Revelación divina
Hijos e hijas Míos, con Mi palabra de revelación de hoy Me dirijo a todos Mis hijos humanos del mundo, y no solo a quienes leen o escuchan Mi palabra con mayor o menor regularidad. Toco a todos y, en quienes Me lo permite la condición de su alma, deposito una pequeña semilla en lo profundo de su interior. Que germine depende de la disposición consciente o inconsciente de cada uno para tomarme en serio y recorrer el camino que Yo recorrí primero como Jesús de Nazaret.
Ustedes saben lo que es un dilema: una situación sin salida en la que solo queda elegir entre dos posibilidades, una tan grave y funesta como la otra. En la eternidad, su verdadero hogar, no existen situaciones sin salida. Porque, además de que Yo Soy la sabiduría perfecta y sus hermanos y hermanas celestiales también poseen un potencial que los capacita para dominar cualquier situación, allí no puede subsistir nada dirigido contra el amor. Allí no puede surgir ni predominar nada que provoque miedo, inseguridad, dudas o preocupaciones.
Fuera de los cielos, y sobre todo en su Tierra, las cosas son distintas. Allí, la ley de siembra y cosecha determina el curso de la evolución, y lo hace desde el comienzo de la Caída o caída de los ángeles.*) Esta ley representa un elemento de Mi amor que hará regresar con absoluta certeza a todo aquel que alguna vez abandonó los cielos, por las razones que fueran. Sin embargo, debido a su ignorancia, las personas no la reconocen ni la perciben así. A los ojos de la mayoría, si es que creen en Mí como su Creador y origen, represento una autoridad imprevisible e injusta. Esto también se aplica a muchos de sus escribas y autoridades eclesiásticas, que solo pueden responder con frases evasivas e insatisfactorias cuando se les pregunta por la aparente injusticia del mundo.
Como no conocen la ley de causa y efecto, no la aceptan o la interpretan mal, no solo se encuentran ante decenas de miles de preguntas, sino también, en su impotencia y desamparo, ante una montaña imposible de abarcar y manejar, formada por problemas graves. Su error de graves consecuencias consiste en que, si conocen la ley de siembra y cosecha, siempre la interpretan únicamente hacia el futuro. Sin embargo, su razón tendría que decirles que lo que sucede «hoy» tiene que haber tenido un «ayer», aunque no sean conscientes de ese ayer o no lo conozcan.
En muchas revelaciones les he explicado que la causa de su ignorancia e incredulidad debe buscarse y puede encontrarse en la influencia de las fuerzas contrarias, que supieron manipular a sus dirigentes religiosos conforme a sus propósitos.
¿Creen Mis palabras? ¿O solo las leen o escuchan y luego continúan con sus asuntos cotidianos? Si les conceden credibilidad, tiene que surgir en ustedes el deseo de encontrar el camino que los saque, más o menos a salvo, del dilema al que la humanidad se ha llevado. Con esto Me refiero ante todo a la salvación de su alma, porque como almas irán a los ámbitos del más allá, que percibirán como mucho más reales que su actual existencia humana. Pero también deseo configurar sus circunstancias actuales de vida, si lo permiten, porque Me duele ver sufrir a Mis hijos.
Mi palabra puede acompañarlos como una luz en la oscuridad: a quien sirve a la ley, la ley le sirve.
Como la mayoría de las personas no cree que posee un alma que sobrevive a la muerte, o solo tiene ideas abstractas al respecto, tampoco cree en la influencia directa de fuerzas destructivas y devastadoras.
Pero en verdad les digo que son muy reales, mucho más reales de lo que pueden imaginar en sus fantasías más grandes. No conocen escrúpulos, proceden con suma habilidad y planean sus propósitos durante periodos de cientos o miles de años, o incluso más. Son seres de la Caída que poseen forma e individualidad y un enorme ejército de seguidores que se unieron a ellos por razones egoístas o porque fueron esclavizados. Lo que perciben con sus sentidos es solo la punta del iceberg, aquello que se manifiesta en la superficie. La verdadera lucha, de la que no tienen idea, se desarrolla en el trasfondo o en las profundidades, en escenarios inimaginables.
