Revelación divina
Mis hijos e hijas, ustedes dicen con mucha frecuencia que Yo Soy el Amor. Cuando, como ocurre no pocas veces, lo dicen simplemente porque así lo han oído o leído, tales palabras apenas dejan huella en ustedes. Entonces son palabras que se lleva el viento. Pero si proceden de un corazón abierto, están sostenidas por su profunda convicción; entonces ya han experimentado también cómo ha obrado Mi amor divino en su vida.
Si fueron experiencias acompañadas de acontecimientos bellos y agradables, es relativamente fácil acudir a Mí, su Padre celestial, con un agradecimiento filial. Pero cuando la vida les presenta un proceso de aprendizaje que no pocas veces está unido al sufrimiento y las preocupaciones, no siempre les resulta fácil —a veces llega a resultarles muy difícil o imposible— reconocer en él Mi amor, mantener su fe y no perder su confianza.
Que «la vida les presenta un proceso de aprendizaje» significa que entra en acción Mi ley, que obra sin error, muchas veces en un momento que los sorprende por completo y de una manera que no comprenden. Yo Soy la ley —la ley del amor—; no pueden considerar por separado a Mí y a Mi ley. Y, sin embargo, no Soy Yo como persona, como muchos de ustedes imaginan equivocadamente, quien les envía una desgracia o un golpe del destino. En esos casos, Mi ley se ha hecho efectiva a causa de sucesos ocurridos en el pasado. Obra con precisión absoluta. A veces expresan esto diciendo que «Dios lo ha permitido», lo cual no es falso, pero con frecuencia transmite el matiz de que Yo, como persona —como una instancia que castiga, se venga o devuelve el golpe—, de algún modo «he intervenido».
No; en un caso así han entrado en vigor las «reglas espirituales del juego», del mismo modo que ocurre con sus leyes terrenales cuando se infringen. A ninguno de ustedes se le ocurriría atribuir personalmente a sus gobernantes la reacción correspondiente, a menos que protestaran en principio contra las leyes de sus dirigentes terrenales.
Aplicado a Mí y a ustedes, esto significaría que rechazan Mis leyes, lo cual, por su libre albedrío, es un derecho que les asiste. Pero entonces no pueden hablar al mismo tiempo de Mí como el Amor, ¡porque Mi ley y Yo somos uno!
Por consiguiente, quien dice sí a Mí, el Amor eterno, o al menos cree en Mí, dice al mismo tiempo sí a la ley que gobierna Mi creación. Lo uno no puede existir sin lo otro.
Conocer esto es infinitamente importante para su camino de regreso a Mí y para su trabajo interior, porque, de otro modo, a pesar de todo su amor por Mí, muchas veces quedan desvalidos y decepcionados cuando no avanzan por falta de la «herramienta» correcta y del conocimiento y la comprensión necesarios. Por eso los introduzco cada vez más profundamente en Mi sabiduría; pues no deseo personas que digan sí a todo ni creyentes ciegos, sino hijos e hijas que aprendan a pensar y decidir por sí mismos. Solo así se garantiza que no caigan en las numerosas trampas, hábilmente dispuestas, del seductor, que comenzaron a colocarse inmediatamente después de Mi obra redentora en el Gólgota.
No son únicamente trampas destinadas a seducirlos al robo, la mentira, la violencia, la impureza, la gula y muchas otras cosas; mucho peores son las seducciones espirituales e invisibles, que en la mayoría de los casos no reconocen. Y precisamente aquí comenzó a actuar Mi adversario y el de ustedes, y durante los últimos dos mil años condujo a muchos de Mis hijos humanos por una pista falsa que los llevó a un callejón sin salida.
Su incapacidad para reconocerme siempre y en toda situación como el amor incondicional y desinteresado se relaciona con que su conciencia solo se ha desarrollado de manera limitada. Sin embargo, trabajar en su desarrollo y expansión fue y sigue siendo la razón de su encarnación. Esos son los procesos de aprendizaje, las tareas que un alma se ha propuesto, por lo general: dar, de acuerdo con sus posibilidades, los siguientes pasos para su crecimiento interior, o por lo menos procurar darlos con un esfuerzo sincero; pasos que son diferentes para cada persona. Así, el alma, y con ella el ser humano, sube peldaño tras peldaño de la escalera celestial y, simbólicamente, se acerca cada vez más a su patria eterna.
