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Aprender a mirar — liberarse de ataduras

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Schauen lernen - Bindungen lösen

Fecha original: 13 de abril de 2013

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Aquel de quien hablaste, amado hermano Mío, soy Yo, Cristo, el Amor procedente del Padre, quien es el Creador y Dios de la infinitud, la fuente de la que fluyen todos los beneficios para ustedes, seres humanos y almas.

Yo, la Luz, estoy en medio de ustedes y Me derramo en cada corazón que se ha abierto a Mí; y, en verdad, son innumerables quienes fueron invitados y acudieron. Y a ustedes, Mis amados, les digo: también he traído Conmigo a su hermana [la madre biológica de uno de los hermanos], a quien en los últimos días se les permitió acompañar —como ustedes dicen— al otro lado, al Reino del Espíritu y de la luz.

¡Si pudieran ver el vestido tejido de luz que ella lleva! Me sirvió a su manera y, llena de bienaventuranza, recibió de Mis manos y entre Mis brazos la recompensa divina. Yo la consolé.

Consuélense también ustedes y sepan: quien Me sirve y recorre Mis caminos recibirá Mis dones en abundancia. Se encontrará en la libertad que he preparado para todos aquellos que, durante su vida humana, reconocieron por qué están aquí y cómo deben dar sus pasos en Mi Espíritu.

Muchos recorren los caminos de este mundo y vagan sin meta ni orientación; en verdad, son pobres seres humanos y pobres almas. Pero Yo he salido a prometerles y llevarles a todos —a cada ser en particular— la salvación, la paz y el amor procedentes del Reino de Dios, y a estrechar a cada uno entre Mis brazos en la hora de su plenitud.

Los envuelvo en Mi amor. Permanezco junto a ustedes con Mi paz; y ustedes, Mis amados hermanos y hermanas, continúen celebrando durante esta hora santa su reunión en Mi Espíritu.

Amén

Revelación divina

Mis amados hermanos y hermanas, en la palabra que acaban de escuchar hablé de la libertad. Deseo profundizar en este punto, especialmente en cuanto a quién o qué impide que Mis hijos humanos crezcan hacia la libertad que ya existe dentro de ellos y que algún día los espera.

Antes hablé de las almas presentes aquí, y les digo: este recinto no solo está lleno de Mi resplandor, Mi gloria y Mi luz, sino que innumerables hermanos y hermanas suyos procedentes de los ámbitos de las almas han venido Conmigo, porque saben que el tema que abordaré es igualmente importante para ellos.

Cuando y de cualquier manera que alce Mi voz, Mi palabra está sostenida por Mi amor incondicional. Transmite comprensión infinita, consuelo y esperanza, amparo y paz. Les muestra una y otra vez las numerosas facetas de su ser divino. Pero incluso cuando Mi palabra es seria, procede del amor; ¿cómo podría ser de otro modo? Al amor —a Mi amor— pertenece también el hecho de que guío a los Míos; y guiar incluye esclarecer, es decir, hacer visibles los peligros que todavía son invisibles para ustedes y que, por ello, aún no pueden reconocer. ¿Qué clase de amor dejaría que sus hijos se extraviaran sin advertirles, sin señalarles los escollos peligrosos, las trampas y emboscadas que acechan en su camino? Poner al descubierto es, por tanto, un aspecto del amor y nada tiene que ver con condenar.

Deseo dar a lo que hoy profundizaré el título: Aprender a mirar con los ojos del amor. Y el subtítulo podría ser: Liberarse de cadenas y ataduras.

Conocen la ley de la atracción y saben también que las vibraciones semejantes se encuentran, mientras que las diferentes se repelen. Asimismo conocen estas palabras: «Quien quiera entrar en el cielo debe llevar el cielo consigo»; esto significa que debe llevarlo dentro de sí, al menos desarrollado en gran medida.

