Revelación divina
Mis amados hijos e hijas, muy lentamente cada vez más personas comienzan a sentir que algo ya no está bien. En especial los mayores entre ustedes, quienes todavía pueden comparar cómo era todo hace una o dos generaciones, perciben el cambio. «Algo está sucediendo», dicen. Pero no logran comprenderlo. Solo sienten que ya no es como en los «buenos tiempos de antes». Y también lo sienten todos los que no se limitan a pasar el día ocupándose de sus asuntos.
¿Qué es?
Para comprender mejor en qué época viven y qué les depara su tiempo, es necesario volver al pasado, y no solo unas décadas o unos siglos. Lo que se aproxima tiene una larga historia previa. Solo puede comprenderse correctamente si toman como fundamento las leyes espirituales, en las cuales, desde hace ya algún tiempo, he introducido cada vez más profundamente a los Míos.
Yo vine al mundo en Jesús de Nazaret para impedir que las tinieblas sometieran por completo a los seres humanos al mal, como pretendían hacerlo. Lo logré; y desde entonces cada alma y cada persona lleva dentro de sí, cerca del corazón, Mi chispa de Cristo como fuerza adicional. Mediante Mi sacrificio en la cruz quedó nuevamente libre el camino hacia el Cielo, pero cada persona tuvo y sigue teniendo que tomar por sí misma la decisión de emprenderlo.
Desde entonces, el lado adverso ha intentado sin cesar llevar a las personas a interpretar erróneamente Mi mandamiento del amor o a presentarlo como imposible de poner en práctica. A ustedes les falta imaginación para concebir cómo y con qué medios procedió para ello Mi adversario y el de ustedes.
De esta manera consiguió que la montaña de culpas acumulada por una parte de la humanidad creciera cada vez más. Debido a Mi obra de redención, ya no pudo ni puede alcanzar su objetivo original de apoderarse de la Tierra. Pero sí pudo hacer algo, y lo hizo: mediante su influencia, durante un largo período, hizo crecer la montaña de culpas generadas, de tal manera que —como dirían ustedes— el recipiente está ahora tan lleno que no solo amenaza con desbordarse, sino que ya se desborda.
Ha llegado el tiempo anunciado por numerosos videntes y profetas.
Yo no castigo. Mi esencia es amor, y Mi amor contiene necesariamente Mi justicia. Mi voluntad —y esto es más que un deseo o una intención; es Mi voluntad divina e irrevocable— consiste en traer de regreso a Mí a todos los que una vez Me abandonaron.
¡Y como tengo el poder para hacerlo, así sucederá! Con las palabras de ustedes se diría que solo es cuestión de tiempo hasta que todos volvamos a estar reunidos. Pero el tiempo no tiene importancia para Mí; no existe junto a Mí. Y, sin embargo, a pesar de toda consideración, tolerancia y paciencia, la igualdad de trato exige que una injusticia cometida sea reparada. «La cuenta debe volver a quedar saldada», como dirían ustedes. Esto no representa un castigo de Mi parte, sino que finalmente ayuda al causante a reconocer su conducta equivocada y retornar.
Algún día dará este paso todo aquel que haya transgredido gravemente Mi mandamiento del amor. Cuándo lo haga depende de su libre albedrío. Sin embargo, Mi ley prevé que se manifiesten los efectos de sus actos anteriores. Esto facilita el regreso a casa, aunque en muchos casos al principio no se vea ni se reconozca de ese modo.
La ley de causa y efecto, llamada también ley de la siembra y la cosecha, casi siempre se interpreta erróneamente, pues únicamente se la proyecta hacia el futuro:
«Lo que siembro hoy, lo cosecharé algún día». Y ¿cuándo, hijo Mío, sembraste lo que cosechas hoy?
¿Cuándo sembró la humanidad lo que cosecha hoy? Si no evitas por miedo una respuesta lógica, esta solo puede ser: durante los muchos, muchísimos siglos de impiedad del pasado. Porque, si observas la historia, tendrás que reconocer que estuvo marcada por disputas, egoísmo y guerras de exterminio; y que Mi mandamiento de amar a Dios y al prójimo fue anunciado principalmente de palabra, mientras que solo rara vez las acciones siguieron a las palabras.
A esto contribuyó considerablemente el hecho de que el lado oscuro lograra presentar Mi enseñanza de una manera distinta de como Yo la anuncié, tergiversándola de forma bien concebida y progresiva, en pequeños pasos. Mi enseñanza fue y sigue siendo, expresada brevemente y yendo al punto: ¡amor, y nada más!
