Revelación divina
Hijos e hijas Míos, ustedes nacieron del amor. ¡De Mi amor! Por eso, su verdadera naturaleza es amor. Mi amor dio vida a la Creación. Mi fuerza, que se derrama incesantemente, es amor. Y todo lo que existe y lo que aún existirá vive por toda la eternidad gracias a este amor. ¡Todo! Todo, desde la partícula más pequeña de un átomo espiritual hasta la mayor galaxia espiritual, de las que existe un número infinito.
Expreso este Absoluto, que no tiene igual, esta dimensión infinita que ningún ser podrá comprender jamás, con las palabras «Yo Soy». Y porque Yo Soy, ustedes también son y están dotados de cualidades divinas, entre las que el amor es la que lo configura todo, lo penetra todo y permite a cada ser de los cielos vivir incesantemente en esta corriente, intercambiar en todo momento con la fuente de su vida eterna y sumergirse en ella. Entonces queda envuelto por el amor que ustedes cantan con frecuencia [en la canción «Te envuelvo en amor»; para el texto y la melodía, véase la versión impresa], y su interior se expande y, al mismo tiempo, pierde toda la dureza de este mundo, porque en ese instante recibe una intuición muy, muy tenue de lo que significa estar rodeado por este amor y vivir en él y con él.
Cuando, por los motivos más diversos, decidieron abandonar los cielos y entrar como alma en un cuerpo humano, su ser espiritual —es decir, su yo verdadero y eterno—, por decirlo así, «se hizo más pequeño» y ahora vive en ustedes como «motor de la vida», unido a Mí y a su patria celestial. Allí está guardado el recuerdo de su verdadero hogar y allí está arraigado también el anhelo que constituye la fuerza impulsora de su camino de regreso.
Los sostengo por medio de esta fuente de fuerza, por ella Me comunico con ustedes y por ella les permito sentir una y otra vez Mi amor, que nunca se agota. En este nivel espiritual, Mi amor divino y paternal se comunica con tu amor divino y filial. En este nivel somos y seguiremos siendo uno, ¡para siempre!
Pero actualmente recorres la Tierra como ser humano. Esto no cambia la realidad de nuestra unión más íntima, aunque tú no puedas percibirla en su carácter único, su grandeza y su profundidad inconmensurable, o solo puedas hacerlo de manera sumamente limitada; pues incluso los momentos más intensos que sientes en tu interior cuando estás cerca de Mí no son nada en comparación con la bienaventuranza, la alegría y, sobre todo, los sentimientos de amor que ya experimentaste en los mundos celestiales y que volverás a experimentar. Las personas que, durante una experiencia cercana a la muerte, llegaron hasta regiones luminosas y amplias llenas de paz y armonía intentan con frecuencia contar algo de ello.
Pero aunque en este momento sus sentimientos solo puedan permitirles necesariamente experimentar una parte diminuta, eso no significa que no puedan intensificarlos, lo cual se aplica de manera muy especial al sentimiento de amor por Mí. Sin embargo, no Me refiero al estado emocional que describen con la palabra «sentimentalismo». Tampoco la exaltación tiene nada que ver con el amor. El amor del que hablo procede de un corazón filial, abierto y libre de prejuicios. Pero por eso no deja de lado la razón, como ocurre con frecuencia en los enamoramientos humanos. Quien se deja arrastrar por sus sentimientos sin permanecer atento cae no pocas veces en las redes de fuerzas que nada tienen en común con Mi amor.
Pero también es equivocado poner la razón en primer plano, algo que no pocas veces ocurre por miedo a mostrar debilidad. Además, el amor verdadero no tiene nada que ver con la debilidad; con frecuencia exige valor, entrega, disposición al sacrificio y, muchas veces, una firmeza que no todos están dispuestos a mostrar.
Hay dos caminos que fortalecen su amor por Mí. Se combinan casi por sí solos:
Por una parte, les recuerdo que se trata de amar a su prójimo, para lo cual amarse a ustedes mismos es el requisito que les permite respetar, valorar y amar al prójimo. Entonces reciben fuerzas espirituales cada vez mayores que, gracias a las experiencias que han vivido, hacen crecer en ustedes los sentimientos del amor desinteresado. De ese modo experimentan —mediante el estado emocional de su propia alma— que verdaderamente hay más dicha en dar que en recibir. El camino hacia Mí pasa por su hermano y su hermana. No pueden ignorarlos y, al mismo tiempo, estar cerca de Mi corazón, aunque esto se crea a menudo por no comprender las leyes divinas y espirituales.
