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El camino hacia Dios consta de pequeños pasos

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Der Weg zu Gott besteht aus kleinen Schritten

Fecha original: 15 de enero de 2020

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Mis amados hijos e hijas, todo lo que sienten, piensan, dicen y creen saber acerca de Mí, la fuente de su vida —de toda vida—, está muy, muy lejos de lo que Yo Soy en realidad. Ninguna criatura puede comprender Mi esencia en toda su profundidad, porque Yo Soy todo, ¡y porque fuera de Mí solo existe lo que Yo he creado!

Como Yo Soy el amor, Mi mayor deseo es y seguirá siendo comunicarme con todo lo que ha surgido de este amor. Si estas reflexiones son nuevas para ustedes y las ideas correspondientes todavía les resultan ajenas, sírvanse de una imagen: pónganse en el lugar de un padre amoroso o de una madre amorosa y pregúntense si no desearían de todo corazón establecer con su hijo o sus hijos una relación íntima, amorosa, cercana, duradera y recíproca. Ahí tienen la respuesta.

Cuando sus hijos aún son pequeños, emplearán un lenguaje e imágenes diferentes de los que usarán más adelante. A partir de cierta edad, todo niño toma conciencia de que todavía crecerá y tendrá mucho que aprender. Y también procurará avanzar con alegría en este proceso, especialmente cuando perciba, por sus propios progresos, las ventajas que trae consigo el crecimiento. En algún momento se llegará a un límite a partir del cual los padres ya no podrán enseñarle nada más por sí mismos.

El límite de lo que Yo deseo transmitirles está dado única y exclusivamente por la estrechez de la conciencia humana, y no porque Yo no quiera enseñarles nada más o guardar Mis sabidurías para Mí. Sin embargo, la conciencia se amplía y puede entonces reconocer y comprender más cuando la persona comienza a llevar el amor a la práctica en su vida. Para que pudiera siquiera comenzar a hacerlo en la vida cotidiana, como Jesús de Nazaret utilicé imágenes sencillas que expresé en parábolas. Así Me fue posible hacerles comprender que la verdadera esencia del ser humano es inmortal y que el auténtico hogar de Mi hijo está junto a Mí, en la eternidad y la infinitud.

Con ello quedó puesta la piedra fundamental para un desarrollo posterior del alma. ¡Fue una piedra fundamental, nada más! Nadie puede suponer seriamente que Mi sabiduría no tuviera más que decir y enseñar que aquello que Me fue posible durante la brevedad de Mi vida como Jesús. Pero adapté Mis enseñanzas a la limitada capacidad receptiva de las personas de aquel tiempo, condicionada por su ignorancia. Hasta hoy, poco ha cambiado en ese aspecto.

Y, sin embargo, establecí un fundamento que contenía todo lo necesario para avanzar con éxito por el camino de regreso a Mí, que todavía hoy lo contiene y lo contendrá por toda la eternidad. Resumí Mi enseñanza en el mandamiento universal de amar a Dios y al prójimo, válido para todas las personas —sin importar la religión, raza o cultura a la que pertenezcan—, así como para todos los seres de su universo material y para todas las almas de los ámbitos sutiles.

De este modo quedaron definidos con claridad y sin lugar a dudas tanto la meta como el camino para que todos pudieran alcanzarla. Por tanto, no podía existir ninguna discrepancia acerca de lo que era necesario hacer y dejar de hacer: amen, y nada más.


La estrategia de las fuerzas contrarias incluía, además de la tergiversación de Mi enseñanza, el intento de suprimir otros conocimientos contenidos en Mi palabra de revelación, que desde hace muchos siglos doy por medio de hijos e hijas que Me son fieles. Por eso, entre otras cosas, muchas personas sostienen la idea errónea de que Yo creé «de la nada» tanto el mundo celestial como el mundo terrenal y, con él, al ser humano. Esto tuvo y sigue teniendo como consecuencia que Mis hijos desconozcan el principio evolutivo que, desde el comienzo, constituye el fundamento de Mi creación.