Y Mis hijos humanos, que ignoran que solo son juguetes en este peligroso enfrentamiento invisible, caen una y otra vez —ciegos, desinformados o incrédulos— en las trampas colocadas. No solo sufren daños que a menudo se descubren tarde o demasiado tarde; también contraen culpa, pues, sin saberlo, con cada acción contraria a Mi ley de amor se someten a la ley de siembra y cosecha.
Con esto no Me refiero a las imperfecciones humanas con las que también luchan quienes se esfuerzan diariamente por vivir el amor. Me refiero a las graves transgresiones del mandamiento del amor al prójimo que se cometen por motivos egoístas, con la finalidad de obtener ventajas a costa del más débil —lo que incluye también su Tierra, la naturaleza— y fortalecer la propia posición.
Y el platillo de la balanza en el que se acumula incesantemente una cantidad cada vez mayor de lo contrario al amor se vuelve más y más pesado y se inclina hacia su punto más bajo. Muy pocos colocaron en el otro platillo el contrapeso que Yo traje como Jesús de Nazaret con Mi enseñanza: el amor practicado en la vida cotidiana. Habría sido el único medio capaz de detener la decadencia…
Por eso vine al mundo.
Donde fluye el amor hay crecimiento, un crecimiento espiritual y anímico sano que también se manifiesta positivamente en las condiciones de vida de Mis hijos humanos. Apliquen la conclusión inversa, que forma parte de la lógica del corazón: donde fluye poco amor hay, en el mejor de los casos, estancamiento. Donde no fluye amor, se extiende la destrucción. Esto es lo que pretenden las fuerzas contrarias a las que, en ese caso, se sirve.
Más de uno se sorprenderá o incluso se sentirá conmocionado por Mis serias palabras, pues preferiría experimentarme como quien habla de amor, infunde valor y muestra soluciones. Esto lo hago desde hace dos mil años, y si Me buscas y de verdad quieres encontrarme, amado hijo Mío, Me reconocerás y experimentarás como el amor incondicional. Por eso, estas palabras Mías tampoco se limitarán a mostrarles la magnitud crítica de la situación a la que ustedes mismos llegaron o permitieron que los llevaran.
Porque sería un mal Padre si no Me importara su bienestar. Por eso hago todo lo posible por despertar a Mis hijos; esto Me resultará más fácil con quienes consideran importante el amor a Mí, a su prójimo y a sí mismos, también y especialmente teniendo en cuenta la salvación de su alma. De este modo, si esa es su libre voluntad, pueden extraer sus propias conclusiones del estado actual y quizás también tomar las decisiones necesarias.
Sus ideas equivocadas acerca de la ley de causa y efecto no solo han hecho que no consideren las consecuencias de una conducta carente de amor; tampoco saben cómo actúa Mi ley, algo que para sus actos y omisiones es al menos tan «peligroso» como la propia transgresión del mandamiento de amor.
La ley del karma, como también la llaman, se hizo necesaria a causa de la Caída y forma parte, por tanto, de Mi restitución al hogar de todos los que abandonaron los cielos. Liberarse de toda culpa, que representa una sombra o una carga para el alma, es requisito para regresar con éxito y volver a entrar en el hogar eterno. Porque, dado que lo semejante solo atrae a lo semejante, en la luz de la eternidad solo puede existir aquello que lleva dentro luz y perfección.
Debido al libre albedrío de cada criatura, esto presupone reconocer la propia conducta equivocada, arrepentirse y reparar el daño. La confrontación con la cosecha de la semilla que antes se sembró por voluntad propia es el medio —un aspecto de Mi amor— que tarde o temprano conduce a Mi hijo a reconocer su error y cambiar de rumbo. De todos modos, no existe una alternativa, porque Yo jamás intervengo en su libre albedrío. Si al pasar a los mundos del más allá la culpa aún existe total o parcialmente, el dolor y el sufrimiento causados por uno mismo se perciben en los ámbitos del alma con mucha mayor intensidad que sus efectos correspondientes en la Tierra.