Por tanto, a las fuerzas contrarias debía interesarles presentar una imagen falsa de Mí y de Mi amor, y alterar Mi enseñanza en puntos decisivos. Lo consiguieron, exceptuando las primeras décadas del cristianismo primitivo. Ocurrió porque hicieron que sus propias ideas y formas de pensar engañosas penetraran en Mi sencilla enseñanza del amor, que traje como Jesús de Nazaret. Así, sin que lo notaran las personas ignorantes y sumisas ante la autoridad ni los creyentes intimidados, pocos siglos después ya se había desarrollado una concepción de Mí y de Mi orden divino que nada tenía que ver con Mi amor y Mi justicia. Esto ha permanecido así hasta hoy.
En otras creencias, las tinieblas obraron de manera distinta, pero siempre con el mismo objetivo: impedir que las personas reconocieran Mi verdadero ser; entre otras cosas, presentando la satisfacción continua de los deseos humanos como la cumbre más alta de la plenitud celestial. En otras ideologías, a su vez, adaptaron el ingreso en el más allá y la obtención de la bienaventuranza a las concepciones humanas existentes; pero siempre con la intención concreta de presentarme como un Dios al que se debe temer o del que se puede prescindir, porque de todos modos no se comprende a Él ni Su obrar en este mundo.
Apenas había quedado algo de un amor que todo lo comprende y todo lo perdona; y, si acaso quedaba, la idea que se tenía de él muchas veces no resistía la realidad de su vida cotidiana. Se extendieron la duda, la inseguridad y la incomprensión; y si, pese a ello, se quería conservar la fe en Mí, había que buscar explicaciones para Mi silencio o Mi supuesta injusticia. Esas respuestas no pocas veces sometieron y someten a una dura prueba no solo su amor por Mí, sino que a menudo también los llevan por una «pista falsa» que ciertamente ofrece una respuesta —aunque muchas veces dudosa y engañosa—, pero no los hace avanzar por el camino del autoconocimiento y la transformación.
Como Jesús de Nazaret hablé del «Padre» que los ama y junto a quien está su verdadero hogar. Usé y sigo usando esta expresión para que Mis hijos tengan ante sí a alguien con quien relacionarse. Sí, Soy el Padre de todos ustedes, pero Soy mucho más. ¡Yo Soy todo! Soy para ustedes tanto madre como amigo y amiga; Soy la vida misma, así como la eternidad, la santidad, la omnisciencia, la Luz primordial, la omnipresencia, el único móvil perpetuo de la creación e infinitamente mucho más. ¡No existe nada que Yo no Sea ni lugar alguno donde Yo no esté!
Para ustedes, los seres humanos, esto es inconcebible; incluso los ángeles que encarnan Mis aspectos y cualidades son incapaces de sondearme. Al darme a conocer a Mis hijos como Padre, los capacito al mismo tiempo para establecer conmigo una relación totalmente personal fundada en el amor mutuo, algo que no es posible con la presencia divina de, por ejemplo, la eternidad, la santidad y la omnipresencia.
No pasó mucho tiempo antes de que el bando contrario sedujera a las personas para que se formaran una imagen de este Padre que Jesús les había acercado; una imagen que no se limitó a una representación exterior, sino a la cual —con graves consecuencias— se atribuyeron cada vez más comportamientos humanos. Puesto que las personas no eran capaces, o apenas lo eran, de imaginar un amor que todo lo comprende y perdona, Yo fui adquiriendo poco a poco ante sus ojos, a causa de insinuaciones seductoras, rasgos y comportamientos humanos. Proyectaron sobre Dios, sobre Mí, el Amor, su propia imperfección con las debilidades de su carácter. Así se inventaron en tiempos antiguos dioses y diosas en quienes se reflejaban características humanas.
Quien había desarrollado el amor por Mí, por su prójimo y por sí mismo reconocía Mi verdadero ser. No tenía dificultad para buscar y reconocer también en situaciones difíciles Mi mano amorosa que lo guiaba. Los demás, en su incomprensión e ignorancia, me atribuyeron características que correspondían a su propia predisposición.
