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La luz de los cielos vino a este mundo

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Das Licht der Himmel kam in diese Welt

Fecha original: 12 de diciembre de 2009

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Yo Soy su Salvador, que está en medio de ustedes. Un resplandor poderoso de luz celestial atraviesa este recinto en penumbra, atraviesa su corazón, Mis amados, y el corazón de todos los que —más allá de los velos— están aquí presentes porque la luz de ustedes los invitó y los atrajo.

En estos días se encuentran en medio del tiempo que precede a la noche en la que la llamada cristiandad, un gran número de Mis hijos en esta Tierra, celebra la fiesta de Mi encarnación en el cuerpo de un niño humano. Más que cualquier otra época del año, este tiempo puede inducir a más de uno de Mis hijos a apartar por un momento la mirada de los aspectos exteriores de la vida, detenerse, escuchar Mi llamado desde lo profundo del fondo de su alma y darse cuenta de que solo dirigirse hacia el interior ofrece la posibilidad de participar de todos los buenos dones del amor que ustedes anhelan íntimamente y desde lo más profundo del alma, aunque muchos no sean conscientes de ello en lo más mínimo.

Impulsado y acosado por las obligaciones que él mismo se ha impuesto y a las que se somete con mayor o menor disposición, el ser humano procura calmar este anhelo primigenio de recogimiento, reflexión y silencio, de libertad, amparo, luz y amor, satisfaciendo deseos siempre nuevos y necesidades exteriores interminables.

No digo que sea incorrecto que los Míos se den también alegrías exteriores unos a otros, sobre todo cuando esto es necesario. Existen muchas posibilidades de hacerlo. Pero en verdad les digo, Mis amados: no existe nada en este mundo cuyo valor iguale al de los dones del perdón, la reconciliación y la paz; del consuelo, la solidaridad y la compasión que fluyen de un corazón amoroso y de unas manos bondadosas.

Procuren, pues, ofrecer a sus hermanos y hermanas dones de esta clase y, después, entréguenles aquello que también deseen darles exteriormente para su alegría o porque parezca necesario.

De esta manera se cumple el sentido más profundo de la Navidad, y la luz de los cielos que vino a este mundo nacerá en su prójimo y también en ustedes mismos, y desplegará en cada corazón su resplandor vivificante y sus rayos cálidos.

Necio es aquel que prefiere los dones de lo perecedero a los que perduran a través del tiempo; pues proceden de este mundo y, por ello, volverán a convertirse en polvo. Pero su alma y las de sus hermanos y hermanas languidecen, y los corazones sufren por el frío, por la aflicción, el rencor y la pena, que los envenenan y muchas veces pueden ser un gran obstáculo en el camino de regreso a la casa del Padre.

Yo, el amor en Dios, su Padre, vine a este mundo para salvar todo lo caído y preparar, mediante la chispa de amor del Cristo, el camino de regreso a la patria para cada alma y cada persona. Vine para enseñar y vivir como ejemplo el amor desinteresado, a fin de que todos los pueblos reconozcan que solo el camino del amor lleva en sí el poder y la llave para redimir a los Míos de sus ataduras y conducirlos de regreso a la libertad ilimitada de la verdadera condición de hijos de Dios.

Despierta, oh ser humano, de la embriaguez de tus ilusiones y no permitas que sigan seduciéndote, pues numerosas son las luces engañosas y los espejismos de este mundo. Aparta tu mirada de todo lo que se tambalea cada vez más y que, tarde o temprano, te priva del sostén exterior. Libérate del abrazo del delirio de lo perecedero reconociéndote, superándote y transformándote, y cumpliendo aquello que te condujo a esta materia.

El amor infinito procedente de los cielos los llama: «Regresen a la patria, hijos de la eternidad. Quiere hallar cumplimiento aquello que fue iniciado por Mí, el Cristo en Dios, hace 2.000 años, en aquella noche consagrada».

Las puertas de los cielos y Mis brazos de Padre llenos de anhelo están abiertos de par en par para recibir de nuevo aquello que un día salió de allí. Las puertas están abiertas de par en par para que la luz de los cielos pueda irradiar a través de toda Mi Creación —también de esta Tierra— e impulse a cada ser a desprenderse de las cargas y sombras que yacen en su interior, para que pueda regresar a Mí, su Padre, ligero, libre e iluminado —tal como Yo lo creé—.

Los amo y los espero, Mis amados niños, hijos e hijas Míos. Amén.

Revelación divina

Cuando Yo, el amor, entré en la materia hace 2.000 años, un grito de ira y espanto recorrió los ámbitos demoníacos, porque Mis adversarios reconocieron lo que hasta entonces había permanecido oculto para ellos: que el amor se encarnaba, que la luz de los cielos había venido a la Tierra.

En su amargura y ceguera ilimitadas, la oscuridad buscó un camino para impedir que Mi misión —conducir de nuevo a Mis hijos a la patria— tuviera éxito. Finalmente, después de fracasar sus primeros intentos, tuvo que reconocer que la luz —Mi luz— no podía ser extinguida en esta Tierra.