En muchas revelaciones les he explicado que todo en Mi creación es evolución, que todo se edifica sobre lo anterior, que todo constituye un crecimiento ininterrumpido que nunca terminará, aunque esta idea sobrepase la comprensión humana. Sus científicos nunca se han conformado con considerar que el conocimiento adquirido en cada momento fuera la cima de todo lo que es posible alcanzar. La naturaleza humana aspira siempre a mirar detrás de las cosas, a conocer y comprender más de lo que se presenta en el momento.

Observen las distintas ramas de su ciencia y reconocerán que en todos los campos se han logrado y se siguen logrando progresos ininterrumpidamente. Solo una «ciencia» ha excluido a la humanidad de nuevos conocimientos: la ciencia acerca de Dios, a la que llaman «teología». Quien hoy estudia medicina, por ejemplo, aprende incomparablemente más que hace algunos siglos. A quien estudia teología se le presentan, desde tiempos inmemoriales, las mismas informaciones, teorías y conclusiones. En este punto se encuentran en un nivel hace mucho superado y que, además, nunca poseyó un gran contenido de verdad. En este campo, a diferencia de todos los demás, se ha producido una rigidez que impide toda transformación y ampliación de la conciencia.

En quien se siente llamado —y son muchos aquellos a quienes toco en su interior— a ayudar a sus semejantes en el desarrollo de su alma y de su carácter, a brindarles consuelo y apoyo y a servirles de ejemplo, lo que cuenta es el corazón. Sin corazón no hay empatía ni reconocimiento de los motivos y las causas más profundos. Un verdadero «pastor de almas» puede prescindir de los conocimientos adquiridos mediante estudios académicos. Estos incluso pueden inducirlo a apoyar principalmente la orientación práctica para la vida y las indicaciones que ofrece en la letra muerta y en la tradición.

Las fuerzas de las tinieblas que obran contra Mí y contra ustedes permiten nuevos conocimientos y nuevas perspectivas en todos aquellos ámbitos donde no perjudican sus intereses. La exploración del espacio no amenaza su existencia, como tampoco lo hacen los avances en física, matemáticas o química. Pero allí donde se trata de que las personas se liberen de las ataduras de las fuerzas negativas, esforzándose, conforme a Mis enseñanzas y con Mi apoyo, por llevar una vida de amor, hacen todo lo posible por impedir una evolución del alma.

Sin embargo, incluso allí permiten el conocimiento puramente intelectual, porque un conocimiento meramente leído no puede resultarles peligroso: se queda en la cabeza y no produce nada en el corazón. Pero en cuanto se trata de poner en práctica Mis mandamientos en la vida cotidiana, se ponen más que alertas: impiden —o por lo menos intentan impedir— desde el principio todo cuanto pueda servir de esclarecimiento a los Míos, y de ese modo dificultan incluso a los que tienen buena voluntad recorrer con alegría y éxito el camino hacia Mí.

Mis hijos e hijas, sírvanse de la lógica del corazón, que forma parte de Mi esclarecimiento paternal, para que surja en ustedes un pensamiento propio y responsable; ¡y utilicen su razón para reconocer la gravedad de la manipulación descrita y sus consecuencias!

Cuando dije que todo está sometido a una evolución constante, esto incluye también a toda alma y a toda persona, por tanto, también a ti. Significa que llevas en ti la capacidad y que se te ha dado la posibilidad de seguir desarrollándote cada vez más, en este mundo o en el más allá. Finalmente, tu alma habrá alcanzado un grado de madurez que te permitirá continuar desarrollándote en esferas más luminosas. Entonces ya no será necesaria una nueva vida en la materia, un renacimiento corporal. Te habrás alejado del ámbito de influencia demoníaco que te ataba y avanzarás hacia Mi luz y hacia tu verdadera vida.

El trabajo interior que les enseño también se basa en el principio evolutivo. Esto significa que el desarrollo de tu alma constituye igualmente un proceso en el que una cosa se edifica sobre la otra. Por eso, Conmigo tampoco existe un «tienes que» ni prohibiciones. Si así fuera, te exigiría algo para lo cual no estás capacitado. Pues, por ejemplo, al construir un muro, ¿sobre qué colocarías la tercera hilera si todavía no existiera la segunda?