Debe aplicarse a todos, y se aplica a todos, no solo a los miembros de una comunidad religiosa determinada. «A todos» significa mucho más de lo que ustedes piensan. Se aplica a todas las criaturas, no solo a la Tierra, no solo a su universo material y tampoco únicamente a los ámbitos extracelestiales surgidos como consecuencia de la Caída. Es la «regla», es Mi ley, que en principio todas las criaturas siguen voluntariamente y con alegría porque proceden de Mi amor. Pues Mi amor vive en cada una.
La llamada «Caída» fue una excepción que Yo permití. No se repetirá, porque las lecciones que dejó fueron más que claras.
Debido a la ingeniosa alteración de Mi palabra, realizada durante muchos siglos, solo muy pocos pudieron advertir la falsificación. Quien la notaba, se oponía a ella y practicaba Mi enseñanza del amor desinteresado vivía peligrosamente, y no pocas veces su vida terminaba en una prisión o en la hoguera.
La consecuencia de este proceder satánico fue y sigue siendo que hoy casi nadie sabe qué son realmente el «Cielo» y el «infierno». Las ideas predominantes asociadas con estos términos no corresponden en absoluto a la realidad. La mayoría de las personas se encoge de hombros ante las preguntas relacionadas con ellos, aunque se consideran o se considerarían cristianas.
Aunque creen que el «diablo» existe de alguna manera y en algún lugar, el mundo casi no tiene idea de que él, al igual que el mundo de Luz, se encuentra sin cesar e inmediatamente alrededor de ustedes junto con quienes le sirven.
Así tiene vía libre; y esta ignorancia le facilitó mover los hilos desde el trasfondo casi sin ser advertido, después de tener que reconocer que su plan original había fracasado debido a Mi intervención, a Mi obra redentora de amor.
¿Cómo lo logró y cómo lo logra, precisamente también en el tiempo de ustedes? Trabaja con el miedo, una de sus herramientas principales. Debido a la alteración de Mi enseñanza, muchas personas ya no tienen la fe profunda e inquebrantable en que Yo tomo en Mis manos la vida de todo aquel que confía en Mi amor incondicional.
«Puede que Dios exista y que esté en algún lugar, pero ¿dónde? No lo sé, no Lo siento. Al contrario, veo que todo empeora y que Él no interviene»: esta es la opinión muy difundida, incluso en muchísimos casos entre quienes pertenecen a una comunidad cristiana.
Es el miedo lo que los paraliza; el miedo a lo que se acerca o podría acercarse. Muchas veces —todavía— no son conscientes de él. También esto forma parte de la estrategia de las fuerzas adversas: distracción desmedida para que no quede tiempo de reflexionar sobre lo que ya se perfila en el horizonte.
Cuando hice surgir la creación de Mí mismo, deposité en cada criatura una chispa de Mi amor infinito. De ese modo también tú —pues eres y seguirás siendo un ser espiritual, aunque actualmente estés encarnado— recibiste, al igual que todos los demás, tu vida eterna. Yo Soy eterno, y lo que creo vive eternamente. Por medio de esta chispa de amor estás unido a Mí; por ella Yo vivo en ti. Nadie más puede afirmar esto. ¡Nadie más vive en ti! Y mediante Mi obra de redención en Jesucristo recibiste otra fuerza que se depositó cerca de tu corazón.
Con ello, el lado adverso había perdido. No le quedó otra alternativa que seducir a las personas para obtener así la energía que necesitaba con tanta urgencia. Desde su punto de vista, lo hizo con «éxito».
Pero tensó demasiado el arco; ¡hizo que el recipiente se desbordara!
A diferencia de la inmensa mayoría de las personas, conoce muy bien y con profunda comprensión las relaciones existentes entre la vida de ustedes y la llamada muerte. Y hace todo lo posible por inducir a las personas a llevar su vida sin prestar demasiada atención a Mis mandamientos. ¿Qué obtiene con ello?
Por una parte, recibe energía ya durante la vida de las personas a las que puede dirigir; por otra —y esto es mucho más importante para él—, después de la muerte corporal de la persona, las almas van a los ámbitos sutiles que corresponden a la vibración, al estado energético del ser humano «fallecido». Y si la persona vivió sin amor o con poco amor en su corazón, se trata de mundos en los que el lado adverso domina en mayor o menor medida.