Mi meta, fundamentada en Mi voluntad omnipotente, es traer nuevamente a todos Mis hijos a Mi corazón. Nadie puede frustrar permanentemente esta voluntad Mía. Sin embargo, existen fuerzas en la Creación —que no fueron creadas por Mí, sino que se convirtieron en tinieblas mediante el abuso de su voluntad propia— que por lo menos intentan hacerlo y persiguen una meta contraria: impedir ese regreso al hogar. Expresado con una imagen, colocan cadenas a los hijos e hijas que desean regresar a la casa del Padre o crean ataduras que dificultan a Mis hermanos y hermanas recorrer el camino del amor, y que no pocas veces incluso se lo impiden durante algún tiempo. Pero también encadenan a quienes aún no sienten dentro de sí el deseo de luz y amor, impidiendo así desde el comienzo sus primeros conocimientos.

Son fuerzas interesadas en conservar y ampliar su reino oscuro y que, como ya les he dicho muchas veces, proceden con enorme refinamiento. Uno de los medios con los cuales logran una y otra vez impedir que las personas avancen es recortar su libertad.

Algunos de ustedes dirán ahora: «Yo jamás permitiría voluntariamente que me encadenaran».

Hermano Mío, hermana Mía, si piensas o hablas así, todavía no has comprendido el sofisticado sistema de las tinieblas. Te quitan la libertad sin que lo notes. Te atan sin que lo percibas ni siquiera lo sospeches. Y esta atadura —aquí reside el peligro de su manera de proceder— va acompañada de una limitación de tu conciencia.

Esta limitación significa que tus sentimientos y pensamientos se van estrechando cada vez más, que las fuerzas de tu alma disminuyen inadvertidamente y que, al final, te falta «visión clara», porque ya no eres o apenas eres capaz de reconocer las cosas en su profundidad. De este modo se vuelve imposible mirar realmente —¡no Me refiero a ver con los ojos!—, de manera que solo percibes la superficie de todo y ya no reconoces el peligro oculto debajo de ella. Esta limitación se produce en pasos tan pequeños que el cambio apenas puede advertirse. Quien se encuentra atado de esta forma casi ya no está al alcance de advertencias ni indicaciones, y ni siquiera de pruebas bien fundamentadas.

¿Quién crea estas ataduras y de qué manera? Por un lado, las crean personas, grupos, organizaciones e ideologías cuyas metas no son desinteresadas, aunque muchas veces hayan escrito Mi nombre en sus estandartes. Puesto que Yo soy la libertad, no ato a nadie. Y quien representa verdaderamente Mi enseñanza tampoco atará a sus seguidores, miembros, alumnos o como quiera llamarlos; por el contrario, se esforzará para que crezcan hacia la libertad interior y exterior.

Por otro lado, existen ataduras que el ser humano se impone a sí mismo mediante decisiones propias más o menos voluntarias en numerosos ámbitos de su vida. Entre ellas se encuentran, por ejemplo, todos los hábitos y comportamientos que —en momentos tranquilos, cuando puedo llegar hasta ustedes— reconocen como necesitados de cambio, pero que no comienzan a trabajar porque no quieren, no pueden o ya no pueden hacerlo.

Están atados, con distinta intensidad, a todo aquello que no ponen en práctica de acuerdo con el amor. Si perciben en su alma impulsos que les indican que la libertad, tal como Yo la entiendo, es en realidad algo muy distinto de lo que viven, habrán obtenido los primeros conocimientos acerca de sus ataduras.

Si lo desean, contemplen una vez su vida desde estas perspectivas. Encontrarán innumerables ejemplos y, si lo permiten, abriré sus ojos interiores y les permitiré reconocer sus ataduras.

En todo el mundo, cerca y lejos, en lo grande y en lo pequeño, se trabaja con este instrumento de las ataduras, de la restricción de la libertad interior y de la limitación de la conciencia de Mis hijos humanos. Para las fuerzas contrarias, estas medidas son necesarias porque así pueden impedir el pensamiento y la acción independientes y responsables. Casi nadie lo sabe ni lo advierte; y cuando se esclarece este asunto, no pocas veces se descarta como falsedad o fantasía.

