobre una base falsa y un terreno inestable, la humanidad se enreda cada vez más. Ha descendido a las profundidades de un destino creado por ella misma. ¿Cómo serán los frutos de esta siembra?

La necesidad se hace cada vez mayor; aumentan tanto las acusaciones dirigidas contra Mí como los llamados de auxilio y las oraciones. Se han extendido la inseguridad y la incredulidad, que las fuerzas de las tinieblas intentan encubrir con maniobras de distracción de toda clase, con cosas insignificantes e irrelevantes y con una atención cada vez mayor a las supuestas necesidades diarias. En realidad, solo esperan que brote la semilla. Las primeras señales ya no pueden pasarse por alto. Únicamente los ignorantes, los incrédulos, quienes carecen de conocimiento y quienes viven al día siguen manteniendo los ojos cerrados.

Un caminante en un terreno desconocido a quien, sin que lo sepa, le quitan el mapa y se lo sustituyen por otro con indicaciones falsas de lugares y rutas incompletas tiene muchas probabilidades de perderse, sobre todo si confía ciegamente en el mapa que lleva y en las afirmaciones de que es el correcto.

Todas las personas son como caminantes. La mayoría ni siquiera sabe que está en camino. Se atiene sin mucha reflexión a lo transmitido o tradicional; a veces reconoce la ilógica y los errores de las explicaciones que recibe sobre el sentido de su vida, pero casi siempre —si es que siquiera los advierte— pasa por alto tales incongruencias, pues ha aprendido: «No debes seguir preguntando, por contradictorio o injusto que sea lo que Dios hace. Dios no muestra sus cartas». Y en el trasfondo invisible para ustedes, las fuerzas negativas se frotan las manos satisfechas…


Como Mi «Yo Soy» lo abarca todo, también contiene Mi ley. A muchos de Mis hijos humanos no les agrada mucho el término «ley» en relación con Dios. Para ellos Yo soy el amor; preferirían dejar a un lado todo lo demás, pues los obliga a reflexionar sobre hasta qué punto su vida está en armonía con Mi ley.

¡Yo soy el amor! Amor en una forma que el espíritu eterno dentro de ustedes conoce y hacia la cual él —ustedes— vuelve a aspirar; pero amor cuya plenitud todavía no pueden imaginar como seres humanos. En momentos de quietud ya los ha tocado, quizá los ha conmovido hasta las lágrimas, ha avivado su anhelo y los ha vuelto a levantar cuando estaban sin fuerzas. Todos lo han experimentado ya, muchas veces sin percibirlo conscientemente en ese momento. Quien ha despertado espiritualmente sabe que determina su vida sin interrupción, porque es la fuerza que lo sostiene todo, de manera directa, siempre y para siempre.

El amor es Mi ser; el amor es el fundamento de Mi Creación, visible e invisible. Pero eso no significa que todo lo demás carezca de importancia. También ustedes, si desean conducir su vida con éxito, deben cumplir sus obligaciones diarias. Deben ordenar las cosas, llevarlas a cabo con decisión y la seriedad necesaria, sin descuidar la sabiduría y ejercitándose muchas veces en la paciencia, por mencionar solo algunas de las «cosas secundarias» que con frecuencia se colocan muy, muy por detrás del amor porque el amor es lo más importante.

Lo es y seguirá siéndolo; pero, mal comprendido, se convierte en un instrumento que las tinieblas utilizan con agrado y éxito para bloquear su camino hacia Mí. Mi palabra «ama, ¡y nada más!» no significa que —ignorando otras leyes— deban limitarse a portarse bien para agradar a los demás y porque crean que, de otro modo, infringirían el mandamiento del amor a Dios y al prójimo.

Significa que no es necesario hacerme «propicio» mediante otros esfuerzos y empeños, el cumplimiento de normas ideadas por seres humanos, la observancia de prohibiciones ni la práctica de costumbres, ritos y tradiciones. En esto reside el grave error: creer que tales cosas influyen de alguna manera en la salvación del alma humana o son agradables a Mis ojos. La fe pagana llegó y llega al extremo de creer que debe ofrecerme un sacrificio como expiación por una culpa. Pero también su falsa fe cristiana es más que un simple error, porque fue introducida deliberadamente en el mundo para volver superficial y diluir Mi mandamiento del amor. Hablé de ello no hace mucho.*)

Sé muy bien que uno puede acostumbrarse a muchas cosas exteriores, que luego se convierten a menudo en una religión sustitutiva mientras el núcleo de la verdadera vida religiosa pasa cada vez más a segundo plano. Si hay que renunciar a esas costumbres apreciadas, se sienten como una pérdida; pues son una especie de corsé en el que uno se siente protegido y que conoce bien. ¿Cómo podría resolverse este problema?