Por otra parte, es necesario conceder en su interior cada vez más espacio a la disposición de dejar que el conocimiento de su propia naturaleza espiritual descienda de la cabeza al corazón; recordar que existe un Padre celestial que espera con profundo anhelo que Sus hijos regresen a casa por decisión propia; permitir que surjan las primeras pequeñas chispas de «nostalgia del hogar», de las que se desarrolla, cada vez con mayor fuerza y favorecido por Mi amor, el deseo de regresar al lugar donde se encuentra el verdadero hogar. De ello nace finalmente, «casi por sí solo», el deseo de hacer lo que quiere el Padre.
Así, la acción fortalece el amor, ¡y el amor fortalece la acción! Son hermanas gemelas que «no pueden vivir» la una sin la otra.
Cuando les digo que Yo Soy el Amor, veo incluso en quienes están convencidos de Mi palabra y se esfuerzan seriamente por acercarse a Mi corazón una incapacidad para comprenderla en toda su extensión. Y cuando les digo que amo incondicionalmente a cada uno, la situación no es muy diferente. Saber que llevan el mismo amor en su interior tampoco basta por sí solo para ayudarlos realmente. En muchos casos falta el elemento del sentimiento.
La comunicación en la Creación puramente espiritual —no solo allí, pero allí alcanza su expresión más plena— se realiza mediante los sentimientos. Sin embargo, para hacerse comprender, el ser humano tiene que servirse de palabras, actos, expresiones faciales, gestos, su conducta y otras formas semejantes. Pero eso no expresa verdaderamente lo que se encuentra en los sentimientos, pues de ese modo no puede transmitirse toda su amplitud.
Yo les hablo mediante los sentimientos, que ustedes transforman en pensamientos y palabras. Pero la falta de otras posibilidades les impone límites. Quien alguna vez haya conseguido utilizar los sentimientos como vía de comunicación habrá recibido una pequeña impresión de cuánto más rica es esta forma de intercambio y de cuánto más profundamente puedo tocarlo.
Para quien necesite una comparación que facilite la comprensión: es imposible expresar grandes pensamientos e ideas acerca de cómo debe ser una casa futura colocando unos bloques de madera de colores uno encima de otro. Aparte de que carecen de vida, apenas pueden transmitir algo de la idea que lleva en su interior quien planifica, el arquitecto o el propietario de la obra.
Ya he dicho repetidamente que el anhelo es el motor que les permite encontrar. Sin este anhelo, estrechamente unido al sentimiento del amor, les falta la motivación necesaria para transformarse; y no solo les falta la motivación necesaria, sino —lo que resulta más decisivo—, sobre todo, la motivación correcta.
Pero las transformaciones son inevitables, porque si quieren ir de un lugar a otro, deben moverse. Y movimiento significa cambio. «Quien quiera entrar en el cielo debe llevar el cielo en su interior» es una expresión que algunos de ustedes ya conocen. Por tanto, debe aspirar a transformar su ser. No solo permitir que sucedan esas transformaciones que Mi amor realiza en ustedes, sino decidirse de manera plenamente consciente por Mi intervención —«Hágase Tu voluntad»— es un acto que debe iniciar su libre albedrío.
El «hijo perdido» tuvo que estar dispuesto por decisión propia a regresar a la casa del Padre; tuvo que extrañar el amor de su padre y «consumirse de nostalgia» por lo que había abandonado. Otros motivos, como no querer soportar por más tiempo la pobreza, la enfermedad o la necesidad y desear cambiarlas por la riqueza anterior, pueden dar origen al deseo de regresar y poner en marcha el esfuerzo correspondiente y los preparativos necesarios; pero por sí solos no bastan si les falta el elemento del amor. No obstante, pueden ser —así lo he previsto y, por ello, lo permito— el primer paso para reflexionar sobre la propia situación, llegar al reconocimiento y expresar una petición de ayuda.
Por tanto, desarrollar su amor por Mí les sirve a ustedes mismos, porque con ello se crea una base firme para «trabajar» juntos; juntos porque entonces entran en acción en su vida fuerzas de los cielos para las que todo es posible. A su sí y a su esfuerzo se añade Mi ayuda en una medida que resulta tan desconocida para la mayoría como Mi amor vivo en ustedes y Mi actuación inmediata en su existencia. Detenerse, reflexionar o tomar la decisión de cambiar de dirección en su vida mediante pasos pequeños o grandes siempre iniciará un giro hacia lo positivo cuando el motivo sea hacerlo por amor a Dios. Reflexionen sobre ello.