Naturalmente, las tinieblas deben impedir a toda costa que sus seguidores, aquellos de quienes se han apoderado, reconozcan sus ataduras. Para lograrlo han ideado muchas cosas. Entre ellas está tergiversar Mi enseñanza, atribuirle otro sentido e introducir así en el mundo una concepción falsa del amor y de la armonía. Emplearé una formulación moderna de semejante doctrina errónea: «Tú eres bueno, yo soy bueno y todos nos amamos».

Esto, amigos Míos, es limitación de la conciencia en su grado máximo. Ese no es el amor que Yo enseño ni la libertad hacia la cual conduzco a todo aquel que se vuelve hacia Mí y se confía a Mí. Es una atadura porque falta el conocimiento de uno mismo y se crea la impresión de que todo está bien. ¿Qué motivo habría entonces para cambiar algo?

Mi enseñanza dice: ¡Ama, pero no condenes!

En varias de Mis revelaciones les he dicho que no soy ciego ni sordo; que veo y escucho todo cuanto Mis hijos hacen y expresan, tanto lo bueno como lo menos bueno, y que, no obstante, los amo incondicionalmente. Examinemos juntos cómo puse en práctica, como Jesús de Nazaret, el mandamiento del amor al prójimo, que incluye también el amor a los enemigos.

¿Creen que no miré hasta lo profundo de las almas de quienes Me perseguían? ¿Que no reconocí el mal que había dentro de ellos —incluidas las fuerzas demoníacas que permanecían detrás y los azuzaban desde lo invisible—, en quienes Me dieron muerte? ¿Creen que dije: «Todo está bien; continúen así»? Sufrí sus maltratos y, sin embargo, vi en Mis verdugos a Mis hermanos y hermanas, quienes llevaban dentro de sí el amor divino, profundamente oculto, pero aun así presente.

La dificultad, incluso la incapacidad de muchas personas, consiste en seguir amando cuando descubren algo negativo. Pero no es una solución ponerse lentes color de rosa solo porque uno mismo todavía tiene debilidades en materia de tolerancia y amor al prójimo y teme condenar o incluso juzgar al otro por sus errores, lo cual, por supuesto, no corresponde a la ley del amor.

Cuando miro los corazones de Mis hermanos y hermanas que escuchan estas palabras y que las leerán, veo en algunos una pequeña resistencia, por lo menos un débil intento de objeción que dice: «Claro, Tú pudiste hacerlo; ¡Tú eras Jesús de Nazaret! El Amor estaba encarnado en Ti. A mí, como ser humano débil, me resulta imposible imitar Tu conducta».

Aquí, amigos Míos, debo objetar. No acepto ese argumento, por lo menos no de quienes Me han dado su sí y han entrado así en Mi seguimiento. Seguirme significa esforzarse honestamente por caminar tras Mis huellas y encontrar paso a paso una conducta —hasta donde sea posible para el ser humano— que corresponda a la Mía; significa al menos aspirar a esa conducta, aunque todavía se haga de manera muy imperfecta. Significa aprender a mirar con los ojos del amor; reconocer a los llamados enemigos sin condenarlos por sus actos. Esto forma parte de Mi mandamiento del amor a los enemigos.

Esta es una exigencia elevada, quizá la más alta que existe para ustedes durante esta vida. Pero puede cumplirse si lo desean. Entonces soy Yo quien guía sus pasos, fortalece su alma y les concede oportunidades para ejercitar, practicar y desarrollar su amor en la vida cotidiana. Entonces soy Yo quien permanece a su lado para ayudarlos con consejo y acción.

Una vez dije que debían ser mensajeros de Mi amor y, con ello, pescadores de hombres. Ahora amplío Mi palabra con otro aspecto: los pescadores de hombres y mensajeros de Mi amor son también médicos de almas. Saben lo que necesita su prójimo; lo bendicen, lo fortalecen en sus esfuerzos, lo ayudan interior y exteriormente a trabajar sus errores y problemas, lo envuelven en su amor y le infunden valor. Este es un aspecto. Pero hay un segundo: cuando existe la necesidad de ayudar más allá de la bendición —naturalmente respetando su libre albedrío—, los médicos de almas deben ser capaces de mirar «debajo de la superficie» para reconocer lo que su prójimo necesita realmente.