Entonces emprendió otro camino: «Si no pudimos impedir que la luz viniera al mundo para iluminar, a todos los que están dispuestos, el camino de regreso a la patria que atraviesa la oscuridad, al menos podemos impedir, mediante la tergiversación de la enseñanza, que las personas reconozcan esta luz y, si a pesar de todo la reconocen, que —por ignorancia— no sean capaces de recorrer el camino de la mano de su luz interior».

Estas fueron sus consideraciones, y en este punto actuaron las tinieblas, con la consecuencia de que hoy, después de 2.000 años, los cristianos ciertamente saben de Mí y creen en Mí, pero lo hacen con frecuencia de una manera tan abstracta que no saben qué hacer con la fuerza que Yo Soy en cada uno.

Por eso quiero mostrarles mediante una imagen qué sucede con Mi luz en cada persona y que la fe en Mí por sí sola no conduce a nadie de regreso a través de las puertas abiertas de los cielos.

Imaginen su vida, su interior y todo su ser, incluida su alma —es decir, aquello que representan en este momento en la Tierra—, como una vivienda con distintas habitaciones. Quizá crean que las habitaciones pueden ser iluminadas por Mi luz porque les digo que Yo Soy la luz de los cielos; pero ¿de qué les sirve solamente su fe si no aplican en la práctica los conocimientos que se derivan de ella, si no pueden aplicarlos porque no los conocen?

Si siguen Mi pensamiento, dejen resplandecer Mi luz en su vivienda y reconocerán que existen algunos rincones, quizá incluso habitaciones enteras, que todavía no muestran el resplandor que les permite entrar en los cielos. Conocen la expresión: «Como cae el árbol, así queda». Saben que se refiere al estado del alma de una persona al pasar a otros mundos, en la llamada «muerte». Las fuerzas anímicas que hayan desarrollado Conmigo durante su vida, esforzándose sinceramente por vivir conforme al mandamiento del amor a Dios y al prójimo, estarán a su disposición más allá de los velos. Saben también que solo puede volver a entrar en el cielo quien lleva el cielo en sí mismo. Así lo determina la ley espiritual de la atracción.

Deseo ayudarlos y estoy dispuesto a hacerlo con todo Mi amor y toda Mi fuerza, para que alcancen ámbitos del más allá llenos de luz y vida, de armonía y resplandor. Pero esto significa, al mismo tiempo, que deben haber desarrollado en gran medida el resplandor de su vivienda ya durante los años de su vida terrenal. Donde no hay resplandor, hay polvo, hay desorden, quizá haya desperdicios y, en el peor de los casos —según el tiempo que lleve allí lo acumulado—, también podredumbre y moho.

¿Quieren mirar con la luz de Mi amor sus rincones y habitaciones? Que esto deba ser deseado y querido por ustedes mismos se deriva de la libre voluntad que les he regalado. Y esta libre voluntad decide también qué rincones de su vivienda están dispuestos a ordenar, qué polvo o suciedad quieren retirar y en qué rincones no quieren mirar. Decide asimismo si quieren dejar tal como está en este momento aquello que se encuentra desordenado o que aún resplandece poco.

¿Qué es aquello que, a la luz de Mi amor, emerge de la oscuridad y que ustedes —consciente o inconscientemente— no han contemplado hasta ahora, Mis amados hijos e hijas? Es lo que quizá se ha acumulado en el transcurso de muchas vidas porque ustedes lo causaron mediante la ley de la siembra y la cosecha. Ninguno de ustedes sigue creyendo en la llamada «casualidad». Por tanto, a cada uno le resulta claro que aquello que se encuentra en su vivienda —lo positivo y lo negativo— tiene algo que ver con ustedes y fue introducido allí por ustedes o ustedes permitieron que otro lo depositara allí.

Mi ley de causa y efecto, que solo surgió con la Caída y perderá su necesidad después del regreso de todos Mis hijos, esta ley de causa y efecto nace de Mi amor por Mis criaturas. No tiene nada que ver con calificaciones, amenazas ni castigos. Sirve para conducir a Mis hijos al conocimiento de sí mismos. La pesadez que perciben en algunas de sus habitaciones o rincones es consecuencia de actos contrarios, y ustedes saben que Yo jamás los asocio con valoración alguna.

Pero, como ya les dije en varias revelaciones: «No Soy ciego ni sordo». Miro en todos los rincones, también en aquellos donde se han acumulado polvo o desechos; y también ustedes deben aprender a mirar en esos rincones donde sea necesario, y hacerlo junto Conmigo. Asimismo, deben aprender a no dejarse abatir durante mucho tiempo ni sentirse inferiores pese a lo que reconozcan. Quizá podrían sentir arrepentimiento —allí donde corresponda a los hechos—, pero los sentimientos de culpa y la condena de sí mismos nunca son apropiados, porque les impiden amarse a sí mismos. ¿Cómo podrán ayudar verdaderamente alguna vez a su prójimo si no han aprendido también a «mirarlo y, no obstante, amarlo»?