Y si en el pasado esto no ocurrió, o no ocurrió siempre, interioricen Mis palabras y reconozcan la verdad que contienen. Querer evitar castigos futuros; esperar protección porque entonces uno no se cree tan expuesto; hacer algo solo porque alguien lo dice, porque se leyó en algún lugar o porque así lo exige la tradición; no querer ser un extraño; esperar obtener un lugar en el cielo; o, por puro miedo impuesto, volverse por precaución hacia el «Dios bondadoso»: todos estos son motivos que no ponen nada, o casi nada, en movimiento. En ningún caso constituyen el fundamento sobre el que crecerá tu amor por Mí.
Pero precisamente eso —el crecimiento interior— es lo que tu alma desea tanto; y, si lo permites, también tu naturaleza humana lo percibirá como la mayor felicidad.
Al contemplar nuestro amor no debe excluirse lo que ustedes llaman karma, aunque —o precisamente porque— este concepto suele ser malinterpretado. Unos abusan de él para manipular a otros y realizar sus juegos de poder; otros le conceden un peso excesivo, alimentan temores injustificados y se dejan abatir por pensamientos acerca de posibles transgresiones de su pasado. Una imagen de Dios transmitida de manera completamente equivocada es la causa de semejante pensamiento perjudicial. Por ello, con frecuencia no reconocen la solución que se encuentra directamente ante ellos: Mi amor y Mi misericordia existen para facilitarles en gran medida llevar sus cargas o para quitárselas por completo.
La denominación «karma» —que puede traducirse aproximadamente como «deuda del alma»— tiene sus raíces en las religiones orientales. Allí se reconoció que una acción dirigida contra la vida exige una compensación que, a su vez, produce la propia vida, el destino, siempre que el causante no procure antes establecerla por sí mismo. Nada o casi nada se sabía de un amor divino, incondicional y dispuesto a perdonar.
Para detener el deterioro posterior de la humanidad de aquel tiempo, vine al mundo como Jesús de Nazaret. No solo llevé la fuerza del amor mediante Mi vida y Mi enseñanza, sino que en Mi llamada muerte en la cruz también deposité una energía adicional de amor en cada ser humano y en cada alma, que desde entonces lleva en su interior todo ser situado fuera de los cielos.
Con ello, todos recibieron la posibilidad de liberarse, volviéndose hacia el amor y esforzándose en consecuencia, de la deuda que pesaba sobre ellos debido a una conducta equivocada de su vida actual o de vidas anteriores. Quiero conducirlos a reconocer su conducta para poder transformar en su alma aquello que ustedes causaron.
Este principio de alivio y apoyo, que ayuda hasta llegar a la disolución de todo lo negativo en la persona y en el alma, continúa vigente y seguirá siendo necesario y existiendo hasta que también el último hijo y la última hija hayan vuelto a entrar en el mundo puramente espiritual. Como las doctrinas orientales no Me reconocieron como el Libertador, Salvador y portador del amor, siguen representando una concepción religiosa a la que le falta el elemento del amor redentor. Este elemento falta en las doctrinas, no en las personas que practican esas religiones. También en ellas vive Mi chispa de luz fortalecedora, que las guía y apoya todo esfuerzo, lo sepan o no. Lo decisivo es la intención de servir con amor al gran Todo.
Mi amor infinitamente grande se dirige por igual a todas Mis criaturas. Un amor así lo abarca todo. Por eso no puedo excluir de Mi amor a nada ni a nadie solo porque todavía no Me conoce, no cree en Mí, Me rechaza por completo o incluso lucha contra Mí. Si dejara de ir tras una sola oveja perdida para conducirla de regreso a la seguridad del rebaño, ¡no sería el buen Pastor que Yo Soy!
¿No puede ayudarlos esta verdad eterna a reconocer las falsas doctrinas y los caminos equivocados? ¿Cómo podría ser posible que Mi amor —que anhela volver a recibir a todos los hijos en sus brazos— rechazara siquiera a uno solo? ¿Que negara siquiera a un único hijo la posibilidad de regresar a casa? ¿No confían en que Mi sabiduría y omnipotencia Me permitieron encontrar un camino que todos los hijos pueden recorrer? Sin importar dónde vivan, qué religión profesen, cuál sea el color de su piel, si son jóvenes o ancianos, ricos o pobres, instruidos o sin instrucción. ¿Un camino para todos?
