Revelación divina
Mis amados hijos, los conduzco hacia lo más íntimo de su corazón por medio de los destinos de las personas que los rodean. Déjense conmover; permitan que en ustedes despierte el amor por sus hermanos y hermanas. Pues ustedes han despertado; muchos hijos Míos están despertando en este tiempo y encuentran su tarea.
¿Y por qué precisamente en este tiempo? Porque cada vez más personas perciben que les falta algo. Sí, muchas no tienen absolutamente nada a lo cual aferrarse. Y quienes sienten que les falta algo muchas veces no saben que soy Yo quien falta en su vida. Por eso deseo tocar esos corazones por medio de su prójimo, para que despierten.
Mis amados, ¿cómo quieren continuar en este tiempo en que tienen lugar interminables turbulencias en su planeta si no se atreven a dar el salto, el paso hacia Mi corazón y hacia Mi amor?
Imaginen esta escena: muchos hijos Míos están ante un abismo. Yo estoy al otro lado y extiendo Mis brazos para recibir a Mis hijos y estrecharlos junto a Mi corazón. Pero ellos mismos tienen que atreverse a saltar. Y créanme: ningún hijo que decide saltar está solo. Y cada uno cae en Mis brazos.
Ningún hijo recorre su camino sin sus acompañantes espirituales. Mis ángeles caminan con cada uno; están a su lado para conducirlos hacia Mí y acompañar su salto, su paso hacia Mi amor.
Así los llamo; Mi amor los llama: regresen al hogar, junto a Mi corazón. Los anhelo tanto, a cada uno. Es el amor mismo quien los llama.
Amén
Revelación divina
Yo, su Dios y Padre, que en Jesucristo soy también su hermano, he entrado en medio de ustedes. Y sus corazones abiertos reciben la luz de Mi amor, que los fortalece y aviva aún más su anhelo.
Como siempre, Conmigo han venido innumerables hermanos y hermanas de ustedes procedentes de los ámbitos de las almas. En todos los lugares donde elevo Mi palabra —y esto sucede en innumerables ocasiones por toda su Tierra—, quienes son Míos se reúnen también en lo invisible. Pues perciben que el amor desea hablarles, instruirlos y darles valor para los pasos de desarrollo que tienen por delante; y no son pocos los que después emprenden, junto con sus ángeles guardianes y ayudantes espirituales, el camino que los acerca a Mi corazón de Padre.
Aunque no lo recalque cada vez, tengan la certeza de que sus hermanos y hermanas de los ámbitos de las almas, y también de las alturas luminosas, siempre están junto a Mí, de manera que podamos celebrar juntos estas horas sagradas.
Solo existe una verdad única, eterna y absoluta, ¡y esa verdad soy Yo, el amor! Esta verdad es Mi ley, que actúa en toda la Creación y a la cual está sometido todo cuanto sucede. Allí donde Mi amor no ocupa el centro de sus religiones, ideologías, teorías, visiones del mundo, reflexiones y debates, y donde no constituye la meta más digna de alcanzar, solo existen, en el mejor de los casos, algunas partes de Mi verdad; en el peor, no tienen nada que ver Conmigo ni con Mi enseñanza del amor, y allí únicamente encuentran la falsedad.
¡La forma más elevada del amor al prójimo es el amor a los enemigos! Esto enseñé como Jesús de Nazaret y esto viví como ejemplo. Pero no se practica con palabras, sino con hechos. El fuego que encendí y que se extendió por su Tierra fue llevado más lejos por hombres y mujeres que permitieron que los alcanzara y se convirtieron en ejemplos. Por eso Mi «religión» —si quieren llamarla así— vive de la función ejemplar de quienes la siguen. No es una religión que pueda difundirse mediante un afán misionero hecho de bellas palabras, tal vez incluso acompañado de presión, amenazas, miedo o medios violentos. Donde esto sucedió y sucede, otras fuerzas han intervenido.
Necesito ejemplos que irradien su luz espiritual tanto hacia el mundo exterior como hacia los ámbitos de las almas.
Vine para conducir a Mis hijos humanos de regreso a la patria que abandonaron. Para expresarlo con sus palabras, tengo «mucha paciencia», porque sé que no perderé a ninguna de Mis criaturas y que todas, tarde o temprano, encontrarán el camino de regreso a Mí. Mi ley se encarga de ello. Sin embargo, deseo que Mis amados hijos cambien de rumbo lo antes posible, porque quiero evitarles a todos el sufrimiento que aparece en su vida como consecuencia de una conducta contraria a la ley.