Cuando digan entonces: «Gracias, Señor, porque me ayudaste a iluminar con Tu luz también las áreas de mis problemas y dificultades que hasta ahora permanecían ocultas para mí, de modo que ahora me he reconocido a mí mismo —he reconocido aquello que me impulsa o me frena y mis motivaciones— a la luz del amor», se habrán dado las mejores condiciones para que emprendamos juntos el trabajo.

Emprender el trabajo no significa que en todos los casos tengan que examinarse hasta lo más profundo. Hay muchas cosas —sobre todo cuando se trata de hábitos menores, de asuntos superficiales que, sin embargo, ya los molestan desde hace algún tiempo— que puedo ayudarlos a superar o cuyo «trabajo» puedo hacer por ustedes.

Pero allí donde advierten que no avanzan, donde pese a sus mejores intenciones caen una y otra vez en el mismo error, donde existe un bloqueo, una conducta que ustedes han «practicado» durante mucho tiempo, no basta con decir: «Señor, Señor, por favor, ayúdame». Allí Mi ayuda tiene un aspecto un poco distinto: los apoyo para que se reconozcan a sí mismos en ese punto o en esos puntos, aunque sea mediante la ley de causa y efecto.

Solo entonces pueden decidir, con su libre voluntad, si quieren conservar aquello que ven y que —quizá desde hace ya mucho tiempo— se ha convertido en parte de ustedes, o si quieren transformarlo con Mi ayuda. Por una parte, la fuerza de Mi amor está a su lado; por otra, saben también que deben aportar su parte. Este esfuerzo, que conduce a la superación Conmigo y a la transformación por medio de Mí, es aquello, Mis amados, que llamo trabajo interior.

Esto no afecta el acto de Mi amor y misericordia mediante el cual puedo iluminar tu conciencia —como un relámpago— para que reconozcas tu conducta equivocada y sus efectos sobre otras personas y sobre ti mismo. Si entonces el conocimiento de tus actos da lugar al arrepentimiento y a la petición de perdón, Mi gracia disolverá muchas cosas en ti.

El trabajo interior es la vida con y en Mí; y quien lo ha comenzado ya no se limita a creer que Yo Soy la luz en su interior: lo sabe, porque vive Conmigo, recorre el día Conmigo, se decide por Mí y Me pide, en las situaciones en las que antes tropezaba: «Señor, ayúdame; aquí quiero comportarme de manera distinta a como lo hacía hasta ahora. Todavía no soy tan fuerte como llegaré a ser, pero sé que Tú me ayudarás a dar este paso sin tropezar. Estoy dispuesto a esforzarme de Tu mano».

Eso, amigos Míos, es el trabajo interior; y eso es lo que la luz que vino a este mundo quiere producir, puede producir y producirá.

Cuando contemplan su vida, ven muchos rincones de su vivienda que ya resplandecen, que están ordenados, donde la luz entra por las ventanas, donde hay vida. A veces, cuando dudan un poco de ustedes mismos o de Mi presencia y ayuda y buscan pruebas, miren estas áreas luminosas de su vivienda interior y alégrense por ellas; así sabrán lo que es posible cuando recorren el camino Conmigo. Son las áreas desde las que irradia hacia ustedes la alegría, a las que les gusta entrar, donde pueden vivir despreocupadamente y estar Conmigo; son las habitaciones en las que se sienten felices y están muy cerca de Mí.

Quizá la mayoría de las habitaciones de tu vivienda ya resplandezcan como acabo de describirlo; entonces alégrate, hijo Mío, hija Mía. Y si todavía descubres rincones que deben ser iluminados y ante los cuales se presenta la decisión de cambiar algo para bien, para mejor, recuerda lo que ya hemos logrado juntos. Deposita también eso en Mis manos, deja que Mi luz te envuelva y te guíe, y te convertirás cada vez más en un hijo radiante de Mi amor, un ejemplo no solo para quienes proceden del espíritu, están a su alrededor y por quienes ustedes han orado, sino también para su prójimo, para quienes se encuentran con ustedes, quienes los observan y quienes aún tienen penas y preocupaciones, preguntas y dudas. Mediante su experiencia podrán mostrarles lo que significa iluminar y limpiar la vivienda interior con la luz y hacerla resplandecer con el fulgor de los cielos.

Si han sentido Mis palabras en su interior, advertirán la gran diferencia que existe entre creer en Mí y vivir Conmigo. La tergiversación de Mi enseñanza consistió, entre otras cosas, en ocultar a las personas esta vida intensa entre tú, Mi amado hijo, y Yo, que Soy tu Padre.

Una y otra vez, y nuevamente en este tiempo, he venido al mundo con Mi palabra, y también de esta manera traigo la luz para que resplandezca en el corazón de un número cada vez mayor de Mis hijos.

Amén