Les ruego de todo corazón, amados Míos: empleen la razón, ¡pero exclusivamente como la mano derecha del corazón!
Ese camino existe y sigue siendo el único que permite volver a encontrar aquello que anhelan en lo profundo de su interior: es el camino de la libre decisión por una vida conforme al mandamiento del amor a Dios y al prójimo, es decir, por un amor como el que Yo viví ante ustedes. No es el conocimiento acumulado lo que los hace avanzar. Ni la búsqueda más intensa durante años, ni la meditación, ninguna técnica, generosidad en las donaciones, cumplimiento del deber considerado necesario, alabanza, exaltación ni muchas otras cosas harán resplandecer la luz de su alma. Esto lo realiza exclusivamente el amor, que primero se expresa en los sentimientos y después en los actos, haciéndose así visible. Su expresión en la vida cotidiana va acompañada de un sentimiento cada vez más intenso de Mi cercanía y de Mi actuación en su vida.
Por lo tanto, Mi gran propósito de conducirlos de regreso incluye a todos los seres humanos y a todas las almas. ¿Cómo podría ser entonces Mi voluntad fundar una organización —si quieren, una iglesia— en la que todos tuvieran que entrar para ser salvados? ¿Y quienes no quisieran o no pudieran hacerlo estarían perdidos? Una empresa semejante nunca correspondería a la sabiduría y al amor divinos; procede de ideas humanas moldeadas por las insinuaciones de las tinieblas. Para que estas no fueran reconocidas inmediatamente como contrarias a Mi mandamiento del amor, se conservaron algunas partes de Mi enseñanza de la verdad. Y a Mis hijos ignorantes se les presentó y se les sigue presentando como enseñanza Mía una doctrina que, adornada con múltiples añadidos, se presenta como «Mi iglesia», en la que sus miembros creen porque esperan encontrar por medio de ella el camino al cielo.
En verdad les digo: ¡Yo jamás fundé una iglesia! Por Mí llegó el amor al mundo. Debía ser la única guía; pero surgió una organización extendida por todo el mundo, con muchas ramificaciones, que invoca Mi nombre y afirma vivir siguiéndome, aunque se encuentra infinitamente lejos de hacerlo.
Téngase muy en cuenta —y estas palabras se dirigen a todos los que se resisten a cualquier consideración objetiva—: Me refiero a la organización y a sus dirigentes intelectuales, no al pastor dedicado ni a la religiosa que se sacrifican, dejan de lado los principios doctrinales y los dogmas y llevan en el corazón el bienestar de las personas.
Yo traje un movimiento de los corazones, una comunidad del amor. Fui ejemplo de que es posible vivir el amor; lo viví hasta sus últimas consecuencias. Mostré a la humanidad una forma de actuar que puede integrarse sin esfuerzo en toda religión e ideología: ama, ¡y nada más! Quien practica esta ley en su vida cotidiana podrá reconocer fácilmente, a lo largo de su desarrollo interior, que no necesita otros mandamientos ni normas —que en la mayoría de los casos no son más que restricciones y cadenas—, y que los ritos, las costumbres tradicionales y las formas exteriores son superfluos e incluso perjudiciales porque obstruyen la visión de lo esencial.
Quien actúa así se asemeja a un caminante que se aproxima cada vez más a la cumbre anhelada, que dejó atrás todo aquello que todavía consideraba importante en el valle y que ahora reconoce que no es el único que tiene una meta ante sí y la sigue fielmente. Otros llegan desde otros lados, pero también en todos ellos arde el deseo de alcanzar finalmente la luz que resplandece con una claridad cada vez mayor en las alturas.
¿Sigue siendo importante entonces el papel que desempeñaste en el valle? ¿Las ideas que profesaste? ¿Lo que te parecía absolutamente deseable? No; ¡recorriste el sendero, a veces difícil, del amor vivido! Durante el ascenso, con cada tramo superado con éxito, recibiste nueva fuerza —que procedía de Mí aunque no lo supieras— y te volviste cada vez más fuerte. ¿Seguirías llamándote adepto de determinada religión? ¿O te considerarías ahora alguien que comenzó a seguir a quien recorrió el camino antes que tú, que trajo y vivió el amor? ¿Tal vez también seguidor de Jesús, seguidor de Cristo?