Dispongo de innumerables posibilidades para dirigirme a quienes son Míos. Se apoyan en los siguientes pilares, que entran en acción según la conciencia del hijo y de los cuales Me valgo:
Llego a cada uno mediante la ley de causa y efecto,
pero también por medio de información general de las clases más diversas, como la que puede encontrarse, por ejemplo, en libros y escritos.
También las personas —que no siempre tienen que ser sus amigos o conocidos— pueden ayudarlos a detenerse y reflexionar.
Y un alma dispuesta percibirá Mis impulsos en su interior cuando atraviese el día con atención.
Además, a quienes todavía no pueden oírme personalmente en su interior les hablo indirectamente mediante la palabra que doy a través de sus hermanos y hermanas, y de esa manera llego hasta ellos.
Y cuando tu amor hacia Mí, hijo Mío, crezca cada vez más dentro de ti, finalmente seré Yo quien se manifieste en tu interior y, desde ese momento, asuma tu guía de manera directa.
Como ven, existen muchos caminos y todos sirven, al final, para impulsar a Mi hijo a realizar un cambio en su vida. Este cambio atraviesa tres etapas. La primera consiste en adquirir conocimiento; la segunda, en comprender; y la tercera, en llevarlo a la práctica, para que —con Mi ayuda y bajo Mi guía— se produzca finalmente una transformación. Y con esta transformación crece la sabiduría en Mi hijo.
La sabiduría no puede alcanzarse acumulando conocimientos. Tampoco sirve de nada reconocer o comprender si después no viene la acción. Acumular conocimiento por el conocimiento mismo no está exento de peligro para su desarrollo espiritual. El conocimiento impulsa a realizarse. Si esto no sucede, obstruye —hablando en sentido figurado— la fuente de fuerza que hay dentro de ustedes y que desea ayudarlos en su desarrollo interior. La consecuencia es una conciencia que ya no puede desplegarse y que, si permanece limitada de manera duradera, ni siquiera reconoce la verdad y la coherencia con la ley contenidas en estas palabras Mías.
Les doy una imagen sencilla, pero perfectamente comprensible, para que puedan confiar aún más en Mis palabras; pues veo en sus corazones la dificultad que tienen para distinguir entre conocimiento y sabiduría.
Muchos de ustedes viven en la creencia equivocada de que pueden recorrer el camino hacia Mí leyendo y escuchando la mayor cantidad posible de cosas, lo cual después culmina muchas veces en intercambios de opiniones estériles y discusiones interminables y, no pocas veces, fortalece el ego. No comprenden que se trata de la transformación y que los pasos individuales únicamente deben servir para alcanzar esta única meta: el necesario cambio de rumbo en su vida.
Este es Mi ejemplo: tomen su alfabeto. ¿De qué les sirve aprender de memoria las letras y su orden dentro del alfabeto? Con ello únicamente han adquirido conocimiento. No obtienen beneficio alguno. La comprensión comienza cuando empiezan a unir letras para formar palabras, ya sean escritas o habladas. Pero tampoco esto los ayudará a alcanzar su meta —la transformación deseada de su carácter— si no lo llevan después a la práctica; es decir, si no comienzan a vivir aquello que han escrito o pronunciado. Solo entonces experimentarán la fuerza de las letras y las palabras.
Este es el fundamento de la sabiduría. Sus raíces no están en el intelecto, sino en probar y actuar, en su vida cotidiana y en su esfuerzo sincero, unidos estrechamente a Mí.
Una vez les dije que todo en Mi Creación es evolución, y el crecimiento personal también forma parte de ella. En una evolución no puede omitirse ni un solo paso de aprendizaje, incluso cuando a veces sea doloroso porque no existe otra posibilidad. Tampoco pueden acortar artificialmente el camino solo para llegar con mayor rapidez a la meta. Sin embargo, pueden esforzarse seriamente por no detenerse demasiado tiempo en cada etapa de su vida, en cada peldaño de su «escalera de Jacob», sino avanzar con diligencia para madurar así interiormente con mayor rapidez de un día a otro, de una semana a otra o de un mes a otro. Ninguno de Mis hijos humanos está exento de este camino, de este proceso de maduración.
Apoyo todo crecimiento no solo añadiendo Mi fuerza —que es igual a Mi amor—, sino también creando el entorno apropiado y las posibilidades necesarias para aprender. Por medio de Mi ley del amor, dentro de la cual vive cada uno, dosifico todo de la manera que resulte buena, es decir, adecuada, para la situación personal de cada uno. Esto puede desarrollarse lenta o rápidamente; Mi sabiduría y la disposición de Mi hijo determinan el ritmo de su evolución.