Quien deba dejar o soltar algo solo lo hará voluntariamente o incluso con alegría —y únicamente de eso se trata— si recibe a cambio un sustituto equivalente o mejor. Una vida conmigo, una vida verdadera, auténtica y compartida en la cotidianidad, sería tal compensación; sería mucho más que eso. Pero vivirla y practicarla presupone, ante todo, que el ser humano conozca el hecho de que ¡Yo vivo en todo lo que he creado! Presupone conocer las leyes espirituales, entre las que también está el conocimiento de Mi presencia en ti, de Mi omnipresencia en todo.

Así pues, también vivo en ti. Soy el amor en ti, la fuerza con la que puedes hablar y que te responde, directa e indirectamente. Soy más de lo que todas las cosas exteriores podrán ser jamás. Soy el único capaz de hacer lo que desea tu alma —y quizá ya también tu ser humano—: transformarte de manera duradera, en lo profundo de tu ser, hacia el bien y lo positivo; y hacerlo sin presión, sin reproches, sin prohibiciones, sin condiciones ni prejuicios. Nadie más puede hacerlo; ninguna cosa exterior ni técnica puede hacerlo. Esto vuelve innecesario todo lo que va más allá de «ama, ¡y nada más!».

Si reconoces y aceptas la verdad de Mis palabras, si deseas liberarte poco a poco de todas las ataduras, ven a Mí, habla conmigo, y te ayudaré a crecer en tu conexión interior conmigo.


Nunca pronuncio una prohibición, porque no sería compatible con el libre albedrío de Mis criaturas. Todas las religiones —o, mejor dicho, ideologías— de este mundo contienen prohibiciones en sus doctrinas e instrucciones. Y quienes toman en serio su fe observan esas prohibiciones según sus posibilidades, lo cual no siempre es sencillo y con frecuencia conduce a tensiones interiores y dificultades exteriores.

Mis indicaciones para Mis hijos son mandamientos, no prohibiciones. Se fundan en Mi amor y muestran el camino para que puedan recorrer la vida con mayor facilidad, alegría y confianza que hasta ahora. No exigen, ayudan. No agobian, sirven de apoyo. No oscurecen, esclarecen. No amenazan, infunden ánimo. No restringen, hacen libres.

Y, sin embargo, a muchas personas les resulta difícil familiarizarse con Mis leyes y aplicarlas en su vida, aunque sea solo de manera incipiente; así recorren el camino equivocado, mucho más difícil, de las normas prohibitivas, sin pensar jamás si esto realmente tiene sentido y sin preguntarse si mediante su práctica religiosa se han vuelto más libres, amorosas, serenas, libres de miedo, conocedoras y fuertes interiormente. En la mayoría de los casos no lo hacen ya porque no se les ha enseñado que esto debería ser fruto de su práctica religiosa.

Transmití una parte del conocimiento de Mis leyes a quienes enseñé durante Mi vida, en la medida en que su conciencia lo permitía y podían comprenderlo. Como muchos me siguieron llenos de alegría y entusiasmo, poco a poco se les revelaron más verdades y sabidurías de los cielos, algo que vale para todos los que recorrieron o recorren el camino conmigo. Conocían muchos aspectos de Mi gran «reglamento del amor», con lo cual me refiero a las leyes que gobiernan Mi Creación.

La parte contraria convirtió en su tarea principal suprimir este conocimiento y desfigurarlo con el fin de que una orientación engañosa hiciera difícil alcanzar la meta. Durante las primeras décadas apenas lo consiguió, porque se le oponía una experiencia interior que ninguna interpretación, por astuta que fuera, podía quebrantar. Esto cambió finalmente debido a la actuación masiva de las fuerzas de las tinieblas. Torcieron la señal del camino, sobrescribieron el mapa y, aunque se seguía describiendo la meta, solo se hacía de forma nebulosa; muchos caminantes —todos con la mejor intención— se desviaron del camino directo.