Todo esto no tiene nada que ver Conmigo personalmente, como erróneamente se les enseña. Por lo tanto, tampoco constituye un castigo de Mi parte: Mi ley entra en acción de manera absolutamente justa, ajustada a la gravedad de la falta y a la intención de quien la causó. En numerosas revelaciones les he dicho que apoyo a todo aquel que desea regresar en una medida que ustedes no consideran posible, perdonándolo y acompañando todos sus esfuerzos con la fuerza de Mi amor. Por eso no profundizaré aquí en este tema.
Todo es energía; no existe otra cosa, aunque en su mundo se manifieste bajo diferentes formas. Pero la energía no puede destruirse. Solo puede transformarse, tanto en energía de baja vibración, como sucedió durante la Caída, como en energía de vibración más elevada cuando se reconoce la propia conducta equivocada y luego se cambia de rumbo.
Por lo tanto, toda la energía negativa que se haya generado alguna vez sigue existiendo, si no se cumplen las condiciones antes mencionadas para su transformación. Debido a su importancia y porque puede ayudarlos a comprender mejor su situación terrenal general y también la personal, lo repito:
Lo que no ha sido reconocido como equivocado ni corregido pende como una espada de Damocles sobre la cabeza de la humanidad. Se vuelve más y más pesada y desciende con cada nueva acción contraria a Mi mandamiento de amor al prójimo.
Todo aquello por lo que no se haya pedido perdón de corazón a la persona perjudicada; todo lo que se le haya causado en pérdidas, daños, dolores, sufrimiento, falta de libertad y muchas otras cosas, y que aún no se haya compensado mediante alguna forma de reparación, espera manifestarse como efecto. El llamado periodo de gracia se está agotando.
Esto no se aplica únicamente a los últimos siglos; se remonta mucho más allá, más de lo que pueden recordar en su historia. Las energías no se disuelven por sí solas en la nada solo porque haya pasado el tiempo. En el ámbito espiritual no existe el concepto de «tiempo» tal como ustedes lo conocen.
Todo está presente, tanto el bien como el mal. En el ejemplo de la Caída pueden reconocer la verdad de Mis palabras: si el tiempo sanara las heridas sin más, la Caída habría quedado atrás hace mucho y la unidad celestial se habría restablecido desde hace mucho.
El esfuerzo sincero de muchos hijos Míos, sus oraciones y su rechazo del espíritu de la época, al dejar de vivir ciertas cosas en la misma medida que antes, han evitado que se alcanzara con anterioridad el punto en el que hoy se encuentra el mundo. ¿Se utilizó el tiempo ganado de este modo —ante todo por los gobiernos de sus países, pero también, en menor grado, por cada persona— para iniciar un cambio de rumbo o al menos una pausa en el camino emprendido? Aunque les duela, respóndanse a ustedes mismos sin suavizar la verdad.
Como Jesús de Nazaret vine al mundo para redimir. Esto sucedió en el Gólgota, pero no en el sentido que enseñan sus autoridades eclesiásticas. No transformé y redimí de manera general toda la culpa que la humanidad había contraído, porque entonces faltaría el elemento del conocimiento propio. Los redimí abriendo de nuevo, en sentido figurado, los cielos, de modo que desde entonces toda persona dispuesta vuelve a tener la posibilidad de regresar al hogar por su libre decisión.
Gran parte de Mis hijos caídos no tomó esta mano extendida.
Quizás muchos se pregunten qué cosa tan grave sucedió en los últimos años y décadas, y más allá de ellos en la historia de la humanidad, para producir ahora consecuencias tan funestas. Quiero sensibilizarlos un poco acerca de lo que significa tener en mente la propia ventaja e imponer la propia voluntad, si es necesario mediante la violencia, y transgredir así Mi mandamiento de amor. Porque apenas son conscientes del tipo y de la magnitud de las causas puestas en marcha durante periodos prolongados. Esto les dificulta evaluar correctamente su situación.