Esto es algo que muchos de ustedes todavía no saben manejar. Creen que tienen que hacer proselitismo en Mi nombre imponiendo sin medida a su prójimo un conocimiento para el cual todavía no está preparado, en vez de actuar por medio de su ejemplo.
Los niños pequeños necesitan un alimento diferente del de los adultos; del mismo modo, una persona que todavía no ha comprendido mucho necesita un alimento espiritual distinto del de quien ya lleva algún tiempo recorriendo el camino. La sabiduría —si la han desarrollado— mira en las profundidades de su prójimo y reconoce con toda exactitud cuándo hay que callar o cuán pequeña o grande debe ser la siguiente porción.
Pero muchas veces su capacidad de ver aún no se ha desarrollado lo suficiente para que puedan reconocer verdaderamente lo que su prójimo necesita en ese momento. Y cuando lo abruman con conocimientos que ni siquiera sabe clasificar correctamente y que mucho menos está dispuesto o capacitado para llevar a la práctica, ustedes se sienten decepcionados y se preguntan: «¿Por qué la otra persona continúa comportándose así, si le he señalado algo decisivo y ya está informada sobre esto o aquello?». Aplican su propio criterio a su prójimo, pero ese no es Mi criterio, pues Mi criterio no valora ni condena.
¿Acaso tu prójimo no tiene, igual que tú, el derecho de ser como es e incluso de continuar siendo como desea? Si esto surge de vez en cuando como problema en ti, te ofrezco otra reflexión para tu camino, que puede conducirte al conocimiento de ti mismo si lo deseas. Pregúntate: «¿Por qué me resulta tan difícil aceptar la conducta de mi prójimo?». Entonces, hijo Mío, hija Mía, estarás ocupándote de ti; y si haces una evaluación sincera —Conmigo, que te ayudo a realizarla—, avanzarás un paso. Y dentro de ti crecerá la libertad de dejar que tu prójimo sea como es, si eso es lo que desea.
Con ello regreso a lo que les dije al principio: ¡Mi religión es una religión del ejemplo! Tú, hijo Mío, debes actuar por medio de tu ejemplo. Con esta «dosificación» jamás puedes equivocarte.
Quien ha desarrollado sabiduría no acosa a su prójimo. No discute, y mucho menos sobre el camino correcto, el camino del amor. La sabiduría no ejerce coacción ni violencia de ninguna clase. Es lo contrario del fanatismo. Si el amor significa libertad, la lógica del corazón les enseña que la conclusión inversa solo puede ser esta: el fanatismo representa una conciencia muy restringida, obstinación, presunción de saberlo todo, falta de consideración e imposición de las propias ideas, incluso mediante la violencia cuando no se consigue de otra manera.
En su época experimentan este fanatismo de múltiples formas. Sus raíces se encuentran muy lejos en el pasado. Como todo se basa en la ley de siembra y cosecha, ahora sale a la luz la cosecha cuya semilla fue depositada hace muchos siglos. Finalmente, fueron la falta de amor y un fanatismo igualmente mortífero los que producen los efectos actuales. Aunque los períodos entre la siembra y la cosecha les parezcan infinitamente largos y, por tanto, sin relación entre sí, no son más que un parpadeo en la eternidad. Y todo cuanto todavía no haya sido reparado o expiado saldrá a la superficie tarde o temprano.
Solo existe una posibilidad de «vencer» todo odio, agresión y violencia: el amor desinteresado, incondicional y dispuesto a perdonar, el amor a los enemigos que Yo enseñé. Aunque esto supere su capacidad de imaginación, no existe otro camino. Mis hijos humanos lo recorrerán —tarde o temprano—, y quienes no solo creen en Mí, sino que Me aman, serán conscientes de su función ejemplar y la cumplirán.
Todo cuanto Mis hijos humanos y del alma necesitan para producir una transformación en sí mismos y, por tanto, a largo plazo en el mundo, ya se encuentra dentro de ellos. Es la fuerza de Mi amor, que espera ser liberada una y otra vez mediante un sí. Es Mi ayuda, que está a disposición de cada uno. Es Mi amor, que sostiene a todos; Mi luz, que hace resplandecer a cada uno. Por eso, ser un ejemplo significa también llevar a la práctica el sí que Me han dado o Me darán, unido a la entrega a Mí.
Cuando ahora extiendo Mis manos para bendecir a Mis hijos de este mundo y del más allá, de ellas fluye la energía de Mi amor en forma de innumerables rayos. Cada corazón abierto recibe esta energía y cobra valor; y en cada corazón abierto vuelve a arder intensamente la llama del anhelo de correr hacia Mí, que soy su Padre y Creador, que soy el amor que sale a su encuentro en Jesucristo.
Amén