Así crece el gran ejército de quienes no son libres y cuya vida en el más allá está determinada o fuertemente influenciada por fuerzas que no viven en el amor.
No olviden: todo es vibración, y lo semejante atrae a lo semejante.
Inscríbanlo muy profundamente en sus corazones: la vida que Yo creé —y no existe otra vida, porque todo procede de Mí— dura eternamente. Su verdadera vida nunca termina. A veces transcurre en la Tierra, luego nuevamente en los ámbitos invisibles para el ser humano, después otra vez en la Tierra y más tarde de nuevo en el más allá… Por tanto, no existe la muerte, sino solamente la vida.
La duración de semejante «viaje extracelestial» depende de la persona. Si en la Tierra alcanzó un grado correspondiente de madurez anímica y energética mediante la práctica de Mi mandamiento del amor, entra en el más allá en mundos luminosos y resplandecientes, y su «excursión» se acerca lentamente a su fin. Al menos entonces ya conoce el trayecto que todavía tiene por delante y que puede abarcar con la mirada. Sus amigos espirituales, entre quienes naturalmente se encuentra también su ángel de la guarda, están con ella y la ayudan. Y entonces, «un día», da el último paso a través de la puerta de Luz y vuelve a entrar en su patria eterna junto a Mí.
En el tiempo que tienen por delante es más importante que nunca establecer una unión estrecha Conmigo, su Padre en Jesucristo. Te encuentras en un viaje cuya meta es la misma que su punto de partida: Mi Cielo, que también es tu Cielo. Durante tu viaje Soy tu acompañante, si así lo deseas. Como Jesús, incluso recorrí este camino antes que tú. Por eso conozco sus dificultades.
Y como Yo Soy el amor, haré todo lo posible para facilitarte el camino. «Facilitar» no significa hacerlo fácil. En la Tierra te encuentras dentro del ámbito de dominio de las tinieblas. No lo olvides. Pero también sabes, porque ya lo has experimentado muchas veces, que Mi amor es más fuerte y mayor que cualquier otra cosa.
Estás en la Tierra para aprender. No llegaste por casualidad al lugar donde estás actualmente, porque la casualidad no existe. Las circunstancias en las que vives deben decirte y mostrarte dónde quedan todavía debilidades que pueden transformarse en fortalezas, si esa es tu voluntad; pues Yo nunca toco el libre albedrío de una persona.
Pero no vives, en sentido figurado, en un espacio «vacío». Estás vinculado a tu pasado, y en el presente debe resolverse aquello que todavía no vibra en el amor. Yo estoy aquí —no solo a tu lado, sino dentro de ti— para ayudarte en este proceso que no siempre es sencillo.
Junto a Mí no existe obligación alguna. Y, sin embargo, algún día, aunque todavía haya aquí y allá algo en ti que se resista, abordarás este trabajo que Yo llamo trabajo interior. Lo harás sencillamente porque deseas liberarte de aquello que aún te pesa. Quizá todavía no estés familiarizado con este paso. Si ese fuera el caso, observémoslo juntos.
El escenario en el que estás y en el que tienes algo que aprender es tu vida. Es tu vida cotidiana, son las personas con quienes convives y son las situaciones en las que te encuentras continuamente.
Una pequeña observación al margen: esta es también la razón por la cual, como ermitaño, no puedes encontrarme verdaderamente. ¿Por qué? Porque no hay nadie que te muestre el espejo y, por ello, no descubres lo que todavía se encuentra en lo profundo de tu interior y debe ser trabajado, es decir, transformado en amor.1)
Permanece atento y, cuando tengas cada vez más práctica en ello, te sorprenderá la cantidad de situaciones que en el pasado dejaste pasar sin reconocer el proceso de aprendizaje que se te presentaba.
Aplica una y otra vez la ley de la correspondencia, que establece:
«Aquello que todavía me molesta, irrita, altera y enfurece en mi prójimo, también lo llevo en mi interior de la misma forma o de una manera semejante».
¡Esta ley es absolutamente cierta! Aunque quizá al principio provoque resistencia en ti. Reflexiona sobre ella, si lo deseas. Y pídeme que te ayude a explorar tu propio yo cuando no logres avanzar, pero quieras hacerlo.