Así me convirtieron en un Dios de amenazas, castigos, venganza, inmisericordia, injusticia, opresión, supuestas pruebas, ira y sufrimiento impuesto.
Pero en verdad les digo: no Soy un Dios que amenaza o castiga, que pone a prueba a Sus hijos, los hace sufrir, puede airarse o utiliza una culpa como medio de presión para someter al hijo. En eso me convirtieron las fuerzas oscuras y sus vasallos, cuya intención fue, y sigue siendo, que Yo permanezca o me vuelva extraño para Mis hijos, a fin de que estos, por su incomprensión, se alejen de Mí o ni siquiera me busquen.
¡Yo Soy, de una vez y para siempre, sin excepción ni limitación, eternamente el Amor! Mi orden se mantiene exclusivamente, y la vida en los ámbitos situados fuera de los cielos se determina exclusivamente, mediante la ley de causa y efecto que, como expresión de Mi amor, forma parte del regreso al hogar de aquellos de Mis hijos que abandonaron los cielos.
Desde que existe memoria humana me revelo a Mis hijos humanos, tanto en el tiempo anterior a Mi venida al mundo como Jesús como durante los siglos posteriores. Al hacerlo no hice nada distinto de lo que hace cada uno de ustedes cuando quiere instruir a otros o enseñar algo: adapté Mi palabra a la comprensión de aquellos a quienes estaba destinada, porque jamás exigiré demasiado a nadie; del mismo modo que ustedes tampoco intentarían explicar las leyes de las matemáticas superiores a un niño de primer grado.
Por eso, los escritos de su Nuevo Testamento contienen explicaciones y enseñanzas que van más allá de las tradiciones de la época anterior, es decir, de cuanto está contenido en su Antiguo Testamento. Pero tampoco como Jesús pude transmitirles más de lo que las personas de aquel tiempo podían comprender y poner en práctica. Incluso lo poco que les di, medido en relación con Mi sabiduría insondable, ya fue un desafío para muchos. Por eso les prometí que les enviaría al Consolador, quien los guiaría y les enseñaría más.1) Así está escrito en sus Escrituras. Y al mismo tiempo leen en ellas, y muchos de ustedes lo creen —¡creen ambas cosas!—, que es correcta la afirmación de que Yo colmaré de plagas a quien añada algo a las palabras de sus Escrituras, y quitaré su participación en el árbol de la vida a quien suprima algo.2)
He cumplido Mi palabra de enviarles Mi Espíritu, el Consolador, y de Mi sabiduría y verdad llegaron a su mundo cosas nuevas de alcance y profundidad considerables. Nuevo significa algo que hasta entonces aún no se había revelado, que todavía no se conocía ni reconocía como verdad. Entonces, Mis hijos e hijas, ¿cómo puede decirse que aquello que posteriormente les doy como conocimientos más avanzados solo puede ser verdadero y reconocido si está contenido en los escritos que ya existen? Quienes afirman tal cosa —por razones evidentes—, ¿no se parecen a quienes rechazan un libro de aritmética de segundo grado solo porque el nuevo libro contiene explicaciones y ejercicios que no aparecen en el libro de aritmética de primer grado? ¿Cómo puede producirse alguna vez un desarrollo posterior con una actitud semejante?
¡Usen su entendimiento en unión con la lógica de su corazón!
Algo muy parecido ocurre cuando Mis palabras de los últimos años, décadas y siglos, que ustedes denominan «nuevas revelaciones», se miden siempre únicamente según aquello que ya existe en el mundo como revelación. Ningún anunciador de Mi palabra tendrá jamás una conciencia capaz de reproducir Mi sabiduría en toda su amplitud. Su manera de expresarse, su vocabulario y sus capacidades intelectuales desempeñan un papel, al igual que su entrega a Mí y su disposición a cumplir la promesa de ejecutar una misión que aceptó. Y ningún portador de la palabra que me ame afirmará jamás que, con aquello que él —el portador de la palabra— tuvo el privilegio de recibir, Dios ya lo ha dicho todo. Si procura una y otra vez conservar la humildad, también conoce la estrecha senda por la que camina. Un instrumento entregado a Mí tampoco exhortará jamás a examinar lo revelado únicamente a la luz de lo que Yo ya dije. Sería la misma conducta equivocada que negarse a cuestionar cuanto está escrito en su Nuevo Testamento, seleccionado por personas y establecido como palabra definitiva de Dios.