El nombre no es importante. El nombre no te distinguirá, al menos no en la patria eterna. Regresas a Mí única y exclusivamente mediante una conducta conforme a Mi mandamiento del amor, y no mediante la pertenencia a un grupo religioso cuyo nombre llevas. Recuerda: ¡Yo Soy un Padre para todos Mis hijos! Por eso también existe una sola medida: el esfuerzo por vivir el amor, una medida que puede aplicar todo aquel que tenga buena voluntad. Cualquier otra cosa no correspondería a Mi justicia.
Quien cumple Mi mandamiento del amor se encontrará ante Mí cuando sus ojos se abran en el más allá, y reconocerá en Mí a aquel a quien siguió en vida, incluso si durante su existencia terrenal nada o muy poco oyó de Mí. Aunque después de morir su alma todavía no haya alcanzado la perfección porque aún la espera mucho que desconoce, lo que todavía deba reconocer y aprender no será nada en comparación con lo que aún tienen por delante quienes se llamaron cristianos, pero nunca siguieron realmente Mis pasos.
¿Qué opinas, hijo amado? ¿Vale la pena emprender la aventura Conmigo? Te he descrito Mi faceta del amor, que nos une desde hace eternidades. ¿Cómo es la tuya? Desde tu perspectiva, ¿cómo se expresa nuestro amor mutuo? ¿No consiste el amor en reconocer lo que alegra al otro y proporcionarle entonces esa alegría? Yo sé lo que necesitas y te lo regalo desde el comienzo de tu vida, de tu vida espiritual y, por tanto, también de tu vida humana actual: la corriente incesante de Mi amor divino, que lo contiene todo y, con ello, te da todo lo que necesitas.
¿Y qué necesito Yo de ti? Únicamente tu sí para que en el futuro pueda configurar tu vida, de modo que ya no dependas de los caprichos del destino que, de lo contrario, interviene con frecuencia en ella. Entonces también perderá su amenaza el karma que tantas veces contemplas con ojos temerosos, porque Me será posible iluminar las manchas oscuras de tu pasado. Y esto sin que lo adviertas.
Si así lo deseas, quiero y voy a despertar tu anhelo de una convivencia más intensa Conmigo: permite que tus sentimientos sigan su curso con mayor frecuencia que en el pasado y, si «es necesario», también tus lágrimas. Las lágrimas, cuando son sinceras, siempre son señal de un sentimiento profundo. Las despiertan el recuerdo de tu alma de lo que alguna vez fue y la alegría por lo que vendrá.
Cuando, en momentos de silencio, te sobrecojan los sentimientos de Mi amor y del tuyo, ya no se planteará la pregunta de si estás dispuesto a aportar tu parte para acercarte aún más a Mí. Consiste en el esfuerzo por hacer lo correcto conforme al amor al prójimo. En caso de duda, pregúntate qué habría hecho Jesús y, en la mayoría de los casos, tendrás la respuesta con claridad ante ti. Si todavía no está tan clara, acude a Mí. El cielo responde a preguntas de esta naturaleza con absoluta certeza, aunque no siempre de inmediato ni tan directamente como algunos desean, pero siempre de modo que, si permaneces atento, podrás comprenderlo.
Si proceden así, Mis amados hijos e hijas, nacerá entre nosotros un contacto cada vez más estrecho del que finalmente ya no querrán prescindir. Entonces habrá comenzado la aventura de un amor verdaderamente grande. Esto es lo que deseo para ustedes y para Mí.
Amén
*)
Te envuelvo en un amor que nunca conociste. Confía; nunca te dejaré solo. Yo te ofrezco Mi mano. Ven, aférrate a ella pase lo que pase, y mírame; entonces tu corazón oirá Mi canto eterno: «Hijo Mío, te amo». Mi ser humano despierta; profundo fue el sueño, y lejos estaba yo de Ti. Pero había Alguien que me llamaba y no dejaba de hacerlo. Entonces abrí los ojos y los oídos y ensanché mis sentidos; elevé mi corazón hacia Ti, miré y escuché: Te envuelvo en amor... Y ahora, ser humano mío, ¿por qué vacilas? ¡Cuida de no demorarte! Es el amor del Padre hacia el que corres. Aunque a veces el camino no parezca fácil, no te preocupes. Vences porque te alcanza la palabra que habla tiernamente en tu interior: Te envuelvo en amor...
La melodía se encuentra en:
http://www.aus-liebe-zu-gott.de/media/Ich%20huelle%20dich%20in%20Liebe%20ein.mp3