Esto es trabajo interior y constituye un buen punto de partida. Hay muchos otros, pero avanza paso a paso y no pierdas inmediatamente el ánimo si no obtienes enseguida una comprensión. Recuerda que Yo estoy en ti y junto a ti y deseo ayudarte.
Cuando te decides por este trabajo interior, estableces con ello un contrapeso frente a los intentos cada vez más poderosos del lado adverso por crear inseguridad en las personas y hacerlas finalmente incrédulas, porque ya no comprenden el conjunto.
Yo permito que se manifiesten los efectos cuyas causas son responsabilidad de la propia humanidad. Pero tomo bajo Mi protección, doy fuerza y aliento a todo aquel que Me lo pide.
Unas últimas palabras, amados hijos Míos:
El causante de toda la desgracia que hasta ahora ha sobrevenido y todavía sobreviene a las personas es y seguirá siendo hermano de ustedes. Él también es Mi hijo amado, y volveré a recibirlo en Mis brazos, lleno de amor, como a todos los que se alejaron de Mí. Por eso presta atención a tus pensamientos cuando aparezcan en ellos el diablo, Lucifer o cualquier otro nombre que se le dé.
Yo nunca condeno, ni siquiera a quien tiene la responsabilidad de todo ello. Haz tú lo mismo, lo cual no significa que no debas permanecer atento y ser prudente. Allí donde sea necesario, también debe pronunciarse alguna vez un «no» claro. Con amor.
Amén
1)
La balada del buscador de Dios y el ladrón
En la India, tierra de vacas sagradas, un joven se consumía buscando a Dios. Ofrecía sacrificios y ayunaba con empeño, soportaba la envidia de unos y la burla de otros. Sucedió entonces que un extranjero le dijo, a quien nunca antes habían visto en aquella tierra, que allí donde se alzaba la cumbre más alta, había conocido en soledad al Dios creador. Lleno de alegría, el joven acogió aquellas palabras y ese mismo día las puso en práctica. Subió y buscó aquel lugar; no solo lo encontró silencioso, sino mudo. Pues allá en lo alto se terminaba el mundo, no había arbusto, árbol ni vida en la lejanía. Juntó las manos con gratitud: ahora el Cielo ya no estaba tan lejos. Meditaba muchas horas cada día, comía poco y casi no dormía, y esperaba haber encontrado pronto al Dios creador y alcanzar entonces la meta. Así transcurrieron cerca de quince años; su anhelo aún no estaba satisfecho, pero renunciar, ¡jamás, Dios no lo quisiera!, era algo que todavía no estaba dispuesto a hacer. Había renunciado a todas las alegrías, estaba solo y se bastaba a sí mismo. Había perdido el amor por los seres humanos, pero este le parecía de todos modos un engaño. Una noche cayó en éxtasis y finalmente supo: ahora había sucedido. Le pareció ver por unos breves instantes al Dios creador en la bóveda celeste. «Lo he logrado, el Cielo se ha abierto», exclamó, y emprendió el largo regreso. Con ánimo alegre avanzó sin desfallecer y se regocijó por su gran dicha. Entonces, medio hambriento y congelado, lo atacó un ladrón y le exigió un tributo. Como no tenía nada, parecía ya perdido, pues esto aumentó la ira del ladrón. Pero este finalmente lo dejó seguir su camino y todavía le preguntó: «¿Eres un hombre santo? Entonces dile a Dios que se esfuerce más para que yo también pueda vivir satisfecho». Lleno de rencor, con el susto aún en el cuerpo, aquel respondió: «Sí, he buscado a Dios, y sé que Él te responderá, necio, con toda razón, que estás maldito por tu mala acción». «Buscaste, pero ¿también encontraste?», oyó entonces la palabra en su interior. «Dime, ¿valieron la pena tantas horas de silencio en las que languideciste allí en las montañas? ¿Dónde están los buenos frutos de tu empeño? ¿Te los negó tu soledad? En vano buscas el Cielo lejos del mundo, aunque te parezca que Me has venerado. ¿Crees que el Cielo ya estaba abierto para ti? Entonces dime: ¿qué te ha sucedido? Apenas te encontraste con un ser humano, tu orgullosa vanidad te sedujo. Si quieres servirme y conocerme, ama, y sabrás lo que todavía te falta; Yo permito que Me encuentres en tu prójimo, y reconocerás que ahora elegiste bien».
Del poemario «Confía en el suave sonido de tu corazón» (Hans Dienstknecht).