¿Fueron indemnizados y puestos en libertad los pueblos que, en el curso de su historia antigua y también reciente, fueron invadidos, anexionados y sometidos? Si no fue así, sus efectos todavía esperan manifestarse, a menos que esto ya haya ocurrido en parte en el pasado mediante respuestas violentas, catástrofes naturales, epidemias, hambrunas, crisis económicas y otros acontecimientos. ¿O consideran que estos y otros hechos semejantes son casualidad? ¿O quizás todavía un castigo de Dios?
Lo mismo se aplica a las cruzadas con sus millones de muertos; a la tortura y quema de las llamadas «brujas», incluidos los herejes; al sometimiento y esclavización de Mis hijos negros en África, de Mis hijos rojos en América y a la opresión de Mis hijos amarillos en Asia; a la apropiación de minorías más débiles y menos desarrolladas y a la explotación de sus países; a las falsas enseñanzas eclesiásticas que reducen al absurdo Mi enseñanza de amor y que todavía hoy mantienen sin libertad y llenos de miedo a millones de personas mediante la amenaza de castigos eternos en el infierno; a las administraciones injustas de justicia que tienen sus raíces en la conservación del poder de los dictadores; y a innumerables cosas más.
La lista de faltas, todas atribuibles a pretensiones de poder y a la búsqueda de ventajas, podría ampliarse cuanto se quisiera. Me interesa agudizar su conciencia respecto a tantas cosas que pasan por alto apresuradamente porque no las reconocen como conductas que no corresponden al sentido de Mi mandamiento de amor.
Quien no desee remontarse tanto al pasado puede reflexionar sobre lo siguiente:
Incluso si la humanidad decidiera unida —algo no solo difícil de imaginar, sino que tampoco sucederá— no ir más allá del estado actual de su conducta destructiva y egoísta, es decir, no causar en el futuro más daño que hasta ahora a su planeta y a sí misma, ¿qué creen?
¿Volvería a normalizarse todo dentro de un periodo abarcable en lo que respecta, por ejemplo, a la contaminación de sus mares, el calentamiento del clima, la extinción de muchas plantas y animales, la disminución de insectos y aves tan esenciales para la vida, los suelos maltratados y envenenados, la dependencia sumamente peligrosa causada por la interconexión económica mundial y muchísimas cosas más?
¿Cerrarán voluntariamente los ricos la brecha que separa su mundo del mundo de los pobres y los más pobres? ¿Renunciarán los dirigentes políticos y los pueblos que los respaldan a su pretensión de ser más grandes e importantes que los demás, aunque Mi mandamiento diga exactamente lo contrario? ¿Todavía podrán producir en cantidad suficiente sus alimentos sin tener que recurrir a sustancias químicas y aditivos artificiales? ¿Cuánto tiempo se necesita para que los «pulmones verdes» de su Tierra vuelvan a respirar porque haya nuevamente suficientes bosques sanos? ¿Cómo quieren impedir que siga aumentando el nivel del mar? Y así sucesivamente…
Con uno solo de muchos ejemplos puede mostrárseles cómo actúa la ley de causa y efecto, a veces solo después de décadas, siglos o incluso más tiempo, pero siempre sin errores. Que la humanidad no reconozca la exactitud de este principio se debe a su ignorancia y, en muchos casos, también a la falta de disposición para examinar honestamente la propia conciencia.
Hablo de la ola de refugiados que desde hace años afecta principalmente a los países europeos, cuyo fin todavía no puede preverse, que les exige más de lo esperado —y mucho más de lo deseado— y que, como una especie de migración de pueblos, mezclará todo, incluidas sus culturas y sus ideas sobre los valores.
¿Consideran una casualidad el flujo incesante de sus hermanos y hermanas procedentes del hemisferio sur, que además trae a su sociedad una religión estricta e intransigente? ¿Les resulta difícil reconocer detrás de ello la acción de la siembra y la cosecha? Recuerden cómo la raza blanca, en su delirio de superioridad y su codicia desenfrenada, trató a la raza negra y de ese modo es corresponsable de la pobreza y la inestabilidad política de esos países. Una conducta conforme al amor cristiano al prójimo —y Occidente apela en toda ocasión a su trasfondo cristiano y a menudo pronuncia gustosamente el nombre de «Dios»— habría sido diferente.