Yo Soy la libertad y he dado a todos Mis hijos la libertad de hacer o dejar de hacer según su voluntad. Esto excluye, por principio, una intervención de Mi parte; pero significa al mismo tiempo que quien origina un acto contrario a Mi mandamiento del amor se coloca bajo la ley de causa y efecto. Por tanto, no es «castigado» por Mí, como falsamente les anuncian sus escribas. Darle a alguien libre albedrío y luego pedirle cuentas cuando y porque lo utiliza es una contradicción elevada a la tercera potencia.

La libertad incluye también la valiosa oportunidad, lamentablemente no reconocida por muchos, de trabajar paso a paso, con Mi ayuda, en el ennoblecimiento del propio carácter. Esto equivale a que el alma se vuelva más luminosa y, con ello, a liberarse de sus cargas; equivale también a crecer hacia la libertad interior, porque la persona va soltando Conmigo, poco a poco, sus ataduras. Y ahora invierto una frase del «Padre nuestro»: cuándo y cómo, e incluso si tú, hijo Mío, emprendes este camino, ¡se hará conforme a tu voluntad! Tu decisión no cambia en nada Mi amor por ti.

Porque Mi amor es desinteresado; es decir, no depende de cómo te comportes. Tampoco te juzga por tu pasado. Tú mismo creaste tu pasado. Yo vine al mundo para liberarte de las cadenas de tu pasado, si así lo deseas y si estás dispuesto a tomar Mis manos, que amorosamente te tiendo.

Vuelvo a la imagen que les di: a la meta de regresar a Mis brazos, tal como se la mostré en la parábola del hijo perdido; de volver a sumergirse y permanecer por toda la eternidad allí adonde los atrae el anhelo que habita en su alma.

Como Jesús les mostré la meta y les describí el camino que conduce a ella. Pero no les impuse prohibiciones ni preceptos obligatorios, no los presioné, no los amenacé ni les infundí sentimientos de culpa. Les enseñé el amor —Mi amor— y les dejé la libertad de seguir Mis huellas. O de no hacerlo.

¿Cómo pudo suceder que ya no perciban esta libertad? ¿Que no se sientan verdaderamente alegres y libres cuando piensan en Mí o desean obedecer Mis mandamientos? ¿O que, como miembros de una comunidad religiosa, se sientan obligados a pensar y comportarse de un modo que no corresponde a Mi enseñanza? Si quieren, intenten encontrar ustedes mismos las respuestas. De todos modos, muchos ya las intuyen.


Después de que el «hijo perdido» decidió regresar a la casa de su padre, se presentó la siguiente decisión: ¿cuándo debe darse cada paso? ¿Es necesario dar pasos siquiera? ¿O no basta con hacer los preparativos correspondientes? ¿O quizá sea suficiente simplemente creer en el padre?

El hijo de Mi parábola hizo lo que cada uno de ustedes hace en una situación similar o igual: se «puso en movimiento». Todo viaje comienza con un primer paso. Esto vale también para todo aquel que emprende el camino hacia Mí. Cada paso siguiente solo puede darse porque hubo uno anterior. Si, en tu ingenuidad, intentaras saltarte un paso para llegar más rápido a la meta, tropezarías y quizá incluso caerías, y pronto advertirías que así no funciona.

Entonces, ¿por qué Yo, que te conozco por completo con todas tus fortalezas y debilidades —y que, aun así, te amo incondicionalmente—, habría de esperar de ti algo distinto de pasos sucesivos que se apoyan unos en otros? Conozco tus capacidades y cualidades, en las que se refleja tu pasado, y también tus peculiaridades; sé todo lo que ya te es posible y aquello que todavía te cuesta. Pero Yo Soy el amor que todo lo comprende y perdona, y preparo con prudencia tus pasos, si es que deseas darlos, adaptándolos a tus posibilidades. Son pasos pequeños, pero en conjunto constituyen un tesoro incalculable que has adquirido con Mi ayuda (1).