No se podía eliminar del mundo que Yo soy el amor y que, como Jesucristo, llevé a cabo la redención; porque ardo como el anhelo eterno en cada corazón, y esta llama no puede apagarse. Pero si me reducen a mandamientos y prohibiciones; si me destierran, como el Dios distante, a la inmensidad de un cielo desconocido; si me obligan a callar porque Mi enseñanza del amor a los enemigos y del perdón y Mi palabra esclarecedora de revelación no corresponden a las ideas de Mis seguidores autoproclamados, entonces incluso a la persona más bienintencionada y deseosa de aprender le resulta difícil encontrar todavía el rastro de la verdad en una espesura de ideas falsas.

Y sin el conocimiento de Mis leyes y su aplicación, el camino de regreso puede ser muy largo. Pero con ese conocimiento y su práctica cotidiana, de Mi mano y con Mi ayuda, se quebrantará el poder de las fuerzas de las tinieblas; y finalmente también ellas llegarán a comprender y encontrarán el camino de regreso a casa, a Mis brazos, porque también los caídos, sus seguidores y quienes fueron seducidos por ellos son Mis hijos y sus hermanos y hermanas.

Como el regreso, unido al reconocimiento, el arrepentimiento y la reparación, no conviene a las tinieblas, su empeño fue y sigue siendo mantener a las personas en la ignorancia y atarlas a lo negativo, a la ley de causa y efecto y a la rueda del renacimiento.

Por eso les resultaba tan importante declarar Mi sencilla enseñanza del amor —en la que incluyo el Sermón de la Montaña— «inservible para la vida cotidiana», hacer incomprensibles algunas de sus partes y adornarla con todo tipo de elementos accesorios que distraen del esfuerzo propio necesario.

Y por eso es tan importante ahora, en su tiempo, cuando todos los valores se ponen de cabeza, que reconozcan las relaciones que hasta ahora se les han ocultado o presentado falsamente; pero también que usen su razón y que —con amor— trabajen con la lógica del corazón, para que ya no puedan engañarlos. Porque como hijos e hijas Míos, que llevan dentro Mi sabiduría, deben aprender a reconocer cómo trabaja el adversario. Esto no solo vale para su camino interior hacia Mí, sino también para lo que sucede en la Tierra. Sin conocer las leyes espirituales y sin aplicarlas a los acontecimientos de su mundo, son como una caña que el viento mueve indefensa, primero en una dirección y luego en otra.


De la multitud de aspectos de Mis leyes escojo uno para mostrarles, por una parte, mediante este ejemplo, la tergiversación de Mi enseñanza y, por otra, sensibilizarlos para que trabajen con la lógica del corazón y encuentren así por sí mismos respuestas correctas. Se trata de Mi misericordia, del perdón que reciben de Mí, pero también de su capacidad —y, a largo plazo, de la necesidad— de poder perdonar y pedir perdón.

El amor que Yo soy no lleva en sí huella alguna de represalia, venganza o castigo. Tampoco guardo rencor. Por eso no reacciono con ninguna contramedida, como es habitual entre ustedes, los seres humanos. Cuando alguien infringe Mi ley divina, no me lo tomo como algo personal. Nadie puede herirme, nadie puede ofenderme, nadie puede «afectarme en lo íntimo», porque, como perfección, ningún intento de esta clase puede alcanzarme.

El pensar y sentir humanos me han atribuido tales características porque no se podía imaginar cuánto puede soportar el amor y cuánto está dispuesto a perdonar. Una mirada honrada y libre de toda conducta humana negativa al comportamiento de Jesús antes de su crucifixión y después en el Gólgota habría podido permitirles reconocer la verdad.

El libre albedrío de cada criatura es la clave para responder correctamente a la pregunta de si soy capaz de perdonarlo todo sin peros ni condiciones. ¿Pueden imaginarse conceder a alguien libertad absoluta sobre sus actos y luego castigarlo por utilizar esa libertad? La respuesta es evidente: eso no puede ser. ¿Y si abusa de ella? ¡Tiene la libertad de abusar de ella! Esta posibilidad de abuso fue tomada en cuenta desde el principio por Mí, el «dador de la libertad», porque con una limitación de cualquier clase ya no habría sido una libertad perfecta.