Enseñé a las personas a respetar y amar a su prójimo, lo que significa ayudarlo, apoyarlo y enseñarle mediante el ejemplo vivido. Esto es lo contrario de lo que sucedió. Porque en cuanto el hombre «blanco y civilizado» percibía una ventaja, se olvidaba de Mi ley de amor. Así resultó relativamente fácil someter a pueblos que no podían oponer nada al conocimiento, la agresividad y la astucia de sus conquistadores y ocupantes.
Un amor vivido dirigido al prójimo que todavía no había alcanzado el mismo desarrollo lo habría apoyado. Lo habría recibido en el punto en el que se encontraba y le habría servido desinteresadamente. Y habría obtenido su alegría y energía positiva de los avances interiores y exteriores realizados por el prójimo. Esto es amor desinteresado.
Esa fue Mi enseñanza. Fue desatendida en grado extremo. Ahora, décadas y siglos después, el principio de causa y efecto presenta la cuenta. Ahora, como ustedes dicen, «llegó el día de pagar»; al menos ya ha comenzado. Y esto es más que una simple advertencia, porque una advertencia significa que faltan cinco minutos para las doce.
Todo esto y muchísimo más abarca Mi ley.
La manera de proceder de las fuerzas oscuras y destructivas, que dependen de las energías nacidas del miedo, el caos, la envidia, la violencia y muchas otras cosas, es siempre la misma desde hace un tiempo eterno: buscan y encuentran en todo el mundo a innumerables personas cuya conducta se fundamenta en el poder, la ambición, el deseo de ser y de poseer, y otros rasgos negativos del carácter. Inspiran de manera dirigida a estas personas y, sin que ellas lo sepan, les preparan caminos que les proporcionan ventajas en la vida social, política y económica y, con frecuencia, también fama, honores y riqueza. Ningún ámbito de su vida queda excluido: ni la tecnología, ni la medicina, ni la alimentación, ni el entretenimiento, ni la industria con sus innumerables ramas, ni muchos otros.
Al comienzo esto sucede, por regla general, mediante pequeños pasos que se apartan apenas perceptiblemente de los mandamientos del amor a Dios y al prójimo, y que ya por eso no se reconocen como equivocados. A medida que aumenta el éxito, la persona seducida de este modo, sin saberlo, se vuelve cada vez más dependiente; sus medidas y métodos se hacen más egoístas e inescrupulosos, pues los resultados provechosos de sus actos parecen demostrarle que lo está haciendo todo bien. Así, las delicadas antenas de su conciencia se vuelven cada vez menos sensibles.
Si otros quieren mantenerse a la misma altura, se ven obligados a emplear métodos iguales o semejantes porque, de lo contrario, quedan rezagados. Así, incluso entre muchas personas que en el fondo tienen buena voluntad y —por mencionar un solo ejemplo— desean conservar la creación, se introducen casi sin que lo noten maneras de actuar que antes no practicaban. No pocas veces se pierden en el camino valores como la consideración, la honestidad y la equidad. Quien no quiere tomar esta dirección corre el riesgo de quedar apartado y sufrir desventajas. Al fin y al cabo, con frecuencia ya se trata de la mera supervivencia.
Que reconozcan la verdad de Mis palabras no depende tanto de la inteligencia como de sus intereses.
Mis palabras esclarecedoras deben mostrarles la sutileza que casi nadie reconoce porque, la mayoría de las veces, se oculta bajo el manto del progreso, la facilitación del trabajo, el bienestar o el entretenimiento agradable. Sin embargo, a largo plazo conduce paso a paso a una dependencia que en muchos casos resulta mortal, y también a una conducta cuya ilegalidad espiritual no se reconoce. Cuando finalmente se perciben las consecuencias —y en una parte de la humanidad comienza a surgir este conocimiento—, los enredos provocados por la conducta equivocada y dentro de ella suelen estar ya tan avanzados que un cambio de rumbo resulta difícil o incluso imposible. Muchas veces solo queda elegir entre dos males o aceptar perjuicios graves.