La situación es distinta cuando no Me confías los preparativos, cuando incluso rechazas caminar de Mi mano y, por libre decisión, creas tu propia ley. Eso puede ir bien durante un tiempo, pero inevitablemente llegará el momento en que las causas que tú mismo estableciste se manifiesten como efectos, a veces con advertencia previa y a veces sin ella. Pero incluso entonces nunca es demasiado tarde para reconocer tu conducta equivocada y venir a Mí, tal como lo hizo el hijo perdido.

Llamo tu atención sobre dos de los diversos obstáculos que te esperan en el camino y cuya falta de consideración conduce con frecuencia a la insatisfacción y la decepción. Pueden quitarte la alegría de nuestro camino común y hacer que disminuyan tu vigilancia y tu seriedad, que quizá te vuelvas apático, pierdas el ánimo y acabes convertido en un simple seguidor sin impulso propio.

El primer obstáculo se refiere al fundamento.

Es indispensable que surja en ti un fundamento sobre el cual pueda edificarse todo lo que venga después. Esto suena más difícil y quizá peor para ti de lo que realmente es. Se trata de la motivación de tu decisión de llevarme a tu lado. ¿Por qué quiso el hijo perdido regresar a casa, junto a su padre? Porque, debido a las circunstancias en las que vivía y sufría, comprendió que había hecho algo equivocado. Se despertó el recuerdo de un amor muy lejano y se encendió en él el anhelo. Quiso reencontrar ese amor que había perdido. Expresó ese deseo sostenido por su amor. Si solo hubiera querido volver a casa para escapar de sus malas condiciones de vida, sin que en él se produjera un cambio de corazón, ¿qué creen ustedes? ¿Se habrían abierto las puertas de la casa de su padre ante una motivación tan egoísta e incapaz de reconocer su error?

¿En qué consiste, entonces, un fundamento estable? ¿Puede resistir las tormentas de tu vida si solo se basa en pertenecer a una religión o en haber nacido dentro de ella? El amor a Dios, tu Padre, es el fundamento ideal para la casa que juntos vamos levantando, piedra por piedra, cada vez más hermosa y grande. Aunque tu amor todavía sea pequeño, es una semilla maravillosa. Deja que se convierta en tu fundamento, permite que crezca mediante tu decisión y alégrate por cada paso logrado, porque sirve de preparación para el siguiente. Así avanza la construcción de tu casa y puedes disfrutar cada vez más de los frutos de tu trabajo.

El segundo obstáculo se refiere al orden de tu «proyecto de construcción».

La impaciencia no es una cualidad divina. A menudo surge del desconocimiento de que la construcción de tu conciencia y de tu carácter ha de realizarse necesariamente paso a paso. Pero su causa está también en la falta de disposición para reconocer y abordar los pequeños trabajos interiores de la vida cotidiana.

«¿De verdad es tan importante dejar de pensar despectivamente acerca de mi vecino? ¿No es mucho más sensato y prometedor hablarle de Dios al “mundo entero”? ¡Así puedo hacer algo por Dios con mucha más eficacia y aportar antes mi contribución al conjunto!»

¿Te resultan conocidos, hijo Mío, estos pensamientos u otros semejantes? Sé sincero contigo mismo y no te engañes. Examina tus motivos y no temas preguntarte alguna vez si existe fanatismo. De lo contrario, corres el peligro de querer levantar la estructura del techo de tu casa sin haber construido antes muros firmes. Tu casa no podrá sostenerse así; se derrumbará cuando el «viento de los efectos» azote sus muros. Con demasiada rapidez se disuelve entonces, hasta no quedar nada, la fe en que Yo no cometo ningún error…

Solo cuando el fundamento esté construido en buena medida podrán levantarse los muros, hechos de los pequeños pasos de la vida cotidiana. Procura hacer cada vez más de la frase «Vive de tal manera que te pregunten» tu lema y conviértete así en ejemplo. Esto fomenta al mismo tiempo tu paciencia y tu confianza en la ley espiritual de atracción, la cual garantiza que encontrarás a las personas adecuadas exactamente en el momento preciso. De este modo «misionarás» conforme a la ley, por medio de lo que eres y de lo que irradias.