Pero tuve que incorporar a Mi ley una regla que indicara a quien no observa la ley del amor al utilizar su libertad que su conducta es contraria a la ley y lo moviera, tarde o temprano, a cambiarla. Con el primer abuso entró en vigor la ley de causa y efecto.

Toda acción contraria a la ley produce desarmonía; la desarmonía crea desorden. Este no puede subsistir a largo plazo porque, de lo contrario, peligraría la estructura de la Creación. Por eso Mi voluntad devuelve todo lo que ha salido de la armonía y el orden al estado y al lugar que garantizan una convivencia perfecta fundada en el amor. Cuando se restablece la unidad original, o cuando existe tan solo el deseo honrado y nacido del corazón de abandonar lo pecaminoso y actuar de otra manera en el futuro, ya no hay razón para reprender al causante, juzgarlo o negarse a atender una petición sincera de perdón. Porque Yo, tu Padre, no guardo rencor, no soy vengativo ni iracundo y no te castigo por tu falta. No importa lo que te cuenten.

Ven, pues, a Mí, amado hijo Mío. Entra en tu interior; allí vivo Yo. Allí puedes depositar tus preocupaciones y hablar conmigo. Si lo haces reconociendo que actuaste mal, si el arrepentimiento aflige tu corazón y me pides perdón por tu pensar y actuar carentes de amor, egoístas o dominados por las emociones, ¡en ese mismo instante quedas perdonado! El platillo de la balanza que hasta ahora llevaba tu culpa está vacío.

Esto no significa que, en determinadas circunstancias, no deba repararse lo que causaste. Porque debe crearse una compensación de carácter energético y quizá también material para que los platillos de la balanza vuelvan a equilibrarse a la misma altura. Tampoco significa que ya no debas acudir a la persona o las personas afectadas. Allí también debes pedir perdón por tu conducta equivocada; y también debes perdonarte a ti mismo si es necesario.

Pero al volverte interiormente hacia Mí quedas liberado de la carga del alma que te hacía infeliz y te privaba de libertad. Solo Mi inmenso amor y Mi misericordia pueden hacer esto; te abren las puertas a una nueva etapa de tu vida terrenal libre de cargas, aunque todavía haya mucho que aprender y te aguarde trabajo interior.

Por tanto, jamás te mantengo en una culpa de ninguna clase, siempre que te arrepientas y te esfuerces por actuar de otro modo. Quien te mantiene en sentimientos de culpa es Mi adversario y el tuyo, que puede dirigir e influir con mayor facilidad a las personas cuanto más se entierran, en su ignorancia, en la obstinación, el miedo y la depresión.

Puedes resumirlo en esta sencilla fórmula: el arrepentimiento que te hace libre procede de Mí, porque te muestra el camino que conduce hacia Mí. ¡Los sentimientos de culpa proceden del diablo!

La misma capacidad y grandeza de perdonar a quienes te han perjudicado o herido también se encuentra en ti. Si todavía no estás dispuesto a hacerlo, te invito a considerar que así te perjudicas a ti mismo. Porque, tarde o temprano, la falta de reconciliación siempre se vuelve contra quien no toma la mano que se le tiende o sigue «alimentando al animal en su interior» que no le permite encontrar descanso.

«Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…»


Este ejemplo representa uno de muchos. Te muestra lo indispensable que es aprender a conocer y comprender Mis leyes nacidas del amor. Así despiertas cada vez más y comienzas a pensar y actuar con responsabilidad propia. Así se convierten ustedes en hijos e hijas de Mi amor que, junto con muchos otros, han comenzado a anunciar Mi amor por medio de su vida.

Mi bendición para tal decisión descansa sobre ti. Descansa sobre todos los que me siguen con seriedad y que, por tanto, no se limitan a leer u oír Mis palabras, sino que las aplican en su vida.

Amén

*) Mis hijos e hijas, peor que toda opresión, todo sometimiento y toda medida coercitiva fue la falsificación de la enseñanza del amor, con la consiguiente ocultación de la verdad, que perdura desde entonces y que —muchas veces en contra de lo que se sabe muy bien— continúa presentándose como Mi palabra. (Revelación del 14 de enero de 2018).