¡El dilema se hace visible!
Mis hijos humanos han llegado a una situación o, dicho con más precisión, al desatender Mis leyes universales han permitido que los lleven a una situación en la que tienen que reconocer su impotencia, porque no disponen de soluciones para lo que se perfila en el horizonte. Están acostumbrados a buscar medios y emprender caminos sin Mí, pero conforme a su propia voluntad e ideas, para eliminar las dificultades que ellos mismos causaron o trasladarlas a otra esquina del caos. No pocas veces intentan expulsar al diablo con Belcebú, lo que significa combatir o sustituir un mal por otro.
Ahora incluso el mayor optimista tiene que reconocer que, pese a todos los trucos y toda la astucia, es posible llegar a un punto que resulta ser un callejón sin salida, y que Mis leyes no pueden burlarse.
«¿Y ahora qué?», se preguntarán. Una vez les dije que ya pasaron cinco minutos de las doce. Repito esta afirmación. Lo que quiero expresar es que ya no pueden hacer retroceder las manecillas ni detener el reloj. No significa que todo esté condenado desde ahora mismo a la destrucción total. Por eso tampoco dibujo un escenario aterrador que solo provocaría miedo, preocupación y pánico. Pero, por otra parte, su situación tampoco permite ignorar las tormentas y nubes de tempestad que —en sentido figurado— se perfilan y que con seguridad dejarán efectos devastadores en algunos aspectos.
Pese a saberlo mejor, muchos hijos Míos actuarán de todos modos como si todo estuviera en orden. Disfrutarán aún más de las superficialidades de la vida y se aturdirán con la idea de que todo volverá a arreglarse de alguna manera. No se engañen, Mis amados.
Pero tampoco se queden inmóviles e indefensos, como el conejo paralizado frente a la serpiente. No hay motivo para ello. Aunque ya no pueda encontrarse una solución exterior para todo, Yo Soy, como dije al comienzo, quien no conoce situaciones sin salida ni dilemas. Solo que Mis soluciones suelen diferir profundamente de las ideas de ustedes.
¡Les recuerdo que Yo Soy el amor! Y que no existe mayor seguridad que vivir en Mí y Conmigo. ¿Le parece a alguno una frase demasiado fácil de pronunciar? ¿Resulta demasiado difícil ponerla en práctica? Sin duda presupone confiar en Mi guía y depositar tu voluntad humana dentro de Mi voluntad divina. Esto te resultará más fácil si puedes recurrir a experiencias que ya hayas vivido Conmigo.
Aunque todavía no sean numerosas, nada te impide venir ahora —hoy mismo— a Mí en tu interior y hablar Conmigo de todo lo que llevas en el corazón. Observa tu vida, mira tu pasado y tu pensamiento y conducta en el presente. Y luego ten el valor de corregir algo donde sea necesario.
Pero no permitas que te guíe la idea de querer o tener que procurarte una «protección divina» únicamente para que el barco de tu vida supere durante el mayor tiempo posible, y sin sufrir daños, las olas cada vez más altas. Sé consciente de que tu vida terrenal es una necesidad importante para aquello que debes aprender, pero que tu meta está en otro lugar: ¡junto a Mí!
Alcanzarás esa meta con mayor seguridad si Me llevas a bordo como piloto, lo que significa: presta atención a ti mismo, a tu día y a las tareas que te presenta. Y luego decide seguir cada vez más el mandamiento del amor. Así ni siquiera necesitarás pedir ya protección o un viaje seguro, porque Yo, tu Padre, sé lo que necesitas y lo que es mejor para la salvación de tu alma y de tu cuerpo.
Entonces caminarás erguido y con valor a través de todo lo que vendrá, y vivirás la experiencia liberadora de que dondequiera que fluye el amor hay crecimiento, despreocupación y confianza.
Amén
*) Véase la revelación del 10 de septiembre de 2019.