De esta manera no puede comprobarse si es Mi Espíritu quien habla en cada caso ni si son Mis verdades y sabidurías las que se anuncian. El problema de reconocer si Soy Yo o no lo tiene, en primer lugar, quien busca. Debe decidir por sí mismo. Si no lo hace, se asemeja a los crédulos de los últimos siglos, que permitieron que otros les dictaran qué era verdad y qué no.
El criterio para tu decisión se encuentra única y exclusivamente dentro de ti. Está fundado en tu búsqueda sincera y en el deseo de querer encontrar solamente a Mí y Mi verdad, y no una verdad humana. De este modo no atraes otras fuerzas que posiblemente tengan intenciones no reconocibles de inmediato, pero que, aun así, pueden oprimirte y hacerte dependiente.
Por tanto, hijo Mío, escucha tu corazón. Pregúntate si, en la palabra que te habla, encuentras el amor desinteresado que no quiere otra cosa que ayudarte a volver al hogar; aunque no mediante técnicas esotéricas, sino mediante tu esfuerzo por convertirte de nuevo en amor. Si al hacerlo te unes a Mí, el Amor que te guía, no podrás equivocarte. Si el anhelo de Mí desempeña el papel decisivo, y no la curiosidad por probar caminos diferentes —cosa que la libertad te permite sin que por ello te «castigue»—, entonces te guiaré por los caminos que finalmente te conducirán a la meta. A tus ojos quizá sean rodeos, pero no serán caminos que te pongan en peligro ni resulten ser callejones sin salida, aunque a veces te lo parezca.
Sin embargo, no cometas jamás un error: nunca creas que ya has llegado «al final del camino» solo porque comienzan a surgir en ti las primeras comprensiones y experimentas Mi ayuda directa o indirecta. Acude una y otra vez a Mí, pide siempre de corazón que te acompañe y te asista en tus decisiones. Entonces tu desarrollo interior avanzará de manera segura y gradual, pues todo es evolución, también lo que sucede dentro de ti.
Deseo que Mis hijos comiencen a pensar por sí mismos más que hasta ahora. Por eso, a la luz de lo dicho anteriormente, consideremos mediante tres ejemplos si hay algo de verdad en las ideas ampliamente difundidas de que Yo los pongo a prueba, de que su sufrimiento es inevitable o de que puedo reservarme el derecho de extinguir una culpa o no hacerlo.
Por falta de conocimiento de la ley de la siembra y la cosecha o para eludir la observación y el conocimiento de uno mismo, se introdujo en el mundo la idea: «Dios me envía este golpe del destino o esta situación de necesidad para ponerme a prueba». Con esta suposición tan extendida, como dicen ustedes, «se matan dos pájaros de un tiro»:
Por un lado, queda anulada la ley inquebrantable de causa y efecto, según la cual aquello que te sucede también debe tener algo que ver contigo. Y, por otro, se me considera el causante de tu sufrimiento, quien te envía algo sobre lo que no tienes influencia y que nada tiene que ver contigo. Si así fuera, equivaldría a una selección arbitraria —hoy te toca a ti, mañana a otro— que jamás sería compatible con Mi amor. De este modo me convierten en una instancia que permite que algo te sobrevenga para poner a prueba tu fidelidad, tu perseverancia, tu amor y otras cosas.
¿De verdad creen esto? ¿O debe servir únicamente como sustituto porque, por las razones que sean, no han logrado encontrar otra respuesta? Si ahora les digo que jamás pondré a prueba su firmeza interior, por la sencilla razón de que la conozco —sin importar lo que lean en cualquier escrito—, entonces, si emplean la lógica del corazón, solo queda una explicación: debe tener algo que ver con la persona a quien alcanzó el destino. De otro modo, Mi ley obraría con errores, porque te habría alcanzado algo con lo cual no tienes relación.