Puesto que todo está sometido a Mi ley de evolución, tendrás que reconocer —y lo digo con una sonrisa—, quieras o no, que tampoco tu prójimo está excluido de ella, aunque quizá no te resulte fácil hacer esta concesión. Eso significa que también él, con su libre albedrío, tiene derecho a invocar los «pequeños pasos», lo exprese o no. Esto vale también, hijo Mío, para los miembros de tu familia y para las personas cercanas a ti. Su conducta, que a tus ojos es con frecuencia incomprensible y difícil de entender, ha de ser tolerada con amor de la misma manera en que ya logras hacerlo con personas que no conoces o apenas conoces. Porque en realidad ignoras el pasado de tu prójimo, sus bloqueos interiores y también la seriedad de su propósito de querer cambiar algo.

Si todavía valoras, juzgas o condenas porque solo miras la conducta y los motivos externos de tu prójimo —porque aún no te es posible reconocer las causas más profundas—, todavía necesitas fortalecer tu fundamento. Si de verdad deseas ayudarlo, tendrás que aprender a percibir lo que realmente necesita en ese momento y en la situación actual. Tendrás que aprender, y Mi amor te ayudará, a captar intuitivamente el grado de madurez de su alma y a reconocer qué quiere decir y qué necesita realmente, independientemente de cómo se presente y de cómo se exprese.

Si por las razones más diversas todavía no te es posible comunicarte amorosamente con tu prójimo, inclúyelo en tu oración; ponlo ante Mí y déjame todo lo demás. Mi ley lo guiará de la manera que sea correcta y mejor para él. La energía de amor que le envías mediante tu oración y tus buenos pensamientos estará a su disposición para el cambio que le corresponda. No esperes que algo cambie de inmediato y, sobre todo, no esperes que tu prójimo se comporte del modo que tú consideras correcto. No conoces su pasado; por eso también desconoces los pasos que tiene por delante y que son sanadores para su alma.

El principio evolutivo expuesto, propio de todo desarrollo, tanto si transcurre rápida como lentamente, tanto si es de pequeña como de gran magnitud, nunca modifica la meta hacia la cual todo avanza inconteniblemente: la reunificación de todas las criaturas Conmigo, su origen. Mi amor incondicional acompaña a cada una, incluidos los seres de la caída, que todavía actúan con la intención contraria a la ley de destruirlo todo.

Para Mi amor, que solo puedo expresarles con palabras y depositar en sus sentimientos en momentos de dicha, no importa dónde te encuentres ni lo que hayas causado. Si deseas regresar a casa, da exactamente igual que partas desde la posición de un «gran pecador» o de un «medio santo». Yo estoy a tu lado sin peros ni condiciones; no juzgo ni condeno. Yo Soy el amor, que incluye la justicia divina, válida para todos por igual.

Amén

(1)

El camino hacia Dios consta de pequeños pasos

El camino hacia Dios consta de pequeños pasos,
de aquello que el espejo de tu día te muestra.
Solo necesitas pedir ayuda,
y verás cómo Él se inclina hacia ti.
Seguramente no lo verás como mil soles,
ni como un soberano de mundos lleno de poder;
Él se te manifiesta de un modo infinitamente sutil
y guía tu avance con plena prudencia.
Así nunca necesitas temer ningún tramo
de tu camino cuando Él dirige tu marcha.
Teme únicamente de ti mismo si solo sirves a tus fines;
que entonces tema tu corazón, si solo recibe;
porque con igual certeza que el amén al final,
tu destino te arrebatará lo que tomaste.
Por eso, ser humano, sé prudente y siembra buenas semillas,
y cuida de no desfallecer tan a menudo.

(de: Confía en el suave sonido de tu corazón, poemas)