¿Cómo procede un médico terrenal? Ustedes mismos lo saben. Antes de aplicar un tratamiento, establece un diagnóstico. Así deseo que sean Mis seguidores: que aprendan a mirar allí donde sea apropiado y necesario, pero sin etiquetar interiormente a su prójimo ni marginarlo en sus sentimientos y pensamientos.

Quien quiera recorrer este camino y ayudar a su prójimo a reconocer aquello que todavía es imperfecto debe haberse reconocido primero a sí mismo. Sin conocimiento propio no existe un conocimiento verdadero y profundo del prójimo. Y sin conocimiento no hay fundamento ni estímulo para aspirar a un cambio.

Es importante que reconozcan estas relaciones. Es importante que comprendan por qué y de qué manera las tinieblas encadenan a los ignorantes, y es importante que conozcan Mi amor, que desea enseñarles a mirar y hacerlos libres. Por eso desperté dentro de ustedes el deseo de desprenderse de sus cadenas y entrar en la luz y la libertad a la que también entró su hermana [véase la revelación de la página 1], y que espera a cada uno de ustedes que anhele la libertad.

Cuando den los primeros pasos del conocimiento, otra trampa los esperará para volver a atarlos. No se trata solamente de reconocer y deshacer las ataduras, sino también de perdonar a quien los ató y de perdonarse a sí mismos por haber permitido que los ataran. Quien no perdona continúa atado. Y, en verdad les digo: todas las ataduras deben ser deshechas; por eso actúa sabiamente quien comienza durante su vida terrenal. Debe perdonarse todo cuanto alguien les haya hecho, si no aquí, entonces en el más allá. Pero en el más allá, amigos Míos, esto puede resultar mucho más difícil.

Dirijo nuevamente su mirada hacia la ligereza que existe dentro de ustedes y que forma parte de su verdadero ser; hacia su grandeza, su independencia y la luz que irradian. Retengan esta imagen y trabajen para alcanzarla. Inclúyanme en ese trabajo, y les prometo que entraremos juntos en la libertad que constituye su herencia.

Amén

Revelación divina (en respuesta a una oración)

Mira, amada hija Mía, ¿no dije que miro dentro de cada corazón? Sé lo que cada uno de ustedes desea, pero también lo que necesita.

Mi voluntad es que el hijo eterno dentro de ustedes, ese ser radiante y divino, vuelva algún día a Mí, a Mi corazón, que es el origen de toda vida.

Por eso haré actuar y dispondré todas las cosas de manera que beneficien y sirvan, ante todo, a su alma. Y si, además, también son buenas para su parte humana, se cumplirán igualmente los deseos humanos. Así, Mis amados, los guío a todos Yo, el Eterno.

Estuve presente durante sus conversaciones. No solo las escuché, sino que también las guié; y si lo permiten y miran en lo profundo de su interior, cada uno podrá decir: «Sí, Señor, hoy se me permitió recibir nuevamente de Tus manos un don para mí y para el camino que tengo por delante».

Así, Mis amados, están bendecidos: ustedes que forman este círculo, en esta hora santificada que acaba de transcurrir, y también ustedes, amados hijos Míos del alma. Reconozcan quiénes son, reconozcan Mi mano y Mi amor; vuélvanse y apártense de todo aquello que todavía los ata y retiene en el camino de regreso a Mí.

Quiero que encuentren la libertad del Espíritu, todavía incomprensible para ustedes como seres humanos, la libertad del amor; pues todo lo que no corresponde a Mi amor divino y, por tanto, verdadero tampoco constituye libertad verdadera. Mi fuerza y Mi luz envolvente los acompañan en cada hora y cada día del camino que tienen por delante.

Yo no los abandono; no Me abandonen tampoco ustedes.

Amén