Tal forma de pensar entraña el gran peligro de eludir el autoconocimiento. Es posible que los primeros intentos de comprender no aporten mucho o solo produzcan un leve presentimiento; pero suponer entonces que «Dios quiere ponerme a prueba; esto no tiene nada que ver con conducta alguna de mi parte» no los hace avanzar. En esos casos pídanme que les muestre dónde hace falta una corrección en su pensamiento o en sus actos. Entonces estén atentos y aborden, llenos de confianza y sin sentimientos de culpa, las posibilidades que comienzan a surgir en su interior, porque Yo he permitido que afloren en ustedes.
Por tanto, aunque Yo no los pongo a prueba, nada les impide examinar su relación conmigo en las situaciones difíciles de la vida…
Algo muy parecido ocurre con la suposición de que es inevitable que el sufrimiento entre en su vida. Es verdad que al encarnarse asumen un riesgo y que no se les ahorrará cierta medida de sufrimiento; esto se debe ya al hecho de que están integrados, en mayor o menor grado, en el karma del mundo y es inevitable que, aunque generalmente sin quererlo y sin darse cuenta, se carguen en distinta medida mediante su conducta, por ejemplo, frente al medioambiente. Muchos de ustedes llevan también una pequeña parte de la «cruz del mundo», para que poco a poco se transforme y disuelva lo negativo que se ha acumulado a lo largo de muchos milenios. Pero muchos de ustedes sabían todo esto antes de encarnarse.
Más allá de ello existe, sin embargo, el sufrimiento personal que ustedes mismos causaron y causan. Vine al mundo para redimirlos también de él, para evitar que se enreden cada vez más profundamente en entramados que traen consigo una necesidad cada vez mayor. Por eso, un corazón que me ama jamás puede concebir que las preocupaciones y el dolor sean inevitables. Al contrario: no me sacrifiqué en la cruz únicamente para volver a hacer posible su regreso al hogar y ahorrarles la aflicción y la desesperación en el más allá, sino también para facilitar su vida terrenal, ayudándolos a eliminar de antemano muchas cosas que, sin una transformación correspondiente, les harían difícil la vida.
También aquí reconocen la acción justa de la ley de causa y efecto, que solo permite que la cosecha se distribuya cuando y donde antes se infringió de manera persistente el mandamiento del amor. Explicarles un sufrimiento diciendo que proviene de la mano de Dios, quizá incluso alegando que eso es amor3), pone al descubierto la ignorancia de quienes sostienen tales tesis. Corresponde a cada uno —para eso recibieron la libertad de pensar y decidir— elegir si se adhiere a esas palabras incomprensibles y causantes de temor de sus Escrituras o si cree en Mis palabras y sigue su corazón.
Un último ejemplo para exigir un poco su reflexión. Muchos de ustedes llevan consigo sentimientos de culpa que, aun después de muchos años, siguen haciéndoles difícil la vida. Les resulta difícil o imposible imaginar que ¡todo es posible para Mi amor que siempre perdona! En este punto me atribuyen una conducta totalmente humana porque no saben algo mejor: «¿Cómo se me puede perdonar, si he actuado de una manera tan mala y equivocada?». Así sienten; ese es su razonamiento falso respecto de sí mismos, que en ciertas circunstancias puede impedirles durante toda la vida acudir llenos de confianza, como un niño, a su Padre.
No hay nada que Yo no comprenda o perdone. No hay nada que retenga como una especie de garantía ni que use como medio de presión para mantener a Mi hijo cautivo de sus sentimientos de culpa. A lo sumo, actúan con tan poca reflexión aquellos padres que creen poder educar así a su hijo con menos problemas y resistencia.
Quien me atribuye semejante conducta no me conoce; todavía no sabe nada de Mi amor ni de Mi magnanimidad.
Les doy una imagen: viven en conflicto con uno de sus semejantes. La culpa principal es del otro. La situación los ha ocupado durante un tiempo, hasta que reconocieron que deben aportar su parte para resolver el conflicto. Puesto que no es posible mantener una conversación razonable con el otro, deciden perdonarlo —independientemente de si está dispuesto a reconciliarse o de cuándo lo estará—, y lo hacen desde ahora, aunque él todavía ni siquiera haya pedido perdón.
En algún momento, su adversario reconoce su conducta equivocada, se acerca a ustedes, se disculpa y pide poder volver a vivir en paz con ustedes. Con su petición, como quien dice, «encuentra las puertas abiertas». Y antes de que haya terminado la frase, el asunto queda resuelto. Porque por parte de ustedes ya no había nada que considerar ni que perdonar. El otro se sorprendió de que ustedes no insistieran una vez más ni examinaran su conducta. Por supuesto, esto no elimina la obligación de reparar el daño causado. Eso forma parte de una compensación justa.
¡Una petición, un apretón de manos, una sonrisa, un alivio, un nuevo comienzo! Así de sencillo puede ser.
Ahora apliquen esta imagen a la relación de una persona conmigo. Si ya un ser humano puede reunir la grandeza interior necesaria para un acto de perdón semejante, ¿no habría de ser posible para Mí, el Amor? En verdad les digo: no solo habría de ser posible; ¡así actúo Yo!
Por tanto, cuando vienes a Mí reconociendo sinceramente que cometiste un error o contrajiste una culpa, ten la certeza, hijo Mío, de que no habrá de Mi parte reflexión ni vacilación alguna antes de tomar tu mano extendida. En ese mismo instante, tu culpa deja de existir ante Mí si tu corazón reconoce y se arrepiente, y tú estás dispuesto a transformar tu conducta.
Deseo hijos libres; no Soy quien te mantiene en las ataduras de tus sentimientos de culpa. Eso es lo que pretenden las tinieblas, a las que no les interesa que reúnas fuerzas y atravieses este proceso, que no siempre es fácil. Porque cuando lo haces, rompes las ataduras con las que hasta ahora podían retenerte y das los primeros pasos liberadores hacia la vida, hacia la luz. Esto no puede convenir a las tinieblas, pues así pierden su poder sobre ti, sobre todo aquel que decide abandonar, mediante un autoconocimiento sincero, la senda emprendida de antiguas conductas.
La excusa que a menudo se emplea también por ignorancia o falta de disposición para cambiar —«mi culpa es tan grande que Dios jamás podrá perdonarla»— deja de ser válida después de esta explicación.
Hijo Mío, hija Mía, el Amor te ha hablado. Quiere acercarte más a sí, sacarte de la tristeza y del sufrimiento para los que muchas veces no tienes explicación. Pero esto solo es posible si te vuelves hacia él, hacia Mí; si anclas profunda y firmemente en ti que Yo Soy el Amor sin condiciones ni reservas, y que por ello Soy totalmente distinto de como te enseñaron o de como tú mismo te convenciste.
Vine al mundo para salvar. Por la misma razón alzo Mi palabra contra toda resistencia. Nada ni nadie podrá impedir que al final triunfe el amor. Déjate alcanzar por la luz que irradio hacia el mundo y conviértete así tú mismo en luz. Conviértete en anunciador de Mi amor, que tú mismo has experimentado y seguirás experimentando constantemente. Entonces también tú podrás dar testimonio con tu vida:
«Dios es completamente distinto de como yo pensaba. No me limita ni me quita nada. Respeta mi libre albedrío. No amenaza, no castiga, no atemoriza. Su amor es inconcebiblemente grande. Lo experimento. Me ha hecho libre y me hará mucho más libre aún, porque he decidido vivir con Él. Independientemente de cuanto se diga de Él».
Para una decisión semejante, amados Míos, Mi fuerza fluye hacia ustedes en grado sumo.
Amén
1) Juan 16, 13
2) Apocalipsis 22, 18–19
3) Hebreos 12, 6: «A quien Dios ama, lo disciplina». Si imaginan la siguiente situación, se vuelve evidente lo absurdo de esta explicación: cuando en la escuela le preguntan a un niño por su ojo morado y un diente faltante, él responde: «Fue mi padre; lo hace de vez en cuando para comprobar si todavía lo amo a pesar de los golpes». En este caso, ni siquiera sirve recurrir a Job…